En el mar de la noche
mi casa,
—anclada al jardín, a la piedra,
a la incomprensible costumbre domiciliaria—,
espera a que suban abordo
sus andantes.
El reloj marca el compás de
las estrellas
y el segundero se pierde en el silencio.
Un perro ladra al ferrocarril que ya se ha ido.
Los ocupantes de mi casa van subiendo a la cubierta,
buscan en las sombras su discurso.
La casa cierra finalmente sus ventanas
encadena las puertas,
afianza imperturbable sus candados
que sellan en hierro el sueño y el descanso.
La noche avanza.
En la penumbra
un oleaje de respiros
se mecen en las aguas ambarinas
de las farolas de la calle.
Afuera pululan como ratas los maleantes
hieren la ciudad con sus espantos
muerden implacables con sus bocas asesinas
la nostalgia.
Lloran, lloran las sirenas de las ambulancias
presagian incansables los sepelios.
Adentro,
nada se mueve.
La nave arrulla a sus tripulantes bajos sus alas de argamasa
hasta que empieza a envejecer la noche.
A las puertas de la aurora
la casa abre, como insólitos párpados, las cortinas
para que el sol lave sus entrañas
y expulse a sus navegantes
de nuevo a su rutina.
jueves, 15 de abril de 2010
martes, 13 de abril de 2010
ANTICUADOS
A pesar del avance tecnológico de los medios de comunicación, los grillos siguen aferrados a la herrumbrosa clave Morse.
jueves, 8 de abril de 2010
TOKIO BLUES, NORWEGIAN WOOD
Escribí hace tiempo que este era el último libro de Murakami que iba a leer, y ahora estoy a punto de echarme para atrás. Tenía razón el gordo de Nicolás Alvarado: esta es la mejor novela de Murakami. Las novelas de Murakami que había leído tenían la recurrencia de los gatos, los pozos y sucesos misteriosos, harto misteriosos e inverosímiles: el anciano que hace llover peces y habla con los gatos, la televisión encendida sin estar conectada a la corriente eléctrica, los pozos como puertas a una realidad aparte, etc., que ya me tenían harto.
Tokio blues tiene un pozo, también misterioso, pero este es parte de una leyenda y la trama de la novela no entra allí. También hay gatos, bueno, una gata, Gaviota, pero su presencia es tan nimia que se le perdona. Y la sorpresa: no hay hechos misteriosos. Cuando iba a la mitad de la lectura soñé con la novela, soñé que en la parte final había un hecho misterioso y me decepcionaba. De vez en cuando tengo sueños premonitorios, como cuando ganó Calderón. En medio de la batalla de cifras, soñé con lo que sucedió: un nuevo montaje de cifras donde ganaba Calderón, y ganó. ¡Chale! Así que leí Tokio blues con el temor de que de un momento apareciera un conejo, como el de Alicia. Y ese temor se mantuvo hasta la página 380, allí se diluyó: en media página que restaba era imposible que entrara algo misterioso.
Pero no era la única angustia, aparte de la infección estomacal que torturaba: ¿Toru Watabane, el personaje principal, lograría desentrañar el complejísimo nudo que se había creado en su derredor?
El final, fue un buen final: un buen golpe de imaginación hizo que terminara de una forma sumamente aventurada, envidiable: con esa gracia me gustaría terminar mis relatos. Hay mucho que aprenderle a este japonecito.
Tokio blues es acertada hasta en su título: en esta novela Tokio es el territorio de la tristeza. Y ese es el tema del libro: la tristeza, la profunda tristeza que produce el suicidio.
Toru Watabane es un hombre de 37 años que en un vuelo a Alemania, justo cuando se disponía a abandonar su asiento, por los altavoces de la nave empieza a sonar Norwegian Wood, la popular canción de los Beatles. Al escuchar la canción, se desata en Watanabe una violenta reacción emocional que catapulta su memoria al año 1969 cuando estaba a punto de cumplir 20 años. Watanabe entonces cursaba en la Universidad de Tokio estudios sobre literatura. Era un estudiante poco social, que su mundo se concentra en la música y en sus lecturas. Entabla relaciones con sus compañeros de una forma distante, guardándose para sí sus opiniones. Es muy reservado, pero meticuloso y altamente sensible a quien la afecta profundamente lo que le sucede a sus escasos amigos.
