martes, 10 de mayo de 2016

TARZÁN EN ACAPULCO



La figura mítica de Tarzán, el buen salvaje rousseaniano, capturó la imaginación de niños y adultos en las décadas de los treintas a sesentas por conducto de uno de los actores más emblemáticos que encarnó a este selvático héroe: Johnny Weissmüller.
Yo tuve contacto (visual) con es Tarzán en 1962, cuando iba a la escuela primaria Aquiles Serdán, ubicada justo detrás de la segunda sección del Parque de Chapultepec y junto al panteón Dolores, en el DF.
Por iniciativa de quiensabequién se organizaron en la escuela funciones de cine en el enorme salón que servía para darnos esos memorables desayunos escolares implementados por la esposa del entonces presidente de México, Adolfo López Mateos. Desde mi pequeña estatura me parecía tan grande el salón como el de cualquier cine comercial. Allí vi la trilogía que se adhiere a mi memoria como una calcomanía: Tarzán el hombre mono (1932), Tarzán y su compañera (1934) (no recuerdo si pasaron los desnudos de torso de Jane —Maureen O´ Sullivan— o los quitaron) y El hijo de Tarzán (1939). Luego pasaron algunas de Jim de la Selva, con este mismo actor, pero esas se perdieron en la memoria. Seguramente no me gustó verlo en pantalón y sombrero de explorador.
Ese Tarzán llenó nuestro imaginario africano con una selva (cual jardín exquisito) amable, deliciosa, con ciertos peligros (cocodrilos, leones, rinocerontes enfurecidos) pero nada que nuestro héroe no pudiera vencer, además si era ayudado por sus amables amigos animales como los elefantes o los inquietos simios.
Toda esta añoranza viene a cuento porque hace poco me encontré en un centro comercial un librito titulado Tarzán en Acapulco, escrito por el español Marcos Ordoñez. Me atrajo del libro dos de mis debilidades: el cine (particularmente, el guionismo) y ese viejo Tarzán de mi infancia: Johnny Weissmüller.
El libro prometía la aventura de un guionista que, por azares de su trabajo, va a dar a Acapulco a encontrarse con esa leyenda viviente (que vivió en Acapulco sus últimos años hasta su muerte).
El cine (confieso) es para mí una aventura tan emocionante como las expediciones al África salvaje. Y la aventura de un guionista no lo es menos. Quizá esta aventura es más gratificante que hacer la película, como diría Alfred Hitchcock, que para él rodar era lo más aburrido pues ya había visto la película al escribir el guión. Hitchcock era una de esos extraños cineastas que al momento del rodaje se sabía de memoria el guión, y podía recitar textualmente hasta el mínimo parlamento.
Empecé a leer Tarzán en Acapulco. El libro tenía cierto encanto a pesar de lo inverosímil del arribo de Cosmo (el personaje principal) a la industria del cine. Juzguen ustedes: sucede que un día, un amigo suyo que quería rodar su primera película, le cuenta el principio de su historia y Cosmo lo interrumpe para dar rienda suelta a sus fantasías. Cuando termina, su amigo le dice: “Por qué no escribes todo eso”. “¿Un guión, un guión de cine?”. “Claro”. Y así, de golpe y porrazo, sin saber nada de guionismo ni de dramaturgia, tras la consulta de algunos manuales, escribe Casa cerrada, el cual tiene tal éxito que lo lleva a ganar un premio.
Lleno de envidia seguí leyendo la meteórica carrera de Cosmo que en breve, sin saber nada de lenguaje fílmico, ni de dirección de actores, ni de técnica cinematográfica, también se hace director y anda por los festivales dándose la gran vida. En uno de ellos conoce a Ariel Levine, productor norteamericano y también guionista, que lo invita a trabajar a Hollywood. Vaya suerte del crío, dirían los españoles.
Instalado en la meca del cine le llega la aridez y de pronto ya nada se le ocurre. Y para desgracia personal, lo abandona su novia española. Como león enjaulado da vueltas persiguiendo una inexistente pulga en su cola hasta que Ariel Levine le pide que escriba una historia de amor, adaptando una novela mal hecha. A regañadientes acepta, pues Ariel le ofrece, además de pagarle bien, que se vaya a la casa de sus padres en Acapulco. Allá llega, a un Acapulco de principios de los 80’s. El destino lo llevará a conocer al viejo Walter Chávez, quien lo llevará a la casa de Weissmuller (llamado en la novela sin razón alguna Johnny Wasserstein). Allí vivirá una enloquecida aventura con un Tarzán decrépito que muere en este último trance en el que cree que Cosmo es su hijo, el mítico hijo de Tarzán de la película. Vaya que si don Marcos se sacó el argumento de los pelos. Pero no sólo eso, sino que desaprovecha el alucine del acabado Tarzán que ha construido en su casa una escenario como el de la selva, con todo cabaña y lago, al que se entra por un túnel. Y en este alucine de Tarzán participa como cómplice su última esposa María Brock Mandel (llamada Ilse Marie Von Kellen en la novela).
El pepino se le fue de las manos a don Marcos Ordoñez que al parecer tiene una forma irregular y poco afortunada de escribir, y que al parecer también (dicen sus fans) esta es una de sus mejores logradas novelas. Por mi parte, prometo no leer más de Don Marcos.
Y tampoco quiero ver más en cine a ese Tarzán tan interesante en mis recuerdos, pero cuyas películas se ven bien falsas, en la que no se esconden ni los trapecios colgados de los árboles, como un selvático circo, ni se oculta que los simios sean unos extras mal disfrazados.
El buen Johnny Weissmüller de mis recuerdos, tras dos derrames cerebrales entre 1976 y 1978, estableció su residencia definitiva en Acapulco donde se rodó su última película de Tarzán.
Reza una nota del diario español El País del 21 de enero de 1984: “El actor Johnny Weissmüller murió ayer de madrugada en su mansión de Acapulco, donde pasó los últimos años de su vida evitando visitas, pues quiso ser recordado como el joven y esbelto personaje que encarnó en el cine. En el ocaso de su vida, Weissmüller tuvo problemas psiquiátricos e inclusive se afirma que aún recientemente se ponía a aullar como el personaje de Tarzán que le llevó a la fama. El actor, que nació en junio de 1904, fue un extraordinario deportista, ganó cinco medallas de oro de natación en los Juegos Olímpicos de París y Amsterdam y realizó una serie de televisión, El rey de la selva, que le ayudó a conservar su popularidad. El cuerpo de Tarzán, embalsamado, fue sepultado ayer en el cementerio Valle de la Luz de este puerto. Weissmüller llegó hace siete años a la ciudad porque su clima era propicio para su recuperación, ya que padecía un mal vascular degenerativo e irreversible. Últimamente era visitado por personajes del cine para animarle y verificar su estado de salud. Su muerte ocurrió en presencia de su esposa, María Brock Mandel.”
Había muerto el Rey. Larga vida al Rey. Hasta la próxima.

