domingo, 5 de julio de 2020

LAS TRES INTELIGENCIAS DEL SER HUMANO

 Jeremías Ramírez Vasillas

Steven Mithen[1], investigador de la Universidad inglesa de Reading, afirma que el hombre primitivo tuvo que desarrollar tres inteligencias para convertirse en ser humano:

1)    inteligencia técnica (para construir herramientas),
2)    inteligencia de la historia natural (para entender el paisaje, y la flora y la fauna que le rodeaba)
3)    inteligencia social (para poder vivir en grupo, factor importante de sobrevivencia). Esta inteligencia social se manifiesta en este sentido más profundo de cuidar a los demás, en particular a los desvalidos, a los heridos, a los necesitados. Y es la única inteligencia que nos hace realmente humano, pues uno encuentra sentido a la existencia en la convivencia con los demás. También aquí entra la labor pedagógica. El egoísmo a ultranza es un suicidio individual y colectivo.

Esta cita la encontré en un grueso libro titulado Ideas: historia intelectual de la humanidad, escrito por Peter Watson. Este es un libro interesante, un compendio que abarca de los orígenes del ser humano hasta la actualidad en el que va desmenuzando cómo se fueron generando las ideas que definieron el rumbo y desarrollo del ser humano.
Cuando meditaba en estos tres factores me pregunté qué tanto hemos desarrollado estas tres inteligencias a lo largo de los siglos y cuál es su estado actual.
En principio, hay que decir que la inteligencia técnica es la que más hemos desarrollado. Gracias a ella hemos logrado, como especie, el sorprendente desarrollo tecnológico actual y, al parecer, seguirá en una curva ascendente en los siglos por venir. Cada vez se tiene mayor información, aparatos más potentes y una sed insaciable de romper las marcas de manera continua. Cabe señalar que su progreso, a lo largo de la historia, no ha sido en forma contante y creciente, pues ha tenido sus retrocesos, como en la Edad Media, ni tampoco ha tenido una amplia extensión social. En este siglo XXI aún podemos encontrar tribus que viven en la edad de piedra y amplios grupos que ni siquiera sabe leer. Esta inteligencia técnica, por el contrario, se concentra en un grupo de personas privilegiadas que se especializan al más alto nivel: los científicos y tecnócratas y en ciertos países, los del primer mundo.  
La inteligencia de la historia natural o de la naturaleza le permitió al ser humano aprovechar y conservar los recursos naturales cientos de siglos, con ciertos baches de deterioro ambiental. Pero cuando esta inteligencia disminuye o desaparece vemos catástrofes ambientales, como la actual. La gente se ha divorciado la naturaleza, ha perdido contacto con ella y cree que no tiene valor. Encerrados en mundos de concreto se pierde esta inteligencia y sin piedad se pueden contaminar sin problemas de conciencia.
La inteligencia social es la que nos ha permitido existir como grupos en el cual hay una reciprocidad lo que permite obtener lo necesario para vivir. Esta inteligencia es la que ha sufrido a lo largo de la historia retrocesos terribles y se ha presentado la barbarie, la crueldad, la explotación, la esclavitud, el abuso, el egoísmo, el enriquecimiento voraz. La pérdida del sentido de comunidad es el síntoma grave de pérdida de esta inteligencia porque el ser humano no puede vivir aislado.
Cuando la gente pierde esta inteligencia utiliza el poco o mucho el poder que tiene para aprovechar para sí por cualquier medio, incluso pasando encima de los demás, como si no existirán o no fueran importantes.
En el mundo actual, el modelo económico neoliberal ha hecho énfasis en el individualismo, responsable de la pérdida de sentido de que nuestra vida depende de los lazos de colaboración y correspondencia.
Si aún existimos como raza se debe que no todos han perdido esta inteligencia. El altruismo y la generosidad son dos aspectos que brillan en aquellos que tienen una gran inteligencia social, y gracias a ellos el mundo puede seguir existiendo.
Y todos, de alguna manera tenemos un poco de esa inteligencia, pues es la que nos permite tener amigos y construir una familia, pero generalmente nuestra inteligencia no llega más lejos. Cuando esta inteligencia merme, lo que sigue será el anarquismo, la depredación, la lucha de todos contra todos, el apocalipsis.
Hoy, que vivimos en México y en Guanajuato situaciones críticas de violencia y salud por la pandemia, nos damos cuenta que necesitamos desarrollar esta inteligencia, la cual no sólo nos permite saber que dependemos de los demás sino la importancia del medio ambiente. Pero cuando vemos conductas irresponsables (por ejemplo, en el mal uso del cubrebocas) son los síntomas de la merma de esta inteligencia. Y la vemos, desgraciadamente, hasta en personas ilustradas y con doctorados.
Una radiografía del grave peligro de perder esta inteligencia la vemos en las redes sociales y en los medios de comunicación. Críticas irracionales, ofensivas, lesivas, desbordan estos medios, Y algunos de los artículos se justifican en decir que tal o cual le cae mal. Estos son síntomas graves de una pandemia que nos puede llevar a destruirnos.
Los novelistas de ciencia ficción han vislumbrado un mundo distópico, es decir, catastrófico a partir de los síntomas evidentes de lo que sucede en estos momentos. ¿Será porque esta inteligencia social la estamos perdiendo más y más y más, hasta que nos convirtamos en fieras salvajes?
Quizá quien hace un comentario ofensivo en las redes sociales piense que no es algo grave lo que hace, pero en realidad está contribuyendo a la desaparición de nuestra especie.
Ahora la pregunta obligada. ¿Cómo detener esta tragedia anunciada? ¿Cómo desarrollar la inteligencia social?
Los grandes maestro y místicos del pasado han desarrollado diversas formas de rescatarnos. Basta leer los libros sagrados para darnos cuenta de este llamado a la cordura, al amor, a la integración es una constante. Y en momento de grave peligro social es gracias a esta inteligencia que hemos sobrevivido. Entonces despierta la solidaridad y la compasión.
La Biblia, hoy vilipendiada y ninguneada, es un tratado maravilloso de cómo rescatarnos a nosotros mismos y cómo desarrollar esta inteligencia tan vital como la inteligencia técnica.
San Pablo dice en 1ª de Corintios 13: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve”.
El amor es la máxima expresión de la inteligencia social, fuimos diseñado para desarrollarla tal como lo hemos hecho con la inteligencia técnica.
Ojalá la batalla final no la perdamos por no darnos cuenta de esta carencia. Nos urge un plan de rescate. El adecuado equilibrio entre estas tres inteligencias es la clave para seguir existiendo.
Rescatemos pues la inteligencia social, para reestablecer la inteligencia ambiental y la inteligencia técnica sea mucho más útil. 



[1] Steven John Mithen, nació en Ashford el 16 de octubre de 1960. Es un catedrático de Arqueología en la Universidad de Reading. Ha escrito gran número de libros, incluyendo Los neandertales cantaban rap: los orígenes de la música y el lenguaje (2005) y Arqueología de la mente: orígenes del arte, de la religión y de la ciencia (1996).3​

domingo, 14 de junio de 2020

BUSCANDO A SUGARMAN

 Jeremías Ramírez

 

¿Cuántos genios jamás serán conocidos? ¿Cuántas obras maestras nunca serán descubiertas? ¿Cuántas eminencias quedarán en las sombras del olvido? ¿Cuánto habremos perdido como humanidad ante tales pérdidas? ¿Cómo rescatar del limbo tantas joyas?

