domingo, 18 de junio de 2017
LA VERDAD OCULTA: CUANDO EL DINERO ES LO MÁS IMPORTANTE
martes, 11 de abril de 2017
JUAN RULFO: LITERATURA Y EL CINE
Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno (ese es su nombre completo), nació en Sayula, Jalisco, el 16 de mayo de 1917 y murió en la Ciudad de México el de 7 de enero de 1986. Llegó a la capital en 1933 porque la Universidad de Guadalajara estaba en huelga, sin embargo no se inscribió en escuela alguna sino que estuvo de oyente en el Colegio de San Ildefonso. Fue en ese tiempo que empezó a escribir sus cuentos y a colaborar en la revista América.
Su empeño literario, que lo ejerció a la sombra, en silencio, tímidamente, vio la luz, primero en algunas revistas (a instancias de Efrén Hernández, un notable cuentista guanajuatense), y finalmente los publicó en 1953 como libro en El llano en llamas. En 1955 publicó Pedro Páramo. Y hasta 1980 se publicó su tercer novela El gallo de Oro, que se cree escribió entre 1956 a 1958, la cual sirvió como argumento cinematográfico para la película El gallo de oro (Roberto Gavaldón, 1964) y El imperio de la fortuna (Ripstein, 1986). Hubo una tercer novela, El hijo del desaliento, que quedó inconclusa y de la cuál sólo se ha rescatado un cuento titulado “Un pedazo de noche”. Y póstumamente se publicó Tríptico para Juan Rulfo: Poesía/Fotografía/Crítica (Colección de sus fotografías, su poesía, y varios artículos sobre estos temas), coordinado por Víctor Jiménez, Alberto Vital, y Jorge Zepeda (México: Editorial RM, 2006) 530 págs.
Su acercamiento al cine fue de 1956 a 1966. Luego vino el desencanto y se alejó del cine completamente. Seguramente quería plasmar con mayor profundidad el drama humano de México y los cineastas de la época no lo entendieron, no lograron captar su visión, quizá salvo Rubén Gámez en La fórmula secreta (1965), o tal vez tampoco. Su afición a la fotografía, que no se sabe cuándo y dónde inició, indica que tenía una pasión por la imagen. De hecho, en su narrativa crea imágenes muy poderosas. Su literatura es muy visual, pero también auditiva y olfativa.
Pocos meses después de su muerte (él murió el 16 de mayo y la película se estrenó el 28 de noviembre) Arturo Ripstein estrenó El imperio del fortuna (1986). Si vio la película, seguramente le gustó la versión de Ripstein, pues entre ambos artistas había muchas coincidencias. El cine de Ripstien es ríspido, crudo, que tiene mucho de la visión de Rulfo en su narrativa.
Pero quien logró captar plenamente su visión fue su hijo Juan Carlos, y quien cumplió los anhelos de su padre dedicándose profesionalmente al cine, y que en su dos primeros documentales recrea el mundo de su padre de manera tan prístina, primero en su cortometraje de titulación Mi abuelo Cheno y otras historias (1994) y luego, en una especie de complemento, en el largometraje: Del olvido al no me acuerdo (1999) y de esta forma “ofrece un homenaje a su padre que vacila entre historia e invención y que se inspira tanto en la ficción de su padre como en su biografía” .
Douglas J. Weatherford afirmó que Rulfo era ‘un espectador consumado del cine’, al decir de su esposa, y cuya pasión se remonta a los años cuarenta cuando ‘logra ser nombrado supervisor de las salas cinematográficas de la ciudad de Guadalajara, lo que le permite ver todas las películas que se exhiben en esa capital’ .
