sábado, 12 de septiembre de 2020

GUERRA Y PAZ: León Tolstoi

Jeremías Ramírez

La historia de la humanidad se mueve pendularmente entre la guerra y la paz, aunque tal parece que los periodos de paz son más breves que los de guerra, pues hay algo que impele a los seres humanos a entablar conflictos frecuentes. Pero ¿cuál es el origen de las guerras? ¿Por qué nos hundimos en la locura bélica? El apóstol Santiago escribe en su carta: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No son de vuestras concupiscencias, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y guerreáis… (Carta del apóstol Santiago 4:1-2)
            Guerra y Paz, la enorme novela escrita por uno de los titanes de literatura rusa, y su obra cumbre, León Tolstoi (1828-1910), analiza este fenómeno terrible al narrar el largo conflicto entre Rusia y Francia que los llevó a perder miles de seres humanos en una masacre irracional.
León Tolstoi comenzó a escribir Guerra y paz en 1864 cuando, al caerse de un caballo en una partida de caza, convalecía por la fractura de un brazo. Los primeros capítulos se empezaron a publicar como fascículos en la revista Ruski Viéstnik (El mensajero ruso) entre 1865-1869.
Amaya Lacasa narra el complicado proceso de escritura de una novela que describe con delicadeza muchos aspectos sutiles de la vida rusa de esos años: “Tolstoi dedicó a Guerra y paz siete años de trabajo prácticamente exclusivo. Sabemos que la labor fue ardua porque, desde 1863, fecha en que aparecen las primeras entregas, hasta 1869, año en que se publicaron los últimos volúmenes de la novela, Tolstoi escribió siete versiones diferentes y rehizo quince veces el arranque de la obra, que consideraba especialmente importante. […] Además, escribió mil páginas de variantes que nunca vieron la luz. En 1873 volvió a rehacer la novela, reduciéndola a cuatro volúmenes. Solamente en 1886, después de la última revisión de Sofía Behrs, la mujer de Tolstoy (quien restituyó la versión de 1869 y eliminó todo lo que le pareció poco decoroso: por ejemplo, Anatole Kuraguin está enamorado de su hermana Hélène, quien es «un hermoso pedazo de carne con faldas»), el texto se convirtió en definitivo.”[1]
La novela, en la versión de editorial Bruguera de 1977, tiene una extensión de 1,340 páginas en dos tomos. Y ha sido publicada por diversas editoriales, aunque yo creo que no muchos la han leído. Para entrarle exige un lector entrenado, paciente, y sensible. Y no creo que sea apta para muchos jóvenes, aunque Sergio Pitol la leyó de adolescente y quedó deslumbrado; lo mismo, Juan Domingo Argüelles, según dijo en una entrevista.
Yo la compré cuando iniciaba mi carrera de lector y la guardé para cuando tuviera músculo. Un músculo que llegó casi 40 años después. Si bien intenté leerla varias veces pero me quedé sin aliento en los primeros capítulos. La novela comienza con la fiesta de Ana Pavlovna y se me hizo tan aburrida que creí que se iba a extender narrando la frivolidad de la clase pudiente de la Rusia de principios del siglo XIX. Y no fue así.
En este periodo de pandemia me decidí y cuando llegué al final me sentía tan feliz. Quien se atreva a leerla comprobará que es un privilegio internarse en esos parajes de la vida rusa de principios del siglo XIX. Es cierto que el tamaño asusta, pero vale la pena el riesgo.
La fiesta de la señora Pavlovna pasa rápido y es interesante como va Tolstoi en esa fiesta presentando y configurando el carácter de sus personajes principales que pronto se harán conocidos para el lector. Algunos se volverán entrañables y otros repudiables, como un poliedro de colores diversos.
La novela nos regala una visión extraordinaria pues la mirada del escritor va de las tomas panorámicas a los detalles más íntimos de los protagonistas y abarca un enorme periodo que va de 1805, cuando Napoleón empieza a convertirse en un dolor de cabeza, y termina varios años después de 1813, cuando el ejército de francés regresa hecho girones a su patria, cuando los conflictos de los personajes principales se han apaciguado.
Y en ese transcurso nos va dando cuenta de la forma en que vivía la aristocracia rusa, amante del esplendor, del lujo, del placer, la importancia que le daban a la riqueza, a las posesiones materiales, y a la representación social en los grandes bailes y en los casamientos por interés, hasta sus hábitos de caza o sus arranques de justicia social o la búsqueda del sentido espiritual.