            Estas preguntas surgen cuando, de pronto, alguien rescata a uno de esos genios del anonimato y nos damos cuenta de lo que estuvimos a punto de perder, como esos miles de libros que perecieron en los incendios de las grandes bibliotecas de la antigüedad: Alejandría o Pérgamo y de pronto se encuentra alguno en algún lugar insospechado.

            Uno de estos genios rescatados del olvido es Sixto Rodríguez, más conocido como Rodríguez. Sixto es un músico y compositor estadounidense de origen mexicano. Nació en Detroit, Míchigan, el 10 de julio de 1942.

            En la época de la explosión musical de los sesentas Sixto cantaba en los bares de Detroit y deambulaba solitario por sus calles. Un productor lo descubrió y grabó su primer álbum: Cold Fact (1970), que fue un fracaso económico a pesar de que tenía buenas canciones. En 1971 lo vuelven a convocar y graba su segundo álbum: Coming from Reality. Resultado: cero, a pesar de que es aún mejor que su primer álbum, con canciones muy sensibles de denuncia social, que incluso han sido consideradas mejor que las de Bob Dylan. El caso es que el público no lo reconoció y él se alejó de la vida musical y olvidó de sus sueños.

            ¿Qué falló? ¿Sus publicistas hicieron una pésima campaña? ¿O fue porque él era latino?

            Cuando él se alejaba de la música, alguien llevaba sus discos a Sudáfrica y allá se convierte en un ídolo, un ídolo misterioso de quien sus fans nada saben. En ese país, en dos décadas, se venden millones de discos, e incendia el alma de una juventud que buscaba aires de libertad, esos aires que las canciones de Sixto Rodríguez llamaban. Allá sus canciones se convierten en bandera libertaria, en himnos de rebeldía.

            Dos periodistas, Craig Bartholomew-Strydom y Steven Segarmann, fans de su música, un día se dan a la tarea de buscarlo. Siguen la ruta del dinero y se topan con un callejón sin salida. El productor de sus discos en Estados Unidos dice que nada sabe de él. Corren leyendas de que está muerto, de que se suicidó en un concierto…

            Ponen un anuncio en una página web preguntando ¿Alguien sabe algo de este hombre? Por favor, comuníquese con nosotros.

            Este anuncio es descubierto por una de sus hijas y les escribe a los periodistas: Sixto Rodríguez es mi papá y está vivo. ¿En verdad está vivo? ¿Esta mujer es su hija o nos engaña?

Ella los pone en contacto con él y apenas pueden creer que hablan con su ídolo. Veinte años sin saber nada de su ídolo y ahora aparece.

A pesar de sus dudas lo invitan a una gira a Sudáfrica. Sixto tampoco cree que sus discos sean un éxito, pero viaja a Sudáfrica. Sus hijas esperan un público no mayor a veinte personas.

Cuando llegan, los espera una limusina. Creen que es para otra persona, pero no. Esta es su primera sorpresa.

Y en Sudáfrica, tras tantos años de misterio, de no saber nada de él, ni quién es (la única imagen que tiene es una foto en las portadas de los discos) creen que tal vez sea un impostor.

            Sixto encuentra auditorios llenos, y un recibimiento de rey. Y los fans, con sólo oír su voz, identifican que es el auténtico Rodríguez, como allá se le conoce.

            Este éxito tardío rescata del olvido a un poeta, a un músico que estuvo a un paso de perderse. Ha dado un brinco del minúsculo público de los bares de Detroit y del fracaso de su música a la fiebre por verlo, fiebre que llena a los auditorios con multitudes.

Para entonces Sixto ya tiene más de 50 años y se ha forjado un estilo de vida que este éxito no lo cambia. El sigue siendo un hombre sencillo, un trabajador de labores rudas en la industria de la construcción. Y tampoco se convierte en un millonario. Al parecer no recuperó los millones de dólares que las casas disqueras ganaron son sus dos álbumes.

Este éxito en Sudáfrica va haciendo que Sixto Rodríguez poco a poco sea conocido. Quizá ahora empieza ser apreciado en el mundo tras el estreno, en el 2012, de un documental sobre su vida titulado Searching for Sugar Man dirigido por el director sueco Malik Bendjelloul, un documental bello, sensible, emotivo, con una narrativa cautivante y llena de suspenso. Un documental que logra ganar el Oscar como mejor documental.

Este documental permitió que sus discos se reeditaran en Estados Unidos y que fuera invitado a diversos conciertos. Y aunque no se convirtió en la estrella de masas, hoy tiene ya muchos seguidores y su música se expande por el mundo gracias al internet y a las redes sociales.

            El documental emociona y nos lleva a pensar en cuántos Rodríguez se siguen perdiendo en el olvido en todos los campos del saber y del arte.

Afortunadamente para Sixto fue reconocido, aunque para entonces tuviera 56 años. Actualmente tiene casi 78 años y sigue viviendo en la misma casa desde hace muchos años, y de la manera austera y sencilla en Detroit.

            Este documental es posible verlo en esta página: http://www.area-documental.com/player.php?titulo=Buscando+a+Sugar+Man&fbclid=IwAR1RjoX-l-rKosX1iSCozLfHO8KosbkS8aH5Yl22RwAK66YwnuVDWtpl3U8.

            Véanlo, vale mucho la pena.

           

 

