viernes, 13 de julio de 2018

CUENTOS COREANOS


Jeremías Ramírez V

Estaba a la mitad de la antología de Cuentos Coreanos (FCE, 1991) cuando la Selección Mexicana de Futbol perdía ante Brasil y para que pasara a cuartos de final requería que el equipo de Corea del Sur le ganara al de Alemania, y ganó. Y entonces se vino esa avalancha de muestras superfluas de amor y agradecimiento a los coreanos por habernos ayudado (¿qué?) a pasar a la siguiente ronda de la competencia.
            Fue una coincidencia que me hizo gracia. Proseguí leyendo el libro, no como agradecimiento, sino porque estaba emocionado con estos cuentos. Este libro lo compré cuando aún en México estaban vigentes los viejos pesos. Me costó 12,500 pesos, de oferta, en la librería Gandhi; su precio original era de 25,000.00 pesos. Creo que lo compré poco después de que se publicó, hace aproximadamente unos 25 años.
            ¿Por qué me tardé tanto en leerlo? ¿Por qué los lectores compramos libros que no leemos de inmediato? Quizá porque somos caprichosos, antojadizos, gusgos, diría mi madre; nos gusta dar mordiditas aquí y allá y, si las primeras líneas no nos atrapan, probamos otro y otro. Y nos gusta rodearnos de libros, como un glotón de platillos.
            Este libro lo compré por curiosidad. Quería saber cómo era la literatura coreana, pues de ese país sólo nos llegan sus productos, pero no su arte, con excepción de su cine, que gracias a sus grandes cineastas, como Kim Ki Duk, que ha hecho películas de extraordinaria belleza, o Chan-Wook Park, cuyas cintas sobre la venganza son sumamente estremecedoras, es que la cultura coreana se ha proyectado en el mundo.
Esta antología la compiló y tradujo Hyesun Ko de Carranza, una coreana que vive en México y recoge trabajos de cinco escritores del siglo XX. Los cuatro primeros cuentos abordan la vida rural de la Corea de preguerra; y los dos últimos, de posguerra, en los que se ve un cambio en la economía del país. Pero veamos uno por uno brevemente.
            En El mejor agricultor, (Yong-Chun Pak, 1911-1976) un traficante de influencias, un vividor, está enamorado de una muchacha y trata de conquistarla con regalos. La semblanza es de una sociedad pobre que viven en la frontera del hambre y la miseria, cultivando lo que se puede.
            El viejo alfarero (Sun-Won Jwang, 1915-2000) es una historia dura. La narración inicia cuando el viejo alfarero está enfermo y su esposa se acaba de fugar con uno de sus ayudantes y lo deja con un niño de unos 6 años. Él intenta sobreponerse a la enfermedad para continuar con su trabajo, pero al final la enfermedad lo vence y tiene que dar a su hijo en adopción para que no quede abandonado.
En La viuda, del mismo autor (Sun-Won Jwang), hay una historia dentro de otra. En la primera una joven, cuando su prometido muere, decide guardarle viudez y se niega a casarse de nuevo. Tiene una amiga, viuda también, que le cuenta una historia (en realidad es la suya propia) de una viuda cuyo marido muere antes de que ella conciba, pero un pariente del marido, que viene a trabajar a la casa de los suegros de ella, la deja embarazada. Quieren huir, pero ella no quiere traicionar a la familia de su esposo, y se queda. El niño lo dan en adopción para evitar escándalos. Cuando mueren los suegros, se va de la casa; y donde trabaja, tiene un encuentro con un joven que busca a su madre, es decir, a ella. La mujer decide no revelarle que ella es a quién busca. Es estrujante el final. 