LOS RESTOS DE UN NAUFRAGIO

Debo decir que había leído poco a Guy de Maupassant. Mis límites se quedaron en La noche, pero siempre tuve el libro cerca hasta que me mordió. Y tan pronto empecé El miedo ya no pude parar. Acabo de leer Los restos de un naufragio. Es un cuento maravilloso, sutil, construido con delicadeza, acomodando cada pieza en su sitio para generar el efecto emotivo en su climax y lo retarda para poder deleitarnos en él como se paladea un buen vino o un manjar exquisito.

Un joven, empleado de una aseguradora, es enviado a supervisar el naufragio de un barco que ha quedado varado en una larguísima playa, es decir, una extensión casi plana de varios kilómetros la cual desciende en un ligerísimo declive, de modo que cuando baja la marea el barco, muchos kilómetros adentro, queda sobre la arena y hay que caminar más de una hora para llegar a él. Cuando la marea baja la orilla del mar se aleja velozmente, y de ese modo sube.

El joven, mientras inspecciona los daños y hace su reporte, oye voces. Cree que es una alucinación, pero no. Han llegado un grupo de ingleses conformado por el padre y tres hijas. La mayor tiene 18 años y es sumamente hermosa y accesible.

El joven y los ingleses se ven de pronto atrapados por el mar cuya marea ha subido de forma repentina. La noche cae y con ella el frío y el miedo de que los restos del barco sucumban ante el embate de las olas.

De pronto, en medio de la noche, el barco es enderezado por el agua y los "tripulantes" accidentales se llevan un buen susto. Pero en ese momento de caos, el joven se enreda en el cuerpo de la muchacha inglesa cuya belleza y aroma lo tienen cautivado y motivado por la cercanía la abraza y la besa todo el tiempo (breve por cierto) que dura la sacudida.

Esta brevísima experiencia de amor lo prenda para siempre. Casi de inmediato los rescatan pero él, por años, incluso hasta la vejez se quedará añorando al barco y esa noche tenebrosa, terriblemente fría, pero deliciosa.

Que maestría de Maupassant para envolvernos en ese clima emocional amoroso de modo que al final sentimos la misma desolación y nostalgia del personaje y la intensidad emocional de su experiencia amorosa.

Léanlo, es una joya.

domingo, 8 de mayo de 2016

ARTE: CENICIENTA O PRINCESA


A raíz de los nuevos nombramientos y cambios en la dirección del Sistema de Arte y Cultura de Celaya, varias personas me han preguntado con cierta insistencia cuál es mi opinión de que hayan nombrado un político, si esto es apropiado. No he querido responder porque no tenía claridad. Aún no la tengo pero hay algunas ideas que rondan en mi cabeza.

Creo que la discusión no debe centrarse en si alguien es adecuado o no antes de considerar algunos aspectos fundamentales.

En PRIMER LUGAR, se deberá definir cuál es el papel del arte y la cultura en la sociedad. La respuesta definirá cuál debe ser la propuesta y cuál podría ser el mejor candidato, e incluso, cual el proyecto de trabajo.

1. Si para un gobierno es sólo un requisito que exige la federación y hay que cumplirlo, es obvio que las acciones estarán encaminadas en instaurar un centro de actividades sociales intrascendentes pero que justifiquen el gasto del presupuesto y para ello cualquier persona es apta.

2. Si se considera que las actividades de cultura son algunos cuadros que, como en las primarias, cierran un fin de curso, basta con elegir a un coordinar de festividades cívicas y convocar a todo aquel que quiera pisar un escenario, sin importar la calidad de su presentación.

3. Si se considera que el arte y la cultura deben ser actividades para generar dinero, entonces se debe buscar a un empresario de espectáculos que sepa como obtener rentabilidad, y convocar obras que han demostrado ser del gusto popular sin importar la calidad.

4. Si se considera que el arte y la cultura sólo son actividades recreativas para entretener a los niños los fines de semana o en vacaciones y darle ocupación a los viejitos, entonces una persona con formación de maestra de Jardín de niños es más que apropiada para implementar talleres de iniciación artística para que rellenen el ocio. Lo que para los niños es formativo, para los adultos se quedan cortas dichas actividades.

5. Si se considera el arte y la cultura son actividades para incentivar el turismo cultural, se requerirá alguien en cuyo perfil tenga algo de economista y degustador de las bellas artes, combinado con un mercadólogo, a fin de que sepa sensar las preferencias de un público objetivo y preparar un menú que atraiga la mayor cantidad de visitantes. Las actividades a desarrollar serán una mezcla de espectáculos populares con otros de calidad y calidad internacional, pero también puede permitir impulsar el desarrollo de artistas locales y actividades independientes que complementen el atractivo principal montado por el estado. En este esquema, es posible que todos ganen, pero el impacto social, el desarrollo social no siempre será de alto nivel, como sucede en ciudad turísticas en las cuales los espectáculos, especialmente los de calidad, son aprovechados por los visitantes pero lso locales viven al margen de este festín del arte. En todo caso, se desempeñan en el sector de servicios para atender a las visitas.

6. Pero si se considera que el arte es un detonante social, es decir, que es un factor de estimulación de la imaginación y un propulsor del desarrollo humano, entonces se requiere más que un artista y más que un político y más que un economista o mercadólogo. Debe ser alguien que tenga un enorme compromiso social y sienta pasión por la educación, por el arte, y sea poseedor de ciertas habilidades políticas para conducir los egos de los artistas, o aspirantes a serlo, que es mucha, y busque el mayor impacto con sus actividades,as cuales inlcusive tenga la capacidad de revertir los indicadores sociales negativos, como los índices delictivos, la tasa de suicidios, el uso de antidepresivos o sustancias estimulantes dañinas, es decir, que mejore la salud emocional, y además impulse el emprendeurismo social y empresarial, entre muchos otros. Sobre todo, que abra las espectativas para los sectores sociales desprotegidos.

En SEGUNDO LUGAR, especialmente para el último caso --aunque también es útil para los demás-- hacer un diagnóstico social, en donde se puedan ver con claridad las necesidades, los vacíos, las fortalezas, las oportunidades.

En TERCER LUGAR. Hacer un diagnóstico del potencial artístico de los habitantes de lugar (es decir, ubicar a sus artistas y medir su nivel de desaarollo y abrirles un abanico de acciones que responda a sus necesidades: cursos a unos, promoción a otros, vinculación a fondos nacionales o internacionales a los de mayor nivel), para que este ejército sea el principal promotor del arte en su área de influencia social y en los escenarios que se deberán habilitar para ellos. De esta forma, se matan dos pájaros de un tiro: se desarrolla a los artistas y estos a su vez ayudan a los artistas emergentes o crean públicos sensibles al arte.