La novela es un enorme flash back que nunca regresa. Los recuerdos se inician cuando recién había muerto su mejor amigo, Kisuki, y un día, casualmente, se encuentra con Naoko, la hermosa novia de su amigo, que también se ha mudado a Tokio a estudiar, y empieza con ella a entablar una profunda y emotiva relación en la que flota un clima de intenso erotismo. La salud emocional de Naoko es muy frágil y parece que puede sucumbir en cualquier momento. Entonces conoce a Midori, una mujer impulsiva con una imaginación erótica compulsiva y avasallante pero que mantiene con Watanabe un distancia mínima necesaria para que no haya entre ellos un contacto físico. Sin embargo, ella será el madero que le permitirá flotar a Watanabe cuando Naoko sucumbe y es recluida en un centro de recuperación psicológica. La relación con Naoko se enturbia, pero al mismo tiempo logra otro nivel de compromiso. Mientras con Midori la relación también avanza y se profundiza. Metido en el dilema entra Naoko y Midori, un suceso funesto lo empuja a un periodo de soledad y sufrimiento profundo.
Esta es una novela amarga que habla de la soledad de los jóvenes que me ha hecho rememorar el tiempo cuando estaba prestando mi servicio militar, intentando tocar con un grupo de rock, e iniciar apenas mis estudios preparatorianos. Cuantas veces vagué en ese tiempo por las calles del DF, me metí a parques de diversión, fui al cine o a restaurantes solo, completamente solo, metido en mis lecturas solamente. Fue inevitable no establecer un vínculo emocional con Watanebe, casi al punto de sentir que Watanabe era yo, sí, creo que bajo la magia de la literatura es posible tener otra vida: Watanabe soy yo, he dicho.
No sé si cuando vea otra novela de Murakami me resista, no lo sé.
martes, 6 de abril de 2010
NOSTALGIA
Te has ido y tu luz,
—tibia como agua de sol—
se ha perdido
en una oscuridad
que sabe a ceniza.
ESTE MAR
El mar
con sus manos de espuma
esculpe en las piedras
extrañas figuras
y limpia las marcas
de la pizarra de la arena.
Si alguna vez
dejaste aquí tus huellas,
el mar se ha encargado
de borrarlas.
La arena de la playa
es una pizarra siempre límpia
siempre nueva.
con sus manos de espuma
esculpe en las piedras
extrañas figuras
y limpia las marcas
de la pizarra de la arena.
Si alguna vez
dejaste aquí tus huellas,
el mar se ha encargado
de borrarlas.
La arena de la playa
es una pizarra siempre límpia
siempre nueva.
domingo, 4 de abril de 2010
jueves, 1 de abril de 2010
LOS DETECTIVES SALVAJES
La primera vez que oí sobre el infrarrealismo fue en el 2006, en un encuentro de escritores en León, Guanajuato. Creo que era la primera noche de ese encuentro que fue de tres días. Ya se habían terminado las lecturas y las presentaciones de libros y ya habíamos cenado. Y como sucede en esos encuentros, son las horas extras las más intensas y ricas. Estábamos reunidos en uno de los cuartos de hotel donde íbamos a seguir la fiesta. Estaban en esa reunión, entre otros, Elmer Mendoza, el escritor de las novelas Un asesino solitario, El amante de Janis Joplin, Efecto Tequila y Cóbraselo Caro. Yo había leído la primera en mi afán por conocer el mundo del narco que me era necesario en la escritura de un guión de largo para IMCINE.
¿Infrarrealismo? ¿Qué es eso? me pregunté cuando la charla que versaba sobre música difícil de encontrar, donde mi amigo Levit Guzmán daba cátedra al respecto. Levit es, definitivamente, una de las personas que más sabe de música underground. En eso estábamos cuando de pronto se pusieron a hablar del infrarrealismo. Me sentí fuera de lugar. Jamás había oído hablar de una corriente literaria oculta, de un grupo subversivo literario, de un grupo que provocaba ámpulas en el medio literario oficial. Me hicieron recordar a Parménides García Saldaña. Roberto Bolaño fue el nombre que se repitió con más frecuencia y el único que se me quedó. Pasaron años. No me volvió a inquietar ni el infrarrealismo ni Bolaño. Pero tal parece que el chileno no me iba a dejar en paz hasta que tuviera un encuentro con él. En la tutoría con Chimal venía un cuento suyo, Gómez Palacio, y el investigador de la UAM, Jaime Aboites, le dedica su libro Economía del conocimiento y propiedad intelectual, a Bolaño, y un amigo me regaló un álbum de música titulado Infrarrealismo en el que varios miembros de este movimiento leen sus obras y son cobijadas con buenos tracks musicales.