Huérfano en la tierra (Chong-Ne Cho, 1942-). Quizá de todos los cuentos, este es el más crudo. Un hombre que, en las revueltas políticas de Corea del Sur, logra un puesto de mando que lo pierde cuando encuentra a su esposa con otro dirigente y mata a ambos y tiene que huir. Vaga por diversos lugares trabajando como albañil. En el atardecer de su vida se enamora de una mujer joven, tienen un hijo, y un día ella lo abandona. Sin trabajo, enfermo y viejo, se ve obligado a llevar a su hijo a un orfanato. Él anhela regresar a su pueblo y allí conseguir un trabajo para poder mantener a su hijo. Logra acercarse, pero muere antes de entrar.
Los pájaros y yo (Won-Il Kim, 1942-). Los tres cuentos anteriores se sitúan en la Corea rural. Con este cuento, entramos a la etapa transicional a la modernidad, una modernidad que acarrea contaminación, explotación, enfermedad y muerte. En este cuento, una familia pobremente integrada, cada uno de sus miembros buscan cosas diferentes en la vida. El padre, es un militar jubilado, y trabaja de administrador en una escuela. La madre, una mujer dedicada al agiotismo, es quien tiene el poder en esa familia. Y los hijos, tratan de sobresalir estudiando, pero ambos fracasan. El mayor, como su padre, está enamorado de las aves y busca la manera de rescatarlas de la contaminación. Este, más que un cuento, una novela corta con diversos manejos del tiempo que permiten hacer un fresco de la Corea de mediados del siglo XX.
La balada del adiós (Chong-Ji O, 1946-). Este último cuento es el más famoso de todos. Su estructura complicada hace que el relato sea un tanto oscuro y confuso, pero con un trasfondo emocional estrujante. El personaje principal es una mujer que (en compañía de su madre) va a conocer el lote de un cementerio donde serán enterrados sus padres. Paralelamente se relata la historia del marido de la mujer, un hombre amargado y solitario, que se va de pesca y muere ahogado en un islote que se inunda tras una tormenta. Este último cuento es el único escrito por una mujer.
La antología, con unos cuantos pincelazos, nos da una visión vívida y dolorosa de la Corea del Sur a mediados del siglo XX donde priva la pobreza y el abandono, la explotación y la desesperanza.
            En un artículo sobre la literatura de este país nos dice que el foco de atención de los escritores coreanos a inicios del siglo XXI sigue enfocándose en los olvidados de su sistema, a pesar de que ahora Corea del Sur, inmerso en el capitalismo de las grandes empresas, forma parte de los 4 tigres, o dragones, orientales que conforman un poderoso bloque económico.
            Si usted quiere conocer más sobre la literatura de ese país, Ediciones el Ermitaño, ha publicado algunas novelas, como En busca del elefante de Jo Kyung-ran.