En CUARTO LUGAR. Diseñar un plan de desarrollo a corto, mediano y largo plazo, en función del presupuesto y en función de las necesidades sociales (obtenidas en el diagnóstico social) y de las necesidades de los artistas locales, que permita alcanzar con eficiencia las diversas etapas, y se puedan comprobar los avances reales.

En QUINTO LUGAR. Elegir a un personal apropiado a cada área. Habrá que eliminar el amiguismo, aunque se contrate a amigos, pero cuya elección sea la apropiada para el puesto, y a parientes si así conviene al plan de desarrollo.

Para finalizar, comento que salvo los reyes y comerciantes del Renacimiento y algunos gobiernos europeos actuales, en general los gobiernos (especialmente los de los paises subdesarrollados como el nuestro) no entienden para qué es el arte y la cultura.

En el Renacimiento, urgidos de abrir las fronteras hacia los mercados orientales (donde estaban las codiciadas especias) y urgidos en desarrollar una tecnología capaz de permitirles afrontar y superar sus limitaciones (creación de mapas más exactos, instrumentos de navegación terrestre y marítimo, barcos más consistentes, máquinas primitivas para acelerar los procesos de producción, etc.) se dieron cuenta que fomentar el arte era el mejor mecanismo para incentivar la imaginación, esa imaginación tan útil en el desarrollo de la ciencia y la tecnología. La clave estaba en potenciar la imaginación. Ahí estaba la clave que podía resolver cualquier crisis actual.

Mientras nuestros flamantes gobernantes, locales o federales, no entiendan esto, el arte y la cultura seguirá siendo la cenicienta de la casa y no la princesa.

¿SUEÑO O REALIDAD?

Acabó de leer el cuento ¿Fue un sueño? de Guy Mapaussant y me hizo recordar el libro País de mentiras de Sara Sefcovich.
            En este cuento, se muere la esposa de un joven y, desolado, se va de viaje. Cuando regresa, mucho tiempo después, va al panteón a llorar sobre la tumba de su amada. Pasa largas horas sobre la tumba. Anoche. Quiere pasar allí toda la noche pero teme que los custodios del cementerio lo expulsen. Se esconde en lo más recóndito y espera que caiga la noche.
            Cuando ya no hay ninguna luz intenta regresar a la tumba de su amada pero se pierde. Se sienta en una tumba  y de pronto advierte que se mueve. La lápida se abre y sale un esqueleto desnudo. En la cruz pude leer: "Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios." Pero el muerto toma una piedra y empieza a borrar el epitafio y sobre él escribe: "Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo, y murió en pecado mortal." Y después ve como todos los muertos hacen lo mismo declarando haber sido “atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos”.
            Entonces corre a buscar la tumba de su amada y cuando llega ve que ha cambiado su epitafio que decía: “Amó, fue amada, y murió, por: "Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió."
            Y me hizo pensar en una las características del ser humano: la simulación, el engaño. Y me pregunto ¿por qué?, ¿qué necesidad hay de ir tras esa mascarada  que cumplimos todos los días? ¿quiénes somos en realidad?
            Fue por ello que recordé ese libro de Sefcovich en la que va dando cuenta pormenorizada de todas las mentiras que los políticos dicen todos los días, tratando de crear una imagen de ellos, de su partido y del país que no corresponde con la realidad.
            Precisamente, en ese momento, en México, están saliendo a la luz escándalo tras escándalo develando la verdadera faz de muchos políticos y empresarios.
            Seguiré leyendo a Maupassant pues al parecer en sus cuentos va evidenciando muchos sinsentidos del ser humano. ¿Será por eso que murió afectado por la locura?

sábado, 30 de abril de 2016

LA BENDICIÓN DE LA TIERRA Han Hamsun, 1920

--> Supe de Han Hamsun, uno de los más famosos escritores noruegos, por el maestro Alejandro Toledo que me recomendó Hambre, su primer novela, y la que lo lanzó al éxito. Buscando esta novela una amiga, que me ayudaba localizarlo, encontró La bendición de la tierra. Cuando me la entregó ya había conseguido, en la Colección Sepan cuántos…, Hambre y en cuyo tomo también incluía Pan.
            Intenté leer primero Hambre pero su narración en primera persona de manera errática pues narra los frecuentes giros de rumbo del pensamiento del personaje, no me atrapó y las tres novelas se fueron a dormir al estante.
            Leyendo la novela Gog de Giovanni Papini, cuenta que su personaje tiene un encuentro con Hansum ya viejo que vive recluido en una isla alejado de fans y periodistas, a quienes repele como la peste. Y su plática me encantó y me motivó a desempolvar las novelas. Cuando empezaba a leer Hambre, advertí por qué lo había dejado de leer, y abrí La bendición de la tierra y me atrapó de inmediato la historia de ese hombre que camina por un paraje solitario aunque considerando que se trata de Noruega me imaginé unos bosques maravilloso, sugeridos por la canción de los Beatles Bosque noruego, y comprobado en el internet y quien de pronto se detiene en uno de esos parajes, al pie de un bosque y cerca de un lecho pantanoso y un lago, donde decide empezar a construir su hogar. Es decir, a echar raíces en una tierra fértil y prometedora.
            Hamsun no nos dice de dónde viene este hombre, pero si va poco dejándonos ver hacia dónde va y como trabaja ardorosamente por construir su hogar luchando amorosa y responsablemente con el medio ambiente para que este lugar le de todo lo que necesita.
            Es decir, la novela nos habla de Isak, un hombre que echa raíces, crece y se ramifica, y de otro, su hijo, Eliseo, a quien le cortan las raíces llevándoselo un tiempo a la ciudad, y sucumbir ante los encantos de la vida holgada y orgullosa y vacua de la urbe y con ello pierde un suelo sólido para crecer, llevado cual barcaza por los vientos de un puñado de sueños disparatados.
            La novela es encantadora y a lo largo de 346 páginas nos va mostrando cuál es la esencia de la vida: el trabajo y el respeto al medio ambiente, a la tierra, al bosque, a su familia, y en tener una idea clara de la vida y luchar por ella, nada de sueños disparatados.
            Esto me hizo recordar lo que ya es un lugar común: lucha por tus sueños, nos dicen hasta el hartazgo, como si cualquier sueño fuese bueno y luchar por él lo mejor, pero sin considerar de que hay de sueños a sueños.
            El sueño del Quijote, llegado a él por las lecturas, fue la justicia. El sueño de Madam Bovary, también sacada de la lectura, fue el gozar de una experiencia amorosa tal como la pintaban los libros románticos.
            Aunque el Quijote nunca logra su cometido, su sueño, su visión sí. El Quijote es una libro inspirador en el que nos dice que la ficción es un tan necesario para el hombre, como el pan.
            Pero a Madam Bovary su sueño la lleva a la ruina y a su muerte vergonzosa y  terrible.
            Lo que no nos dicen los predicadores de los sueños es que hay de sueños a sueños. Los sueños egoístas y disparatados son absurdos y dañinos. Los sueños de justicia, solidaridad, bienestar de los demás, aunque no se alcancen, dejan un impacto positivo.
            De Isak no nos dice Hamsun si tiene sueños. Tiene un propósito: crear un hogar. Y primero empieza a labrar la tierra y a construir una cabaña. Luego, a conseguirse una mujer que se sume a su propósito: trabajar duro para esperar una buena cosecha. Consigue a una mujer con labio leporino, nada atractiva, pero noble y trabajadora. Y ellos dos, poco a poco, van creando un lugar lleno de abundancia a partir de un trabajo incansable.
            Mientras que el hijo, que sueña con ser un ser distinguido, importante, admirado, nunca lo logra y se pierde en sus propios sueños.
            Al final, un viejo amigo y benefactor de Isak, le dice a su otro hijo, a Sivert, que Noruega no requiere de grandes minas, de minerales, de otro o plata, sino de trabajo: el secreto del éxito y de la prosperidad  está en el trabajo, ese trabajo comprometido, paciente, incansable, amoroso, generoso, particularmente con la tierra.
            Acabo de leer el resurgimiento de Detroit a partir de regresar a lo básico, al cultivo del suelo, a la agricultura, al cultivo de huertos, que le está permitiendo la cohesión social y el resurgimiento económico de una ciudad muerta y desahuciada. Quizá debiésemos regresar a la agricultura, todos, habitantes del campo y la ciudad.
            La novela termina con una imagen apacible. Nada de tremendismos dramáticos, ni muertes o triunfos, sino después de habernos contado su trayectoria, sus dificultades, sus temores, sus amenazas, los suelta en un campo que ya es próspero para que sigan su vida sin la intromisión de su autor.
            Esta novela la publicó Hamsun en 1920 junto a otras dos, justo en el año en que le otorgaron el Premio Nobel de Literatura.