Así que acosado por Bolaño y sus hordas infrarrealistas me decidí a darle la cara. Sólo que había un problema, don Bolaño murió el 14 de julio de 2003 y creo que vivía en España.
A diferencia Arturo Belano y Ulises Lima, personajes principales de Los detectives Salvajes, no me fui a España a buscar los rastros de Bolaño, uno de los supuestos (o presuntos, como diría Saúl Ibargoyen) fundadores del Infrarrealismo, como esos detectives salvajes se fueron a buscar a Césarea Tinajero al desierto de Sonora.
A mi bastó entrar a la Gandhi y preguntar por las obras de Bolaño. Había varias. Y como sabía muy poco de él, casi nada, me dejé ir por la intución y elegí de entre todas las que me ofrecía el librero (quien insistía en que me llevara 2666) Los detectives salvajes.
Ahora que lo he leído anhelo estar en una reunión con estos amigos del encuentro literario de Léon para, ahora sí, involucrarme en su plática. No es que ya sea un experto en el infrarrealismo, sino que tras la lectura de Los detectives y dos que tres búsquedas por el Internet y de escuchar repetidamente el álbum Infrarrealismo, ya puedo evitar poner cara de what, y aprovechar todo lo que ellos hablaron para enriquecer mi visión de este movimiento que pese a su marginalidad y ningunealidad (de que los ningunearon los ninguneraron) me sigue cautivando. Me cautiva sobre todo su objetivo como poetas: “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial ", para cambiar el mundo y la vida por medio de la poesía...”
Esta novela, Los Detectives Salvajes, es sumamente fascinante de tapa a tapa, pues está estructurada de forma muy peculiar. Digamos que está dividida en dos grandes bloques, que parecen ser tres. El primer bloque es una narración en primera persona de Juan García Madero (que me hace recordar a Juan García Ponce), una especie de diario que comienza el 2 de noviembre de 1975 y termina como Tercera parte el 15 de febrero de 1976.
El segundo bloque está conformado por un vasto poliedro de 52 voces (dicen los críticos), es decir, 52 relatos en primera persona o confesiones a un tercero ausente, donde dan cuenta de su vida y de su relación o bien con Arturo Belano o con Ulises Lima o con ambos en un lapso de 1976 a 1996, veinte años. Las supuestas entrevistas no guardan un orden cronológico sino que entran a capricho, aunque cuidadosamente insertadas, para dar la idea de un avance en el tiempo, o más bien, de dos líneas temporales: una que siguiendo a Lima o a Belano, y corren de 1976 a 1996; y la otra que va de un día a otro día, bajo la voz de Amadeo Salvatierra, quien rememora a la supuesta creadora del infrarrealismo (llamada en la novela real viceralismo) y creará la línea argumental que conectará la primera parte con la tercera, o más bien, que le dará continuidad a ese bloque partido en dos que es el diario de García Madero.
Los personajes principales de esta novela son Arturo Belano y Ulises Lima, nombres literarios bajo los que se encubren los fundadores del Infrarrealismo: Roberto Bolaño (Belano) y Mario Santiago Papasquiaro o José Alfredo Zendejas Pineda, nombre real de Papasquiaro.
Lo interesante de la novela no está en su carácter semidocumental de los fundadores del infrarrealismo (con una alta dosis de ficción, me imagino, pero mucho también de confesión pública) y de sus andanzas contadas por diversas personas que entraron en mayor o menor contacto con ellos, donde los vemos no sólo viviendo por y para y de la literatura sino de andar penando por ella. Nunca hablan ellos en primera persona, son los otros, que al hablar en primera persona son, a su vez, una voz en tercera para relatarnos esos encuentros, más o menos casuales, más o menos estrechos, con ambos poetas.
El tema de la novela, el gran tema, no son las aventuras de dos escritores, sino la poesía en particular y como ofrendar la vida a esta veleidosa diosa.
Es una novela que no da respiro y nos lleva a vivir un verdadero poliedro dramático. Es decir, que los relatores no se concretan sólo a confesar lo que saben de Belano y Lima, sino que nos narran sus vidas, sus dramas, sus conflictos y solo hablan de Belano y Lima cuando ellos tienen algo que ver con esos conflictos.