miércoles, 27 de mayo de 2020

GOOD DOCTOR VS GOOD PACIENT

 Jeremías Ramírez Vasillas

Hoy hablemos de medicina. Antes de comenzar les informo que no soy doctor y mis conocimientos médicos son limitados. Pero como paciente tengo mucha experiencia. Desde hace 20 años mis padecimientos me han llevado a recorrer un largo camino, y he aprendido mucho en el trayecto.
Lo primero que aprendí es que como seres humanos somos condicionados por nuestras necesidades. Si estas no se hacen evidentes, no reaccionamos. En la enfermedad lo único que nos hace ir al doctor es el DOLOR, de otra manera no iríamos. Y hay algunas veces que ni el dolor nos mueve.
            En general, como pacientes, somos una pesadilla porque de nuestro cuerpo no sabemos nada o muy poco. Por eso, cuando vamos al médico, queremos que nos solucione el problema fácil y rápido, ah, y que no nos duela. Que nos dé una pastillita y ya. Y ya volveremos cuando el dolor de nuevo aprieta.
            Por otra parte, los doctores han contribuido en el arraigo de esta mala costumbre, cerrando un círculo vicioso. Cuando vamos al consultorio el médico pregunta, nos ausculta, y nos da el remedio, pero jamás nos explica qué está mal y menos aún, por qué, cuál es el origen. Con su mirada dura e inexpresiva, parece decirnos: “Tú no sabes nada, el que sabe soy yo y yo te digo qué debes hacer”.
Esto nos hace irresponsables y dependientes del doctor. Y nos concretamos, en el mejor de los casos, si queremos aliviarnos, a obedecer las indicaciones. Solucionado el problema, regresamos a nuestra conducta irresponsable.
            Pero cuando las indicaciones médicas no funcionan, entonces desesperados buscamos otro doctor. Y si después de ver a varios el problema sigue, empezamos a darle cabida a alternativas no médicas donde, desafortunadamente, se esconden muchos defraudadores y vendedores de soluciones mágicas. Pero seguimos sin aprender nada sobre nuestros cuerpos y por lo tanto sin hacernos responsables.
            A veces, en la vida, aparece un BUEN DOCTOR, que no sólo extiende su receta, sino que intenta hacernos partícipes de nuestra recuperación, ayudándonos a entender el origen de nuestros problemas y nosotros mismos corrijamos el problema, que la mayoría de estos proviene de nuestros malos hábitos.
            A medida que vamos comprendiendo nos damos cuenta que no basta un buen doctor, sino que es necesario ser un buen paciente.
Pero ¿qué es un buen paciente? Es uno que participa activamente en su salud y entiende en cierta medida que hará en su cuerpo la medicina recetada y cómo puede contribuir a su restablecimiento.
Pero, ¿cómo nos convertirnos en un buen paciente?
Primero, un buen paciente investiga, lee, estudia, observa y toma conciencia de cómo funciona el cuerpo y qué cosas minan la salud. Los más importantes son: qué comemos y cuál nuestro estilo de vida.
            Hipócrates de Cos, un médico de la Antigua Grecia, quien ejerció durante el llamado siglo de Pericles (el siglo donde Atenas brilló con la aparición de mentes brillantes como Sócrates y Platón, entre muchos otros. A siete siglos de distancia su luz todavía nos ilumina.) Este gran doctor resumió su ciencia en un apotegma harto conocido, poco entendido y nada obedecido: “Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento”. 
            Ahora que el mundo tiembla con el coronavirus, el doctor Hugo López Gatell ha dicho reiteradamente que la virulencia del virus (vaya redundancia), radica en un sistema inmunológico débil por una pésima alimentación, gracias al consumo de productos chatarra y comida altamente industrializada. Y en un estilo de vida desordenado, sedentario, y sin ejercicio regular.
            Entonces, el primer paso para ser un buen paciente es aprender a elegir nuestros alimentos.
            Cuando lo entendí, me encontré con dos problemas: qué eran los alimentos sanos y como conseguirlos. La gran oferta alimentaria es justamente lo contrario.
Fui de dietista en dietista y sólo me decían que comiera ciertas cosas y ciertas no, pero no me explicaban qué me aportaban esos alimentos y por qué los necesitaba, cómo funcionaba mi cuerpo en relación con los alimentos.
            El segundo paso es entender cómo funciona nuestro cuerpo y cómo le impactan, para bien o para mal, lo que comemos. Y cómo prevenir problemas futuros problemas de salud comiendo lo que nos fortalece como entes biológicos en función de nuestras condiciones biológicas particulares.
            Gracias al coronavirus alguien compartió un video del doctor Alonso Vega, de Puerto Rico, quien dirige la clínica naturista Betesda. Con enorme paciencia este doctor va explicando las enfermedades, por qué las padecemos y cuál es la vía de solución a través de alimentos específicos y algunos suplementos alimenticios.
            Otro médico que me ayudó a entender fue el Dr. Jorge Reskala, que dirige la clínica Bianni. Sus entrevistas y conferencias en vivo dan mucha información interesante.
Ambos médicos tienen en común que explican la conexión entre alimento y salud, cómo funciona el cuerpo humano y qué nutrientes necesitamos para estar sanos.
            Si como pacientes nos volvemos responsables y disciplinados, cuando se nos presente un problema quirúrgico (un accidente, una agresión, una herida de bala o una infección pandémica), seremos pacientes modelos y ayudaremos a los doctores en la recuperación. Muchos de los que están muriendo por COVID fallecen porque sus cuerpos están muy maltratados, mal nutridos, deficientes, con un sistema inmunológico hecho pedazos.
            Tanto el coronavirus como algunas series televisivas han puesto en el primer plano de la preocupación social los asuntos médicos y ambos dan fe de la terrible lucha de los médicos de terapia intensiva y quirófano. Pero si el paciente tiene fortaleza el éxito es muy probable, y la situación es menos penosa para los galenos.
            Hace poco empecé a ver en Amazon Prime la serie The Good Doctor, en el que uno de los cirujanos (y personaje principal) es un joven autista cuya enfermedad lo hace muy perspicaz y con una inteligencia sobre desarrollada, que le permite visualizar soluciones para casos casi imposibles.
            Esta serie tiene la virtud de ser muy explícita en el funcionamiento de muchos de nuestros órganos y nos introduce al quirófano para ver en detalle cómo funciona nuestro cuerpo, su delicado equilibrio, las terribles dificultades y terribles decisiones que tienen que tomar los médicos en momentos críticos. Ahí vemos que en el quirófano las situaciones son bien complejas. Y si el cuerpo no ayuda, el médico no puede hacer milagros.
También aprendemos la maravilla de la ingeniería biológica con la que Dios diseñó nuestro cuerpo. Dios mío, qué máquina biológica fantástica somos. Y allí entendemos por qué debemos hacernos responsables de nuestra salud.
            En estos momentos de emergencia requerimos buenos doctores, pero, sobre todo, considerando el deplorable estado del sistema de salud público y el costosísimo sistema de salud privado, es más importante ser buenos pacientes. Las pandemias que vendrán exigen que tengamos cuerpos fuertes, sanos, bien nutridos. Y que los medicamentos sean una ayuda externa y no todo el soporte para seguir vivos.
            Seamos buenos pacientes, si no queremos morir ante la mínima amenaza y, lo peor, agonizar bajo las peores torturas. Nos dicen que un paciente entubado sufre muchísimo y los más débiles no logran soportar la experiencia y mueren.
            Bueno, la decisión es nuestra. Queremos vivir bien, o salir de esta vida humana en medio del terror y el dolor intolerable.