domingo, 27 de marzo de 2016

TEA BAG Henning Mankell

Me molesta enormemente las críticas autoritarias como las que se leen en los blogs donde se reseña este libro. Quizá como yo no tengo una formación académica en letras, me hace sentirme no más que un simple lector que escribe candorosamente lo que le gusta o no.

Esta novela no sólo me gustó mucho sino que además me hizo sufrir y sentirme miserable. Me imbuí tanto en la historia de esas mujeres inmigrantes que coinciden en Suecia en donde como fantasmas discurren en una ciudad donde nadie las ve, nadie las siente, ventaja que aprovechan para evitar ser expulsadas.

Pero lo que más me hizo sufrir fue ese sentido de incertidumbre --que se respira en toda la novela-- en que vive el poeta Jesper Humlin, un pobre hombre esclavizado por su editor que lo trata de obligar de mala manera que escriba una novela policiaca, por su madre que lo chantajea, lo mismo que su manipuladora novia, por su agente de bolsa que le desaparece su dinero en pésimas inversiones, pero además, temeroso a la crítica, se vuelve vulnerable a muchas circunstancias, como con esas mujeres inmigrantes que quieren que las enseñe a escribir.

Atrapado en esas circunstancias, cada paso que da es angustiante. La novela es totalmente impredecible, como si la trama estuviera sujeta a un caprichoso devenir, de modo que cada página es una aventura llena de suspenso.

Yo no sé si es policiaca o no. Yo creo que no, porque no hay policías investigando, a pesar de que los personajes son unos out of law, que viven a salto de mata, durmiendo en casas vacías cuyos dueños andan de viaje, y subsistiendo de microrrobos.

La novela alcanza una estatura humana estremecedora al irnos contando las historias inverosímiles de esas tres mujeres, entre ellas una Nigeriana que se hace llamar "Bolsa de te" (The Bag) que trae una mono fantasma como ángel guardián.

Creo que la estrategia narrativa que escogió Mankell hace mucho más visible el drama de estos seres fantasmales que han puesto a temblar a Europa: los inmigrantes.

Buena novela, cautivante, que logra mover las emociones. Lástima que Mankell ya murió, pero aún me queda el consuelo que no he leído la mayor parte de sus obras. De la serie Wallander sólo he leido la primera, así que me quedan muchas horas de disfrute.

Saludos.