Es interesante como retrata a los personajes principales, como al príncipe Andréi Bolkonsky Elena y Anatol Kuraguin, hermanos depravados que se corrompen a medida que avanza la narración; o al riquísimo conde Pierre Bezújov (joven alto y gordo), que de la noche a la mañana se convierte en heredero de una gran fortuna, va buscando sentido a la vida; o a la adolescente Natasha Rostova, que pasa de ser una niña mimada a protagonizar conflictos amorosos muy dramáticos y terminar como una matrona dedicada al cuidado de sus hijos. O a la princesa María Bolkónskaya, mujer poco atractiva, y de inclinaciones piadosas que encuentra su destino al alcanzar su anhelo amoroso. O al conde Nikolái Rostov, hermano de Natasha, quien logra sobrevivir a la guerra para casarse finalmente con la princesa María y de esa manera rescatar de la pobreza a su familia y recuperar sus bienes perdidos.
Los dos grandes protagonistas de la guerra son Napoleón Bonaparte, por la parte francesa, y Mijaíl Kutúzov, por la parte rusa. A ambos retrata con detalle, pero se ve benevolente con el viejo general ruso quien tuvo la sabiduría, según Tolstoi, de capotear al toro embravecido de Napoleón con un magistral pase de capote y de esa manera derrotarlo.
Aparte de sus anhelos por la riqueza y el encumbramiento social hay en los nobles una inclinación hacia la guerra. El primer enfrentamiento que tiene los rusos con los franceses se da en la Batalla de Austerlitz en la que los rusos son derrotados. Tras este triunfo de Napoleón hay un periodo de calma, aunque los vientos de guerra siguen latentes hasta 1812 cuando Napoleón invade Rusia.
El avance francés es imparable y las tropas van tomando una a una las ciudades rusas, y entablando varias escaramuzas que llegan a su punto culminante a las puertas de Moscú, en el campo de Borodino donde se escenifica la gran batalla. Las bajas con cuantiosas en ambos bandos y al parecer son los franceses los que se imponen a los rusos pues estos se repliegan. Los rusos han quedado tan debilitados que se dan cuenta que no tienen recursos para enfrentar una vez más a los franceses, pero estos últimos tampoco están en buenas condicione pues han perdido aproximadamente un cuarto de sus tropas y los que sobreviven no tienen el potencial necesario. A pesar de ellos avanzan para apoderarse de Moscú, la capital rusa.
La estrategia rusa para derrotar a Napoleón fue replegarse más allá de Moscú y evacuar la ciudad, de modo que cuando el emperador francés alcanza la joya de la corona no hay nadie quien lo reciba y acepte su triunfo, no hay nadie quien lo corone, en suma, no hay derrotados. Pero además se suscita un incendio que destruye gran parte de la ciudad. Napoleón intenta establecer su gobierno, pero se encuentra con dos problemas: los campesinos rusos y los habitantes de Moscú no se someten a su mandato, y la indisciplina de sus tropas descontroladas que se dedican al saqueo indiscriminado, a pesar de las penas durísimas que les impone Napoleón.
En un mes se agotan las provisiones y los campesinos se niegan a venderle sus productos. Derrotado, Napoleón da la orden de abandonar Moscú y regresar a Francia. En el trayecto va perdiendo muchos soldados de hambre, de enfermedad, de frío y por los ataques furtivos de las tropas rusas.
En este marco de la guerra Tolstoi va entreverando la narración de la vida de las familias más importantes: los Bezújov (esencialmente Pierre que es un alma en busca de sentido y la encuentra no en la riqueza sino en la miseria cuando lo detienen los franceses y se lo llevan como prisionero de guerra), los Bolkonsky (el viejo príncipe Nikolái Andréievich, el príncipe Andréi y la princesa María, como familia, cruzan penosamente este periodo y de la cual sólo logra sobrevivir la princesa María), la familia Rostov (compuesta por el conde Iliá Andréievich y su esposa, Natasha, Nikolái y Petia, los hijos, y Sonia, la sobrina, quienes pierden toda su riqueza y sufren la mayor pena cuando el adolescente Petia, es abatido en la guerra) y los Kuraguin (Elena y Anatoly, un par de vividores que no logran sobrevivir. Elena logra casarse con el incauto, pero riquísimo Pierre, pero en su descocada vida se enferma y muere, mientras que su hermano cae abatido).
La novela tiene largas escenas románticas que tiene la agudeza de detallar al grado de ser muy intensas y atractivas, y detalla la brutalidad de la guerra, particularmente la batalla de Borodino. Casi toda la narración va de las escenas bélicas a la vida frívola de las clases pudiente, y sólo baja a retratar al pueblo llano cuando los ricos abandonan Moscú y sólo quedan los criados y los comerciantes y algún rico desbalagado.
Tolstoi tiene la habilidad de hacernos percibir muy de cerca ese momento en la historia de Rusia y logra que sintamos el hambre, el frío, el dolor, el sinsentido. Es decir, es una novela que se experimenta intensamente.
Cuando llegamos a los últimos capítulos sentimos que hemos vivido una las experiencias más intensas junto con los personajes y los soldados que caen en la guerra.
Cuando cerré el segundo tomo me sentí feliz de esta aventura que les recomiendo ampliamente.
No dejen de leer esta magnífica obra maestra, aunque la proeza exige, a buena marcha, un mes de lectura intensa.
           