Los detectives salvajes es la suma de muchos relatos ensamblados por dos goznes: Belano y Lima. Y estos a su vez se desplazan en la narración con un objetivo: encontrar la esencia de la poesía. Y para ello no se arredran en sumergirse en el mismo infierno del desierto de Sonora buscando a Cesárea Tinajero y enfrentar cualquier dificultad y ofrendar para ello todo: salud, tiempo, dinero. Y cometer para ello asesinatos o venta de droga o viajar a Tel Avivi cuando la poesía se encarna en una mujer, o a Africa cuando la poesía es la muerte misma.
Los detectives salvajes en una gran novela, imprescindible para quien quiera conocer una cara oculta, desconocida, pero importante de la poesía y de los poetas.
Léanla, me cae, no se arrepentirán.
¿Infrarrealismo? ¿Qué es eso? me pregunté cuando la charla que versaba sobre música difícil de encontrar, donde mi amigo Levit Guzmán daba cátedra al respecto. Levit es, definitivamente, una de las personas que más sabe de música underground. En eso estábamos cuando de pronto se pusieron a hablar del infrarrealismo. Me sentí fuera de lugar. Jamás había oído hablar de una corriente literaria oculta, de un grupo subversivo literario, de un grupo que provocaba ámpulas en el medio literario oficial. Me hicieron recordar a Parménides García Saldaña. Roberto Bolaño fue el nombre que se repitió con más frecuencia y el único que se me quedó. Pasaron años. No me volvió a inquietar ni el infrarrealismo ni Bolaño. Pero tal parece que el chileno no me iba a dejar en paz hasta que tuviera un encuentro con él. En la tutoría con Chimal venía un cuento suyo, Gómez Palacio, y el investigador de la UAM, Jaime Aboites, le dedica su libro Economía del conocimiento y propiedad intelectual, a Bolaño, y un amigo me regaló un álbum de música titulado Infrarrealismo en el que varios miembros de este movimiento leen sus obras y son cobijadas con buenos tracks musicales.
Así que acosado por Bolaño y sus hordas infrarrealistas me decidí a darle la cara. Sólo que había un problema, don Bolaño murió el 14 de julio de 2003 y creo que vivía en España.
A diferencia Arturo Belano y Ulises Lima, personajes principales de Los detectives Salvajes, no me fui a España a buscar los rastros de Bolaño, uno de los supuestos (o presuntos, como diría Saúl Ibargoyen) fundadores del Infrarrealismo, como esos detectives salvajes se fueron a buscar a Césarea Tinajero al desierto de Sonora.
A mi bastó entrar a la Gandhi y preguntar por las obras de Bolaño. Había varias. Y como sabía muy poco de él, casi nada, me dejé ir por la intución y elegí de entre todas las que me ofrecía el librero (quien insistía en que me llevara 2666) Los detectives salvajes.
Ahora que lo he leído anhelo estar en una reunión con estos amigos del encuentro literario de Léon para, ahora sí, involucrarme en su plática. No es que ya sea un experto en el infrarrealismo, sino que tras la lectura de Los detectives y dos que tres búsquedas por el Internet y de escuchar repetidamente el álbum Infrarrealismo, ya puedo evitar poner cara de what, y aprovechar todo lo que ellos hablaron para enriquecer mi visión de este movimiento que pese a su marginalidad y ningunealidad (de que los ningunearon los ninguneraron) me sigue cautivando. Me cautiva sobre todo su objetivo como poetas: “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial ", para cambiar el mundo y la vida por medio de la poesía...”
Esta novela, Los Detectives Salvajes, es sumamente fascinante de tapa a tapa, pues está estructurada de forma muy peculiar. Digamos que está dividida en dos grandes bloques, que parecen ser tres. El primer bloque es una narración en primera persona de Juan García Madero (que me hace recordar a Juan García Ponce), una especie de diario que comienza el 2 de noviembre de 1975 y termina como Tercera parte el 15 de febrero de 1976.