lunes, 31 de agosto de 2015

EL PEZ DE ABRIL


Mavis Gallant


Como nací el primer día de abril me pusieron Abril de nombre de pila. Aquí en Suiza se pronuncia Afril, con lo que suena más como algún tipo de medicamento que como un mes de la primavera. “Tomad una buena dosis de Afril”, puedo imaginar diciendo al doctor Ehrmann a cada uno de los niños. Hoy empieza mi abril número cincuenta y uno. Me he despertado temprano y me he bebido el té a sorbos, con mucho cuidado de no molestar a los perros que dormían a los pies de la cama, sobre su propia manta de la Cruz Roja. Sigo teniendo pesadillas, pero ha cambiado el tipo de horror. En el sueño del ahorcamiento ya no soy la víctima. Cuelgan a otro. Anoche, en un sueño desgarrador, se ahogaba uno de mis propios hijos adoptivos, allí mismo, tras la ventana, en el lago de Ginebra. Yo deambulaba corriendo por la hierba, entre los cisnes. Sentía el rocío bajo mis pies desnudos, el dobladillo de mi camisón de terciopelo estaba cubierto con él. Podía ver los juguetes de los niños claramente: el tanque en miniatura que Igor siempre había querido, y algo rojo, puede que un cubo y una pala. Se me soltó el pelo y me caía por la espalda. Era caoba como el color de las hojas, como solía ser antes. Creo que salvé a Igor, es un recuerdo difuso. Me sentía eficiente y segura de haberlo conseguido.
      Al sentarme en la cama, haciendo balance de los progresos que he hecho en la vida como si mis propios sueños lo hicieran por mí, intentando que la visión de la lluvia cayendo en arroyuelos desde el tejado no me afectara –no era la lluvia lo que me deprimía sino la sensación de no poder confiar en nadie, absolutamente nadie, para que se subiera al tejado y limpiara la maleza y los hierbajos que habían enraizado y obstruían la canaleta-, los niños entraron en tropel. Estaban los tres en casa por las vacaciones de Pascua: Igor, con sus ojillos de ladrón, el mulato que jamás dice maman en público porque le da vergüenza, y Ulrich, cuyo padre era un famoso jurista y cuya madre era una chica bellísima y brillante, pero que jamás llegará a ser más que otro suizo anodino. Allí estaban todos, a los pies de la cama, todos ellos abandonados por unos padres indolentes, tirados como botones que se sueltan y recogidos por una mujer a la que llaman maman.
      Bon anniversaire, dijo Igor, que tiene ya el aspecto de un empleado cualquiera de correos de Moscú, los otros dos le siguieron mascullando de modo incomprensible, como si recitaran el responso en la iglesia. Me trajeron un regalo, un pez de abril, pero no de los de chocolate. Era un pez de esos de cristal de los que todo el mundo compra en Venecia, de unos cincuenta centímetros de largo, transparente y con tonos verdes, el verde de las hojas de geranio, con rayas blancas como de tiza que van de la cabeza a la cola. Estos niños han vivido conmigo desde la infancia, pero su gusto es el de su piel, el de sus corazones, el de las uñas de sus manos. La pesadilla que ahora debería estar teniendo es una proyección hacia el futuro, una visión de las chicas con las que se casarán y de las casas que tendrán, con sus mesitas de cristal para el café y sus peces de cristal veneciano encima de la televisión, a no ser que la efigie de un olivo amorfo se haya apropiado ya de ese espacio.
      Igor se adelantó y puso el pez en la mesa que había junto a mí con sumo cuidado, y como no se le ocurría otra cosa que decir empezó otra vez con lo de Bon anniversaire, maman. No tenían nada que decirme en absoluto. Los perros habían ensuciado la alfombra, así que la habían retirado para limpiarla y ellos allí restregando los pies contra el suelo rayándome el piso.
      —¿Qué van a hacer hoy? –les dije.
      —Jugar —me contestó Robert tras el silencio.
      En ese momento irrumpió el concierto matinal desde la radio que había junto a mí y me lancé a la búsqueda de algo, una apreciación, que sus ojos mostraran alguna reacción ante la música, pero ellos ya habían empezado a empujarse unos a otros y a reír, y yo sabía que esa música pronto se vería apagada por un nuevo coro que esta vez vendría de mí: “No lo toquen. No molesten a los perros”, todo ello en negativo, y tan malo para ellos como para mí misma. Apagué la música y les dije:
      —Vengan a ver el regalo de cumpleaños que me ha llegado esta mañana por correo. Es un regalo de mi hermano, su tío —me puse los lentes para leer y desplegué la preciosa carta sobre la cama—. Es una carta original escrita por Sigmund Freud. Era un médico famoso y está escrita de su puño y letra. Ahora les enseñaré a interpretar los signos que hay en las cartas. El papel en el que está escrita es feo y barato, eso lo pueden ver todos, ¿verdad?, lo cual significa que era un tacaño, o que era pobre, o que no tenía pretensiones estéticas, o que no le daba importancia a los asuntos mundanos. Estos bucles largos y puntiagudos denotan una fuerte conciencia de los valores espirituales y la inclinación de las líneas una naturaleza pesimista. El margen se ensancha al final de la página, como en el manuscrito de Keats de “Oda a un ruiseñor”. ¿Recuerdan que les enseñé una fotografía? ¿Quién se acuerda? ¿Ulrich? Muy bien, Ulrico. Significa que el doctor era el mismo tipo de persona que Keats. Keats era un poeta, pero ya está muerto. Siento decir que su firma revela presunción. Pero se trataba de un gran hombre, hacía bien en estar seguro de sí mismo.
      —¿Qué dice la carta? —dijo Igor finalmente.
      —La carta no está dirigida a mí. Es una carta antigua, ¿ven la fecha? La enviaron treinta años antes de que cualquiera de ustedes naciera. Probablemente iba dirigida a un colega, miren, aquí donde señalo. A otro médico. Es probable que se trate de una opinión sobre un paciente.
      —¿No puedes leer lo que dice? —dijo Igor.
      Intenté pensar en una respuesta constructiva, porque “No sé leer alemán” era demasiado vago:
      —Algún día tú, Robert, e incluso tú, Ulrich, podréis leer alemán, y entonces leerán la carta y todos sabremos qué era lo que el doctor Freud le decía a su colega. Yo aprendería alemán —continué— si tuviera más tiempo.
      Como prueba del poco tiempo que tengo ocurrieron tres cosas a la vez: mi abogado, que sólo se pone en contacto conmigo cuando tiene malas noticias, llamó desde Lausana, Maria-Gabriella entró a retirar la bandeja del desayuno, y los perros, al despertarse, empezaron a ladrar. Parece que el ruido excesivo me afecta a la visión. La habitación se convirtió en una masa borrosa y unidimensional. Le hice señas a Maria-Gabriella discretamente, porque jamás querría que los niños se sintieran rechazados o que sobran, de manera que ella lo entendió al instante y se los llevó lejos de mí. Entonces los perros dejaron de ladrar, todos menos la pobre Sarah, vieja y ciega, que siguió advirtiendo infatigablemente de ese ladrón que había en una habitación a oscuras de su propia invención. Entre tanto maître Gossart me decía desde Lausana que no iba a poder quedarme con ninguna de las niñas de Vietnam. Ninguna de ellas podrá ser adoptada cuando se curen de sus quemaduras, tendrán que volver a Vietnam. Esa fue la condición para que vinieran. Estuvo dando rodeos para contarme esto hasta que le corté de golpe con: “Entonces, ¿no voy a poder quedarme con ninguna de las quemadas?”, y como no paraba de mascullar cosas le dije: “Maître, este es un maldito país asqueroso y sucio, y si no fuera por los impuestos hacía las maletas ahora mismo y me iba. Pero esos impuestos hacen que no tenga libertad. Me obligan a quedarme en Suiza”.
      Maria-Gabriella me encontró tirada entre cojines, llorando a mares. Cuando estiró el brazo para retirar la bandeja me entraron ganas de decirle: “Tira al suelo el pez ese antes de irte, ¿quieres?”. Pero eso a ella le habría causado una conmoción, y los niños se habrían quedado de una pieza si hubieran llegado a enterarse. De hecho, Maria-Gabriella se paró a admirar el pez y dijo: “Deben llevar semanas guardándose el dinero para sus gastos”. Entonces me vino a la cabeza que poisson d’Avril significa “broma”, gastarle una broma a alguien el día de los Inocentes. No, este pez no es una broma. Para empezar, ninguno de ellos tiene tanta imaginación, aparte de que el pez ese es demasiado caro, además, jamás se habrían atrevido. A decir verdad, yo a ellos no les quiero. Ni tampoco quiero la carta de Freud. Lo único que yo quería era esa pequeña vietnamita. Sí, lo que en realidad quiero es una niña de modales refinados; la he querido toda la vida pero nadie va a darme una.

