viernes, 1 de abril de 2011
LOCURA Y LIBERTAD
“El malvado es un necio, porque ignora lo que es la libertad y se niega a luchar por ella. Y también cabe considerarlo un enfermo psíquico, porque la locura no es más que la absoluta renuncia a la libertad. El neurótico es aquel que ni puede reconciliarse con la esclavitud ni dispone de fuerza suficiente para ganarse la libertad. Siempre se encuentra en la frontera, en tierra de nadie, entre dos fuegos cruzados, y por ello recibe los golpes de ambos lados”.
Sombras sobre el Hudson, Isaac Bashevis Singer, ediciones B, Madrid, 2005, p. 786.
domingo, 27 de marzo de 2011
CHEJOV Y PRESUNTO CULPABLE
Al fin llegó Presunto Culpable a las salas de Guanajuato. Por el escándalo derivado de la tentativa de censura, argumentando derechos legales de uno de los retratados (de cuando acá la justicia mexicana vela por los derechos de un sujeto que no tiene ni fama ni fortuna), la película alcanzó una mayor audiencia. Por ello pensé que la sala a la que fui el pasado domingo iba a estar abarrotada. Sorpresa: estaba prácticamente vacía. Cuando empezó la función ya había al menos un tercio de la sala lleno, aun así era muy poca la asistencia. O en Guanajuato no nos preocupan los problemas de la justicia o andaban todos de vacaciones o de parranda.
Cuando estaba en debate la presunta salida de cartelera de la película por orden de la jueza Lobo Domínguez, se decía que ya la cinta se estaba convirtiendo en la película mexicana más taquillera de la historia, pues ya la habían visto, en ese escaso tiempo de poco más de dos semanas, un millón de personas. A la primera semana de exhibición se dijo que era la segunda película más taquillera de la cartelera comercial de la semana. En primer lugar estaba El Rito (cuya presentación en televisión hizo que López Dóriga se llevara una santa rechifla). Pero cuando daban los datos se pudo dimensionar ese segundo lugar: El rito había recaudado en esa primera semana seis veces más que Presunto Culpable. Lo cual nos indica que su logro, aunque apreciable, era muy limitado. Estaba lejos de ser una película que llegara al menos a la mitad de la población mexicana. Al 15 de marzo había recaudado en taquilla 59 millones 974 mil 268 pesos.
Pongamos los datos en perspectiva. Según Alberto Aguilar, comentarista económico de TV Azteca , “el año pasado la película mexicana que más taquilla recaudó fue No eres tú, soy yo, de Alejandro Springall con cerca de 126 millones de pesos y una asistencia de más de 2 millones 900 mil personas. Le siguió El Infierno de Luis Estrada con más de 83 millones de pesos y 2 millones de espectadores”. Sin embargo, si contrastamos estos número con lo recaudado por las películas de Hollywood vemos una brecha abismal: “el año pasado la número uno fue —según Aguilar— Toy Story 3, de Disney, con una recaudación de 777.1 millones de pesos y casi 14 millones de concurrentes, seguida de Alicia en el País de las Maravillas y Shrek para siempre, de Paramount, con 385 y 372 millones de pesos respectivamente.
Gulp. Aún estamos lejos de alcanzar con una película mexicana la aplastante atracción de los cinéfilos mexicanos por los productos norteamericanos. Pero lo grave, en el caso de Presunto culpable es, si esta película alcanzara la cifra de Toy Story significaría que verían la cinta 14 millones de mexicanos, es decir, apenas un poco más del 10 por ciento de nuestra población.
Ante esos números podemos concluir que el impacto del cine sobre las conciencias de los espectadores es muy baja. Una telenovela como Cuando me enamoro llega a tener 76 mil espectadores diarios. Por eso estamos como estamos, aunque diga lo contrario el secretario de Educación Lujambio. Es más, sus comentarios elogiosos a las telenovelas son un indicador de nuestro nivel educativo.