El segundo bloque está conformado por un vasto poliedro de 52 voces (dicen los críticos), es decir, 52 relatos en primera persona o confesiones a un tercero ausente, donde dan cuenta de su vida y de su relación o bien con Arturo Belano o con Ulises Lima o con ambos en un lapso de 1976 a 1996, veinte años. Las supuestas entrevistas no guardan un orden cronológico sino que entran a capricho, aunque cuidadosamente insertadas, para dar la idea de un avance en el tiempo, o más bien, de dos líneas temporales: una que siguiendo a Lima o a Belano, y corren de 1976 a 1996; y la otra que va de un día a otro día, bajo la voz de Amadeo Salvatierra, quien rememora a la supuesta creadora del infrarrealismo (llamada en la novela real viceralismo) y creará la línea argumental que conectará la primera parte con la tercera, o más bien, que le dará continuidad a ese bloque partido en dos que es el diario de García Madero.
Los personajes principales de esta novela son Arturo Belano y Ulises Lima, nombres literarios bajo los que se encubren los fundadores del Infrarrealismo: Roberto Bolaño (Belano) y Mario Santiago Papasquiaro o José Alfredo Zendejas Pineda, nombre real de Papasquiaro.
Lo interesante de la novela no está en su carácter semidocumental de los fundadores del infrarrealismo (con una alta dosis de ficción, me imagino, pero mucho también de confesión pública) y de sus andanzas contadas por diversas personas que entraron en mayor o menor contacto con ellos, donde los vemos no sólo viviendo por y para y de la literatura sino de andar penando por ella. Nunca hablan ellos en primera persona, son los otros, que al hablar en primera persona son, a su vez, una voz en tercera para relatarnos esos encuentros, más o menos casuales, más o menos estrechos, con ambos poetas.
El tema de la novela, el gran tema, no son las aventuras de dos escritores, sino la poesía en particular y como ofrendar la vida a esta veleidosa diosa.
Es una novela que no da respiro y nos lleva a vivir un verdadero poliedro dramático. Es decir, que los relatores no se concretan sólo a confesar lo que saben de Belano y Lima, sino que nos narran sus vidas, sus dramas, sus conflictos y solo hablan de Belano y Lima cuando ellos tienen algo que ver con esos conflictos.
Los detectives salvajes es la suma de muchos relatos ensamblados por dos goznes: Belano y Lima. Y estos a su vez se desplazan en la narración con un objetivo: encontrar la esencia de la poesía. Y para ello no se arredran en sumergirse en el mismo infierno del desierto de Sonora buscando a Cesárea Tinajero y enfrentar cualquier dificultad y ofrendar para ello todo: salud, tiempo, dinero. Y cometer para ello asesinatos o venta de droga o viajar a Tel Avivi cuando la poesía se encarna en una mujer, o a Africa cuando la poesía es la muerte misma.
Los detectives salvajes en una gran novela, imprescindible para quien quiera conocer una cara oculta, desconocida, pero importante de la poesía y de los poetas.
Léanla, me cae, no se arrepentirán.
sábado, 27 de marzo de 2010
POETA
Poeta,
siente la tierra en tus manos,
toca las teclas de la noche,
templa tu voz de agua
en el acero de la sangre muerta,
carga tu voz
—agua trémula—
en el aullido de los perros.
siente la tierra en tus manos,
toca las teclas de la noche,
templa tu voz de agua
en el acero de la sangre muerta,
carga tu voz
—agua trémula—
en el aullido de los perros.
martes, 23 de marzo de 2010
TIC-TAC
LOS MANICOMIOS DEL PODER
En 1976 se estrenaba en la ciudad de México (y probablemente en otras ciudades) la película Atrapado sin salida causando estupor a los adolescentes que pudimos colarnos al cine sin que nos sacaran los inspectores. Apenas dábamos crédito (niños aun sin destetar de las fantasías de los Santos Reyes) que pudiera haber lugares donde trataran tan inhumanamente a los enfermos mentales. Película que, en cierta forma, presenta en forma endulcorada la dura realidad de los loquitos en EU, básicamente por la entrañable simpatía de los personajes (que creíamos eran de verdad hasta que los vimos aparecer en otras películas como personas normales) y la fresca insolencia de un Jack Nicholson encarnando a Randle Patrick McMurphy. Este endulcoramiento (sin demeritar la obra estupenda del cineasta polaco Milos Forman) fue evidente al leer el libro que dio origen a la película. Es un libro del escritor Ken Kesey, quién sabía lo que escribía pues fue conejillo de indias en los sesentas en los experimentos que Estados Unidos realizó con drogas alucinógenas, como el LSD, y razón por la cual pasó temporadas en los manicomios.