“La fama que recibe Rulfo —continúa Weatherford— con la publicación de El Llano en llamas y Pedro Páramo le abre la posibilidad de desarrollar más su interés por el cine. En 1955, por ejemplo, fue testigo de primera mano en el proceso de producción cinematográfica al ser nombrado asesor histórico para la filmación de La Escondida (1955, Roberto Gavaldón), y se encargó de tomar fotos fijas durante el rodaje de esa película. Casi una década después, el director Alberto Isaac confió en varios de sus amigos famosos para que aparecieran como actores en su película En este pueblo no hay ladrones (1964). En ella aparecen Alfonso Arau, Carlos Monsiváis, Arturo Ripstein, José Luis Cuevas, Luis Buñuel y Juan Rulfo, como extra y con una parte hablada muy pequeña. La cinta se basa en un texto de Gabriel García Márquez”
La contribución más importante de Rulfo en el cine mexicano fue como escritor. Escribió guiones para el cortometraje El despojo de Antonio Reynoso (1960) y el mediometraje de Rubén Gámez La fórmula secreta (1964); ayudó con el guión de Paloma herida de Emilio Fernández (1962) y escribió El gallo de oro, una narración que Rulfo ideó para el cine la cual fue adaptada por Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, (quien fue llamado pues recién llegado a México, recitaba partes de memoria de Pedro Páramo, según él cuenta). Fue dirigida por Roberto Gavaldón (1964).
Algunos cineastas han intentado captar la esencia visual de los cuentos de Rulfo al adaptar esas obras a la pantalla grande. La primera película apareció en 1955 cuando Alfredo B. Crevenna filmó Talpa, de la cual Rulfo habló amargamente decepcionado. El rincón de las vírgenes (1972) de Alberto Isaac y ¿No oyes ladrar los perros? (1974) de François Reichenbach, que se basaron en cuentos de El Llano en llamas sin lograr representar el mundo rulfiano. La segunda es una adaptación lamentable.
Otros cineastas han tenido más éxito con la ficción de Rulfo como El director Mitl Valdez quien filmó en 1984 Tras el horizonte y en 1987 Los confines. En la que combina los cuentos “Talpa” y “¡Diles que no me maten!” y un fragmento de Pedro Páramo. Su aceptable factura le permitió que fuese designada como una de las cien mejores películas mexicanas por la revista Somos.
Algunos directores que han ofrecido visiones creativas e interesantes de la ficción breve de Rulfo incluyen, entre otros, al venezolano Freddy Sisso (¡Diles que no me maten!, 1985) y a los mexicanos Roberto Rochín con los cortometrajes Un pedazo de noche (1995) y Paso del Norte, (2002) y Carolina Rivas con Zona cero (2003).
Tres directores han hecho versiones fílmicas de Pedro Páramo. El español Carlos Velo fue el primero, y su adaptación (Pedro Páramo) apareció en 1966. Salieron después versiones de José Bolaños (Pedro Páramo: El hombre de La Media Luna, 1976) y de Salvador Sánchez (Pedro Páramo, 1981). Mateo Gil, cineasta español pretendió hacer una cuarta versión pero al parecer quedó inconclusa, en la que Gael García Bernal encarnaría a Pedro Páramo.
¿Por qué se desencantó Rulfo con el cine? Dylan Brennan, en el texto introductorio de la publicación del texto poético de La fórmula secreta, de Gámez, integrado a la publicación de El Gallo de oro en el 2009, dice: “Por mucho tiempo los cinefotógrafos habían dirigido sus lentes a la mítica belleza del campo mexicano sin ver realmente a sus habitantes de El llano en llamas…” , particularmente Gabriel Figueroa, que en El Gallo de oro se recrean en los cielos de Peña de Bernal, San Juan del Río, Zacatecas y Tlaquepaque, locaciones donde se filmó esta película.