Aun así, calculo que hasta el momento (21 de marzo) han visto la película el 5% de los mexicanos, y aún con este margen estrecho ha sido posible provocar algunos cambios en el sistema judicial, o al menos se está haciendo presión para cambiar un sistema tan vetusto como inoperante e injusto. Cuando uno ve expuesto los intestinos del monstruo nos damos cuenta del por qué tenemos esos niveles de impunidad (tanta corrupción y delincuencia rampante) y de ausencia de justicia en nuestro país. Y surgen entonces muchas preguntas.
Todos sabemos que en México uno es culpable hasta que se demuestra lo contrario, pero para lograrlo hay que pasar por un calvario. Esto quiere decir que nos pueden acusar de lo que sea e ir a la cárcel de inmediato, y sólo podremos salir si demostramos que somos inocentes. Es decir, en México el acusado es quien tiene que demostrar su inocencia aun cuando no haya elementos que lo acusen. Y si no logra reunir las suficientes pruebas que no dejen dudas de su inocencia, entonces uno es inocente. Bueno, si al juez le da la gana de tomar en cuenta esas pruebas (lo cual, como dice la película, casi nunca sucede). Si al juez no le da la gana —dice de nuevo la película— dicta sentencia de culpabilidad. Es decir, para que se tomen en cuenta las pruebas de la inocencia es necesario contar con un equipo de abogados (caros, muy caros) para que entablen una guerra contra el sistema, incluso, lleguen a la corrupción para cambiar la decisión de un juez. La inocencia, en nuestro México, no es suficiente, tampoco la verdad, como dice el protagonista de la película.
Estamos en las mismas circunstancias que enloquecieron al personaje del relato El Pabellón número 6 del escritor ruso Antón Chéjov. Iván Dimítrich Grómov, el personaje, después de reflexionar sobre el sistema judicial ruso encuentra que no hay nada que prevenga o evite que un inocente llegue a la cárcel. El es inocente y a partir de ese momento le empieza a crecer en él el temor de que tarde o temprano pueda ser encarcelado. Su delirio llega al grado de encerrarse en su habitación de donde es sacado por el sistema de salud para llevarlo a un hospital mental. Cuando eso sucede se dice: Yo tenía razón, yo tenía razón, me llevan a la cárcel.
Ahora, después de ver esa película y la manera en que Toño fue apresado y acusado, hay razones padecer el mismo delirio persecutorio de Iván Dimítrich y sentirnos amenazados cuando pasemos cerca de un policía o cuando un judicial toque el timbre de nuestra casa. Quién nos asegurará que en “esa lotería”, en esa ruleta rusa, nos haya tocado la bala. El rechazo que ya sentíamos los mexicanos, como animalillos atosigados por los cazadores, por la justicia, es más que fundada. Enfermos de psicosis, de delirios de persecución, caminamos por las calles temiendo que un día la fatalidad nos lleve a los tribunales y seamos encerrados en el infierno de la cárcel (llamados eufemísticamente “Centros de Rehabilitación Social”) donde purguemos una pena que no debemos.
Por ello es urgente difundir este documental. Si la vía cinematográfica no alcanza a todos, que el video y el internet sean nuestros aliados. Y ya tomada conciencia, organicémonos para cambiar cuanto antes este sistema que nos victimiza hasta los que nunca hemos tenido ningún problema con la justicia.
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domingo, 20 de marzo de 2011
MÁS ALLÁ DE LA VIDA (HEREAFTER)
Clint Eastwood demuestra que cada vez es mejor cineasta, aunque tenga la influencia de Steven Spielberg (uno de los productores de su última película: Hereafter), quien tiene el don de endulzar hasta el mar salado.
La primera vez que vi a Eastwood fue en la película el Malo el Bueno y el feo (Sergio Leone, 1966). Luego lo vi como policía rudo (Harry Callahan). Parecía que se iba a quedar enclaustrado como actor y en dos tipos de personajes que encarnaba muy bien: el vaquero y el policía. Quizá nadie pensó (yo menos) que se iba a convertir en uno de los directores más importantes de la cinematografía norteamericana.
No es extraño ver como algunos actores dan el salto a la dirección fílmica. Lo que sí es extraño es que se conviertan en excelentes directores. Y este es el caso de Eastwood, para bien del cine. La primer película de él que me dejó impactado fue Los imperdonables (1992), película efectiva e implacable en los efectos de la vejez en un grupo de gatilleros.
