miércoles, 21 de abril de 2010

MUERTE CON FIN

Bebo un vaso de agua.

El líquido
como una lagartija por una enredadera
desciende por mi tráquea 

Sus pies helados palpan las paredes oscuras,
Se mezclan con las sombras del café de la mañana
y deja manchas en las cicatrices
oscuras de la flora.

Muere

en la plenitud lumínica
del urinario
al final del recorrido.

domingo, 18 de abril de 2010

SOMBRA DE AGUA


El cielo llora.

Trazan las gotas surcos de sombra
en el rostro de la mujer
de la ventana.

Llora en silencio
en el silencio fragmentado por la lluvia
lágrimas de ceniza.

viernes, 16 de abril de 2010

TU SILENCIO

Tu silencio
remolino de presagios
es una navaja
que presume su brillante dentadura.

Cargo tu silencio como una cruz
en mi calvario.

Pesa.

Tu silencio, 
bosque de espinas
me lleva por un estrecho camino
que se parte en dos en el vacío.

Tu silencio: páramo yerto

¡Qué ausencia de agua hay en tu silencio!

jueves, 15 de abril de 2010

NAVE NODRIZA

En el mar de la noche
mi casa,
—anclada al jardín, a la piedra,
a la incomprensible costumbre domiciliaria—,
espera a que suban abordo
sus andantes.

El reloj marca el compás de
las estrellas
y el segundero se pierde en el silencio.

Un perro ladra al ferrocarril que ya se ha ido.

Los ocupantes de mi casa van subiendo a la cubierta,
buscan en las sombras su discurso.

La casa cierra finalmente sus ventanas
encadena las puertas,
afianza imperturbable sus candados
que sellan en hierro el sueño y el descanso.

La noche avanza.

En la penumbra
un oleaje de respiros
se mecen en las aguas ambarinas
de las farolas de la calle.

Afuera pululan como ratas los maleantes
hieren la ciudad con sus espantos
muerden implacables con sus bocas asesinas
la nostalgia.

Lloran, lloran las sirenas de las ambulancias
presagian incansables los sepelios.

Adentro,
nada se mueve.
La nave arrulla a sus tripulantes bajos sus alas de argamasa
hasta que empieza a envejecer la noche.

A las puertas de la aurora
la casa abre, como insólitos párpados, las cortinas
para que el sol lave sus entrañas
y expulse a sus navegantes
de nuevo a su rutina.

martes, 13 de abril de 2010

ANTICUADOS


A pesar del avance tecnológico de los medios de comunicación, los grillos siguen aferrados a la herrumbrosa clave Morse.

jueves, 8 de abril de 2010

TOKIO BLUES, NORWEGIAN WOOD


Escribí hace tiempo que este era el último libro de Murakami que iba a leer, y ahora estoy a punto de echarme para atrás. Tenía razón el gordo de Nicolás Alvarado: esta es la mejor novela de Murakami. Las novelas de Murakami que había leído tenían la recurrencia de los gatos, los pozos y sucesos misteriosos, harto misteriosos e inverosímiles: el anciano que hace llover peces y habla con los gatos, la televisión encendida sin estar conectada a la corriente eléctrica, los pozos como puertas a una realidad aparte, etc., que ya me tenían harto.

Tokio blues tiene un pozo, también misterioso, pero este es parte de una leyenda y la trama de la novela no entra allí. También hay gatos, bueno, una gata, Gaviota, pero su presencia es tan nimia que se le perdona. Y la sorpresa: no hay hechos misteriosos. Cuando iba a la mitad de la lectura soñé con la novela, soñé que en la parte final había un hecho misterioso y me decepcionaba. De vez en cuando tengo sueños premonitorios, como cuando ganó Calderón. En medio de la batalla de cifras, soñé con lo que sucedió: un nuevo montaje de cifras donde ganaba Calderón, y ganó. ¡Chale! Así que leí Tokio blues con el temor de que de un momento apareciera un conejo, como el de Alicia. Y ese temor se mantuvo hasta la página 380, allí se diluyó: en media página que restaba era imposible que entrara algo misterioso.

Pero no era la única angustia, aparte de la infección estomacal que torturaba: ¿Toru Watabane, el personaje principal, lograría desentrañar el complejísimo nudo que se había creado en su derredor?

El final, fue un buen final: un buen golpe de imaginación hizo que terminara de una forma sumamente aventurada, envidiable: con esa gracia me gustaría terminar mis relatos. Hay mucho que aprenderle a este japonecito.

Tokio blues es acertada hasta en su título: en esta novela Tokio es el territorio de la tristeza. Y ese es el tema del libro: la tristeza, la profunda tristeza que produce el suicidio.