PARA SOBREVIVIR AL CONFINAMIENTO

Jeremías Ramírez Vasillas

La pandemia nos ha llevado a tener una nueva experiencia que nunca antes habíamos tenido: el confinamiento masivo.
Pero quizá no nos hemos dado cuenta que el ser humano, a lo largo de su vida, pasa por diversos tipos de confinamientos. De niño empezamos confinados en cunas que les ponen barrotes, o nos cierran el paso a las escaleras, o nos dejan encerrados en un cuarto o en el patio de la casa. Cuando nos volvemos adultos, somos confinados en oficinas, talleres o fábricas.
Hay algunos que soportan bien ese confinamiento, pero muchos otros no. Estos últimos son los que ansían que llegue la hora de salida y aúllan felices porque llega el viernes y lloran cuando empieza la semana, y sueñan con ganarse la lotería (para ya no trabajar, es decir, para no estar confinados sino gozando de la libertad en una playa).
Los confinamientos más severos son la cárcel, el secuestro o los accidentes. Los terremotos atraparon personas dentro de los escombros y los autos volcados dejan atrapados en su interior a los tripulantes. Son experiencias terribles.
Pero quizá el peor de todos los confinamientos es ser enterrado vivo. Edgar Allan Poe escribió Entierro prematuro en el que narra los sufrimientos de una persona que sufre catalepsia (trastorno nervioso repentino que se caracteriza por la inmovilidad y rigidez del cuerpo y la pérdida de la sensibilidad y de la capacidad de contraer los músculos voluntariamente) y parece que ha muerto y es enterrado vivo.
Pero hay otros confinamientos menos evidentes, invisibles, pero tan severos como los físicos. Los personajes de la película El ángel exterminador, de Luis Buñuel, son invitados a una fiesta y de pronto uno de ellos advierte que están atrapados en una zona de la casa por un muro invisible.
Esos muros invisibles existen en todos los seres humanos. No hay persona que no viva con algún tipo de muro que lo confina. Muros geográficos (colonia, ciudad, estado, país), muros ideológicos (nos encierran en las ideas y creemos que lo que sabemos —poco o muchos— es todo lo que existe y no nos atrevemos a ir más allá y repetimos una y otra vez los mismos patrones, aunque nos metan en problemas). Y los muros emocionales, que no encierran en el miedo, el coraje, la ira, la frustración.
Las cárceles ideológicas las configuran nuestras costumbres, nuestra religión (aquí entran también los ateos que son los más duros), nuestra educación, y creemos que cualquiera que piense diferente está mal, e incluso lo agredimos verbal o físicamente. Este tipo de confinamiento es el que ha propiciado los linchamientos en el mundo, como la de los judíos por la Alemania de Hitler, o la de los estudiantes en el 68, cuyo caso patético es el que se escenificó en Canoa, cuando el pueblo asesinó brutalmente a un grupo de trabajadores de la Universidad de Puebla. Felipe Cazals filmó, Canoa, una espléndida versión de este caso. Y hoy vemos en televisión como ese tipo de confinamiento ideológico configurado por la ignorancia lleva a grupos de personas a agredir al personal médico o a descalificar a las autoridades médicas en las redes sociales y en muchos periódicos locales, nacionales e internacionales.
Un maestro del confinamiento fue el psiquiatra judío Víctor Frankl, que estuvo recluido en un campo de concentración nazi y sobrevivió física, emocional y moralmente gracias a que utilizó a su favor un espacio de libertad intocable por aquel que puede apresar el cuerpo: la mente. Frankl se refugió en ese espacio de libertad, replanteó inteligentemente como enfrentar ese atroz encierro y logró salir avante. Ahí, en ese campo de concentración desarrolló un método terapéutico para romper las cárceles ideológicas y emocionales: la logoterapia, que consiste es una psicoterapia que propone que la voluntad de sentido es la motivación primaria del ser humano. Y publicó esta estrategia en su libro El hombre en busca de sentido. En ese libro, lleno de sabiduría, hay una frase que hoy puede ayudar a quienes sus circunstancias han empeorado por la falta de empleo, por la muerte de un ser querido, por la pérdida de ciertos bienes. Esta frase dice: «Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos».
Considerando lo anterior, si estamos destinado a ser seres confinados de alguna u otra forma, incluso atrapados en nuestro cuerpo (quien más siente este confinamiento es quien nació lisiado, ciego, cojo, manco, con retraso psicomotor, o cuando la edad deteriora el cuerpo y prácticamente tenemos que cargarlo y unas simples escaleras se convierten en una montaña), y tenemos que aprender a buscar nuestra libertad y romper los muros que nos confinan.
Pero para encontrar esa libertad necesitamos herramientas para escalar esa difícil montaña.
Una de las mejores herramientas es la imaginación. La imaginación nos ayuda a encontrar soluciones creativas que permiten no sólo a resolver los problemas sino a alcanzar metas mucho más altas.
Hoy vemos a los grandes empresarios pedir (casi exigir) que el gobierno se endeude para que los rescate, en vez de utilizar su imaginación. Parecen inválidos mentales que no pueden pensar. Son como el hijo que desprecia al padre, pero cuando está en problemas corre en busca de su ayuda.
En contraparte, vemos en programas de televisión, como “Diálogos en confianza”, a pequeños grupos, organizaciones de la sociedad civil, grupos vecinales o de barrio, organizaciones gremiales o artesanales, desarrollando estrategias creativas. Incluso, desarrollando tecnología novedosa y a bajo precio, como los respirados artificiales. Y todos ellos tienen un factor común: buscan contribuir al beneficio de los demás, de su comunidad, de su barrio, de su colonia, de su ciudad, de su gremio, en suma, de su prójimo.
En estos ingenioso y creativos emprendedores hay un pensamiento horizontal. No buscan el crecimiento por el crecimiento, poniendo la mirada sólo en la ganancia, en el enriquecimiento, sino en el bienestar colectivo.
Ahora bien, muchas veces quisiéramos encontrar soluciones, pero parece que estamos bloqueados. Y nos damos cuenta que nuestra imaginación es débil. ¿Hay manera de volvernos creativos? ¿Podemos fortalecer la imaginación?
Un amigo mío, filósofo de profesión, tenía una frase simple, casi un chiste, pero no por ello menos verdadera: “De la nada, nada”. Para que haya algo debe haber algo anterior que la impulse. Para que la imaginación desarrolle su potencial necesita nutrirse de ideas, buenas ideas, ideas de valor, ideas nutritivas.
Muchas de estas ideas están en el arte, pues este impulsa la imaginación, y ésta nos ayuda a encontrar soluciones efectivas. Este es el momento de impulsar el arte en nuestras casas. Hay que nutrirnos y nutrir a nuestros hijos con libros, muchos libros, buenos libros, buenas películas, buenas obras de teatro, de muestras pictóricas, de danza, de canto, de buena música.
Cuando leemos un buen libro, ya sea una de las grandes obras de la literatura, la filosofía o la religión, como la Biblia, notamos que se nos abren ventanas porque hemos descubierto algo que no sabíamos. Lo mismo sucede con una buena obra de teatro, o una gran película o un espectáculo dancístico o musical o una exposición pictórica de calidad.
Paulo Freire, el gran educador brasileño, decía que la misión más importante de una escuela es enseñar a pensar. Esta es nuestra segunda herramienta. Hoy mediamos la calidad un estudiante en función de cuanta información tiene en su cabeza. Y los exámenes no son más evaluadores de ese almacén de información. Los estudiantes, tan pronto egresan esa carga la van olvidando. Con el paso de los años olvidan casi todo. Y la inversión se ha ido a la basura.
Pensar es muy importante porque es la habilidad de utilizar esa información, digerirla, integrarla, usarla para encontrarles sentido a las cosas y para generar nuevas ideas, ideas útiles que nos hagan vivir mejor. El arte también nos enseña a pensar.
En un diagnóstico superficial nos damos cuenta que los mexicanos, en su mayoría (sin contar a muchas mentes brillantes y generosas que gracias a ellas este país funciona) hay una desnutrición ideológica y moral. Por ejemplo, la música es un indicador de pobreza o riqueza ideológica. Con la música la gente nos dice cuál es su desarrollo. Noten que a mayor pobreza intelectual más alto es el volumen.
Otro indicador, es el habla. La riqueza de las palabras y la precisión y facilidad de comunicación son indicadores. Es notorio alguien carente de ideas con la manera en que habla, con el repertorio de palabras que usa. Y esa pobreza lingüística la vemos en los políticos y las estrellas de la televisión. Vaya espectáculo que han dado los reporteros que acuden a las conferencias de prensa de las siete de la noche en Palacio Nacional.
Otro indicador de pobreza mental y moral es la violencia. La violencia es el recurso de alguien cuyas ideas son demasiado cortas. En vez de solucionar los problemas con el diálogo, exhiben la fuerza. Este es un síntoma de desnutrición mental, educativa y moral.
Ahora bien, señalar el problema es la mitad de la solución. Cuando vamos al médico de nada serviría que nos diera sólo el diagnóstico y no el remedio.
¿Dónde está el remedio? En cada uno de nosotros. Repito la frase de Víctor Frankl: «Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos». Y una de las herramientas para cambiarnos son los libros. Y hoy no hay pretexto del costo. En el internet navegan un sinfín de grandes libros en PDF completamente gratuitos.
Estas son las herramientas que nos pueden liberar del confinamiento físico, ideológico, moral, emocional, e incluso, laboral y familiar. Hagamos de este confinamiento físico el laboratorio de una vida mejor.
Ah, un consejo: quejémonos menos y trabajemos más.