Clint Eastwood nació en San Francisco en 1930. A la fecha tiene 80 años de edad y filma con un enorme vigor (ni se le nota la edad). Como actor ha participado en 66 películas y ha dirigido 35 películas entre las que destacan Los imperdonables (1992), Million dollar baby (2004), Cartas desde Iwo Jima (2006), Torino (2008), Invictus (2009). Empezó a dirigir películas en 1971 con un cortometraje documental: The Beguiled: The Storyteller. Y ha combinado su trabajo de dirección con el de actuación. Y en su currículum se registran incluso créditos como director de sonido, productor, guionistas, entre otros. En suma, es un cineasta completo que entiende a fondo toda la gama de su oficio.
Su última aventura fílmica es Hereafter (2010), que en México titularon Más allá de la vida (traducción literal), y ya se encuentra trabajando en otro film que saldrá en el 2012: J. Edgar.
Independientemente de sí creemos en la vida más allá de la muerte y la posibilidad de comunicarnos con los muertos, la película es una reflexión sobre la fragilidad de la vida y la búsqueda de sentido ante el absurdo de la muerte, una de sus recurrentes preocupaciones puesta en pantalla de formas diversas.
La película abre con una contundente secuencia del Tsunami que devastó Indonesia en la que una periodista, Marie LeLay(Cécile de France), arrastrada por las furiosas olas por las calles de la ciudad, se topa cara a cara con la experiencia de la muerte que la lleva a renunciar a su mundo frívolo de la información televisiva para adentrarse en una investigación en la búsqueda de respuestas a su experiencia. Esta historia se enlaza en dos más: la de un psíquico, George Lonegan (Matt Damon), quien se ha retirado porque se niega a seguir haciendo contacto con personas muertas y la de Jason, un niño que sufre la pérdida de su hermano gemelo.
Las tres historias finalmente tendrán un punto de encuentro: una feria de libros en Inglaterra en donde la periodista presentará su libro sobre esta experiencia que se titula precisamente Hereafter (de aquí el título de la película en inglés). A este lugar llegará George Lonegan, desde Estados Unidos, huyendo de su hermano –que quiere lucrar con su don—y en búsqueda de las huellas de su autor preferido: Charles Dickens (inexplicable afición de este psíquico al que no se le nota su pasión por la literatura). Por su parte, Jason es llevado por sus padres adoptivos a esta feria para que conozca su otro “hermano” (otro hijo adoptivo) que allí trabaja, con el objetivo de conectarse con el retraído y extraño Jason, y tratar de sacarlo de su caparazón.
Si bien la película no va más allá de aquellas que tratan este tipo de problemas, si tiene la virtud de ser contada con precisión, sin dejarse caer en la superficialidad y en los lugares comunes harto gastado de este tema (y de paso criticar a la charlatanería que pulula en este negocio), aunque no va más allá, no devela nada nuevo, y pone énfasis en una preocupación de sus última cintas: la búsqueda incesante por encontrar un sentido a la existencia humana. En Millón dollar baby es la apuesta de una joven a entrar en el violento mundo del box a fin de encontrar una forma digna de vivir; en Torino, la igualdad y justicia en los desvalidos al grado de arriesgar su propia vida; en Invictus el juego como factor de unión de un pueblo: Sudáfrica, y hacer del rugby algo más que un juego de ocio vacío. Y en ésta última cinta: indagar una respuesta el absurdo de la muerte y dedicar la vida a acciones significativas. Ya sea escribir libros que signifiquen algo profundo para uno (Marie), crecer y volverse útil (Jasón) o volver al psiquismo pero con un mejor sentido (Lonegan).
Y aunque no aporte mucho ni siquiera sostenga bien la premisa dramática o temática, se agradece esta película que con la parsimonia, agudeza y maestría habitual de Eastwood va adentrándose en la intimidad de sus personajes para desde allí conmover a sus espectadores.