Toru Watabane es un hombre de 37 años que en un vuelo a Alemania, justo cuando se disponía a abandonar su asiento, por los altavoces de la nave empieza a sonar Norwegian Wood, la popular canción de los Beatles. Al escuchar la canción, se desata en Watanabe una violenta reacción emocional que catapulta su memoria al año 1969 cuando estaba a punto de cumplir 20 años. Watanabe entonces cursaba en la Universidad de Tokio estudios sobre literatura. Era un estudiante poco social, que su mundo se concentra en la música y en sus lecturas. Entabla relaciones con sus compañeros de una forma distante, guardándose para sí sus opiniones. Es muy reservado, pero meticuloso y altamente sensible a quien la afecta profundamente lo que le sucede a sus escasos amigos.

La novela es un enorme flash back que nunca regresa. Los recuerdos se inician cuando recién había muerto su mejor amigo, Kisuki, y un día, casualmente, se encuentra con Naoko, la hermosa novia de su amigo, que también se ha mudado a Tokio a estudiar, y empieza con ella a entablar una profunda y emotiva relación en la que flota un clima de intenso erotismo. La salud emocional de Naoko es muy frágil y parece que puede sucumbir en cualquier momento. Entonces conoce a Midori, una mujer impulsiva con una imaginación erótica compulsiva y avasallante pero que mantiene con Watanabe un distancia mínima necesaria para que no haya entre ellos un contacto físico. Sin embargo, ella será el madero que le permitirá flotar a Watanabe cuando Naoko sucumbe y es recluida en un centro de recuperación psicológica. La relación con Naoko se enturbia, pero al mismo tiempo logra otro nivel de compromiso. Mientras con Midori la relación también avanza y se profundiza. Metido en el dilema entra Naoko y Midori, un suceso funesto lo empuja a un periodo de soledad y sufrimiento profundo.

Esta es una novela amarga que habla de la soledad de los jóvenes que me ha hecho rememorar el tiempo cuando estaba prestando mi servicio militar, intentando tocar con un grupo de rock, e iniciar apenas mis estudios preparatorianos. Cuantas veces vagué en ese tiempo por las calles del DF, me metí a parques de diversión, fui al cine o a restaurantes solo, completamente solo, metido en mis lecturas solamente. Fue inevitable no establecer un vínculo emocional con Watanebe, casi al punto de sentir que Watanabe era yo, sí, creo que bajo la magia de la literatura es posible tener otra vida: Watanabe soy yo, he dicho.

No sé si cuando vea otra novela de Murakami me resista, no lo sé.

martes, 6 de abril de 2010

NOSTALGIA

Te has ido y tu luz,

—tibia como agua de sol—

se ha perdido

en una oscuridad

que sabe a ceniza.

ESTE MAR


El mar
con sus manos de espuma
esculpe en las piedras
extrañas figuras
y limpia las marcas
de la pizarra de la arena.

Si alguna vez
dejaste aquí tus huellas,
el mar se ha encargado
de borrarlas.

La arena de la playa
es una pizarra siempre límpia
siempre nueva.