            No sé si la antología Cuentos Coreanos aún esté en venta en el Fondo de Cultura Económica; al parecer ya está descatalogado, pero si lo encuentra en una librería de viejo, no lo suelte; es muy recomendable.  

lunes, 9 de julio de 2018

AGATHA CHRISTIE / MUERTE EN EL NILO


Desde que me inicié como lector (cuando cursaba la prepa), Agatha Christie era una de las autoras cuyos libros me salían al paso, pero siempre le tuve cierto recelo y nunca quise comprar uno de sus libros, quizá por prejuicios tempranos: no quería leer novelas populares, de consumo masivo. Estaba encantado con los grandes autores que recién estaba descubriendo y esos libros de altas ventas no me llamaban la atención.
Pero finalmente el futuro (o el pasado) me alcanzó y hace poco me di la oportunidad de leer, al menos una de sus novelas, de su cuantiosa obra escrita (publicó 66 novelas policiales, seis novelas rosas y 14 historias cortas —bajo el seudónimo de Mary Westmacott—, además de incursionar como autora teatral en obras como La ratonera o Testigo de cargo, dice Wikipedia).
            Y todo fue porque hace poco, en una exposición de nieve en Celaya, donde también había una micro feria del libro, observé que habían algunos libros de Agatha Christie. Tomé uno de ellos. No me gustó la tipografía, un tanto pequeña (la edad nos empuja a buscar tipografías grandes) ni el interlineado un poco cerrado. Los libros tenían una uniformidad en el diseño de portada e interiores. Al parecer es una colección de todas sus novelas. Me decidí por el título que me pareció más sugerente: Muerte en el Nilo; no por la muerte, sino por el Nilo, ese majestuoso río, el más largo del mundo, a cuya vera floreció uno de los imperios de mayor duración, lleno de misterios, hasta en su escritura. Quería saber qué cosas me podía mostrar del Nilo la señora Christie. Creo, ahora que he leído la novela, que en cualquiera de los títulos hubiera encontrado la misma historia: un crimen, un investigador, muchos personajes secundarios (posibles culpables), una circunstancia que detona el crimen y un hallazgo develado por la autora.
Intuyo que debía escribió bajo un mismo esquema todas sus novelas policiacas, pues en esta novela, el Nilo queda como escenografía de fondo, no lo aprovecha dramáticamente, se aisla la presencia incluso de egipcios. La historia que narra podría haberse escenificado en cualquier parte del mundo. La escenografía, el Nilo, Egipto, las Pirámides, los faraones, apenas están dibujados, y muy pronto pierden presencia. La acción más importante sucede a bordo de un barco que surca las aguas del Nilo llevando un reducido grupo de ociosos ingleses y uno que otro francés o norteamericano.
            De entrada, me cansó. La señora se perdía en descripciones larguísimas de los personajes relatando sus trivialidades y sus manías y prejuicios, los cuales jamás juegan un papel relevante en la historia. El drama importante llega, finalmente, cerca de la página 100. Doña Cristhie usó muchas páginas en plantear los elementos constitutivos dando detalles intrascendentes, repito, triviales. Es claro que el objetivo de la autora era complacer a una audiencia que se refocilaba en estos detalles sociales intrascendentes, prejuiciosos a veces. Y todo ello, porque doña Agatha escribía para que los ingleses de clase media o media alta se sintieran retratados en sus manías y nimiedades, y se creara una empatía con la autora.
            Una vez que el conejo salta a la escena, la narración se centra en la acción. Esta acción inicia con el descubrimiento de una mujer que ha sido asesinada en su camarote. La señora Cristhie se tardó mucho en sembrar el señuelo: una mujer celosa, a quien la muerta le dio baje con el novio para casarse con él.
La novela no es muy larga: apenas 213 páginas. Y tiene la virtud de que cautiva una vez soltada la liebre para que el lector trate de darle caza al culpable. Me gustó el hecho de que sabe complicar el enigma de modo que el clue (la pista, la clave) se enrarece, se pierde y el lector empieza a elaborar hipótesis al no encontrar una respuesta clara. No he leído más obras de ella, pero casi estoy seguro que ese es elemento o característica de su obra y el secreto de su éxito allende las fronteras angloparlantes. Es como un buen crucigrama que reta a la habilidad lógica del lector para que juegue a descubrir al culpable.
Donde la puerca tuerce el rabo, como diría mi abuela, es en la forma es en el desenlace: el investigador es quien revela cómo fue que descubrió al culpable, pero el lector jamás lo hizo partícipe, como para, en caso de acertar, se sintiera gratificado. Es como si le dijera al lector: como sé que nunca vas a adivinar, yo te digo. Me sentí defraudado.
Tampoco me pareció muy atractivo su Sherlock Holms, que aquí se llama Hércules Poirot. Me parece más interesante el extrañísimo Holmes o Auguste Dupin o muchos otros como Hector Belascoarán Shayne de Paco Ignacio Taibo II.
             No sé si me atreva a leer otra de sus novelas. Tal vez no, pues nada más de pensar que tendré que recorrer ese largo pasillo de 100 páginas para llegar a lo divertido, no me atrae. Me gusta más, en el caso de las novelas policiales, que prácticamente empiecen con el elemento principal, al estilo de Henning Mankell, el escritor sueco creador del investigador policial Kurt Wallander o Petros Márkaris y su investigador Kostas Jaritos que el intrigoso Héctor Poirot de Agatha Christie, pero en gustos nunca hay uniformidad, así que si usted le gustan los relatos llenos de detalles que poco tienen que ver con el eje central de la novela, aquí tiene a una maestra consumada de ese estilo.


