domingo, 1 de noviembre de 2020
FATIK Y EL JUGLAR DE CALCUTA
martes, 20 de octubre de 2020
EL APOCALIPSIS A LA VUELTA DE LA ESQUINA
Jeremías Ramírez Vasillas
Hamartía es una palabra del griego antiguo que significa "error trágico", "error fatal", defecto, fallo.
Netflix acaba de estrenar cuatro documentales estremecedores sobre el medio ambiente: David Attenborough: una vida en nuestro planeta, Mission Blue, Besa la tierra: agricultura regenerativa y En busca del coral.
Los cuatro tienen varias cosas en común: ponen ante nuestros ojos la belleza increíble de nuestro planeta. De su mano viajamos a las profundidades del mar para contemplar la hermosura de los seres que habitan ese mundo maravilloso; entramos a la espesura de los bosques donde la vida se expresa con mucha potencia a través de las plantas y animales que allí habitan; bajamos al subsuelo para saber qué hace sana a la tierra y nos adentramos a la majestuosa serenidad de los arrecifes de coral. ¡Qué espectáculo para nuestros ojos! Y ahí están, al alcance de la mano (claro que sólo si se cuenta con el servicio streaming del Netflix).
Pero como en todas las cosas: siempre que vemos un derecho, seguro que habrá un revés. Y de pronto recorren la cortina de esa realidad para dar paso a otra, a la tragedia que del medio ambiente. Quizá nosotros solo notemos un cielo cada vez más gris o mayor basura, en algún río que pasemos o lleva poca a gua o vemos basura, hacinamiento en las ciudades, lluvias, a veces, incontroladas, o cambios bruscos de temperatura: veranos muy calientes e inviernos muy fríos, pero el sol sigue saliendo, la playa sigue siendo atractiva (aunque notemos de pronto cierta espuma cafesosa), o algunas zonas con demasiado polvo. Nuestros más atentos y encantados por la tecnología y la multiplicidad de pantalla pronto dejamos de observar la naturaleza. Nuestra conclusión: aun todo está bien, podemos seguir usando el auto en demasía, generando mayor cantidad de basura, usando para todo bolsas de plástico o utensilios desechables…
Sin embargo, ya está en marcha muy avanzada una amenaza de muerte que no reaccionamos en estos momentos, después será demasiado tarde. El apocalipsis ya nos habrá alcanzado.
Esto es justamente lo que estos documentales tratan de advertirnos. Pero como pasajeros del Titanic, que siga la fiesta, aunque la naturaleza ya está dando avisos muy fuertes: el coronavirus es uno de ellos.
Attenborough (1926) inicia su documental caminando entre las ruinas abandonadas de una ciudad de Ucranía —vecina de la planta nuclear de Chernobil—, y desde ahí va mostrando a belleza del mundo, pero también su tragedia y arranca su narración. Deespués de mostrarnos las hermosas imágenes de nuestro mundo dan paso a las imágenes que dan cuenta de la estremecedora degradación del paraíso que poco antes nos había mostrado, (bosques, selvas, ríos, montañas, mares), y que él pudo ver con sus ojos, pero que en el lapso de una vida (la suya) empezó a mostrar síntomas de su inexorablemente destrucción que parece nadie puede ni quiere detener.
Lo mismo le sucede a la bióloga marina Sylvia Earle (1935) en Missión Blue. La doctora Earle es una científica que desde adolescente ha vivido enamorada del mar explorando sus profundidades, especialmente, como investigadora en diversas misiones alrededor del mundo. Ella, al igual que Attenborough, empieza a notar como la muerte va extendiendo su espantoso brazo arrasando con plantas y animales. Pronto es testigo del cementerio en que se está convirtiendo el mar.
Joshua Tickell y Rebeca Harris, su esposa, en Besa la tierra, nos abren la ventana a la tragedia que le está sucediendo al suelo agrícola sometido al embate de las maquinarias y al bombardeo indiscriminado de agroquímicos y cuyo desgaste bien pronto se presenta y esos campos otrora fértiles se van convirtiendo en un páramo yerto y finalmente en desierto.
Y Richard Vevers, un buzo veterano y entusiasta del océano, en En busca del coral, nos muestra como se repite la tragedia en los corales que lentamente van muriendo por el cambio climático, pues el mar con tan sólo dos grados que ha subido en su temperatura ha provocado que los corales se vayan asfixiando lentamente hasta dejarlos en blanco, es decir, muertos.