Con mayor o menor acierto, el encanto de sus cuentos y su novela seguirá enamorando a los cineastas que a pesar de las dificultades continuarán auguro, intentar recrear su peculiar visión de el mexicano y su tragedia, es mexicano, que vive en el campo y la ciudad, y permanecen invisibles a los ojos los poderosos desde hace más de 500 años.
jueves, 16 de marzo de 2017
LIBROS PÓSTUMOS DE JULIO CORTAZAR
sábado, 18 de febrero de 2017
EL ARTE: ACEITE BALSÁMICO CONTRA EL DOLOR HUMANO
viernes, 27 de enero de 2017
LA SEÑORA BIXBI
miércoles, 14 de diciembre de 2016
¿DÓNDE ESTÁ OESTERHELD?
domingo, 25 de septiembre de 2016
LA CULPA ES DE LOS TLAXCALTECAS
Jeremías Ramírez
—¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas. Le dijo la señora Laura a su criada la noche en que regresó a su casa con el vestido chamuscado.
Este es uno de los diálogos iniciales del cuento, La culpa es de los tlacaxtecas, escrito por Elena Garro (1916-1988) una las más grandes escritoras mexicanas.
La historia es sorprendente. Laura hace un viaje a Guanajuato con su suegra. De regreso tienen varios incidentes. Primero se les acaba la gasolina y luego se les descompone. Cuando su suegra se va a buscar un mecánico y Laura se ha quedado sola, advierte que un guerrero azteca se acerca por la carretera. Se le notan las huellas de que acaba de salir de una batalla. De su hombro mana la sangre. Cuando llega con ella, y empiezan a hablar descubre que ella ya no está en el siglo XX, sino en ese momento trágico de México, cuando cae Tenochtitlán en manos de los españoles. Pareciera que Laura viaja en el tiempo y al mismo tiempo recuperara su memoria ancestral, pues se da cuenta que ella conoce al guerrero azteca. Este le dice que la llevará a ver su casa. Cuando se acercan Laura ve la ciudad consumida por las llamas y se niega a seguir adelante. Se abrazan y se besan. El guerrero se va y ella regresa al auto donde su suegra la encuentra con el vestido blanco manchado de sangre.
Regresa a su casa, pero ya no puede estar en paz. Con enorme pesar se da cuenta que la caída de la gran ciudad de Tenochtitlán fue por culpa de los traidores tlaxcaltecas, pero ella misma también es traidora. Ella es esposa y prima del guerrero azteca y ahora vive en el siglo XX y se ha casado con un tipo prepotente. Por eso se siente traidora.
Laura vive en dos mundos. En el siglo XX el cual poco a poco deja de ser su mundo y en el tiempo de la caída de la ciudad azteca.
Inquieta va a buscar al guerrero a un café de Tacuba y lo encuentra y de su mano asiste a escenas dolorosas de la caída y muerte de los habitantes de la gran ciudad azteca.
Después de dos días de ausencia regresa a su casa. Su marido y su suegra creen que está perdida y la están buscando incluso en la policía
En este breve resumen pueden ver que el cuento es intenso, mágico, doloroso, triste. Es como si pudiéramos recuperar la memoria ancestral y asistiéramos a nuestra propia derrota y a nuestra propia traición.
Es un cuento es como de 18 páginas que me hizo recordar otro de Julio Cortazar: La noche boca arriba (publicado en 1956), que tienen la misma temática: la conexión del presente con el pasado, del siglo XX y de la época de los aztecas. En el cuento de Cortazar un joven sufre un accidente en motocicleta y moribundo se da cuenta que él es un guerrero azteca que está a punto de ser sacrificado. Al final nos damos cuenta que el joven de la motocicleta es una proyección futura del guerrero poco antes de su sacrificio.
Por este cuento, que publicó en 1964, y otras de sus obras, ella es comúnmente relacionada con el "realismo mágico" o renovadora de la literatura fantástica, aunque rechazó esta identificación, por considerarla una etiqueta mercantilista.
Hay algunas frases conmovedoras. Por ejemplo, cuando habla con su criada, Nachita, que es la única que se da cuenta de que su patrona está viviendo en dos mundos, le dice: Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero.
Quizá esta es el postulado de su literatura: “todo lo increíble es verdadero”. Una sentencia que obnubilados por un materialismo chato nos cuesta aceptar.