lunes, 4 de mayo de 2020

GRACIAS, SEÑOR PASTEUR


Al personal médico de México y el mundo

Jeremías Ramírez Vasillas

Pasteur me salvó la vida. Cuando era niño me mordió un perro con rabia. Vivía en un poblado casi rural rumbo a Toluca, en los linderos de la ciudad de México, y en los veranos calurosos el contagio de rabia se presentaba. Las casas no tenían bardas ni rejas, y quienes tenían perros los dejaban sueltos. Tampoco había campañas de vacunación antirrábica. Cuando advertíamos la presencia de un perro rabioso había que resguardarse. Mi madre nos enseñó a detectar el olor de la rabia que arrastraba el viento a grandes distancias y se oían las furiosas peleas. Los adultos entonces salían a cazar al perro infectado.
Un día oímos a nuestra mascota que era agredida por un perro. Salimos, pero el atacante había huido. Mi madre llevó el perrito al veterinario, pero como aún era un cachorro no pudieron vacunarlo. Teníamos la esperanza que el perro agresivo no tuviera rabia.
Días después, cuando desayunábamos, entró nuestro perrito a la cocina hecho una furia y nos mordió los pies. Mis hermanos y yo estábamos descalzos. Mi hermano mayor lo sacó de la casa, pero se llevó un mordisco en la mano. El perrito daba vueltas a la casa queriendo entrar. Vimos que el lechero se acercaba y le advertimos a gritos. El hombre tomó una piedra y de certero golpe acabó con nuestra mascota.
Ese mismo día mi madre nos llevó al centro de salud de Cuajimalpa a vacunarnos. Durante quince días nos pusieron una inyección diaria cerca del ombligo.
Hace unos días, en un programa de radio en el que participé, hablamos de la pandemia y de literatura. Uno de los participantes mencionó el libro Cazadores de microbios, de Paul de Kruif. Yo tenía un ejemplar de ese libro, pero aún no lo había leído. No quería leerlo porque pensaba erróneamente encontrar un libro técnico.
Terminado el programa lo saqué y empecé a leerlo. Nunca me imaginé encontrar una narración tan fascinante. Si me pidieran calificar ese libro diría que es uno de los más grandes libros de aventuras que he leído.
Una de esas aventuras estremecedoras fue ver cómo Pasteur, ese francés obsesivo y temerario logró descubrir el virus de la rabia y la manera de curarlo. Primero debió descubrir el ente contagioso. Sin un microscopio como los actuales, era como buscar a ciegas una aguja en un pajar. Después de observar la sangre y restos de animales, descubrió al virus y que este se alojaba en el cerebro. Cuando llegaba ahí empezaba el problema. Luego, durante muchos meses de pruebas y pruebas, de inocular a muchos perros y analizar cómo se comportaba la enfermedad se dio cuenta que desde el momento de la inoculación hasta la manifestación de la enfermedad pasaban 14 días. Era un gran logro, pero no era suficiente: ahora tenía que encontrar la cura. Ya había trabajado con la gripe aviar. Accidentalmente dio con el remedio contra esa enfermedad cuando olvidaron caldos de bacterias y se fueron de vacaciones. Cuando regresaron advirtieron su olvido. Esas sustancias ya servían para hacer los experimentos porque perdían poder, pero una corazonada (leyó bien, corazonada) hizo que Pasteur inyectara a unas aves con esos virus viejos, debilitados, que no infectaban a nadie. Luego dio un golpe genial: inyectó a esos perros con dosis letales de virus potentes y las aves no se enfermaeon. Hizo lo mismo con la rabia, y para su nuestra fortuna, funcionó. Ahora la pregunta importante era: ¿funcionaria con los humanos? No se atrevía inocular a nadie y estuvo tentado a infectarse él mismo, pero para su fortuna una madre llegó con su hijo que había sido atacado por un perro rabioso. Antes de aplicarle la vacuna consultó con un consejo médico y estos autorizaron la aplicación. El niño no tenía opción y no se enfermó. Esto lanzó a la fama a Pasteur.
Pero él no fue el único. De 1870 a 1920 fue la gran época en que brillaron grandes aventureros que se arriesgaron sin saber nada sobre esos agentes que durante siglos asesinaban miles de personas.
La historia comenzó alrededor de 1670 cuando Anton van Leeuwenhoek, un vendedor de telas holandés, fabricó lentes de acercamiento que lo llevaron a desarrollar el primer microscopio. Se asombró cuando vio que había una enorme cantidad de seres minúsculos a los que denominó microbios (micro=pequeño, bios=vida). Antes de esa fecha nadie se imaginaba que existiera un universo microscópico. Fue una especie de Colón avistando un continente insospechado. Fascinado con ese mundo desarrolló una enorme cantidad de microscopios y se le abrieron las puertas de la Royal Society[1], donde presentó sus hallazgos.
Después de Leeuwenhoek, quien murió en 1723, nadie continuó con su trabajo hasta que el sacerdote y naturalista italiano, Lazzaro Spallanzani, se lanzara a continuar con el trabajo del holandés. Su gran aportación fue descubrir que las bacterias se reproducían por sí mismas, ¾en lo que hoy se llama fisión binaria o bipartición¾. Además, demostró que no existe la reproducción espontánea.
Un siglo después, a mediados del siglo diecinueve, aparece Louis Pasteur, químico, físico​, matemático​ y bacteriólogo francés, quien fue el gran descubridor de las bacterias que producen diversas enfermedades.
Este hombre jamás soñó con cazar bacterias, sino fue el azar quien lo llevó. El inicio fue una solicitud que vinicultores del sur de Francia le hicieron para que les ayudara a mejorar la fermentación del vino. En esa tarea descubrió que cierto tipo de bacterias eran las causantes de la fermentación. Descubrir a las bacterias en acción lo llevó de actividad vinícola a estudiar las enfermedades de los animales.  
Casi al mismo tiempo surgía otro titán de la investigación microbiana: Robert Koch, médico y microbiólogo alemán, que descubrió el bacilo de la tuberculosis, en 1882, y el bacilo del cólera en 1883.
Este hombre soñaba con surcar los mares, visitar países exóticos, pero se le atravesó una dama que lo obligó a establecerse como médico rural si se quería casar con ella. Y por amor se vio atendiendo enfermos, pero a él esa tarea le disgustaba. Se sentía impotente. Para aliviar su malestar su esposa, en un cumpleaños, le regaló un microscopio. Uno le diría: “Señora, por qué hizo eso”. En ese aparato Koch fue descubriendo ese universo minúsculo Fue tal su fascinación que dejaba a la señora Koch esperando a que su marido viniera a dormir con ella, pero éste, obsesionado con el mundo microscópico pasaba muchas horas en interminables observaciones. Pronto se puso problemas a resolver. Y tras muchas pruebas, fallos, errores, desvelos, este hombre obseso, calculador y preciso, pronto sorprendió al mundo al desenmascarar varios asesinos que por miles de años asolaba la humanidad.
Luego vinieron otros como Pasteur o Koch, que exponían su vida y su salud, con tal de desenmascarar otros asesinos, como Émile Roux, ayudante de Pasteur, que en poco tiempo descubrió que el bacilo de la difteria segrega un veneno extraño y poderoso, que basta para matar miles de perros.
Por ese tiempo surgió un ruso loco y exótico, Metchinkof, que hizo grandes descubrimientos sobre la sífilis, aunque era un genio enloquecido, con ideas suicidas, que vivía en un eterno caos.
Luego, en estados Unidos, aparece Teobaldo Smith, un hombre pobre que deseaba ir a Francia a aprender con los grandes microbiólogos, pero no pudo y gracias a ellos en su patria liberó al ganado de las garrapatas causantes de transmitir la bacteria que provocaba la llamada fiebre de Texas.
En Inglaterra, a principios de siglo XX, aparece David Bruce, otro loco que en complicidad con su mujer, se lanzaron a cazar moscas Tse Tse, quienes inoculaban el parásito llamado Trypanosoma que provocaban la enfermedad del sueño mortal entre los africanos.
Otros dos investigadores narrados en el libro son el inglés Ronald Ross y el italiano Battista Grassi, que descubrieron como combatir el paludismo provocados por parásitos transmitidos por el mosquito Anopheles, un hallazgo de simultanea retroalimentación entre ambos, a pesar de la rivalidad entre ellos.
Y finalmente el libro nos narra el trabajo de Walter Reed dirigió el equipo que confirmó la teoría que la fiebre amarilla se transmite por mosquitos, y Pablo Ehrinch que desarrolló un tratamiento eficaz contra la sífilis.
Como dijimos al principio, este libro fue escrito por otro bacteriólogo, Paul De Kruif, en 1927, abriendo a la humanidad los ojos de la tarea épica, titánica de estos superhéroes de microscopio que liberaron a la humanidad de enemigos mortales e invisibles.
El libro tiene la virtud de mostrarnos una visión tridimensional de estos héroes que nos dieron salud y vida. Hombres temerarios, valientes, osados que tuvieron muchas dificultades como ataques de colegas o envidiosos, presión popular, descalificaciones, ofensas, incomprensión de los pares o de políticos o jefes superiores.
Hoy somos protagonistas de otro enemigo invisible. SARC-2 y me sorprende que los médicos y trabajadores de la salud son agredidos por una horda de ignorantes que son como aquellos primitivos habitantes de la Edad Media.
La importancia de este libro es abrirnos la conciencia a que la batalla por la salud es tan arriesgada como escalar el Everest o salir a cazar fieras, y que, si no fuera por la terquedad, obsesión, empeño de estos hombres aun viviéramos siendo víctimas de flagelos aún más letales que el SARC-2.
Al cerrar el libro queda una sensación de bienestar y gratitud. Por eso es que titulé este escrito: Gracias, señor Pasteur. Y gracias a todos esos super héroes que hoy dan la batalla en los hospitales del mundo.