domingo, 24 de junio de 2018

EL SECRETO DE SUS OJOS

Hace varios años vi, por casualidad, la película argentina El secreto de sus ojos, porque algún compañero de trabajo me pidió que le hiciera una copia. Y como usualmente hacía cuando me pedían este tipo de encargos, hice una para mí. Así fue que llegó a mis manos.
            La película me gustó mucho. Planteaba un problema judicial desgarrador acaecido en la argentina de los años setenta, cuando estaba hundido el país en una de las más sangrientas dictaduras. Como suele suceder con mi memoria, perdí muchos detalles y sólo quedó un vago recuerdo de algunas escenas y la sensación de que la película era muy buena, pues me había conmovido mucho.
            Hace poco, husmeando libros en el Costco, encontré una novela con el mismo nombre: El secreto de sus ojos. Leí la información de contraportada, pero no me decía mucho, parecía otra historia. Decía en la parte superior que había sido llevada a la pantalla con el título El secreto de una obsesión y con actores de Hollywood. Yo quería leer la versión literaria de la película argentina y como sospechaba que no era la misma, no la compré. Un mes después regresé y decidí comprarla esperando no encontrarme con un bodrio. Las tiendas de autoservicio están llenas de basura betsellera.
            Me senté en una banquita, a la entrada de la tienda, le quité el celofán y abrí el libro con cautela. Para mi sorpresa sí era la novela en que se había basado la película argentina, aunque la fotografía de la portada me seguía intrigando pues aparecían Julia Roberts, Chiwetel Ejiofor, Nicole Kidman, como estrellas principales.
            El inicio de la novela no me gustó; se me hizo un relato confuso y temí que así estuviera escrito todo el libro. Sin embargo, a partir del capítulo dos (en la novela lleva el número 1) recompone el camino. El libro estaba estructurado de modo que una narración está dentro de otra narración. La novela, en el primer plano, narra la historia de Benjamín Chaparro, un prosecretario de un juzgado (no me es claro qué es un prosecretario, no conozco los sistemas jurídicos argentinos, pero alcanzaba a entender que era una especie de revisor de los procesos judiciales) que recién se acababa de jubilar y tenía el propósito de escribir una novela. En el segundo plano leemos la novela que este prosecretario escribe: un hecho judicial. El caso judicial era sobre un hombre recién casado al que le asesinan a su mujer. El caso se enredaba y culminaba en un hecho inusitado y terrible. La narrativa pasa de un plano a otro. En el primero vamos viendo la historia de este hombre jubilado, solitario, que con grandes dificultades va escribiendo el relato judicial, pero al mismo tiempo nos narra su situación amorosa con una ex compañera de trabajo, una juez que conoció cuando ella entró a trabajar como secretaria al juzgado y él era su jefe. A esta mujer la visita de vez en vez para contemplarla y llevarle los avances de su novela; ella es su única lectora. Al parecer escribe para tener un pretexto para visitarla.
            El segundo plano narrativo (que se va mezclando con el primero) es sumamente intenso. El prosecretario se obsesiona con el caso y trata de hacer justicia a toda costa. Para ello se enfrenta a un excompañero que acusa indebidamente a unos albañiles y él tiene que intervenir para liberarlos. Encuentra al culpable de manera fortuita observando las fotos de la esposa que le enseña el marido y le llama la atención un tipo que aparece en varias imágenes observando fijamente a la mujer. Lo identifican y empiezan a rastrearlo, pero el tipo se entera que lo buscan y se esfuma. Finalmente lo capturan y lo obligan a confesar de una manera ingeniosa su crimen. Sin embargo, es liberado por aquel compañero que había acusado a los albañiles. El marido ofendido toma entonces justicia por mano propia. Al parecer, ahí terminaba todo: con la muerte del asesino, pero su cuerpo nunca es localizado. Sin embargo, 20 años después la historia da un giro sorpresivo cuando se descubre realmente qué pasó.
            El autor de la novela es Eduardo Sacheri, un escritor argentino que no conocía. Nada de él me había caído en las manos y nunca leí en ninguna reseña algo sobre él. Revisando un poco la información de la introducción y la contraportada y complementando con el internet, advertí que ésta había sido su primera novela y cuyo título original había sido La pregunta de sus ojos y publicada en el 2005.
Como principiante sumamente privilegiado, su novela había corrido con una suerte envidiable en ventas y muy pronto fue llevada a la pantalla por el cineasta Juan José Campanella y estrenada en el 2010. El film obtuvo el Oscar a la Mejor Película Extranjera.
            Regresando a la novela, déjenme decirles que tiene su encanto, pero se nota que es una ópera prima, pues hay ciertas dificultades estructurales, pero que no afectan el eje principal de la historia que avanza en los dos planos narrativo mencionados. Hay un momento de la lectura que el suspenso atrapa e impulsa a no soltar la novela hasta saber qué sucedió.
            Hasta aquí todo iba bien pero aún quedaba un pendiente por resolver: ¿Había sido llevada a la pantalla por Estados Unidos? Decidí investigar y descubrí que la película norteamericana, titulada El secreto de una obsesión, si había hecho su versión, pero no se había basado en el libro sino en la película argentina. Es decir, era un remake, cuya historia la situaban en Los Ángeles y cambiaba a los personajes. Ahora ya no es un marido al que le matan a su mujer sino una investigadora judicial a la que le matan a la hija.
            La versión argentina, pese a que tiene importantes diferencias con al libro (algunas alteraciones me disgustaron), es muy superior a la versión norteamericana.
Si usted quiere ver la versión norteamericana, la puede conseguir en Netflix, pero si quiere ver la versión argentina, usted la puede localizar en el Youtube completa y en buena definición. Yo recomiendo esta última.
Y recomiendo aún más la versión literaria. Es una buena novela, cuya intensidad disculpa las fallas estructurales, los vacíos narrativos, los saltos temporales desafortunados.