Los cuatro documentales de manera elocuente y explicita nos van dando cuenta de la tragedia y auguran que, si no se recupera la salud del planeta, en 50 años este paraíso se convertirá en un planeta hosco, desértico, inhabitable, como Marte.
En el documental de Silvia Earl nos hace testigos de la brutalidad humana: unos pescadores atrapan tiburones, los suben a la cubierta del barco y con un certero hachazo les amputan las aletas (son muy cotizadas en China para hacer una sopa de esta parte del tiburón) y luego los regresan al mar. ¿Qué hará ese pobre animal desangrándose y sin aletas para poder nadar y sobrevivir? ¿Qué dolor espantoso tiene que soportar antes de morir de una lenta agonía? Casi apago la televisión ante esta escena propia del cine gore o el snuff, donde se escenifican muertes reales y sangre y dolor.
En los cuatro documentales poco a poco muchas especies animales y vegetales van muriendo. Los mares se llenan de basura, el hielo de los polos se va derritiendo y el mar y la tierra van muriendo.
Qué nos sucedió para crear esta barbarie que no sólo amenaza la vida animal y vegetal sino al nuestra porque dependemos de ellos para existir. Y la locura sigue; la sobre explotación de los bienes naturales no se detiene.
La palabra que se ajusta a esta tragedia es hamartía, error trágico, falla espantosa de nuestra especie, pues lentamente hemos construyendo el patíbulo en donde todos vamos a morir. Y de nada nos servirá la maravillosa tecnología. Aunque no lo sepamos, somos seres que dependemos de la naturaleza, de toda la naturaleza. Por ejemplo, el mar produce la mayor cantidad de oxígeno y absorbe la mayor cantidad de dióxido de carbono, pero esta capacidad se está diluyendo, con la agonía del mar. Y el atentando contra la tierra con miles de toneladas de agrotóxicos (que los usan la agricultura industrial para forzar al suelo a que genere la mayor cantidad de vegetales) lo ha enfermando y pronto no quedará más que un inhóspito desierto, lo cual sucede en grandes extensiones de tierra cultivable. La agricultura salvaje industrial se acabó con sus nutrientes y ahora es tierra muerta, donde ni la hierba salvaje crece ahí.
Hamartía es la palabra que aparece en el Nuevo Testamento y que se traduce en español como pecado (del latín peccatum: delito, falta o acción culpable). El apóstol Pablo escribió en la primera carta a Timoteo (6:10): “La raíz de todos los males es el amor al dinero”. El pecado de nuestra sociedad es el excesivo amor al dinero y por el confort, es decir, del mínimo esfuerzo. En los grandes ricos hay una ambición desmedida, cada quien más y más y más. Y en las capas medias buscan afanosamente mayor comodidad y mayores ingresos.
¿Qué se necesita para salvar al planeta, para salvar nuestra casa? David Attenborough, dice casi al final del documental: “Somos los seres más inteligentes, y esa gran inteligencia nos ha permitido llegar hasta donde estamos en el desarrollo de la ciencia y la tecnología, pero lo que necesitamos ahora es SABIDURÍA".
Entendamos: la inteligencia es la capacidad para crear, para inventar, para descubrir; la sabiduría es la capacidad para hacer los correcto, de modo que podamos hacer buen uso de esa inteligencia, y en vez de ponerla al servicio de las ganancias, ponerla al servicio de la vida.
¿Estamos a tiempo de dar marcha atrás o de corregir el rumbo? Richard Attenborough dice sí. Alberto Sisi Sánchez, de la revista Vogue, citas las palabras de este investigador: para salvar la vida en el planeta se necesita “… preservar la biodiversidad en todo el planeta. La tierra tiene un engranaje perfecto y las zonas boscosas como los animales que en ella viven hacen que funcione de manera correcta. Las lluvias o la protección frente a los gases de efecto invernadero dependen de que este equilibrio se mantenga. Hasta la producción de alimento se vería alterada si la armonía de estos factores se rompiera”.
Joshua Tickell y Rebeca Harris, para el caso del suelo cultivable, es practicar una agricultura de conservación. Es decir, una agricultura que le permita al suelo a que se pueda ser regenerado usando semillas no transgénicas, no roturando el suelo, dejando que los residuos se reintegren al suelo, que no se siempre un solo cultivo, y erradicando el uso de fertilizantes químicos y pesticidas. Ya hay en Estados Unidos granjeros que han entendido y están ayudando a sanar sus tierras, de modo que se les pueda dotar de nutrientes naturales, pues hay una fórmula simple: tierra sana, plantas sanas y por ende alimentos sanos y llenos de nutrientes.