Este cuento es también una historia de amor. Laura ve con tristeza el amor inmenso que el guerrero le tiene a ella, su esposa-prima. Ella le dice a su criada: “…los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo”.
En un momento emotivo el guerrero le dice: “Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho”.
Este cuento, como el de Cortazar, son joyas de la literatura latinoamericana y universal. Si usted está interesado en leerlo, en este link puede encontrarlo y descargarlo: http://red.ilce.edu.mx/sitios/el_otono_2014/entrale/paquetecuento/pdf/laculpaesdelostlaxcaltecas.pdf
jueves, 30 de junio de 2016
LA FARSA DE VIVIR
martes, 10 de mayo de 2016
TARZÁN EN ACAPULCO
La figura mítica de Tarzán, el buen salvaje rousseaniano, capturó la imaginación de niños y adultos en las décadas de los treintas a sesentas por conducto de uno de los actores más emblemáticos que encarnó a este selvático héroe: Johnny Weissmüller.
Yo tuve contacto (visual) con es Tarzán en 1962, cuando iba a la escuela primaria Aquiles Serdán, ubicada justo detrás de la segunda sección del Parque de Chapultepec y junto al panteón Dolores, en el DF.
Por iniciativa de quiensabequién se organizaron en la escuela funciones de cine en el enorme salón que servía para darnos esos memorables desayunos escolares implementados por la esposa del entonces presidente de México, Adolfo López Mateos. Desde mi pequeña estatura me parecía tan grande el salón como el de cualquier cine comercial. Allí vi la trilogía que se adhiere a mi memoria como una calcomanía: Tarzán el hombre mono (1932), Tarzán y su compañera (1934) (no recuerdo si pasaron los desnudos de torso de Jane —Maureen O´ Sullivan— o los quitaron) y El hijo de Tarzán (1939). Luego pasaron algunas de Jim de la Selva, con este mismo actor, pero esas se perdieron en la memoria. Seguramente no me gustó verlo en pantalón y sombrero de explorador.
Ese Tarzán llenó nuestro imaginario africano con una selva (cual jardín exquisito) amable, deliciosa, con ciertos peligros (cocodrilos, leones, rinocerontes enfurecidos) pero nada que nuestro héroe no pudiera vencer, además si era ayudado por sus amables amigos animales como los elefantes o los inquietos simios.
Toda esta añoranza viene a cuento porque hace poco me encontré en un centro comercial un librito titulado Tarzán en Acapulco, escrito por el español Marcos Ordoñez. Me atrajo del libro dos de mis debilidades: el cine (particularmente, el guionismo) y ese viejo Tarzán de mi infancia: Johnny Weissmüller.
El libro prometía la aventura de un guionista que, por azares de su trabajo, va a dar a Acapulco a encontrarse con esa leyenda viviente (que vivió en Acapulco sus últimos años hasta su muerte).
El cine (confieso) es para mí una aventura tan emocionante como las expediciones al África salvaje. Y la aventura de un guionista no lo es menos. Quizá esta aventura es más gratificante que hacer la película, como diría Alfred Hitchcock, que para él rodar era lo más aburrido pues ya había visto la película al escribir el guión. Hitchcock era una de esos extraños cineastas que al momento del rodaje se sabía de memoria el guión, y podía recitar textualmente hasta el mínimo parlamento.
Empecé a leer Tarzán en Acapulco. El libro tenía cierto encanto a pesar de lo inverosímil del arribo de Cosmo (el personaje principal) a la industria del cine. Juzguen ustedes: sucede que un día, un amigo suyo que quería rodar su primera película, le cuenta el principio de su historia y Cosmo lo interrumpe para dar rienda suelta a sus fantasías. Cuando termina, su amigo le dice: “Por qué no escribes todo eso”. “¿Un guión, un guión de cine?”. “Claro”. Y así, de golpe y porrazo, sin saber nada de guionismo ni de dramaturgia, tras la consulta de algunos manuales, escribe Casa cerrada, el cual tiene tal éxito que lo lleva a ganar un premio.