[1] La Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural (en inglés Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, o simplemente la Royal Society) es la sociedad científica más antigua del Reino Unido y una de las más antiguas de Europa, fundada en 1662.

martes, 28 de abril de 2020

VAN GOGH, EN LA PUERTA DE LA ETERNIDAD

 Jeremías Ramírez

Vincent Van Gogh es un pintor muy conocido hasta por los que no están versados en el arte pictórico. Sus girasoles o su autorretrato con la cabeza vendada, o su recámara de su habitación en Arles, son pinturas que se han difundido muchísimo.
            Sin embargo, muy pocos conocen los detalles de su vida, ni qué lo hizo ser un pintor tan singular ni cuáles fueron sus penurias económicas y sociales, ni nada de su quebrantada salud y la discriminación social que padeció.
            Hace muchos años leí su biografía, Anhelo de vivir (1934), escrita por Irving Stone, uno de los mejores escritores de narraciones biográficas. Ese libro me llevó a redescubrir su pintura y conocer que en ella está reflejada la esencia de su visión, sus arrebatos místicos, su subyugación ante la belleza natural, pero también el sufrimiento interno y externo que padeció.
            Hace unos 15 años fui al museo Soumaya (cuando aún estaba en la Plaza del Ángel, en la ciudad de México), en el que había una exposición de grandes pintores. De Van Gogh había un sólo cuadro: La noche estrellada, que realizó en el sanatorio de Saint-Rémy-de-Provence, donde se recluyó hacia el final de su vida, a mediados de 1889, trece meses antes de su muerte. Es un cuadro de 92.1 x 73.7 centímetros, que podíamos contemplar a un metro de distancia. Aun así, contemplar el original causaba un estremecimiento porque se sentía la fuerza expresiva. El pintor Ignacio Salazar afirma que la pintura es pintura, no imagen. Para apreciarla se debe ver en el original. Ahí lo comprendí.
            Recientemente, por medio de un amigo, descubrí una película sobre van Gogh que no conocía, dirigida por el cineasta neoyorquino de origen judío, Julian Schnabel, quien también es pintor. La calidad de su cine lo ha llevado a ser premiado en Cannes como mejor director y a ser nominado en los Globos de Oro, en los BAFTA, en los César, en los Óscares y en el Festival Internacional de Cine de Venecia.
            La película me atrajo por dos factores: se trataba de uno de los pintores que admiro, y que Van Gogh lo encarnaba Willem Dafoe, un gran actor; además, el guión había sido escrito por Jean-Claude Carrière, un guionista francés que admiro y que escribió los guiones de las últimas películas que dirigió Luis Buñuel.
            Desde los primeros planos me indicaba dos cosas: no era un film convencional y su propuesta era de buena calidad estética. Inicia con un plano abierto, subjetivo (desde el punto de vista de Van Gogh), que muestra un campo; luego hace un giro hasta encuadrar un camino en el que hay una manada de borregos que son guiados por una joven. La cámara, con movimientos inciertos, se acerca hasta encuadrar el rostro asustado de la joven y se oye la voz de Vincent pidiéndole que lo deje pintarla. Los ojos llorosos de la joven nos dicen que tiene miedo, mucho miedo. La escena se corta y se desarrollará casi al final de la película.
            El tono de la película es nervioso, incierto, con angustiosos planos cerrados que nos transmiten la subjetividad distorsionada de este gran artista. La película no sigue una narrativa fluida, sino que da brincos, irrumpe con escenas, corta a la mitad de una acción. Pero es justo esta narración perturbada que nos permite adentrarnos en la psicología de Vincent Van Gogh en los últimos años de vida, cuando vive en el pequeño pueblo de Arlès, cuyos vecinos demasiados rústicos e ignorantes, nunca entendieron a Van Gogh y lo vieron con sospecha y animadversión. Los niños lo odiaban y le tenían miedo, incluso lo apedrearon. Todos creían que era un tipo loco y peligroso y terminaron solicitando su expulsión.
            La película narra ese clima ominoso que lo empujaba a encontrar alivio en su pintura que realizaba obsesiva y velozmente, con trazos rudos pero precisos, aunque en su momento casi nadie entendió. Pocos advirtieron su genio y su estética revolucionaria. Esto lo hundió en la miseria pues su hermano Teo sólo pudo vender un cuadro. Teo era su hermano menor y quien fungió como mecenas. Gracias a Teo Vincent pudo pintar.
            Es lamentable que nadie sea profeta en su tierra, pero también muchos no son profetas en su tiempo. Tuvieron que pasar muchos años para que nuevos espectadores descubrieran la riqueza estética de las pinturas de Van Gogh y la vitalidad de su arte. Si él hubiera podido viajar en el tiempo, hubiera visto el enorme triunfo y popularidad de su pintura, y quizá satisfecho descansara en paz.
            Creo que Julián Schnabel logra mostrar esa personalidad compleja, pero con una mirada compasiva. Ayuda mucho en esta semblanza audiovisual la extraordinaria actuación del veterano Dafoe.
            Cuando la película llega a su fin los que apreciábamos a Van Gogh, terminamos amándolo más.
            La película concluye con una larga secuencia dolorosa que aborda su muerte. Y por primera vez se usa la segunda versión de su muerte. La primera es que se suicidó de un tiro en el estómago, pero, aunque es la más aceptada es muy difícil de creer. Y esta segunda, aunque no hay pruebas contundentes, para mí es la más verosímil: dos jóvenes agreden a Van Gogh. Uno de ellos le gustaba vestirse de vaquero y trae una pistola al cinto, la cual se le dispara y hiere en el estómago al pintor.
            Dicen los biógrafos que, aunque René Secrétan, el presunto asesino, nunca confesó, hacía gestos de culpabilidad cada que le preguntaban.  
            Cuando Vincent murió tenía apenas 37 años de edad, tenía graves padecimientos renales (de los cuales, dicen, provenían sus alucinaciones y problemas mentales). Lo admirable de este gran artista es que creó una extensísima obra (unas 900 pinturas y 1600 dibujos) en sólo 10 años (etapa de 1880 a 1890). La mayoría de esta vasta obra es totalmente desconocida por el gran público.
            Si está usted interesado en esta película hay una versión en YouTube, en una  calidad de imagen pasable, doblada en el molesto acento español de España (con disculpa para mis amigos españoles). Afortunadamente las secuencias dialogadas son breves. La película tiene grandes secuencias visuales, quizá las más reveladoras de este gran artista. Vale la pena. Aquí le dejo el link de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=0NBguBV8WaI