En 1979 se estrenaba María de mi Corazón, película que abordaba de nuevo el tema de los manicomios, pero en México, espléndidamente dirigida por Jaime Humberto Hermosillo con un guión basado en un cuento de Gabriel García Márquez y actuada por una entrañable María Rojo. Estupenda y dolorosa la película.
Pero de la ficción a la realidad, por cruda que sea la ficción, es un paso en el vacío. La realidad es mil veces más cruda.
Recientemente compré un libro en los botaderos de un centro comercial de Celaya que daba cuenta de una realidad aún más atroz que la novela de Kesey y el cuento de Márquez. En nuestro México, tan sacudido por la violencia, la corrupción es un cáncer que atraviesa las instituciones y hace que las tragedias sean aún más profundas porque se combinan con otras corrupciones.
El libro que da cuenta de este drama se titula “Los manicomio del poder”, escrito en el 2007 por Jaime Avilés, periodista de La Jornada.
El 18 de agosto de 2003, una nota escrita por Avilés en su columna “Desfiladero”, daría por terminada la carrera política del Dr. Guido Belsasso, al poner en evidencia que usaba su posición y puesto (como titular del Consejo Nacional contra las Adicciones) para favorecer inversiones en México, es decir, hacia tráfico de influencias.
Para descubrirlo, Jaime inventó un personaje, Francesco Mosca, y le pidió a un colega italiano que se hiciera pasar por este personaje, interesado en invertir en Cancún para desarrollar un complejo turístico. Belsasso, ambicioso, le responde de inmediato y para iniciar las negociaciones el falso Francesco Mosca manda a su supuesto sobrino, otro compañero periodista italiano. El encuentro definitivo entre el sobrino de Mosca y Belsasso se da en un Sanborns de Paseo de la Reforma. El periodista graba la conversación, prueba fehaciente de la corrupción de Belsasso. La publicación de esta conversación y las pruebas adicionales, entre ellas, una página de Internet donde vendía sus servicios de tráfico de influencias, son suficientemente contundentes para acabar con la carrera de Belsasso.
Cuando los colegas le piden a Aviles que diga como logró esta hazaña periodística, éste decide guardar silencio y responder años después no con una declaración sino con un libro, pues este drama es mucho más complejo.
Todo inicia cuando Avilés se traslada a Monterrey a investigar sobre el quebranto de los derechos humanos en el penal de Topo Chico. En sus largas estancias en la sultana del norte lo lleva a conocer a un singular músico: Antonio Fonseca, quien le cuenta su tragedia personal y le pide ayuda, creyendo que la prensa abre cualquier candado. Sucede que su novia, una hermosa mujer de más de 40 años, viuda, prácticamente si hijos (pues se los quitaron sus familiares) es secuestrada por sus hermanos para “librarla” de una situación pecaminosa: su unión libre con el músico, y es recluida en un centro psiquiátrico donde recibe diversas vejaciones y maltratos físicos y psíquicos. De esta forma, Avilés entra al infierno de la psiquiatría mexicana. Al iniciar su investigación va a dar con Virginia Gonzáles Torres, hermana de Dr. Simi, una singular mujer que libra una batalla por eliminar el inhumano trato de los pacientes mentales en las instituciones de salud. De la mano de Virginia entrará a los hospitales psiquiátricos, los cuales se habían convertido en un botín político y lugar donde la clase pudiente podía lavar su pulcra conciencia despojando a sus familiares “incómodos” de su recurso más valioso: su voluntad. Atrofiados emocional y psíquicamente en tales sitios, se convertían en meros títeres de sus familiares.
El libro culmina contando a detalle cómo se urdió el engaño para hacer caer a Belsasso (responsable en gran medida de la tragedia de los hospitales psiquiátricos, aunque no el único). El libro, a pesar de tener una alta dosis de thriller policiaco, no llega a una culminación dramática satisfactoria. El golpe de Avilés en contra de un oscuro personaje da pie a que se inicien cambios en las instituciones que atienden a los enfermos mentales, pero aun, es muy probable, que no se haya alcanzado ni la mitad de la meta.