jueves, 1 de abril de 2010

LOS DETECTIVES SALVAJES


La primera vez que oí sobre el infrarrealismo fue en el 2006, en un encuentro de escritores en León, Guanajuato. Creo que era la primera noche de ese encuentro que fue de tres días. Ya se habían terminado las lecturas y las presentaciones de libros y ya habíamos cenado. Y como sucede en esos encuentros, son las horas extras las más intensas y ricas. Estábamos reunidos en uno de los cuartos de hotel donde íbamos a seguir la fiesta. Estaban en esa reunión, entre otros, Elmer Mendoza, el escritor de las novelas Un asesino solitario, El amante de Janis Joplin, Efecto Tequila y Cóbraselo Caro. Yo había leído la primera en mi afán por conocer el mundo del narco que me era necesario en la escritura de un guión de largo para IMCINE.
¿Infrarrealismo? ¿Qué es eso? me pregunté cuando la charla que versaba sobre música difícil de encontrar, donde mi amigo Levit Guzmán daba cátedra al respecto. Levit es, definitivamente, una de las personas que más sabe de música underground. En eso estábamos cuando de pronto se pusieron a hablar del infrarrealismo. Me sentí fuera de lugar. Jamás había oído hablar de una corriente literaria oculta, de un grupo subversivo literario, de un grupo que provocaba ámpulas en el medio literario oficial. Me hicieron recordar a Parménides García Saldaña. Roberto Bolaño fue el nombre que se repitió con más frecuencia y el único que se me quedó. Pasaron años. No me volvió a inquietar ni el infrarrealismo ni Bolaño. Pero tal parece que el chileno no me iba a dejar en paz hasta que tuviera un encuentro con él. En la tutoría con Chimal venía un cuento suyo, Gómez Palacio, y el investigador de la UAM, Jaime Aboites, le dedica su libro Economía del conocimiento y propiedad intelectual, a Bolaño, y un amigo me regaló un álbum de música titulado Infrarrealismo en el que varios miembros de este movimiento leen sus obras y son cobijadas con buenos tracks musicales.
Así que acosado por Bolaño y sus hordas infrarrealistas me decidí a darle la cara. Sólo que había un problema, don Bolaño murió el 14 de julio de 2003 y creo que vivía en España.
A diferencia Arturo Belano y Ulises Lima, personajes principales de Los detectives Salvajes, no me fui a España a buscar los rastros de Bolaño, uno de los supuestos (o presuntos, como diría Saúl Ibargoyen) fundadores del Infrarrealismo, como esos detectives salvajes se fueron a buscar a Césarea Tinajero al desierto de Sonora.
A mi bastó entrar a la Gandhi y preguntar por las obras de Bolaño. Había varias. Y como sabía muy poco de él, casi nada, me dejé ir por la intución y elegí de entre todas las que me ofrecía el librero (quien insistía en que me llevara 2666) Los detectives salvajes.
Ahora que lo he leído anhelo estar en una reunión con estos amigos del encuentro literario de Léon para, ahora sí, involucrarme en su plática. No es que ya sea un experto en el infrarrealismo, sino que tras la lectura de Los detectives y dos que tres búsquedas por el Internet y de escuchar repetidamente el álbum Infrarrealismo, ya puedo evitar poner cara de what, y aprovechar todo lo que ellos hablaron para enriquecer mi visión de este movimiento que pese a su marginalidad y ningunealidad (de que los ningunearon los ninguneraron) me sigue cautivando. Me cautiva sobre todo su objetivo como poetas: “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial ", para cambiar el mundo y la vida por medio de la poesía...”
Esta novela, Los Detectives Salvajes, es sumamente fascinante de tapa a tapa, pues está estructurada de forma muy peculiar. Digamos que está dividida en dos grandes bloques, que parecen ser tres. El primer bloque es una narración en primera persona de Juan García Madero (que me hace recordar a Juan García Ponce), una especie de diario que comienza el 2 de noviembre de 1975 y termina como Tercera parte el 15 de febrero de 1976.
El segundo bloque está conformado por un vasto poliedro de 52 voces (dicen los críticos), es decir, 52 relatos en primera persona o confesiones a un tercero ausente, donde dan cuenta de su vida y de su relación o bien con Arturo Belano o con Ulises Lima o con ambos en un lapso de 1976 a 1996, veinte años. Las supuestas entrevistas no guardan un orden cronológico sino que entran a capricho, aunque cuidadosamente insertadas, para dar la idea de un avance en el tiempo, o más bien, de dos líneas temporales: una que siguiendo a Lima o a Belano, y corren de 1976 a 1996; y la otra que va de un día a otro día, bajo la voz de Amadeo Salvatierra, quien rememora a la supuesta creadora del infrarrealismo (llamada en la novela real viceralismo) y creará la línea argumental que conectará la primera parte con la tercera, o más bien, que le dará continuidad a ese bloque partido en dos que es el diario de García Madero.
Los personajes principales de esta novela son Arturo Belano y Ulises Lima, nombres literarios bajo los que se encubren los fundadores del Infrarrealismo: Roberto Bolaño (Belano) y Mario Santiago Papasquiaro o José Alfredo Zendejas Pineda, nombre real de Papasquiaro.
Lo interesante de la novela no está en su carácter semidocumental de los fundadores del infrarrealismo (con una alta dosis de ficción, me imagino, pero mucho también de confesión pública) y de sus andanzas contadas por diversas personas que entraron en mayor o menor contacto con ellos, donde los vemos no sólo viviendo por y para y de la literatura sino de andar penando por ella. Nunca hablan ellos en primera persona, son los otros, que al hablar en primera persona son, a su vez, una voz en tercera para relatarnos esos encuentros, más o menos casuales, más o menos estrechos, con ambos poetas.
El tema de la novela, el gran tema, no son las aventuras de dos escritores, sino la poesía en particular y como ofrendar la vida a esta veleidosa diosa.
Es una novela que no da respiro y nos lleva a vivir un verdadero poliedro dramático. Es decir, que los relatores no se concretan sólo a confesar lo que saben de Belano y Lima, sino que nos narran sus vidas, sus dramas, sus conflictos y solo hablan de Belano y Lima cuando ellos tienen algo que ver con esos conflictos.
Los detectives salvajes es la suma de muchos relatos ensamblados por dos goznes: Belano y Lima. Y estos a su vez se desplazan en la narración con un objetivo: encontrar la esencia de la poesía. Y para ello no se arredran en sumergirse en el mismo infierno del desierto de Sonora buscando a Cesárea Tinajero y enfrentar cualquier dificultad y ofrendar para ello todo: salud, tiempo, dinero. Y cometer para ello asesinatos o venta de droga o viajar a Tel Avivi cuando la poesía se encarna en una mujer, o a Africa cuando la poesía es la muerte misma.
Los detectives salvajes en una gran novela, imprescindible para quien quiera conocer una cara oculta, desconocida, pero importante de la poesía y de los poetas.
Léanla, me cae, no se arrepentirán.

EL GARABATO: Vicente Leñero

Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...