La doctora Silvia Earl dice que lo mismo que existen reservas ecológicas hay que empezar a definir zonas protegidas marinas para evitar el abuso, la contaminación y el saqueo de los recursos marinos y permitir que esos pedazos de mar recobren su salud.
Y Richard Vevers en detener la emisión de gases a la atmósfera para detener el calentamiento global.
Ojalá todos pudiéramos ver estos documentales y hacer presión para que tanto empresas y grandes consorcios que atentan contra el medio ambiente dejen de hacerlo y que los gobiernos dicten políticas proteccionista medioambientales. Sé que el juego de intereses dificulta implementar medidas de protección al planeta, pero hay que hacerlo. Esos señores tienen que entender que si detenemos nuestras acciones asesinas ya nadie podrá hacer algo por nosotros.
Pero para emprender esta ardua tarea primero tenemos que admitir que hemos pecado contra Dios y contra su creación de Dios, que la hemos mancillado, y que somos culpables, y luego emprender la marcha en sentido contrario, admirando con humildad esta grandeza que nos rodea. El Salmista David escribió: “!!Cuán innumerables son tus obras, oh Dios! / Hiciste todas ellas con sabiduría; / La tierra está llena de tus beneficios. / He allí el grande y anchuroso mar, / En donde se mueven seres innumerables, / Seres pequeños y grandes. // Allí andan las naves; // Allí este leviatán que hiciste para que jugase en él” (Salmo 104:24.26).
Nos urge entender que el apocalipsis está ya a la vuelta de la esquina.
FICHAS TÉCNICAS:
BESA LA TIERRA: AGRICULTURA REGENERATIVA / Director: Joshua Tickell y Rebecca Harrell Tickell / Presentador: Woody Harrelson / Estados Unidos, 2020
DAVID ATTENBOROUGH: UNA VIDA EN NUESTRO PLANETA / David Attenborough / 2020 / 83 min. / EE.UU / Director: Alastair Fothergill, Jonathan Hughes, Keith Scholey / Fotografía: Gavin Thurston / Música: Steven Price
MISSION BLUE / La vida y obra de la oceanógrafo, biólogo marino y ambientalista, Sylvia Earle. / Estreno: 2014. Directores: Robert Nixon, Fisher Stevens. Productores: Robert Nixon, Fisher Stevens, Jack Youngelson, Peter R. Livingston Jr.
EN BUSCA DEL CORAL / Director: Jeff Orlowski / EU, 2017.
sábado, 19 de septiembre de 2020
100 MEDITACIONES DESDE LA CARCEL Richard Wumbrand
Jeremías Ramírez
sábado, 12 de septiembre de 2020
GUERRA Y PAZ: León Tolstoi
domingo, 6 de septiembre de 2020
¿PARA QUÉ ESCRIBIR SI NO ES NEGOCIO?
Jeremías Ramírez
¿Se ha preguntado por qué hacemos muchas cosas por gusto, por pasión, y aunque no ganemos nada, y no dejaríamos de hacerlo?
Es cierto que hacemos muchas cosas por dinero, también por ego o por la búsqueda barata del aplauso, pero no siempre eso nos apasiona. Tan pronto vemos la posibilidad de abandonar esa actividad, lo hacemos sobre todo cuando un día nos damos cuenta que no tiene sentido.
Yo me preguntado muchas veces por qué escribimos los que escribimos, aunque esto nos lleve a pasar penurias. Gabriel García Márquez estuvo encerrado dos años escribiendo Cien años de soledad, viviendo en la miseria, pidiendo prestado o empeñando sus pertenencias.
En los países primer mundistas como Francia, Alemania, Inglaterra, Japón o Estados Unidos escribir es una profesión bien remunerada, pero en los países tercermundistas son muy poco los escritores que viven de su oficio. Generalmente tienen un trabajo o una profesión ajena a la escritura. Escriben en horas ingratas robándole tiempo a la familia o a las diversiones. Y para la mayoría, las largas horas dedicadas al oficio de escribir no se ven recompensadas económicamente. Entonces ¿por qué escribimos?
Respondo desde la experiencia personal o de los amigos escritores: el ser humano ha sido diseñado para crear. Todos tienen el potencial para hacerlo. Unos crean autos o aviones o cohetes; otros, vacunas, unidades productivas, métodos de trabajo, métodos de enseñanza, técnicas curativas, formas nuevas de cultivo de plantas… y de esa manera logran realizarse, es decir, le dan sentido a su existencia, porque el ser humano es un homo creator, un ser nacido para crear.