FICHA TÉCNICA
Van Gogh, en la puerta de la eternidad (At Eternity's Gate). EU, 2018. Dirección: Julian Schnabel. Guion: Jean-Claude Carrière, Julian Schnabel, Louise Kugelberg. Música: Tatiana Lisovkaia. Fotografía: Benoît Delhomme. Actuación: Willem Dafoe, Rupert Friend, Oscar Isaac, Mads Mikkelsen, Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Niels Arestrup, Anne Consigny, Amira Casar, Vincent Pérez, Lolita Chammah, Stella Schnabel, Vladimir Consigny, Arthur Jacquin, Solal Forte, Frank Molinaro, Alan Aubert, Vincent Grass, Clément Paul Lhuaire, Laurent Bateau, Montassar Alaya, Didier Jarre, Thierry Nenez, Johan Kugelberg y Alexis Michalik

domingo, 29 de marzo de 2020

LA SELFIE DE SÓCRATES

 Jeremías Ramírez V.


Según narra Platón, en la Apología de Sócrates, que este ilustre filósofo, después de una ardua investigación, tuvo que aceptar que él era el hombre más sabio de Grecia. Y no por petulancia o vanidad, sino todo lo contrario.
       La cosa empezó así: un día Querofonte, un amigo de Sócrates, “…fue a Delfos[1] y tuvo la audacia de preguntar al oráculo… si había alguien más sabio que [Sócrates]. La Pitia[2] le respondió que nadie era más sabio”.
Si Sócrates hubiera vivido en nuestra era, y hubiera tenido una bajísima autoestima, no se habría desconcertado con la noticia, sino que de inmediato habría sacado su celular y se tomaría una selfie con su amigo Querofonte y de inmediato la subiría a sus redes sociales y etiquetaría a todos sus contactos. Y quizá lo mandaría a los medios diciendo: “El oráculo afirma que Sócrates es el hombre más sabio de Grecia”. Caramba, el mismo dios Apolo afirmaba este hecho relevante, como no se iba a poner orgulloso.
Pero no, Sócrates no se pavoneó con la noticia, sino que se sacó de onda. Y después de meditar y preguntarse por qué el oráculo decía tal cosa, se dio a investigar y demostrar que había en Grecia hombres más sabios que él. No dudaba del oráculo, que en ese tiempo su palabra era ley, sino que algo no andaba bien. No podía ser que él, un preguntón lleno de dudas, fuera el hombre más sabio de Grecia.
            Entonces se dio a la tarea de ir con todos aquellos que decían que sabían y los fue interrogando, como era su costumbre. Al final del día, como dice la muletilla actual, descubrió que todos aquellos que afirmaban ser hombres sabios, en realidad, eran unos ignorantes. Y lo peor era que tampoco sabían que eran ignorantes: se creían sabios.
            Ante su lamentable fracaso no le quedó más remedio que aceptar que sí, él, Sócrates, era el hombre más sabio de Grecia, porque era el único que sabía que no sabe.
            Hoy en día pululan en las redes sociales, en los medios impresos y electrónicos, periodistas, opinólogos, expertos en todo, y muchos de ellos conferencistas afamados que se ostentan como hombres doctos (sabios) y cobran jugosos dividendos. Son hombres y mujeres que, según ellos, son capaces voltear el mundo al derecho y al revés. Pero basta analizar con atención sus doctas palabras para darnos cuenta que son unos palurdos ignorantes, que hablan con tal arrogancia de temas que en realidad desconocen. Es decir, son gente que no sabe que no sabe.
            Cristo dijo de los sacerdotes, de los fariseos, de los saduceos y los escribas, es decir, de los que se creían sabios en Israel: “Ciegos guías de ciegos”. Y agregó: “y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo"[3]. Y en el apocalipsis encontramos a una iglesia que se creí non plus ultra, pero el Espíritu le baja los humos: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”[4].
            Cuando escucho toda esa alharaca de los sabios de hoy que zumban como mosquitos todos los días, me llegan estas sabias palabras remontando siglos: ciegos guías de ciego... porque tú eres un desventurado, pobre, ciego y desnudo. Y muchos de estos que ostentan los más altos títulos de prestigiosas universidades extranjeras o nacionales. Y amparados en esos papeles van a las universidades, a los medios, a las conferencias esparciendo su ignorancia.
            Hay una sentencia en la entrada de la universidad de Salamanca, en España, muy reveladora: Quod natura non dat, Salmantica non præstat (Lo que la naturaleza no da, Salamanca no (lo) otorga). “Este proverbio latino significa que una universidad no puede darle a nadie lo que le negó la naturaleza. De este modo, ni la inteligencia, ni la memoria ni la capacidad de aprendizaje son cosas que una universidad pueda ofrecer a sus alumnos”, nos dice Jesús Cantera Ortiz en El Refranero Latino[5]
            Pero allá van, buscando las mejores universidades para repetir el lamentable caso del hombre de hojalata ante en Mago de Oz. Ese pobre hombrecito se sabía ignorante y va en busca del mago para que le dé un cerebro, y este, como lo hace cualquier universidad moderna (no puede hacer otra cosa), le extiende un título.
            Es posible que, si el hombre de hojalata no estuviera tan ensimismado buscando un cerebro, habría descubierto qué pudo haber sido el hombre más sabio de la tierra de Oz, pues tenía conciencia de su ignorancia.
            En este siglo XXI, las universidades deberían darse a la tarea de enseñar la materia más importante en el currículo de una persona: aprender a conocer su ignorancia, es decir, a desarrollar la humildad intelectual al enfrentarlos al vasto universo del conocimiento.
            Si alguien se sabe ignorante, no tan fácil emitirá una opinión categórica e irresponsable. Esto haría que sólo quien tiene algo de valor que decir y sería prudente teniendo en cuenta su ignorancia. De esta forma, creo firmemente en ello, nos llevaría a un mundo mejor.
            Y en nuestro México, nos falta, en grandes cantidades, esa humildad socratiana de no aceptar las loas, ni los títulos sin antes no tener la seguridad de merecerlo.
            Es el momento de decirle adiós a las selfies doctas e intelectuales a las que somos muy afectos los que hemos abierto un libro o hemos pisado una universidad creyendo falsamente que ello nos ha hecho sabios.