sábado, 2 de mayo de 2015

LA OCTAVA PLAGA



Jeremías Ramírez Vasillas

Después muchos años de dominio humano, los insectos se alían para recobrar lo que —dicen— siempre ha sido de ellos: el planeta. Y para lograr derrotar a los humanos, van tomando posesión de ellos, como si fueran espíritus malignos. El cuerpo invadido empieza de pronto a comportarse como insecto: algunos son como hormigas, otro como termitas y se comen el papel, o como arañas… Y investidos como insectos van cometiendo crímenes terribles. La meta es lograr derrotar a los humanos… con los humanos.
            La idea es interesante y si estuviera bien desarrollada, con inteligencia y bien narrada, estaríamos ante una gran novela negra, de ciencia ficción y horror, pero en el caso de La octava plaga, de Bernardo Esquinca, no sucede así. Tal parece que la ciencia ficción aún no arraiga en nuestro país. Del género policiaco ya hay ejemplos memorables como El complot mongol.
            El personaje principal de esta novela es un desencantado periodista que cuando se cierra la sección de cultura donde trabaja es introducido, sin desearlo él, a cubrir la nota roja, Es el único de la sección de cultura que no lo despiden, aunque no se nos explica por qué.
            El enigma principal, y problema a resolver, son una serie de asesinatos en moteles en los cuáles empiezan a aparecer hombres atados a la cama con la cabeza cercenada. Se cree que es una prostituta asesina.
            Me gustó el inicio de la novela: un entomólogo descubre a un insecto inclasificable, aunque no nos muestra ni explica porqué no es posible clasificarlo. Eso hubiera consolidado el argumento que va a desarrollar.
            Pese a que el autor se documentó más o menos bien, su interés por jugar con el realismo a pesar de que el relato es mueva hacia lo fantástico, hace que la novela sufra en varios momentos con la verosimilitud. Por ejemplo, nos dice que los humanos se comportan como insectos, pero no vemos si en esta conducta hay un transformación de cuerpo, como en el caso de La metamorfosis de Kafka. Y a pesar de que son varios personajes que sufren la posesión de los insectos, no logra el autor que los sintamos definidos.
            Por otro lado, otra falla de verosimilitud es el oficio de su personaje, Casasola, de quien nunca vemos sus virtudes en el uso de la pluma o el por qué lo trasladan a otra sección del periódico. Pudo mostrarnos, tal vez, su habilidad para la investigación o su gusto por la nota roja o la literatura policial, pero nada. En toda la novela apenas si garrapatea una mala nota. Al parecer el autor no conoce el oficio periodístico (aunque leyendo su biografía dice que es periodista), de ahí que se sienta falso al personaje y más aún que tras su encuentro infortunado con un mujer-insecto que secuestró a su ex mujer, pague su asistencia médica y hospitalaria y, además, que se afiance en su trabajo. Pero no sólo eso: a pesar de no demostrar ninguna habilidad periodística, al final lo contrata otro medio dedicado especialmente a la nota roja, sin darnos razón alguna del por qué.
            Además hay personajes sacados de la nada, subtramas que no confluyen a un mismo punto terminal, y giros dramáticos no generados por la necesidad. En fin, un escritor más que se da de baja de mi estima. Lástima, era muy prometedor su inicio.


lunes, 13 de abril de 2015

EL LADO NEGATIVO DE LA VIDA


In memoriam de Eduardo Galeano

Charles Bukoswki decía que "el optimismo es algo nauseabundo"(1). Nunca había leído una declaración tan tajante como esta. Invadidos por la pseudocultura de la superación personal y cierto misticismo oriental de ver y declarar sólo lo positivo de la vida, se vuelve de pronto tan desagradable, tan, como decía Bukoswki, nauseabundo.

Incluso nos instan a que veamos sólo los logros, lo bueno, lo blanco, lo luminoso... Está bien, pero al negarnos a considerar el lado opuesto caemos en una especie de ceguera enfermiza que en nada ayuda.

Eduardo Galeano, por cierto --esto descubrí al escuchar la entrevista que Carmen Aristegui le hizo hace algún tiempo y que hoy se transmitió en CNN-- era un gran pesimista, un especialista minucioso de ese lado negativo de la realidad (sin que esto le cegara la visión de las cosas maravillosas de la cultura en general, particularmente de la latinoamericana, como lo consigna poéticamente en los 3 tomos de Memoria del Fuego), y tan explícito que nos permitió tomar conciencia de muchas desgracias que pesa sobre los latinoamericanos. Su obra más contundente al respecto Las venas abiertas de América Latina, es una radiografía feroz de esa sangre que mana de siglos de injusticias. Pero gracias a esa visión (de él y de otros) ha crecido en muchos sectores y el enorme deseo por la justicia. Tanto organizaciones sociales como activistas, deben en mucho de su talante a estos libros que no se detuvieron a ver el lado bonito de la vida.

Precisamente, la búsqueda de un mundo mejor parte de ver este lado (sin edulcorantes) terrible y atroz que nos despierta la sed y el hambre de justicia, como dice el Evangelio.

Hoy se ha ido, pero su visión y sus libros seguirán siendo luz para muchas generaciones que no se conforman con ver el lado rosita de la vida, y buscan que las condiciones de miseria de muchos cambie, aunque parezca esta lucha una quijotada, es decir, una quimera irrealizable.



1) Frase citada por Isaac Mendoza Vazquez, en su artículo "Charles Bukowski: sangre sobre el verso", en la revista La Jornada Semanal, No. 252, 10 de abril de 1994, p. 5. 