La película puede decepcionar a aquellos que esperaban una obra mayor como los Imperdonables o Golpes del destino, —que quizá lo haga con J. Edgar—pero no se puede negar que es una película digna y bien lograda.
lunes, 14 de marzo de 2011
UNA PARED PARA CECILIA

El Cine Club de Extensión Universitaria del Campus Celaya-Salvatierra de la Universidad de Guanajuato presentó el pasado jueves 3 de marzo la película Una pared para Cecilia del director mexico-argentino, Hugo Rodríguez.
Este es el tercer año que este cineclub viene presentando mensualmente películas de calidad a la cinefilia celayense, abriendo con ello una ventana a este golpeado arte y que la cartelera comercial no ofrece.
Y como el cine se ve mejor en el cine, la estrategia ha sido rentar una sala comercial de Cinepolis (único complejo fílmico en Celaya) para sus funciones. Y cuando presenta películas mexicanas procura invitar al director o a alguien importante del crew.
En esta ocasión estuvo Hugo Rodríguez, el director, quien platicó con los asistentes a las dos funciones que se ofrecieron. Asistieron a esta cita fílmica al menos unos 400 cinéfilos, cifra más a menos estable que viene siguiendo las actividades del Cine club. Y en cada función se nota como crece la asistencia juvenil, particularmente de estudiantes universitarios tanto de las instituciones públicas como privadas.
Antes y después de la función tuve la oportunidad de platicar con Hugo Rodríguez. Es un hombre que llegó a México hace 30 años, como exiliado, huyendo de la dictadura de Videla que asolaba y perseguía particularmente a la juventud pensante, universitaria.
Hace 15 adoptó la nacionalidad y hoy es más mexicano que argentino. Desde muy joven se dedicó al cine. Estudió en Centro de Capacitación Cinematográfica de cuya escuela fue maestro y como tal participante de talleres que esta institución brinda en diversos estados del país. Hace dos años estuvo como profesor en el Centro de las Artes de Guanajuato en Salamanca, y por ello, tiene un especial afecto por nuestro estado.
Su carrera fílmica es muy abultada. Ha producido 64 filmes y dirigido 5, entre otros roles que ha jugado en el cine. De las películas que ha dirigido la más famosa es Nicotina, en la que actuó Diego Luna.
En la cena que se le ofreció, al calor del vino, entramos en materia y se desbordó su apasionamiento por un arte que conoce a fondo. Me explicó la forma en que logró algunas de las escenas de esta película que rodó enteramente en Tijuana, donde estuvo dando cursos de cine, y con un crew conformado en su mayoría por tijuanenses. Ojalá algún día haga algo así en Guanajuato. Buena falta le hace al estado proyectar su imagen en celuloide y mostrar que Guanajuato es más que momias y el Cervantino.
Actualmente hace sus películas en formato digital, estrategia que le permite una mayor velocidad de realización y una reducción presupuestal, punto crítico y nodal del cine mexicano.
Nos despedimos con la promesa de su regreso como maestro en un taller que ya se estará delineando en Extensión Universitaria del Campus Celaya-Salvatierra.
sábado, 5 de marzo de 2011
PRESUNTOS CULPABLES
Esas son las autoridades judiciales de nuestro país (además de presuntos zoquetes). En 1922 Lenin, cuando ya había logrado restablecer la paz tras la revolución que encabezó, dijo: “El cine, de todas las artes, para nosotros la más importante”. Él había seguido el impacto social que producían películas como El nacimiento de una nación de Griffith, que hizo que renaciera el Ku Kux Klan, y visto lo que el cine le ayudaba en la propagación de sus ideas en la naciente URSS. Y por ello impulsó al cine y lo convirtió en su motor ideológico.
El cine, a pesar de la trivialización que ha hecho Hollywood (acabamos de ver el circo de los Óscares), tiene un potencial que de vez en vez se deja sentir. Sus inventores, los Lumiere, vieron su poder de atracción y se expandieron por el mundo con sus oficinas y unidades de filmación que recorrían el mundo y lo llevaban a Paris y viceversa. El cine, con ellos, se inauguró como una ventana al mundo. Y ávidos, los espectadores, iban a sus proyecciones a ver como era el mundo en otras partes, o como eran ellos mismos.