Lleno de envidia seguí leyendo la meteórica carrera de Cosmo que en breve, sin saber nada de lenguaje fílmico, ni de dirección de actores, ni de técnica cinematográfica, también se hace director y anda por los festivales dándose la gran vida. En uno de ellos conoce a Ariel Levine, productor norteamericano y también guionista, que lo invita a trabajar a Hollywood. Vaya suerte del crío, dirían los españoles.
Instalado en la meca del cine le llega la aridez y de pronto ya nada se le ocurre. Y para desgracia personal, lo abandona su novia española. Como león enjaulado da vueltas persiguiendo una inexistente pulga en su cola hasta que Ariel Levine le pide que escriba una historia de amor, adaptando una novela mal hecha. A regañadientes acepta, pues Ariel le ofrece, además de pagarle bien, que se vaya a la casa de sus padres en Acapulco. Allá llega, a un Acapulco de principios de los 80’s. El destino lo llevará a conocer al viejo Walter Chávez, quien lo llevará a la casa de Weissmuller (llamado en la novela sin razón alguna Johnny Wasserstein). Allí vivirá una enloquecida aventura con un Tarzán decrépito que muere en este último trance en el que cree que Cosmo es su hijo, el mítico hijo de Tarzán de la película. Vaya que si don Marcos se sacó el argumento de los pelos. Pero no sólo eso, sino que desaprovecha el alucine del acabado Tarzán que ha construido en su casa una escenario como el de la selva, con todo cabaña y lago, al que se entra por un túnel. Y en este alucine de Tarzán participa como cómplice su última esposa María Brock Mandel (llamada Ilse Marie Von Kellen en la novela).
El pepino se le fue de las manos a don Marcos Ordoñez que al parecer tiene una forma irregular y poco afortunada de escribir, y que al parecer también (dicen sus fans) esta es una de sus mejores logradas novelas. Por mi parte, prometo no leer más de Don Marcos.
Y tampoco quiero ver más en cine a ese Tarzán tan interesante en mis recuerdos, pero cuyas películas se ven bien falsas, en la que no se esconden ni los trapecios colgados de los árboles, como un selvático circo, ni se oculta que los simios sean unos extras mal disfrazados.
El buen Johnny Weissmüller de mis recuerdos, tras dos derrames cerebrales entre 1976 y 1978, estableció su residencia definitiva en Acapulco donde se rodó su última película de Tarzán.
Reza una nota del diario español El País del 21 de enero de 1984: “El actor Johnny Weissmüller murió ayer de madrugada en su mansión de Acapulco, donde pasó los últimos años de su vida evitando visitas, pues quiso ser recordado como el joven y esbelto personaje que encarnó en el cine. En el ocaso de su vida, Weissmüller tuvo problemas psiquiátricos e inclusive se afirma que aún recientemente se ponía a aullar como el personaje de Tarzán que le llevó a la fama. El actor, que nació en junio de 1904, fue un extraordinario deportista, ganó cinco medallas de oro de natación en los Juegos Olímpicos de París y Amsterdam y realizó una serie de televisión, El rey de la selva, que le ayudó a conservar su popularidad. El cuerpo de Tarzán, embalsamado, fue sepultado ayer en el cementerio Valle de la Luz de este puerto. Weissmüller llegó hace siete años a la ciudad porque su clima era propicio para su recuperación, ya que padecía un mal vascular degenerativo e irreversible. Últimamente era visitado por personajes del cine para animarle y verificar su estado de salud. Su muerte ocurrió en presencia de su esposa, María Brock Mandel.”
Había muerto el Rey. Larga vida al Rey. Hasta la próxima.
LOS RESTOS DE UN NAUFRAGIO
EL GARABATO: Vicente Leñero
Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...
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Jeremías Ramírez Vasillas Soy un admirador de la literatura de don Julio Cortázar, una admiración que nació desde que leí en la preparator...
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