[1] https://www.revistadelibros.com/articulos/analisis-de-guerra-y-paz-de-tolstoi

domingo, 6 de septiembre de 2020

¿PARA QUÉ ESCRIBIR SI NO ES NEGOCIO?

 Jeremías Ramírez

 

¿Se ha preguntado por qué hacemos muchas cosas por gusto, por pasión, y aunque no ganemos nada, y no dejaríamos de hacerlo?

            Es cierto que hacemos muchas cosas por dinero, también por ego o por la búsqueda barata del aplauso, pero no siempre eso nos apasiona. Tan pronto vemos la posibilidad de abandonar esa actividad, lo hacemos sobre todo cuando un día nos damos cuenta que no tiene sentido.

            Yo me preguntado muchas veces por qué escribimos los que escribimos, aunque esto nos lleve a pasar penurias. Gabriel García Márquez estuvo encerrado dos años escribiendo Cien años de soledad, viviendo en la miseria, pidiendo prestado o empeñando sus pertenencias.

En los países primer mundistas como Francia, Alemania, Inglaterra, Japón o Estados Unidos escribir es una profesión bien remunerada, pero en los países tercermundistas son muy poco los escritores que viven de su oficio. Generalmente tienen un trabajo o una profesión ajena a la escritura. Escriben en horas ingratas robándole tiempo a la familia o a las diversiones. Y para la mayoría, las largas horas dedicadas al oficio de escribir no se ven recompensadas económicamente. Entonces ¿por qué escribimos?

            Respondo desde la experiencia personal o de los amigos escritores: el ser humano ha sido diseñado para crear. Todos tienen el potencial para hacerlo. Unos crean autos o aviones o cohetes; otros, vacunas, unidades productivas, métodos de trabajo, métodos de enseñanza, técnicas curativas, formas nuevas de cultivo de plantas… y de esa manera logran realizarse, es decir, le dan sentido a su existencia, porque el ser humano es un homo creator, un ser nacido para crear.

Para un escritor, escribir es una cuestión interna, personal, y al hacerlo descubrimos que es algo que nos provoca una intensa felicidad. 

Esta es la segunda razón que explica porque hacemos lo que nos apasiona: la creación produce un gozo, una alegría tan intensa que no podemos dejar de hacerla.