Desde hace algunos años hemos visto el crecimiento del cine documental (arrinconado por mucho tiempo como cine escolar, educativo, propagandístico o informativo noticioso), crecimiento que se genera por la misma razón que descubrieron los Lumiere: la avidez de la gente por asomarse a su realidad. De ahí el éxito las película de Michael Moore (Fahrenheit 9/11), entre muchas otras.
En México, una cámara de cine se ha internado como aparato de laparoscopía en los intestinos de la justicia mexicana y ha puesto al descubierto una descomposición escandalosa. Ya lo sabíamos, pero no así de brutal y en conjunto.
Los afectados obviamente no se iban a quedar con los brazos cruzados, pero se vieron lentos: dejaron que pasaran muchas semanas de promoción. Y ahora ya no podrán detener el fenómeno. Es más, se han convertido en sus mejores impulsores. Y la piratería (que ha crecido al amparo de la impunidad, es decir, por fallos en el sistema de justicia), en el caso de progresar su veto, será el arma que les aseste el golpe letal: los múltiples tentáculos de este pulpo serán como autopistas donde este documental correrá para llegar a los ojos de muchos mexicanos que, como dice el evangelio: “tienen hambre y sed de justicia”. No confundir lo legal con la justicia. Esto es precisamente lo que muestra esta película, que nuestra legalidad lejos está de la justicia.
miércoles, 12 de enero de 2011
SUCEDE
Sucede que
hay mañanas que despierto
buscándote entre los pliegues
de mi último sueño.
Y hay veces que te encuentro
en un rincón de mis recuerdos.
Y me alegra verte
en esos callejones
del anhelo.
Entonces me levanto
y abro la ventana
y dejo que el sol me llene
la esperanza de verte
en las calles
que existen
más allá de mis sueños,
más allá de mi ventana.
hay mañanas que despierto
buscándote entre los pliegues
de mi último sueño.
Y hay veces que te encuentro
en un rincón de mis recuerdos.
Y me alegra verte
en esos callejones
del anhelo.
Entonces me levanto
y abro la ventana
y dejo que el sol me llene
la esperanza de verte
en las calles
que existen
más allá de mis sueños,
más allá de mi ventana.
domingo, 26 de diciembre de 2010
EL ESCRITOR DE ÉXITO
Hace unos días, en el último concierto del 2010 de la Orquesta Sinfónica Juvenil Silvestre Revueltas de Celaya “, platicaba con Sergio Luna, amigo entrañable y buen poeta, sobre qué tipo de literatura ganaba los certámenes literarios, y hablamos particularmente de algunas novelas que yo había leído y que habían ganado premios como el Alfaguara. Yo le decía que no me parecían grandes novelas y algunas de dudosa calidad. Él me decía que las obras ganadoras actualmente en los muchos de los certámenes literarios y apoyadas por los fondos estatales no eran las de mayor altura literaria sino las que buscaban provocar emociones en los lectores, las novelas efectistas, las novelas que hurgaban en el morbo como Diablo Guardián. En suma, novelas que respondían a una sola variable, curiosamente, no literario: el impacto emocional a fin de lograr la aceptación del mercado mayoritario del mercado lector, ese que busca a la literatura como una diversión, más que un goce profundamente estético. Para ejemplo basta revisar someramente el fenómeno Pérez Reverte.
Me fui a mi casa pensando en que quizá el mercado había corrompido en muchos sentidos el arte literario al haberlo convertido en una mercancía, como había sucedido con el cine y otras artes, como la música. Y pensaba que este tipo de literatura había tomado carta de ciudadanía a finales del siglo XIX en la literatura por entregas que explotaban los diarios de tirajes masivos. Este fenómeno marcó el rumbo de la literatura comercial actual.