Para un escritor, escribir es una cuestión interna, personal, y al hacerlo descubrimos que es algo que nos provoca una intensa felicidad.
Esta es la segunda razón que explica porque hacemos lo que nos apasiona: la creación produce un gozo, una alegría tan intensa que no podemos dejar de hacerla.
Quizá aquí cabría la preguntarnos por qué entonces ciertas personas parece que gozan destruyendo. La verdad, no tengo respuesta.
Tal vez las personas no creativas en algún momento echaron a perder su talento. Algunos dicen que el lugar más propicio para perder la capacidad de inventiva es la escuela. Y en cierta forma es cierto cuando la educación se convierte en una mera actividad mecánica y repetitiva, pero también la familia contribuye a echar a perder los talentos creativos: “¿Escritor? Te vas a morir de hambre”, es la sentencia que le dicen a quién se atreve a manifestar el deseo de dedicarse a este arte.
Un escritor siente la necesidad de crear mundos, a veces tan parecidos al nuestro, aveces completamente ajeno donde los personajes pueden ser muy grandes, gigantescos, o pequeños como hormigas o nunca envejecer, como Peter Pan o volar como las aves…
De hecho, a partir de esos mundos imaginarios otros creadores se inspiran para desarrollar nuevos inventos. Antes de que el hombre pudiera volar, la literatura ya había escrito sobre esta posibilidad.
Ahora bien, cuál es el inicio de un escritor. Todo escritor primero es un lector y a medida que lee más y más, se le empiezan a ocurrir historias.
Ilustraré lo que acabo de decir, y como no tengo mejor ejemplo hablaré del escritor que conozco muy bien y de quien sé con certeza cómo empezó: yo mismo.
Yo no leía ni por equivocación. Ah, pero un día una muchacha que me gustaba mucho vi que era una apasionada lectora. Para ganarme su simpatía empecé a leer. Me gustó tanto lo que descubrí que seguí leyendo ya no para agradarle sino para viajar a esos mundos fascinantes. Y leí tanto que me entraron deseos de crear yo mismo otros mundos imaginarios.
La primera historia que escribí era la de un hombre solitario que confunde un globo con un animal y se convierte en su mascota. Anduve con ese cuento mucho tiempo sin que se me ocurriera otra historia. Luego se me fueron ocurriendo otras, pero no había intención alguna de ir más allá de plasmar mis historias en el papel. Es decir, nunca pensé en publicar un libro, pues todo lo que anhelaba era crear historias con mis palabras.
Un día mandé un texto pequeño a una de las mejores revistas de cuento en México: El cuento, revista de imaginación, para que me dijeran qué le hacía falta. Para mi sorpresa, me lo publicaron y, además, me dieron un premio. Este es ese cuento.
El creyente
Erase un creyente en la reencarnación, riguroso en su disciplina vegetariana. Reencarno en una tierna lechuga.
Me puse feliz y empecé a tomar la cosa en serio. Me metí a talleres para aprender a hacerlo bien. Con Guillermo Samperio —un gran maestro de cuento que ya murió— aprendí cómo escribir historias más largas, aunque seguía escribiendo historias pequeñas como esta:
Eva
Su mirada se detuvo en la manzana. Alargó el brazo y cuando su mano estaba a punto de alcanzarla, se detuvo. Una voz sobre el hombro le siseó: Llévatela y el mundo del conocimiento será tuyo... nuestras nuevas Mac tienen conexión permanente a internet.
Luego en un concurso me pidieron escribir cuentos sobre los clásicos cuentos de hadas, y escribí algunos como estos:
Rapunzel
Estuvo encerrada en la torre tanto tiempo que su cabello creció y creció como un río caudaloso por el que escapó nadando.
El soldadito de plomo
No fue lo frío ni lo cojo –dijo la bailarina de papel–. La verdad, lo abandoné porque era un pesado.
La bella durmiente
Y durmió y durmió... hasta que oyó el grito de su madre: “Aurora, hija,, levántate que se te hace tarde para la escuela”.
Pero yo quería escribir cuentos largos de suspenso, terror, aventuras. Al inicio no pude; sólo me salían cuentos enanos. Este es uno de los más largos de aquella época.