Quizá aquí cabría la preguntarnos por qué entonces ciertas personas parece que gozan destruyendo. La verdad, no tengo respuesta. 

Tal vez las personas no creativas en algún momento echaron a perder su talento. Algunos dicen que el lugar más propicio para perder la capacidad de inventiva es la escuela. Y en cierta forma es cierto cuando la educación se convierte en una mera actividad mecánica y repetitiva, pero también la familia contribuye a echar a perder los talentos creativos: “¿Escritor? Te vas a morir de hambre”, es la sentencia que le dicen a quién se atreve a manifestar el deseo de dedicarse a este arte.

            Un escritor siente la necesidad de crear mundos, a veces tan parecidos al nuestro, aveces completamente ajeno donde los personajes pueden ser muy grandes, gigantescos, o pequeños como hormigas o nunca envejecer, como Peter Pan o volar como las aves… 

            De hecho, a partir de esos mundos imaginarios otros creadores se inspiran para desarrollar nuevos inventos. Antes de que el hombre pudiera volar, la literatura ya había escrito sobre esta posibilidad.

Ahora bien, cuál es el inicio de un escritor. Todo escritor primero es un lector y a medida que lee más y más, se le empiezan a ocurrir historias.

Ilustraré lo que acabo de decir, y como no tengo mejor ejemplo hablaré del escritor que conozco muy bien y de quien sé con certeza cómo empezó: yo mismo.

Yo no leía ni por equivocación. Ah, pero un día una muchacha que me gustaba mucho vi que era una apasionada lectora. Para ganarme su simpatía empecé a leer. Me gustó tanto lo que descubrí que seguí leyendo ya no para agradarle sino para viajar a esos mundos fascinantes. Y leí tanto que me entraron deseos de crear yo mismo otros mundos imaginarios.

La primera historia que escribí era la de un hombre solitario que confunde un globo con un animal y se convierte en su mascota. Anduve con ese cuento mucho tiempo sin que se me ocurriera otra historia. Luego se me fueron ocurriendo otras, pero no había intención alguna de ir más allá de plasmar mis historias en el papel. Es decir, nunca pensé en publicar un libro, pues todo lo que anhelaba era crear historias con mis palabras.

Un día mandé un texto pequeño a una de las mejores revistas de cuento en México: El cuento, revista de imaginación, para que me dijeran qué le hacía falta. Para mi sorpresa, me lo publicaron y, además, me dieron un premio. Este es ese cuento.

 

El creyente

Erase un creyente en la reencarnación, riguroso en su disciplina vegetariana. Reencarno en una tierna lechuga.

 

Me puse feliz y empecé a tomar la cosa en serio. Me metí a talleres para aprender a hacerlo bien. Con Guillermo Samperio —un gran maestro de cuento que ya murió— aprendí cómo escribir historias más largas, aunque seguía escribiendo historias pequeñas como esta:

 

Eva

Su mirada se detuvo en la manzana. Alargó el brazo y cuando su mano estaba a punto de alcanzarla, se detuvo. Una voz sobre el hombro le siseó: Llévatela y el mundo del conocimiento será tuyo... nuestras nuevas Mac tienen conexión permanente a internet.

 

Luego en un concurso me pidieron escribir cuentos sobre los clásicos cuentos de hadas, y escribí algunos como estos:

 

Rapunzel

Estuvo encerrada en la torre tanto tiempo que su cabello creció y creció como un río caudaloso por el que escapó nadando.

 

El soldadito de plomo

No fue lo frío ni lo cojo –dijo la bailarina de papel–. La verdad, lo abandoné porque era un pesado.

 

La bella durmiente

Y durmió y durmió... hasta que oyó el grito de su madre: “Aurora, hija,, levántate que se te hace tarde para la escuela”.

 

Pero yo quería escribir cuentos largos de suspenso, terror, aventuras. Al inicio no pude; sólo me salían cuentos enanos. Este es uno de los más largos de aquella época.

 

La creación

Una y otra vez lo había intentado pero el resultado final no lo dejaba satisfecho. Ya había realizado con éxito las galaxias, las nebulosas, las estrellas, muchos soles y planetas y habían salido perfectos, pero este insignificante planeta azul se negaba a quedar bien. El frágil equilibrio entre las partes oceánicas y las terrestres tan diversas implicaban tal grado de dificultad que cuando terminaba algo bien resultaba que había afectado el escenario contiguo. se estaba desesperando. Trató de calmarse. Respiró profundamente varias veces y luego, decidido, emprendió de nuevo su labor. Después de un buen rato de empeñoso esfuerzo parecía que este nuevo intento iba a ser el definitivo. Ansiaba contemplar su universo funcionando en su totalidad. Qué espectáculo. Nada sería igual.

De pronto, una luz inundó su universo y una voz atronadora retumbó en el vacío:

―¿¡Todavía allí́, Fernando!? ―

Fernando brincó del susto. Miró a su madre con odio. La figura de la mujer se recortaba en el vano de la puerta como un espectro.

―Le voy a decir a tu padre, ya verás ‒agregó.

Mientras tanto, el planeta azul giraba dejando trozos de mar, montañas y desiertos, esparcidos por el piso.

 

Un día me di cuenta que se me ocurrían historias divertidas en los lugares más insospechados. Las he escrito en autobuses, salas de concierto, camiones, túneles del metro e, inclusive, en el baño.

Esta la escribí en la oscuridad de un teatro mientras escuchaba a la Orquesta del Conservatorio de Música de Celaya.

 

El director de orquesta

Era un director singular, casi un mago. En su batuta tenía el poder de producir notas: al moverla iban saliendo de la punta y las iba colgando en los instrumentos. Notas pequeñitas y brillantes en los violines; más densas y oscuras en los cellos; pesadas y gordas, como bolas de esponja o estambre, en las tubas y los contrabajos; redondas y duras en los timbales; delgadas y transparentes en el xilófono y el arpa...

Cuando suspendía su batuta en lo alto, todas las notas se quedaban quietas, calladitas, expectantes. Cuando la bajaba de golpe para iniciar el concierto caían como gotas de intensa lluvia.