Y en esas estaba cuando, al buscar información en el internet sobre Phillip Roth, un escritor norteamericano de quien recién había comprado el libro: Zuckerman encadenado, di con un artículo titulado Sale el espectro, de Philip Roth, escrito por Juan Gabriel Vásquez y publicado por Letras Libres (http://www.letraslibres.com/index.php?art=12791) donde el articulista reflexionaba en el mismo sentido de mis preocupaciones y reproducía una cita del New York Times muy esclarecedora: “Hubo un tiempo en que las personas inteligentes usaban la literatura para pensar. En cuanto se entra en las simplificaciones ideológicas y el reduccionismo biográfico del periodismo cultural, se pierde la esencia del artefacto. Su periodismo cultural es chismorreo de publicación sensacionalista disfrazado de interés por ‘las artes’ y todo cuanto toca se contrae y reduce a aquello que no es. ¿Quién es la celebridad, cuál es el precio, cuál es el escándalo? ¿Qué transgresión ha cometido el escritor, y no contra las exigencias de la estética literaria, sino contra su hija, hijo, madre, padre, cónyuge, amante, amigo, editor o mascota?”
Vaya, vaya, qué les parece. El periodismo, disfrazado de crítico literario, también había contribuido a engordar al monstruo.
Me fui a mi casa pensando en que quizá el mercado había corrompido en muchos sentidos el arte literario al haberlo convertido en una mercancía, como había sucedido con el cine y otras artes, como la música. Y pensaba que este tipo de literatura había tomado carta de ciudadanía a finales del siglo XIX en la literatura por entregas que explotaban los diarios de tirajes masivos. Este fenómeno marcó el rumbo de la literatura comercial actual.
Y en esas estaba cuando, al buscar información en el internet sobre Phillip Roth, un escritor norteamericano de quien recién había comprado el libro: Zuckerman encadenado, di con un artículo titulado Sale el espectro, de Philip Roth, escrito por Juan Gabriel Vásquez y publicado por Letras Libres (http://www.letraslibres.com/index.php?art=12791) donde el articulista reflexionaba en el mismo sentido de mis preocupaciones y reproducía una cita del New York Times muy esclarecedora: “Hubo un tiempo en que las personas inteligentes usaban la literatura para pensar. En cuanto se entra en las simplificaciones ideológicas y el reduccionismo biográfico del periodismo cultural, se pierde la esencia del artefacto. Su periodismo cultural es chismorreo de publicación sensacionalista disfrazado de interés por ‘las artes’ y todo cuanto toca se contrae y reduce a aquello que no es. ¿Quién es la celebridad, cuál es el precio, cuál es el escándalo? ¿Qué transgresión ha cometido el escritor, y no contra las exigencias de la estética literaria, sino contra su hija, hijo, madre, padre, cónyuge, amante, amigo, editor o mascota?”
Vaya, vaya, qué les parece. El periodismo, disfrazado de crítico literario, también había contribuido a engordar al monstruo.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
LUZ, MÁS LUZ
Escribiste en la tabla de mi corazón: desea.
Y yo anduve días y días loco y aromado y triste.Del poema "De la ilusión",
Jaime Sabines
Los amorosos andan como locos...
Jaime Sabines.
El amor es la droga más poderosa, un motor de incalculable potencia, porque tan pronto nos inocula su virus, el mundo que nos rodea se transforma de inmediato: la rutina diría se convierte en una aventura memorable y cualquier jardín o árbol se troca en un universo. La corteza de un árbol se convierte en la piel de un lagarto, una escritura, un código secreto. Y si revisamos una hoja descubrimos una serie de vías que se entrecruza, se bifurcan, entrechocan, creando en su verde piel una geografía interesante. Y las personas, que hasta unos instantes previos eran alguien más, se convierten en singularísimos personajes al que gracias a los nuevos lentes podemos detectar virtudes que nos eran desconocidas y todo lo que hace llama nuestra atención. Aunque se corre el riesgo de otorgarle atributos que sólo existen en nuestra imaginación.
La pasión amorosa nos empuja encontrar la esencia de la vida. Y es que el ser humano no sólo es movido por sus necesidades, sino por un mecanismo latente en nuestro interior que sólo se activa cuando la droga del amor lo toca con su mágico dedo.
Y cuando hablo del amor, no sólo es aquella pasión que poderosamente nos mueve hacia una persona, sino la fuerza que nos mueve a apasionarnos por actividades y cosas diversas y descubrir más allá de su superficie el universo que nunca se abriría si no es con esta llave. El amor, entonces, es la fuerza que nos impulsa a crear las obras de arte. El artista es un amoroso que ama lo que hace. Y la intensidad de ese amor se transforma en objetos hermosos y que nos conmueven. Y lo mismo pasa con cualquier actividad que realizamos. Amar lo que hacemos le da significado a nuestras actividades y estas obras resultantes son ventanas que muestran la vida y el universo a esos otros amorosos beneficiarios de estas obras de la pasión.