El libro es una excelente radiografía a las entrañas de la corrupción en el sector salud, y muestra del cáncer que invade a las instituciones del país y es, al mismo tiempo, explicación lógica de la noche negra de violencia de nuestro país: la corrupción aunada a la impunidad, dos factores responsables de este monstruo de mil cabezas al que no se encuentra la forma de exterminarlo. De antemano sabemos la razón: los políticos son parte de esta corrupción. Al final del libro hay una frase muy esclarecedora: “La violencia psiquiátrica está en la base de los mecanismos represivos de control social que abonan a favor de la gobernabilidad autoritaria. Por fortuna los cambios que se avecinan en México no provendrán de los políticos; de hecho, nunca ha ocurrido así: a ellos les corresponde sistematizarlos, pero es a la gente de a pie, en sus limitadas esferas de acción, la que día a día los construye como respuesta a sus necesidades específicas”.
En 1979 se estrenaba María de mi Corazón, película que abordaba de nuevo el tema de los manicomios, pero en México, espléndidamente dirigida por Jaime Humberto Hermosillo con un guión basado en un cuento de Gabriel García Márquez y actuada por una entrañable María Rojo. Estupenda y dolorosa la película.
Pero de la ficción a la realidad, por cruda que sea la ficción, es un paso en el vacío. La realidad es mil veces más cruda.
Recientemente compré un libro en los botaderos de un centro comercial de Celaya que daba cuenta de una realidad aún más atroz que la novela de Kesey y el cuento de Márquez. En nuestro México, tan sacudido por la violencia, la corrupción es un cáncer que atraviesa las instituciones y hace que las tragedias sean aún más profundas porque se combinan con otras corrupciones.
El libro que da cuenta de este drama se titula “Los manicomio del poder”, escrito en el 2007 por Jaime Avilés, periodista de La Jornada.
El 18 de agosto de 2003, una nota escrita por Avilés en su columna “Desfiladero”, daría por terminada la carrera política del Dr. Guido Belsasso, al poner en evidencia que usaba su posición y puesto (como titular del Consejo Nacional contra las Adicciones) para favorecer inversiones en México, es decir, hacia tráfico de influencias.
Para descubrirlo, Jaime inventó un personaje, Francesco Mosca, y le pidió a un colega italiano que se hiciera pasar por este personaje, interesado en invertir en Cancún para desarrollar un complejo turístico. Belsasso, ambicioso, le responde de inmediato y para iniciar las negociaciones el falso Francesco Mosca manda a su supuesto sobrino, otro compañero periodista italiano. El encuentro definitivo entre el sobrino de Mosca y Belsasso se da en un Sanborns de Paseo de la Reforma. El periodista graba la conversación, prueba fehaciente de la corrupción de Belsasso. La publicación de esta conversación y las pruebas adicionales, entre ellas, una página de Internet donde vendía sus servicios de tráfico de influencias, son suficientemente contundentes para acabar con la carrera de Belsasso.
Cuando los colegas le piden a Aviles que diga como logró esta hazaña periodística, éste decide guardar silencio y responder años después no con una declaración sino con un libro, pues este drama es mucho más complejo.
Todo inicia cuando Avilés se traslada a Monterrey a investigar sobre el quebranto de los derechos humanos en el penal de Topo Chico. En sus largas estancias en la sultana del norte lo lleva a conocer a un singular músico: Antonio Fonseca, quien le cuenta su tragedia personal y le pide ayuda, creyendo que la prensa abre cualquier candado. Sucede que su novia, una hermosa mujer de más de 40 años, viuda, prácticamente si hijos (pues se los quitaron sus familiares) es secuestrada por sus hermanos para “librarla” de una situación pecaminosa: su unión libre con el músico, y es recluida en un centro psiquiátrico donde recibe diversas vejaciones y maltratos físicos y psíquicos. De esta forma, Avilés entra al infierno de la psiquiatría mexicana. Al iniciar su investigación va a dar con Virginia Gonzáles Torres, hermana de Dr. Simi, una singular mujer que libra una batalla por eliminar el inhumano trato de los pacientes mentales en las instituciones de salud. De la mano de Virginia entrará a los hospitales psiquiátricos, los cuales se habían convertido en un botín político y lugar donde la clase pudiente podía lavar su pulcra conciencia despojando a sus familiares “incómodos” de su recurso más valioso: su voluntad. Atrofiados emocional y psíquicamente en tales sitios, se convertían en meros títeres de sus familiares.
El libro culmina contando a detalle cómo se urdió el engaño para hacer caer a Belsasso (responsable en gran medida de la tragedia de los hospitales psiquiátricos, aunque no el único). El libro, a pesar de tener una alta dosis de thriller policiaco, no llega a una culminación dramática satisfactoria. El golpe de Avilés en contra de un oscuro personaje da pie a que se inicien cambios en las instituciones que atienden a los enfermos mentales, pero aun, es muy probable, que no se haya alcanzado ni la mitad de la meta.