Cuando el concierto terminaba, un reguero de notas inservibles tenía que ser recogidas por el personal de limpieza. Siempre era lo mismo con este director. Más de dos horas tardaban en recogerlas todas. Y los botes de la basura no dejaban de sonar toda la noche.

 

El jinete lo escribí en el baño; y se me ocurrió al ver en el piso un cómic de los Rugrats que mis hijos dejaron olvidad en baño. En la portada los personajes estaban vestidos de caballeros medievales.

 

El jinete

Era el mejor caballo: negro, reluciente, de musculosas patas que se alzaban poderosas en su ligero galopar. Subía y bajaba devorando el horizonte. Con un animal de esta estirpe, él tenía que ser el mejor jinete, el más extraordinario. Y lo fue… hasta que el carrusel se detuvo.

 

Y el cuento La inmortal la escribí en un camión cuando viajaba de Tepic a Guadalajara:

 

La inmortal

Era sólo una frágil vasija de barro. Le pidió al dios de las vasijas que la volviera inmortal. Le concedió el deseo, pero no notó cambio alguno. Siguió sirviendo para los mismos menesteres de clase obrera: tazón de leche, vasija de agua y, a veces, recipiente del alimento para el gato o el perro. Se olvidó de su deseo.

Un buen día, la dejaron mal acomodada y se resbaló del estante en donde dormía después de la jornada. Vio cómo se acercaba al suelo y en su imaginación oyó el canto de su cuerpo de barro cuando se hiciera pedazos en el suelo, pero cuando chocó contra el piso el sonido que le llegó fue el de un golpe sordo y su cuerpo rebotó como una pelota. ¿Era inmortal? La respuesta retumbó en su conciencia: sí. Era de plástico irrompible. Lloró.

 

A veces me inspiran los libros que he leído. Uno de ellos que me impactó mucho es la Metamorfosis de Kafka que narra la historia de un hombre que al despertar descubre que es un insecto, una especie de cucaracha gigante. Y se me ocurrió este cuento:

 

Metamorfosis

Anoche leí́ hasta terminar La metamorfosis de Kafka. Soñé con Gregorio Samsa. Me desperté asustado. Me palpé. No, nada había sucedido. Yo era la misma cucaracha de siempre, gracias a Dios.

 

A veces alguien me pide que escriba sobre un tema en particular. Un amigo de Jerécuaro me pidió que escribiera sobre un insecto y me mandó su foto, no la de él, sino la del insecto. Era un escarabajo bebé. Lleno de pelos como espinas.

 

Sueño

Sueño que soy un insecto y mi mujer que es entomóloga me observa a través de la lente del microscopio. Muevo mi cuerpo con espinas para saludarla. Quiero decirle “hola”, pero el frío metal que atraviesa mi espinoso cuerpo ahoga mis palabras. Despierto. No estaba soñando.

 

Este cuento surgió de la petición de amigo que estaba haciendo un libro de cuentos sobre el circo.

 

Los recuerdos de un campeón

Soy un león viejo, y como tal me da por la nostalgia. Días enteros me paso recordando los gloriosos tiempos cuando una multitud venía al circo únicamente para verme a mí. Era la estrella y mi foto aparecía en los carteles publicitarios. Tanto me gusta recordar esos días que he olvidado cómo y cuándo llegaron a su fin y terminé en la casa del dueño del circo. No me importa, ese momento no vale la pena recordarlo. Lo bueno es que todavía, cuando algún niño viene de visita, se asombra al verme, a pesar de que ahora sólo soy un adorno, un apreciado tapete donde los niños se sientan a ver la tele.

 

Y este otro, nació porque respondí a la convocatoria de una editorial chilena. La convocatoria pedía que escribiéramos microhistorias sobre perros.

 

Reencarnación

¿Ladré? No podía creerlo. El gurú me aseguró que reencarnaría un águila. Busqué un espejo y comprobé que, en efecto, era un perro. Maldito, exclamé. Lo voy a buscar y a mordidas lo obligaré a que me devuelva mi dinero.

 

Y termino con uno sobre Tarzán a petición de una escritora argentina:

 

Amnesia

Lanzó su famoso grito, pero nadie contestó a su llamado. Lo volvió a lanzar, y aguzó el oído. Nada. Silencio. Aspiró hasta que se estaba poniendo morado y A-a-a-aaaaa-aaaaaa.

—Ya deja de gritar, nadie va a venir —le dijo Jane con impaciencia— ¿Otra vez olvidaste que estamos en un zoológico y aquí los animales están enjaulados?

Tarzán la miró con rabia, y de sus acuosos ojos resbaló una lágrima involuntaria. La edad se ensañaba con él. Como muchas cosas, se había olvidado que este zoológico de mala muerte fue el único lugar que le dieron trabajo después de que cerró la empresa fílmica en la que trabajaba.

 

También he escrito cuentos más largos como uno sobre un automóvil abandonado. Se titula Isabella de Borgward. Lo desarrollé dentro un taller de novela breve que tomé en la ciudad de México. Es un cuento de más de 10 páginas.

            En el 2012 me aceptaron un proyecto de creación de cuento y escribí cuentos mucho más largos, los cuales se publicaron en el libro La doncella, el guerrero y otras estatuas, por la editorial La Rana, de Guanajuato.

Y recientemente escribí una novela El libro tibetano de casi 350 páginas en la que cuento dos historias cruzadas: la desaparición de un pueblo y la desaparición de una mujer. El título surgió de un epígrafe que José Emilio Pacheco utilizó en su poema El libro de los muertos.

Por supuesto que he escrito muchas más historias que no han sido publicadas y tengo en carpetas ideas de historias cortas y proyectos de novelas, proyectos de series de cuento brevísimo y de cuentos largo.

También escribo reseñas y artículos de opinión para los diarios o para las revistas o para mí.