Todas aquellas actividades realizadas sin esta pasión, sólo son repeticiones mecánicas, frías y muertas, cuya mejor expresión se encuentra en la burocracia. Cadáveres haciendo obras muertas, carentes de alma y sentido, que sólo mantienen el movimiento gracias a su inercia, pero cuya labor no transforma, cambia, sublima.
Cuando a los seres humanos se les muere el alma no sólo quedan lisiados para el amor, sino lisiados para la vida. Son cadáveres que pululan las calles, los antros, las oficinas, cumpliendo un ritual vacío, y sus rostros muestran tan sólo un rictus no una sonrisa. Pueden ser estudiantes o oficinistas, deportistas, policías, obreros, ejecutivos que cumplen sus tareas de la misma forma que van a evacuar o comen sin saborear, sólo porque su estómago les pide alimento. Son máquinas vacías. Tan vacías que buscan en sus diversiones un poco de calor que les recuerde que son seres vivos aunque sus actos nieguen la vida a cada paso. Nada les emociona y sólo algunas cosas los excitan. Y su vacuidad los hace adictos de la excitación Tan pronto su un apetito es saciado vuelven nuevamente al frío sarcófago de sus actividades rutinarias. Son los que tan pronto entran al trabajo ya buscan la hora de salida o tan pronto inicia una clase ya buscan el recreo.
Es cierto que la cultura consumista y hedonista de nuestro tiempo es responsable en gran medida de este desastre espiritual, pues a veces nos somete a realizar tareas que no nos transforman. La necesidad del salario que devengaremos por esta obra fría, nos empuja a soportar la rutina. En estas circunstancias, el corazón va agonizando de miedo, miedo de cambiar, de salir, de buscar aire fresco, de buscar y encontrar aquello que nuestro ser pide realizar, aquello que anhelamos en secreto o que ni siquiera hemos intuido, que quizá ni sospechamos, que sabemos que esto, lo que hacemos, no es la vida. Entonces vendemos el alma al diablo y nos convertimos en esclavos de la necesidad, de la pensión, del salario, de la seguridad de las 30 piezas de plata con la vendemos y traicionamos nuestra libertad. Porque amor y libertad siempre van de la mano aunque el amor nos encadene a lo que amamos. Es en este encadenamiento donde —paradójicamente— encontramos la libertad. El pianista sin la esclavitud de las horas y horas insoportables de ensayo, luchando contra sí mismo, contra sus ganas de salir, contra sus dedos que se niegan, contra el sueño que lo acecha, nunca alcanzará la libertad de sus dedos que algún día volarán sobre el teclado, como aves sobre las ramas de los árboles, arrancando al piano hermosas melodías. En suma: el amor es una esclavitud libertaria.
Pero como en la naturaleza hay aves de carroña, en el amor son aquellos que a pesar de estar secos, lisiados e imposibilitados del amor ven los resultados mágicos del amor en otros. Es decir, son capaces de ver las hermosas obras de arte que surgen del artista, la intensidad vívida de los amantes, la elaboración de un magnífico edificio, de un platillo extraordinariamente delicioso y ponen su mirada de halcón en el posible beneficio que obtendrán de estas obras. Entonces, estos lisiados del amor, de la pasión creadora, se lanzan a elaborar obras, obras de oropel que logran engañar a los cautos, y son estos cautos quienes los elevan a la fama. Pero estos impostores tienen el corazón frío. No aman lo que hacen sino que se aman a sí mismo, los maestros del egoísmo. La obra de arte les importa un bledo, su verdadero salario es la fama y el elogio. Son los menesterosos del elogio, de la reputación social, del aplauso fácil. Y como no aman, todo lo que tocan solo lo utilizan y luego lo desechan. El ser amado, en ellos, no es más que un cuerpo para lucir o para gozar, nunca una persona. El amor penetra a la esencia de las cosas o de las personas. El amor hace de que un Stradivarius pase de ser un simple carpintero, en un creador de maravillosos violines, en un extraordinario ser perceptivo que le bastaba tocar un trozo de madera para intuir el potencial sonoro que vive bajo sus vetas.