El libro es una excelente radiografía a las entrañas de la corrupción en el sector salud, y muestra del cáncer que invade a las instituciones del país y es, al mismo tiempo, explicación lógica de la noche negra de violencia de nuestro país: la corrupción aunada a la impunidad, dos factores responsables de este monstruo de mil cabezas al que no se encuentra la forma de exterminarlo. De antemano sabemos la razón: los políticos son parte de esta corrupción. Al final del libro hay una frase muy esclarecedora: “La violencia psiquiátrica está en la base de los mecanismos represivos de control social que abonan a favor de la gobernabilidad autoritaria. Por fortuna los cambios que se avecinan en México no provendrán de los políticos; de hecho, nunca ha ocurrido así: a ellos les corresponde sistematizarlos, pero es a la gente de a pie, en sus limitadas esferas de acción, la que día a día los construye como respuesta a sus necesidades específicas”.
domingo, 21 de marzo de 2010
GRBAVICA: La revelación de Sara
Alejados del DF, y víctimas del acentuado centralismo, uno de los respiraderos culturales (tanto de libros, como de películas y además económico) son los botaderos de las tiendas de autoservicio. A es sucio cajón van a dar los saldos, generalmente llenos de basura, verdaderas joyas cinematográficas y literarias.
Por ello es importante, cada que vamos a uno de estos templos del consumismo, no dejar de husmearlos. Un buen olfato nos puede permitir que nos hagamos de una respetable colección de joyas a precios muy atractivos: 30, 40 ó 50 pesos.
Una de esas películas que recientemente encontré es Grbavica, opera prima de la directora bosnia Jasmila Zbanic, película que fue galardonada con el Oso de Oro (uno de los premios más importantes en el mundo) en el 2006.
La película no es una gran joya del cine (lo que ha incomodado a algunos críticos pues creen que el Festival de Berlín pone entre dicho su calidad evaluadora) pero tiene buenos aciertos para una directora muy joven aun (que nada tiene que ver con el talento. Orson Welles tenía 24 años cuando filmó El ciudadano Kane) y primeriza.
El mayor acierto es el tema: las víctimas de una estúpida guerra, víctimas, que Jasmila Zbanic conoce de cerca. Enfrente de donde vive hay una zona llamada Grbavica donde los Serbios montaron un cuartel donde torturaron a mucha gente. De allí salió el guión que ella misma escribió.
La película nos cuenta la historia de Esma y su hija adolescente, Sara. Esma trabaja donde puede y desatiende un tanto a una hija que atraviesa por una adolescencia turbulenta. Ellas viven solas en un departamento en Grbavica. La historia es narrada con una tensión interna que parece que se desbordará por cualquiera de sus frágiles hilos, lo cual crea una tensión dramática interesante pero desorientadora. Esma está preocupada por juntar el dinero para que Sara se vaya a un viaje escolar. Y Sara vive en un conflicto y quiere saber quién es su padre. Esma le ha dicho que murió en el frente de batalla y por eso es un héroe de guerra, pero eso no le satisface a Sara que presiona a su madre para que le diga todo: la presión alcanza su punto más alto cuando Sara confronta a su madre con una pistola que le dejó un amigo de la escuela.
La revelación del secreto, pese a las heridas que abre, le permite a Esma encontrar un alivio a su conflicto emocional interno. Como dice un crítico de La butaca.net, la película alcanza su momento más conmovedor, no cuando se enfrentan Sara y Esma, sino cuando Esma asiste a un club donde les dan terapia a un grupo de mujeres víctimas de la guerra. Esma libera allí su carga y cuenta su tragedia después del enfrentamiento con su hija. Las secuencias de este club son mostradas con grandes acercamientos lo cual le eleva la temperatura dramática al film.
Otra virtud de la película es que no cae en la sensiblería, a pesar de que tiene todo para dejarse caer en los brazos de esta plaga del cine. Y esto se le agradece a la directora.
La película es en sí una denuncia de los conflictos de las viudas o afectadas de la guerra que bien nos puede servir de referente cuando este momento altamente violento que atraviesa nuestro país termine y tengamos que recomponer a las víctimas, que ya se suman por miles, y ofrecerles opciones para sanar y superar sus heridas.
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