La creación
Una y otra vez lo había intentado pero el resultado final no lo dejaba satisfecho. Ya había realizado con éxito las galaxias, las nebulosas, las estrellas, muchos soles y planetas y habían salido perfectos, pero este insignificante planeta azul se negaba a quedar bien. El frágil equilibrio entre las partes oceánicas y las terrestres tan diversas implicaban tal grado de dificultad que cuando terminaba algo bien resultaba que había afectado el escenario contiguo. se estaba desesperando. Trató de calmarse. Respiró profundamente varias veces y luego, decidido, emprendió de nuevo su labor. Después de un buen rato de empeñoso esfuerzo parecía que este nuevo intento iba a ser el definitivo. Ansiaba contemplar su universo funcionando en su totalidad. Qué espectáculo. Nada sería igual.
De pronto, una luz inundó su universo y una voz atronadora retumbó en el vacío:
―¿¡Todavía allí́, Fernando!? ―
Fernando brincó del susto. Miró a su madre con odio. La figura de la mujer se recortaba en el vano de la puerta como un espectro.
―Le voy a decir a tu padre, ya verás ‒agregó.
Mientras tanto, el planeta azul giraba dejando trozos de mar, montañas y desiertos, esparcidos por el piso.
Un día me di cuenta que se me ocurrían historias divertidas en los lugares más insospechados. Las he escrito en autobuses, salas de concierto, camiones, túneles del metro e, inclusive, en el baño.
Esta la escribí en la oscuridad de un teatro mientras escuchaba a la Orquesta del Conservatorio de Música de Celaya.
El director de orquesta
Era un director singular, casi un mago. En su batuta tenía el poder de producir notas: al moverla iban saliendo de la punta y las iba colgando en los instrumentos. Notas pequeñitas y brillantes en los violines; más densas y oscuras en los cellos; pesadas y gordas, como bolas de esponja o estambre, en las tubas y los contrabajos; redondas y duras en los timbales; delgadas y transparentes en el xilófono y el arpa...
Cuando suspendía su batuta en lo alto, todas las notas se quedaban quietas, calladitas, expectantes. Cuando la bajaba de golpe para iniciar el concierto caían como gotas de intensa lluvia.
Cuando el concierto terminaba, un reguero de notas inservibles tenía que ser recogidas por el personal de limpieza. Siempre era lo mismo con este director. Más de dos horas tardaban en recogerlas todas. Y los botes de la basura no dejaban de sonar toda la noche.
El jinete lo escribí en el baño; y se me ocurrió al ver en el piso un cómic de los Rugrats que mis hijos dejaron olvidad en baño. En la portada los personajes estaban vestidos de caballeros medievales.
El jinete
Era el mejor caballo: negro, reluciente, de musculosas patas que se alzaban poderosas en su ligero galopar. Subía y bajaba devorando el horizonte. Con un animal de esta estirpe, él tenía que ser el mejor jinete, el más extraordinario. Y lo fue… hasta que el carrusel se detuvo.
Y el cuento La inmortal la escribí en un camión cuando viajaba de Tepic a Guadalajara:
La inmortal
Era sólo una frágil vasija de barro. Le pidió al dios de las vasijas que la volviera inmortal. Le concedió el deseo, pero no notó cambio alguno. Siguió sirviendo para los mismos menesteres de clase obrera: tazón de leche, vasija de agua y, a veces, recipiente del alimento para el gato o el perro. Se olvidó de su deseo.
Un buen día, la dejaron mal acomodada y se resbaló del estante en donde dormía después de la jornada. Vio cómo se acercaba al suelo y en su imaginación oyó el canto de su cuerpo de barro cuando se hiciera pedazos en el suelo, pero cuando chocó contra el piso el sonido que le llegó fue el de un golpe sordo y su cuerpo rebotó como una pelota. ¿Era inmortal? La respuesta retumbó en su conciencia: sí. Era de plástico irrompible. Lloró.
A veces me inspiran los libros que he leído. Uno de ellos que me impactó mucho es la Metamorfosis de Kafka que narra la historia de un hombre que al despertar descubre que es un insecto, una especie de cucaracha gigante. Y se me ocurrió este cuento:
Metamorfosis
Anoche leí́ hasta terminar La metamorfosis de Kafka. Soñé con Gregorio Samsa. Me desperté asustado. Me palpé. No, nada había sucedido. Yo era la misma cucaracha de siempre, gracias a Dios.
A veces alguien me pide que escriba sobre un tema en particular. Un amigo de Jerécuaro me pidió que escribiera sobre un insecto y me mandó su foto, no la de él, sino la del insecto. Era un escarabajo bebé. Lleno de pelos como espinas.