Un día alguien me pregunto si vivía de escribir. Le dije que no, que yo trabajaba en una universidad. Pero insistió: ¿Has ganado algo? Le dije sí, un premio y varias becas (que por cierto me dieron una buena cantidad de dinero), pero lo más importante es que he ganado experiencia de vida materializando mi fantasía y esa fantasía me han llevado a conocer lugares y gente interesante, muchos de ellos escritores.

Entonces ¿por qué escribir? Porque es una realización personal que me hace sentirme vivo, me llena de gozo, y si gano un premio, para qué les cuento como me pongo.

¿Y ustedes? ¿Qué hacen para sentirse vivos, para sentir que ha valido la penas estar en este mundo?

 

El último párrafo

Dijeron que era el fin, pero no vi que sucediera una catástrofe o que me estuviera acercando a un precipicio o que un meteorito estuviera cayendo sobre la ciudad… No, nada de eso, sólo vi un punto y todo terminó.

sábado, 29 de agosto de 2020

YURI GAGARIN, EL PRIMER COSMONAUTA

 Jeremías Ramírez Vasillas

En 1969 yo vivía en un pequeño poblado del Estado de México, en el municipio de Huixquilucan. Recién habían introducido la luz eléctrica y la televisión no era común en la mayoría de las casas. Así que los que queríamos ver algún programa teníamos que pagar la entrada de quien tenía un televisor.
            De esa manera vi, el 20 de julio de 1969, la llegada de Neil Armstrong y Edwin F. Aldrin, a la luna imprimiendo sus primeras huellas en el Mar de la Tranquilidad, donde el módulo Eagle había alunizado.
            Las imágenes temblorosas en blanco y negro y con una narración tipo pelea de box no opacaron mi fascinación por esa hazaña, la cual ha corrido la leyenda que fue un montaje filmado nada menos que por el genio del cine Orson Welles. La verdad, no lo creo. Tal vez esta hazaña vista en pequeño televisor me sembró la pasión por el espacio y por la ciencia ficción.
            Hace unos días recordé esta anécdota cuando descubrí en el catálogo de estrenos de Netfix (no soy fan de los estrenos, cabe decir) una película sobre el primer cosmonauta: el soviético Yuri Gagarin.
            Yo no supe de esta hazaña sino muchos años después del primer alunizaje, pero jamás me enteré de los detalles. Así que al ver una película sobre Gagarin decidí verla; para mí era como saldar una cuenta pendiente en mi curiosidad.
            La película abre con la imagen de un hombre mayor caminando en la oscuridad a escasas siete horas de empezar ese primer vuelo histórico. Era la madrugada del 12 de abril de 1961. Este hombre era Serguei Korolev (ingeniero y diseñador de cohetes, uno de los artífices de la conquista del cosmos) que se dirige a supervisar los últimos detalles antes del despegue. Primero, supervisa si los pilotos (primero y segundo, aunque sólo viajaría el primero) están descansando. Luego se dirige a la plataforma dónde está instalado el cohete Vostok 1, en el que viajará por primera vez en la historia por un ser humano.
            Todo el proyecto fue realizado en el más estricto hermetismo pues competía en ese momento con los EU en la carrera espacial. Ya los rusos, el 3 de noviembre de 1957, habían puesto en órbita a una perrita, la famosa Laika (ladradora), y ahora estaban por adelantarse a los Estados Unidos en poner en el espacio a un ser humano.
Y lo lograron pues fue hasta el 5 de mayo de 1961 que Alan Shepard, el primer astronauta norteamericano, viajó al espacio: 23 días después de Yuri Gagarin.
            La película cuenta ese momento culminante para los que tenían 20 candidatos en entrenamiento riguroso: uno de ellos era Yuri Gagarin. La película avanza alternando las escenas de este proceso con la historia personal de Yuri desde su infancia, y su desempeño y desarrollo como piloto.
Gagarin nació en Klúshino (un pequeño poblado rural cercano a Moscú), el 9 de marzo de 1934, en una familia de campesinos pobres.
Antes de alistarse en las fuerzas aéreas trabajó como matricero en una fundición y después en una fábrica de tractores agrícolas, dice un reportaje de National Geographic.
Dice este mismo reportaje que Gagarin descubrió que quería ser piloto, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando un avión soviético fue derribado cerca de su pueblo. Él y un amigo (ambos aun niños de 8 o 10 años) rescataron al piloto y lo escondieron de las tropas nazis hasta que lo recogió el ejército. Sin embargo, en la película insertan secuencias donde se ve a Gagarin de unos 5 años jugando con avioncitos y contemplando la profundidad del cielo.
            En 1955 fue admitido en la Primera Escuela Superior Chkalovsky de Pilotos de la Fuerza Aérea, una escuela de aviación en Oremburgo, donde comenzó la formación.
Fue electo como piloto del primer vuelo espacial por su interés en participar en los proyectos espaciales y por su capacidad como piloto, y tuvo que someterse a una serie de experimentos y pruebas para determinar su resistencia física y psicológica durante el vuelo.
La película muestra a detalle este proceso y la tensión que se mantuvo hasta el último momento, pues no se decidían en seleccionar al elegido. La probabilidad de fallar era muy alta pues los controles técnicos automáticos funcionarían bien. Este no era un vuelo tripulado sino un intento por saber cómo resistiría el cuerpo humano bajo las condiciones de alta aceleración y cero gravedad espacial. 
El despegue estuvo cargado de tensión y cada paso era celebrado como un logro. Para su fortuna todo funcionó como lo tenían planeado y diseñado. Cuando entró la nave en órbita Gagarin se comunicó por radio para certificar que todo estaba bien y que no le afectaba la gravedad cero, pero además, emocionado, les reportaba que estaba viendo el más grande espectáculo que un ser humano nunca había visto: la majestuosidad de la Tierra vista desde el espacio, aunque lo hiciera a través de una pequeña ventanita redonda.
La duración total del vuelo fue de 108 minutos: nueve para entrar en órbita y el resto del tiempo para cubrir la órbita alrededor de la Tierra y descender.
Durante el descenso, de nuevo, la tensión nerviosa se apoderó de todos. Los controles automáticos no se activaron a tiempo. Si bien habían provisto a la nave de controles manuales que Gagarin debería activar en caso de emergencia, y estuvo a punto de hacerlo, pero segundos antes del tiempo límite se activaron y se encendieron los cohetes de corrección de trayectoria para empezar el descenso.
Este error de maniobra desvió el aterrizaje que estaba establecido a 110 kilómetros de Stalingrado, la actual Volgogrado, y lo hizo a 350 kilómetros, en un campo cercano del pueblo Smelovka.
La secuencia del aterrizaje también fue dramática, pues le costó trabajo a Gagarin liberarse de la cápsula y accionar los paracaídas. Pero finalmente logró aterrizar con suavidad.
Cuando iba descendiendo una campesina y su hija corrieron para ver qué era eso que caía del cielo. Pero cuando vieron a Gagarin con su traje naranja y el casco luchando por liberarse del paracaídas, se asustaron y emprendieron la huida. Gagarin les gritó: "Por favor, esperen, soy uno de ustedes, soy un soviético".
            La secuencia final no recrea el recibimiento y la gloria que logró por su hazaña. Sólo muestran a la gente saliendo a las calles a festejar un logro que los ponía en la delantera de la carrera espacial.
            La película concluye con una serie de fotos en blanco y negro de algunos momentos de su recibimiento. En ese momento Yuri Gagarin tenía 27 años y nunca más volvió al espacio.
            En 1967, en el segundo vuelo espacial, el Soyuz 1, y el primero tripulado, lo colocaron en segundo lugar pues para entonces era una gloria nacional y cuidaban de no ponerlo en riesgo. Y acertaron pues este vuelo tuvo un final trágico. En el descenso los paracaídas no se abrieron y el piloto, Vladímir Mijáilovich Komarov, amigo de Gagarin, murió.
             Parecía que iba a tener una vida llena de homenajes pues tan pronto completó su hazaña lo nombraron diputado y luego senador y siguió participando en los proyectos espaciales. Sin embargo, el 27 de marzo de 1968, cuando tenía 34 años, pilotando el caza MiG-15, cayó en picado cerca de la ciudad de Kirzhach y murió junto a su instructor de vuelo, Vladimir Seryogin. Las circunstancias misteriosas del accidente convirtieron en leyenda a este primer cosmonauta y no le tocó presenciar la llegada del hombre a la luna.
La película fue estrenada el 6 de junio de 2013, en Rusia. Y fue dirigida por Pavel Parkhomenko, un veterano director. Algunos críticos elogiaron la actuación, la dirección y la narración de la película, mientras que otros mencionaron los efectos visuales ‘baratos’.
Para mí son lo de menos los efectos. Es una buena película que nos permite acercarnos a un héroe cuyo carácter decidido, su arrojo y su templanza, forjada en una dura infancia, le permitió afrontar todos los obstáculos y salir airoso.
Véanla, vale la pena. Yo creo que estará un buen tiempo disponible en Netflix.