Y si revisamos la historia de la humanidad encontraremos muchos de estos amorosos que dieron materialmente su vida por lo que amaba. Cristo, un gran amoroso, dijo que no había amor más grande que dar la vida por sus amigos. Dar la vida. Dar la vida. Eso es lo que hace el que ama. Goethe, uno de los grandes amorosos de la literatura, entregado a su arte, pedía luz, más luz, cuando la muerte lo estaba alcanzado justo en su mesa de trabajo, pluma en mano, entregado a su trabajo escritural. Más luz, denme más luz, pedía Goethe, mientras moría trabajando.
Si bien un gran amor también es un gran sufrimiento, el saldo de vida que arroja en el balance final, es el indicador de no sólo vale la pena dar la vida por lo que se ama, sino que es la actividad más importante de la vida. Y por ello, pese al sufrimiento, podríamos decir como Violeta Parra: "Gracias a la vida".
Cuando el amor entra por alguna de las grietas. Ya sea amor al trabajo, a los amigos, a la familia, a una persona, a las naturales, a los animales, a la ciencia, tiene un efecto expansivo: contagia las demás áreas de la vida dándoles color y calor.
Y si bien nos deja conocer también el horror de la muerte y de la pérdida, sigue siendo con todo la mejor opción para vivir.
sábado, 18 de diciembre de 2010
ARPA ABANDONADA
A veces sueño que tus dedos
rozan delicadamente
las cuerdas de un arpa abandonada
y de su corazón enmohecido
fluye un caudal inmensurable
de sonidos mariposa
que cantan
una canción de amor
para tus ojos.
rozan delicadamente
las cuerdas de un arpa abandonada
y de su corazón enmohecido
fluye un caudal inmensurable
de sonidos mariposa
que cantan
una canción de amor
para tus ojos.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
DIBUJO
Dibujo tus labios
en la humedad de cristal
de la ventana,
beso la mancha
que dejó mi dedo
en el agua.
Dibujo un beso
en el espeso
grosor
de una dona;
la muerdo con furia
como si fuera tu
boca.
Dibujo un cero tras otro
en el cheque ficticio de tus labios
para incrementar
al infinito
la cifra de tu aroma.
Dibujo la tristeza
en el mecanismo
turbio
de la vena.
Dibujo
una sombra
con sombrero de
paja y espuma.
Dibujo
una pena.
en la humedad de cristal
de la ventana,
beso la mancha
que dejó mi dedo
en el agua.
Dibujo un beso
en el espeso
grosor
de una dona;
la muerdo con furia
como si fuera tu
boca.
Dibujo un cero tras otro
en el cheque ficticio de tus labios
para incrementar
al infinito
la cifra de tu aroma.
Dibujo la tristeza
en el mecanismo
turbio
de la vena.
Dibujo
una sombra
con sombrero de
paja y espuma.
Dibujo
una pena.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
COMO UNA DAGA
Como una daga
el tiempo se introduce por las grietas de la carne
inoculando el gusano de la muerte
Animal extraño y voraz
que va carcomiendo huesos venas sangre
sueños apenas vislumbrados
Exhala de su aliento un aroma amargo mientras come.
Desesperado,
derramo lágrimas, palabras huecas y besos cancelados
que se desprenden de mi boca como escarcha
Maldigo mi deambular en juegos solitarios en los que busqué afanoso
como matar el tiempo que me mata
sin lograrlo.
el tiempo se introduce por las grietas de la carne
inoculando el gusano de la muerte
Animal extraño y voraz
que va carcomiendo huesos venas sangre
sueños apenas vislumbrados
Exhala de su aliento un aroma amargo mientras come.
Desesperado,
derramo lágrimas, palabras huecas y besos cancelados
que se desprenden de mi boca como escarcha
Maldigo mi deambular en juegos solitarios en los que busqué afanoso
como matar el tiempo que me mata
sin lograrlo.
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