Sueño
Sueño que soy un insecto y mi mujer que es entomóloga me observa a través de la lente del microscopio. Muevo mi cuerpo con espinas para saludarla. Quiero decirle “hola”, pero el frío metal que atraviesa mi espinoso cuerpo ahoga mis palabras. Despierto. No estaba soñando.
Este cuento surgió de la petición de amigo que estaba haciendo un libro de cuentos sobre el circo.
Los recuerdos de un campeón
Soy un león viejo, y como tal me da por la nostalgia. Días enteros me paso recordando los gloriosos tiempos cuando una multitud venía al circo únicamente para verme a mí. Era la estrella y mi foto aparecía en los carteles publicitarios. Tanto me gusta recordar esos días que he olvidado cómo y cuándo llegaron a su fin y terminé en la casa del dueño del circo. No me importa, ese momento no vale la pena recordarlo. Lo bueno es que todavía, cuando algún niño viene de visita, se asombra al verme, a pesar de que ahora sólo soy un adorno, un apreciado tapete donde los niños se sientan a ver la tele.
Y este otro, nació porque respondí a la convocatoria de una editorial chilena. La convocatoria pedía que escribiéramos microhistorias sobre perros.
Reencarnación
¿Ladré? No podía creerlo. El gurú me aseguró que reencarnaría un águila. Busqué un espejo y comprobé que, en efecto, era un perro. Maldito, exclamé. Lo voy a buscar y a mordidas lo obligaré a que me devuelva mi dinero.
Y termino con uno sobre Tarzán a petición de una escritora argentina:
Amnesia
Lanzó su famoso grito, pero nadie contestó a su llamado. Lo volvió a lanzar, y aguzó el oído. Nada. Silencio. Aspiró hasta que se estaba poniendo morado y A-a-a-aaaaa-aaaaaa.
—Ya deja de gritar, nadie va a venir —le dijo Jane con impaciencia— ¿Otra vez olvidaste que estamos en un zoológico y aquí los animales están enjaulados?
Tarzán la miró con rabia, y de sus acuosos ojos resbaló una lágrima involuntaria. La edad se ensañaba con él. Como muchas cosas, se había olvidado que este zoológico de mala muerte fue el único lugar que le dieron trabajo después de que cerró la empresa fílmica en la que trabajaba.
También he escrito cuentos más largos como uno sobre un automóvil abandonado. Se titula Isabella de Borgward. Lo desarrollé dentro un taller de novela breve que tomé en la ciudad de México. Es un cuento de más de 10 páginas.
En el 2012 me aceptaron un proyecto de creación de cuento y escribí cuentos mucho más largos, los cuales se publicaron en el libro La doncella, el guerrero y otras estatuas, por la editorial La Rana, de Guanajuato.
Y recientemente escribí una novela El libro tibetano de casi 350 páginas en la que cuento dos historias cruzadas: la desaparición de un pueblo y la desaparición de una mujer. El título surgió de un epígrafe que José Emilio Pacheco utilizó en su poema El libro de los muertos.
Por supuesto que he escrito muchas más historias que no han sido publicadas y tengo en carpetas ideas de historias cortas y proyectos de novelas, proyectos de series de cuento brevísimo y de cuentos largo.
También escribo reseñas y artículos de opinión para los diarios o para las revistas o para mí.
Un día alguien me pregunto si vivía de escribir. Le dije que no, que yo trabajaba en una universidad. Pero insistió: ¿Has ganado algo? Le dije sí, un premio y varias becas (que por cierto me dieron una buena cantidad de dinero), pero lo más importante es que he ganado experiencia de vida materializando mi fantasía y esa fantasía me han llevado a conocer lugares y gente interesante, muchos de ellos escritores.
Entonces ¿por qué escribir? Porque es una realización personal que me hace sentirme vivo, me llena de gozo, y si gano un premio, para qué les cuento como me pongo.
¿Y ustedes? ¿Qué hacen para sentirse vivos, para sentir que ha valido la penas estar en este mundo?
El último párrafo
Dijeron que era el fin, pero no vi que sucediera una catástrofe o que me estuviera acercando a un precipicio o que un meteorito estuviera cayendo sobre la ciudad… No, nada de eso, sólo vi un punto y todo terminó.
sábado, 29 de agosto de 2020
YURI GAGARIN, EL PRIMER COSMONAUTA
EL GARABATO: Vicente Leñero
Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...
-
Jeremías Ramírez Vasillas Soy un admirador de la literatura de don Julio Cortázar, una admiración que nació desde que leí en la preparator...
-
Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...