LAS TRES ETAPAS DE LA VIDA: PAUL VERLAINE


Jeremías Ramírez

Paul Verlaine fue un poeta francés del siglo XIX que influyó en muchos escritores y por ello es mencionado con frecuencia.
            Muchos lectores van descubriendo autores importantes y se acercan a sus obras porque son mencionados en reseñas literarias o en comentarios de escritores famosos y de esa forma se van haciendo conocidos, de modo que cuando vamos a una librería son fácilmente percibidos y es uno de los caminos como vamos seleccionando los libros que compramos.
El libro de Verlaine que en esta ocasión comento contiene tres poemarios: Fiestas galantes, Romanzas sin palabras y Sensatez, y lo encontré en un bazar que vendía regalos y chucherías y que extrañamente tenía algunos libros usados a la venta. Parece que el dueño de la tienda sólo buscaba deshacerse de objetos indeseables.
El libro estaba sumamente maltratado, pero el nombre me era conocido y lo compré con la idea de acercarme a la obra de este autor. Pagué por él 10 pesos. Cuando llegué a mi casa lo guardé y por varios años ahí se quedó sin que se me antojara leerlo. No tenía motivo alguno, ni había leído nada de él que me llevara a tratar de profundizar en su trabajo.
            Hace unos días, cuando estaba buscando otro libro, lo vi, lo saqué de su lugar porque noté que estaba aún más deteriorado. Me dije: un poco de resistol y algunos parches de cinta mágica evitarán que se siga deteriorando. Cuando terminé de repararlo leí el prólogo por curiosidad.
            Estos tres poemarios (dentro de la extensa obra de Verlaine que consta de 26 libros de poemas y diez de prosa) fueron seleccionador por el editor porque marcaban tres etapas en la vida del poeta. Luis Guarner, su prologuista, afirma: “Puede decirse que la estética y la ética del poeta se condensan en la trilogía de estos tres libros singulares, que tanta repercusión habían de tener en toda la moderna poesía universal”.
            En el primer poemario, Fiestas galantes (1869), lo escribió cuando tenía 25 años, y en él “encontramos los temas, al parecer, frívolos, de una corte galante y preciosista”, dice Guarner, pues expresan su vida desenfrenada, cuando sólo le interesaba la obtención del placer. De ahí que haya utilizado las figuras de la Comedia del Arte: Arlequín, Colombina, Polichinela… como personajes de su expresión poética.
            En el segundo poemario, Romanzas sin palabras (1874), lo escribió cuando tenía 30 años y se advierte que la frivolidad ha dado paso a la contemplación, pues, afirma Gurner, “encierra los poemas más aéreos y sutiles… a modo de una maravillosa sinfonía en que los ritmos y las cadencias hacen vivo el milagro de una poesía que parece que no ha necesitado palabras para expresar aún en sus más recónditos sentimiento”.
            Finalmente, Sensatez (1891), lo escribió cuando tenía 47 años, a cinco años antes de su muerte. Guarner afirma que este libro “marca no sólo en la estética del poeta sino en su misma vida el paso hacia otra etapa poética y vital…” donde, "el alma pura y palpitante del poeta está en estos versos sinceros, que son el eco del más profundo gemido del alma humana moderna, angustiada por todas las dudas y mordida por todos los pecados". Y agrega, aquí “…nos entrega el alma entera, desnuda y viva, ingenua y complicada a la vez, con vibraciones de nervios humanos, para mostrarnos todos sus ardores, todos sus pecados, todos sus remordimientos, todos sus temores de la vida, pero también todas sus esperanzas de salvación…” en busca de la Verdad suprema.
            En el prefacio de Sensatez el mismo Verlaine nos dice: "El autor de este libro no siempre ha pensado como ahora piensa. Mucho tiempo anduvo errante en la corrupción contemporánea, con su parte de ignorancia y de culpa. Penas muy merecidas le advirtieron luego, y Dios le ha hecho la gracia de comprender la advertencia. Prosternado ante el altar, tanto tiempo olvidado, adora la Suma Bondad..."
            Después de haber leído el prólogo y el prefacio ya no tuve el deseo de guardar el libro, sino que de inmediato me sumergí en su lectura. A medida que avanzaba se despertó en mí el interés de conocer más la vida del poeta.
            Descubrí que Paul Verlaine había tenido, de joven, una vida tremendamente desordenada. Nació en Metz el 30 de marzo de 1844 y murió en París, 8 de enero de 1896). En París trabajó brevemente como agente de seguros antes de dar inicio a la carrera de Derecho, que abandonó para vivir en la bohemia y compartir ansias literarias con poetas parnasianos como Leconte de Lisle y Louis Xavier de Ricard.
            En el año 1870 se casó con Matilde Mauté de Fleurville, con quien tuvo un hijo, pero se separó de ella cuando se enamoró del poeta Arthur Rimbaud, quien tenía en ese entonces 18 años y Verlaine, 28. Ambos se fugaron en 1872 a Londres, donde vivieron una apasionada, pero tormentosa historia de amor, con continuos encuentros y desencuentros. Esa relación, su vida bohemia, su afición a la absenta (bebida altamente alcohólica popular entre los artistas de esa época) y su desequilibrio nervioso, mermaron su salud.
            La relación con Rimbaud era tan conflictiva que, en 1873, en Bruselas, Verlaine lo agredió a balazos y le hirió una mano. Por este hecho fue condenado a dos años de prisión.
En reclusión escribió Romanzas Sin Palabras (1874).
Tras una última riña con Rimbaud en Stuttgart, regresó a Inglaterra en 1875, donde se dedicó a la enseñanza hasta que regresó a Francia en 1877. Después de una recaída en el alcoholismo, volvió a Inglaterra con su alumno favorito, Lucien Létinois.
Parecía que entraba en una etapa de serenidad, pero su pasado le mordía los talones. En 1883, tras la muerte de Létinois, recayó y llevó una vida escandalosa. De este período data la publicación de Los poetas malditos (1884), en que dio a conocer a Rimbaud, Tristan Corbière y Stéphane Mallarmé. Tras una nueva estancia en la cárcel por haber intentado estrangular a su madre hallándose bajo los efectos del alcohol, pasó a residir definitivamente en París (1885), donde fue a menudo hospitalizado.
Aparte de obras en prosa, como Mis hospitales (1892), destacan en esta última etapa de su vida obras poéticas de tema religioso: Amor, 1888; Liturgias íntimas, 1892.
En sus últimos años gozó de gran prestigio literario (dio conferencias en Bélgica y Gran Bretaña y fue elegido «Príncipe de los poetas» en 1894), lo que contrasta con la miseria y el estado de degradación en que vivía.
Verlaine murió en París el 8 de enero de 1896 y está enterrado en el cementerio de Batignolles de París.
Este es uno de sus poemas de Sensatez:

En adelante ya, el Sensato,
que con exceso amó las cosas,
prudente ya hasta lo infinito,
mas sin precauciones morosas,

y a más, volviéndose al Señor,
que hizo a sus ojos la luz ver,
honor y gloria y el ocaso
candor que en su alma puede haber,

puede el Sensato prevenir
ya las escenas de este mundo
y la canción oír del viento
y contemplar el mar profundo.

Irá tranquilo, y pasará
por las ciudades más feroces,
como el muchacho va a la Ópera
cansado de danzas y goces.

Y él —por poder así humillar
su orgullo que enviudó su alma—
¡va remontando su pasado,
como un perverso río en calma!

Verá las hierbas y las márgenes,
y oirá el agua cómo llora
sobre una dicha muerta ya
en una fecha, en una hora…

Y él amará el cielo y los campos,
la bondad, el orden, la armonía,
y será dulce aún para el malo,
para alcanzar la muerte pía.

Delicado, mas no exclusivo,
será el día en que ahora estamos:
su corazón, contemplativo,
obra será de los humanos.

De vuelta ya de las pasiones,
Por miedo al uso y los paisajes
de vuestras civilizaciones
ha de preferir los paisajes.

sábado, 15 de agosto de 2020

ANNE WITH AN E Una serie televisiva sobre las aventuras y desventuras de una huérfana