sábado, 5 de julio de 2014

EFRÉN HERNANDEZ Y EL CINE

Por Jeremías Ramírez Vasillas

Prácticamente no hubo escritor en el siglo XX  que se haya resistido a los encantos del cine. Algunos fueron críticos (Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Cabrera Infante), otros argumentistas o guionistas (José Revueltas, Juan de Cabada, Mauricio Magdaleno, García Márquez, José Agustín) y otros, incluso, directores de cine como Guillermo Arriaga (The Burning Plain, 2008) o el norteamericano Paul Auster (Smoke,).
            Efrén Hernández no fue la excepción. Si su literatura es prácticamente desconocida (pocos, creo yo, han leído su obra) su incursión en el cine o en el teatro son francamente insospechadas. Cuando revisaba el segundo tomo de sus Obras Completas (FCE, 2012) fue una sorpresa encontrarme en la sección denominada “teatro” con un guión de largometraje: Dicha y desdichas de Nicocles Méndez. Tragiburledia cinematográfica.
            Dice Alejandro Toledo, prologuista de esta edición de las Obras completas de Hernández, que es “un libreto fílmico escrito o concebido a ocho manos por Dolores Castro, Rosario Castellanos, Marco Antonio Millán y Efrén Hernández”. Agrega Toledo que este guión “Al parecer fue un encargo de Andrés Serra Rojas, que dirigía el Banco Cinematográfico, quien propuso a Efrén trabajar un guión para el comediante Mario Moreno Cantinflas”.
            Este guión debió escribirlo a finales de los cuarenta, cuando Cantinflas era ya una celebridad, cuya fama había empezado al menos diez años antes cuando figuró tres notables películas: ¡Así es mi tierra! (1937), Águila o sol (1937) y El signo de la muerte (1938), y ya había realizado su obra maestra, Ahí está el detalle (1940). Para 1948 ya había actuado en 20 películas.
            Por qué le pidieron a Efrén este trabajo si no tenía experiencia cinematográfica, no se sabe, pero al parecer había gran expectativa sobre esta obra pues hasta apareció una nota periodística que calificaba este trabajo como “obra cumbre para Cantinflas”. Dice la nota: “Los cuatro [se refiere a Dolores Castro, Rosario Castellanos, Marco Antonio Millán y el propio Efrén Hernández], por su lado, idearon situaciones de fina comicidad y luego se reunieron para comunicarse lo que habían elaborado. Para esto ya Efrén había construido la base, la columna dorsal del asunto: la vida de un hombre provinciano muy ingenioso, que poco a poco se va abriendo paso, en diferentes actividades, hasta llegar a triunfar en lo que es su vocación. El teatro. En cierto modo es la biografía del propio Mario. Muchos hechos verídicos de su vida están recogidos ahí”.
            También, en cierto modo, es la biografía del propio Efrén, dice Toledo, pues esa era una constante en su obra, el alto sentido autobiográfico. Y agrega Toledo que Efrén “encontró en el comediante una suerte de alter ego, por el retrato de un provinciano algo pícaro e incluso por la mezcolanza caricaturesca del habla popular con una lengua pretendida (en un caso) o auténticamente culta o literaria (en el otro), que caracterizó a ambos en las diferentes esferas donde se movieron”.
            Cuando me tropecé con este trabajo fílmico me saltaron de inmediato las acotaciones técnicas del guión. Esto me llamó la atención no sólo por mi experiencia fílmica sino además por el desconocimiento absoluto que tenía de Efrén Hernández en el cine. Leí, por ejemplo, en una de la cabezas de la primer secuencia: “ACERCAMIENTO PROGRESIVO / (CÁMARA EN GRÚA DESCENDIENTE OBLICUA). Correlativa a la progresión del acercamiento, y a partir de cierto punto, empieza a entrar, y va creciendo en sonoridad la voz de un pregonero.
            Si bien no tenía experiencia en la creación fílmica en cualquiera de sus especialidades, sabemos que tuvo un acercamiento con este arte (no sé si antes o después de escribir este guión, pero me inclino a creer que fue antes), según relata su hija Valentina Hernández, quien dice que “fue supervisor en cinematografía (censor de películas). En este trabajo  —agrega Valentina— también viajó bastante, pues tenía que estar presente en el rodaje de las películas en la locación que les tocara. Esto le divertía, pues se relacionó con un medio interesante y que le era totalmente desconocido. A su regreso de estas salidas, nos contaba anécdotas sumamente divertidas. Como la vez que estuvieron filmando  en la selva de Yucatán, unos moscos ponzoñosos le picaron en la manos, y la mesera de una fonda de por allá le preguntó asombrada:
            —Ay, señor, ¿qué le pasó a usted en las manos que las tiene tan hinchadas?
            Mi padre, muy serio y viéndoselas con ternura le contestó:
            —Es que van a tener manitas.”[1]

            Esta experiencia seguramente le dio visión para abordar el guión, aunque tuvo que complementar su conocimiento por medio de la investigación y del estudio. Dice la nota periodística que se reproduce en la introducción de este II volumen de sus Obras Completas (cuya fuente no indica): “Efrén, que no había escrito nunca para el cine y que no es un técnico en este arte, elaboró el argumento con una intuición sorprendente. Consultando libros especializados y haciendo rendir un jugo inusitado a sus experiencias de espectador cinematográfico, está por terminar, no sólo el asunto, sino también el script (hoy se le llama a este documento shooting script o guión técnico, es decir, es donde ya van indicaciones específicas de tamaño de encuadre, movimientos de cámara, etc.), el guión. Y su perfección es tal según personas competentes y autorizadas para juzgar que al director de la cinta ya no le costará trabajo realizarla. Todo está previsto, está en su lugar”.
            Y ¿qué sucedió con este trabajo? Pues nunca se filmó. Dice Alejandro Toledo: “No sabemos si el mejor guión que Cantinflas iba a tener en sus manos llegó alguna vez a ellas”. Ante la imposibilidad de que se filmara la película (nos hace falta una investigación sobre el por qué no se realizó, qué sucedió, a quién le llevó el guión, cuáles fueron las razones del rechazo), Efrén Hernández la publicó en la revista América (no. 65, abril de 1951) como obra colectiva, en cuyos créditos iban los nombres de los escritores que colaboraron en la confección del argumento. Pero “seis años después Efrén lo presentó bajo su nombre, según consta en un certificado de registro del libreto del 28 de enero de 1957 que firma Luis Echeverría, abogado, como oficial mayor de la Secretaría de Educación Pública”.
            Esta decisión de Efrén genera dudas de sus propósitos de registrarla sólo a su nombre, a un año antes de su muerte. Escribe Toledo: “Dolores Castro opina que en cuanto a ella y a Rosario Castellanos la invitación a participar en ese proyecto fue un acto de generosidad con dos jóvenes que se iniciaban en el mundo de las letras; generosidad también respecto de Millán, que era su mejor amigo. Sin embargo,  considera que el guión puede acreditarse casi enteramente a Efrén Hernández”.[2]
            Ahora es difícil que alguien se interese en filmarlo: el tono, los personajes, el medio que retrata, es de un México que ya no existe salvo quizá en pequeños poblados alejados de las ciudades. Y su humorismo, exigiría la complicidad de un público que ahora tampoco existe pues requieren de una legibilidad audiovisual prácticamente de analfabetas.
            Y aunque no haya sido su propósito,  es posible disfrutar de esta obra en su forma escrita, literaria; y les aseguro que se van a encontrar con una obra realmente sabrosa —como diría don Quijote, con un personaje memorable que, aunque haya sido escrito para Cantinflas, no puedo imaginármelo diciendo estos parlamentos.

Efrén Hernández, ¿crítico de cine?