[1] En Delfos estaba el oráculo y estaba situado en un gran recinto sagrado consagrado al dios Apolo, fue uno de los principales oráculos de la Antigua Grecia. Estaba ubicado en el valle del Pleisto, junto al monte Parnaso, cerca de la actual villa de Delfos, en Fócida (Grecia).
[2] También llamada “Pitonisa”, sacerdotisas del templo de Apolo, quienes eran las que en estado de trance decían los mensajes del dios Apolo.
[3] Evangelio según san Mateo 15:14
[4] Apocalipsis 3:17
[5] Jesús Cantera Ortiz de Urbina (16 de noviembre de 2005). Refranero Latino. Ediciones AKAL. pp. 200.

lunes, 23 de marzo de 2020

LA PANDEMIA INFORMATIVA


Una de las pandemias que puede hacer que el impacto de coronavirus sea más grave e, incluso, fatal, es la pandemia informativa. Diversos medios masivos y opinadores de redes electrónicas y plataformas de video que —por ignorancia o por mala fe—, han estado difundiendo información falsa o distorsionada sobre el problema y muchos de ellos lanzan a diestra y siniestra expresiones viscerales de sus filias y fobias, dirigidas a los que gobiernan México.
            Este barullo maligno está confundiendo a la gente y, lo peor, los están empujando a que tomen malas decisiones que es posible pongan en peligro su integridad, su salud, su dinero y, en algunos casos, su vida.
            Todo esto me hizo recordar una que vi película a principios de los noventa: Pescador de ilusiones (1991) realizada por el afamado director norteamericano Terry Gilliam, que perteneció al grupo Monty Pyton, y admirado por películas como Brazil, una libre adaptación de la novela 1984, de George Orwell.  
La película inicia mostrándonos a un locutor de radio, Jack Lucas, popular, exitoso, que obtiene buenas ganancias con su programa. En su cabina es todo poderoso y con el influjo de su voz hace y deshace el mundo, da órdenes, descalifica a quien puede. Uno de sus seguidores habla a cabina y le dice que irá a cierto restaurante donde van gentes de negocios, jóvenes ejecutivos. Lucas lo regaña y le dice que, si quiere hacerle un bien al mundo, debería destruirlos, tomar una escopeta y dispararles. Obviamente, es una balandronada, no cree que sus consejos serán obedecidos, pero este radioescucha hace exactamente lo que dice.
Cuando Jack Lucas recibe la noticia lo derrumba. Su carrera, su fama se va al caño y se hunde en el alcohol; arrinconado vive en la casa de su novia —quien lo mantiene—. Una noche sale a la calle y ebrio llega hasta los márgenes de un río. De pronto se ve rodeado por un grupo de jóvenes de clase pudiente que se dedican a golpear indigentes. Los jóvenes empiezan a agredirlo, pero de pronto aparece un personaje singular: un hombre vestido como guerrero con una tapadera de un bote como escudo y armado con unas calcetas o medias que dentro tienen una piedra, y las usa como boleas. Se enfrenta a los jóvenes y logra ahuyentarlos. Luego, levanta a Jack Lucas y se lo lleva a unas cavernas en el subsuelo de la ciudad donde vive. Jack se da cuenta que el tipo está deschavetado, pero agradecido con él trata de recompensarlo. Pero cuando descubre quien es este hombre, su vida da un giro. Este enfermo mental se llama Perry y es un profesor universitario de historia, que quedó afectado cuando murió su novia precisamente por ese loco que siguió las órdenes de Lucas. El exprofesor, y su novia había estado en ese bar ese día. Su novia fue una de las víctimas y él quedó dañado para siempre. Jack se siente culpable y tratará de resarcir el daño en este hombre que vive en las cloacas y a quien paradójicamente le ha salvado la vida.
Esta película nos muestra el impacto devastador de una información irresponsable. Pareciera que las palabras son inocuas, o que son menos peligrosas que una pistola o una metralleta, pero no es así. Las palabras puedes tan letales como una bala.
Por eso decía en mi introducción que una de las pandemias que pueden hacer más grave y hasta letal esta pandemia viral es esa irresponsabilidad informativa.  
Este contagio viral que crece día a día como un Godzilla y amenaza con engullirnos, es posible desactivar con sencillas medidas de protección como la sana distancia, el lavado de manos frecuente con jabón (el gel no inactiva al virus), la reclusión voluntaria, podrán hacernos que las víctimas mortales sean muy pocas. Pero los informadores malignos pueden dar al traste con las medidas de seguridad, creando pánico y por ende generando una conducta irracional y enloquecida.
En este momento nuestras filias y fobias (en caso de que no podemos contenernos) deben quedar en el ámbito privado, no salpiquemos con nuestra ignorancia o con nuestra fobia al presidente y al gobierno actual (en algunos casos se nota un odio irracional) dañen a gentes que con poca capacidad de análisis no sabrán ver la peligrosidad de la información.
Este es el momento que todos los que tenemos el privilegio de un micrófono, una cámara de TV o de video o una página de papel o electrónica de ser sumamente responsables.
Pensemos antes de publicar: ¿Esto que he escrito ayuda a mis receptores? Si sólo es un ataque al gobierno (local o federal), si sólo es nuestra fobia, si sólo pretende inclinar a mediano plazo el voto en la siguiente contienda, tengamos un poco de pudor y vergüenza, y dejemos de destruir al país.
No digo que le cantemos loas al gobierno (nadie debe hacerlo), sino que todo lo que escribamos sea información útil a nuestros receptores, y le haga tener una vida mejor o bien tomar decisiones valiosas. Provocar el odio no es benéfico para nadie, tampoco la adoración al gobierno en turno.
Tal vez incomode esto que escribo, pero siento que es mi responsabilidad hacer un llamado a la cordura en estos momentos tan delicados que estamos viviendo.

EL GARABATO: Vicente Leñero

Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...