Jeremías Ramírez Vasillas

Vladimir Nabokov, en su libro Curso sobre literatura europea, afirma que “las grandes novelas son grandes cuentos de hadas”.
            No lo había considerado así, pero tiene razón: una novela (o cualquier arte narrativo de ficción), por más realista que sea, en realidad es un constructo imaginativo, una historia idealizada, imaginaria, cuya arquitectura se puede parecer a la realidad, pero no es la realidad, en todo caso, es el summum de la realidad, entiendo este como el conjunto de anhelos, sueños, de sentimientos que toda obra narrativa expresa, independientemente del vehículo que use; puede ser una historia de ciencia ficción (como 1984, de George Orwell), o ubicada en una ficticia edad media (como en El Señor de los anillos, de Tolkien) o en un mundo fantástico (como Crónicas de Narnia de C.S. Lewis) o en Marte (como Crónicas marcianas) o en la Luna (como Los primero hombres en la luna, de H.G. Wells), pero todas estas obras tienen algo en común: todas hablan de los anhelos, los sentimientos de justicia o frustración, de los sueños, o quizá de los contrario, de ese sustrato de maldad, de injusticia que también se alberga en el alma humana.
            Anne with an E, la serie que lanzó Netflix y se convirtió en un fenómeno, es justo un cuento de hadas, donde, a pesar de las dificultades, frustraciones, sufrimiento de la protagonista, la huérfana Anne, “mágicamente” ángeles corpóreos aparecen para ayudarla a conseguir sus anhelos de libertad, de amor, de fraternidad, de gozo, de vivir la vida con intensidad, al grado de rayar en la inverosimilitud con tal de abonar a la intensidad emocional que lleve a las lágrimas a los espectadores.
            La historia se ubica en una isla canadiense a finales del siglo XIX y comienza cuando un par de hermanos (Matthew y Marilla), dueños de una granja, ya viejos y ambos solterones, deciden adoptar a un niño, pero del orfanato les mandan una niña de unos doce años, pecosa, pelirroja, flaca que no para de hablar y de fantasear. Marilla quiere devolverla, pero Matthew se ha encariñado con esa parlanchina y no quiere. Un malentendido hace que la manden al orfanato de regreso, pero pronto descubrirán el error y tratarán de enmendarlo, aunque les cuesta lograrlo. Una vez que Anne está de regreso, casi de inmediato la adoptan formalmente como hija. Sin embargo, el pasado de Anne choca con las buenas costumbres del pueblo y sufre constantes rechazos de adultos y jóvenes que le dificultan insertarse en esa sociedad cerrada y ser aceptada incluso en la escuela. Pero el ingenio, la imaginación y la tozudez de Anne le permite imponerse a las dificultades e incluso convertirse en heroína en varios capítulos hasta convertirse en líder. La historia concluye en tres series cuando Anne finalmente termina su educación básica y es aceptada para cursar estudios universitarios.
            Yo me he preguntado muchas veces por qué un personaje pobre, desvalido, desafortunado se vuelve entrañable para el público.
            Hace muchos años, en una clase de cine en la universidad, un maestro, explicando los gags cinematográficos (secuencias cómicas) nos decía que, si tiramos una cáscara de plátano y pasa un hombre rico, soberbio, pedante y la pisa y resbala y cae, es un gag pues toda la gente se ríe. Pero si quien resbala es una anciana pobre, el público no se ríe. Entonces es una desgracia. Y esto es así porque, al parecer, hay en el alma de la gente un anhelo de justicia, del bien. Y cuando la búsqueda de este anhelo de justicia es encarnada por un personaje débil y triunfa se vuelve entrañable. Tal vez e todos nosotros, seres insignificantes, queremos que nuestra vida tenga valor y admiramos a quien simbólicamente lo logra.
            Anne es una niña cuya orfandad hace que anhele con mayor ímpetu la libertad, la paz, el amor, la fraternidad, la amistad, y lucha con inteligencia para lograrlo. Capítulo a capítulo vemos sus peripecias en los que sus anhelos a veces se logran, pero en otras fracasa, pero al final, siempre obtiene un saldo a favor.
            Pero en cada capítulo la historia flota en un ambiente de ensueño, con bellísimos paisajes, fragmentos de grandes obras, personas afables rayando en lo imposible, y alcanzando sueños que llegan a parecerse los finales de los cuentos de hadas.
            Todo ello hace que Anne with E sea una entrañable serie que tiene miles de seguidores quienes perdonan los fallos narrativos o sus cuñas (capítulos forzados que están fuera de época y de lógica), con sus giros dramáticos a modo o con el abuso excesivo de la elipsis. Se notaba que tenían prisa por avanzar. También hay personajes que parecen monigotes de cartón, o estatuas de decoración: jamás cambian ni evolucionan. Parecen los parajes imperturbables donde Anne vive y se desarrolla.
            Lo que sorprende es que de pronto aparezcan capítulos donde claramente se nota el apañamiento del autor, la mano negra, la introducción de temas incluso anacrónicos, es decir, fuera de época, o argumentos que es difícil que se plantearan a finales del siglo XIX. Habrá que leer la obra original, Ana la de Tejas Verdes, la cual fue escrito en 1908 por la novelista canadiense Lucy Maud Montgomery (1874-1942) cuyas tramas se desarrollan principalmente en la isla del Príncipe Eduardo, donde la autora vivió su infancia en casa de sus abuelos maternos. De hecho, la novela tiene fuertes tintes autobiográfico, pues la autora se quedó huérfana de niña y vivió con sus abuelos. El éxito de este libro permitió que la autora, luego de casarse, siguiera escribiendo varias secuelas, además de escribir otras obras literarias, pero ninguna tuvo el impacto de su ópera prima.
            La serie termina abruptamente en la tercera temporada (pese a que se habían planeado cuatro) y por ello deja cabos sueltos (como el destino de la indígena amiga de Anne que es recluida en un orfanato religioso como si estuviera prisionera) y abusa en el último capítulo bárbaramente de la elipsis para tratar de terminar y atar algunos cabos dramáticos y llegar a la meta con un final feliz ultra endulcorado. De esta manera los espectadores se quedan en paz, pero anhelando un poco más de pastel, pues simbólicamente, los anhelos que encarnaba Anne han sido cumplidos y pueden dormir en paz.
            La terminación abrupta, se dice, fue por un conflicto entre los realizadores y Netflix los llevó a romper el contrato y cerrar la serie. Y no valieron las miles de firmas de los seguidores de la serie.
            Ahora se dice que está en puerta la reanudación de la serie, pero también se dice que los realizadores están tratos con otras empresas de streaming que les ofrezcan mejores condiciones.
            A pesar de algunos aspectos inaceptables o poco creíbles, hay cosas interesantes en esta serie que bien le pueden ayudar a pasar de mejor manera una pandemia que se alarga infinitamente como hebra de aceite.
            Hasta la próxima.

EL GARABATO: Vicente Leñero

Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...