Prácticamente no hay nada que me haga suponer que haya ejercido la crítica, pues no he localizado en mi búsqueda en el internet nada al respecto, salvo, en la recopilación de sus Obras Completas, donde consignan en la bibliografía dos artículos periodísticos. Uno titulado Vindicación del argumentista y el otro El mal cine hace campo al buen teatro, ambos de septiembre de 1950 y publicados en el Suplemento Cinematográfico de la revista América. En este libro sólo se publica el segundo artículo, donde vaticina dos hechos hoy harto conocidos: la omnipresencia del cine en el consumo de historias en la gente desplazando otras formas narrativas y la crisis que se avecinaba en cine nacional.
            Dice Efrén: “Quienquiera que se lo proponga puede, con la mayor facilidad, ir encontrando múltiples razones con que explicarse el hecho consistente en que desde el advenimiento, ya por ahora reciente sólo relativamente, el cine comenzará a apoderarse en progresión creciente del favor de los públicos, con visible e irreparable detrimento del milenario y ranciamente ennoblecido espectáculo de teatro”.
            “El creciente favor de los público”, vaticina Efrén, y hoy podemos verlo como un hecho incuestionable, palpable, a veces, triste. El cine hoy por hoy es el vehículo principal escénico en el gusto del público, moviendo con su atractivo un público compuesto por millones de espectadores, suma inalcanzable para el teatro.
            Respecto del segundo tema escribe: “Hace un año (se refiere a 1949) todavía hubiera parecido de poco fundamento la aventura de alguna conjetura; pero para ahora ya no lo parece tanto. La cosa es cada vez más clara: amen de que literalmente estamos ascendiendo hacia la madurez, no hay duda de que la gente ya empieza a encontrar intolerable, y a cansarse de la desvergüenza, y de la falta notable de dignidad, y de la absoluta ausencia de sustancia  humana en la producción de nuestro cine”, características del cine de consumo masivo.
            Como todo negocio, se usa y abusa de la fórmula redituable hasta el hartazgo sin que sus productores se den cuenta, engolosinados con su éxito. Y tal parece que en ese tiempo la realidad les daba la razón pues todavía el cine (pese a que ya había concluido la II Guerra Mundial, razón de que Estados Unidos le dejará en sus manos el mercado latinoamericano) vendrían algunos años más de éxitos, como lo reflejan el número de producciones que en el año de 1954 alcanzara la cifra récord de 118 películas[3]. Pese a ello, el cine mexicano empezaba a entrar en una crisis espoleada por el regreso del cine norteamericano de la cual nunca más hemos podido salir.
             “A finales de los años 1950, una vez que Hollywood se vio desatado de sus compromisos como máquina propagandística, la industria mexicana comenzó a vivir serias dificultades y, aunque se continuaron haciendo películas de interés, su número y su calidad disminuyeron considerablemente”.[4]
            Este artículo, es importante señalar, Efrén Hernández no pretendía hacer un análisis del fenómeno fílmico y su crisis inminente, sino de, ante la pobreza del cine nacional, alertar al deprimido teatro nacional, a que aprovechara este vacío para resurgir y volver a brillar en le gusto del público mexicano. No sé si alguien oyó a Efrén Hernández, pero este artículo señala el fino olfato de este hombre para otear el rumbo de vientos en el arte.






[1] Tramoya. Cuaderno de teatro, num. 23, enero-marzo de 1982, Universidad Veracruzana.
[2] Todas las notas de Alejandro Toledo han sido tomadas del Prólogo de Efrén Hernández, Obras completas II, FCE, México, 2012.
[3] García Riera, Emilio, Historia del cine mexicano, SEP, 1985, p. 194
[4] http://es.wikipedia.org/wiki/Cine_mexicano

jueves, 17 de abril de 2014

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, SU MUERTE


Es una pena la muerte de cualquier persona, principalmente la de quien su obra fue benefactora para alguien. Los escritores lo son para los lectores, es decir, para aquellos para quienes leer es una forma de vida, no un mero pasatiempo o un motivo para presumir la intelectualidad de la que se carece. Sentimos pena pero al mismo tiempo estamos agradecidos por las largas horas de placer y descubrimiento.
Por ello, para los lectores hay muchas anécdotas en las que un libro, un cuento, un poema marcó un antes y un después en nuestra vida. Gabriel García Márquez, creo, tuvo la virtud de ser definitorio en la vida de muchos y, particularmente, en la mía.
Yo lo conocí en la preparatoria (para los lectores los escritores se vuelven entes familiares cuando su libro toca fibras profundas en nuestro ser). Soy uno de los privilegiados Primera Generación del Colegio Bachilleres. Y digo privilegiado porque inició este proyecto educativo con un plan magnífico y con una expectativa envidiable. Por ejemplo, las materias de literatura iniciaban en el primer semestre con escritores contemporáneos latinoamericanos e íbamos semestre a semestre retrocediendo en el tiempo hasta llegar al Siglo de Oro de las letras hispanas. Para entonces muchos ya estábamos prendados de las letras. Yo creía en ese entonces que todos los escritores cuyos libros nos daban a leer en la escuela estaban muertos, y eran muy aburridos. Oh sorpresa, todos los que leímos ese primer semestre estaban vivos y en plena efervescencia creativa y cuyos textos eran tan magníficamente entrañables, divertidos, y de fácil lectura. Algunos de estos autores, años después, pude conocer en persona como Julio Cortazar, de quien me sorprendió que fuera un hombre tan alto.
En esas clases mágicas conocí entre otros a Gabriel García Márquez. Y fue en ese encuentro que me enrolé con Cien años de soledad. Mi hermano mayor me decía que era muy complicada y enredosa la novela. No lo sentí así. Estaba en mi época devoradora y leí el libro en poco tiempo. Me encantó y me volví fan de GGM. Todo lo que indicaba que era de su autoría lo leía de inmediato, hasta su columna en la Revista Proceso. De su mano, en esos artículos, descubrí a otros autores importantes en mi vida. El que más recuerdo es Kawabata pues Márquez, en una de sus columnas, relataba una anécdota en un en avión en la que le tocó viajar junto a una hermosa mujer que cuando subió estaba dormida, y así se quedó cuando tuvo que descender. Esto lo llevaba a hacer un paralelismo con la novela "La casa de las bellas durmientes", libro que después encontré en un puesto de periódico en la colección de hermosos libros azules donde una editorial española publicaba un ejemplar de ganadores del Premio Nobel.
La única pena en todo esto es que ese proyecto educativo del Colegio de bachilleres se fue al caño, pero tuve el privilegio de que modificara mi primaria vocación por la ingeniería y la re encausara hacia las artes y las letras. Y que me haya regalado la amistad de García Márquez a quien por cierto nunca tuve el privilegio de ver en persona, pero que hoy, al enterarme de su deceso, sólo puedo decirle: ¡Gracias! Te seguiré leyendo.


EL GARABATO: Vicente Leñero

Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...