martes, 28 de abril de 2020

VAN GOGH, EN LA PUERTA DE LA ETERNIDAD

 Jeremías Ramírez

Vincent Van Gogh es un pintor muy conocido hasta por los que no están versados en el arte pictórico. Sus girasoles o su autorretrato con la cabeza vendada, o su recámara de su habitación en Arles, son pinturas que se han difundido muchísimo.
            Sin embargo, muy pocos conocen los detalles de su vida, ni qué lo hizo ser un pintor tan singular ni cuáles fueron sus penurias económicas y sociales, ni nada de su quebrantada salud y la discriminación social que padeció.
            Hace muchos años leí su biografía, Anhelo de vivir (1934), escrita por Irving Stone, uno de los mejores escritores de narraciones biográficas. Ese libro me llevó a redescubrir su pintura y conocer que en ella está reflejada la esencia de su visión, sus arrebatos místicos, su subyugación ante la belleza natural, pero también el sufrimiento interno y externo que padeció.
            Hace unos 15 años fui al museo Soumaya (cuando aún estaba en la Plaza del Ángel, en la ciudad de México), en el que había una exposición de grandes pintores. De Van Gogh había un sólo cuadro: La noche estrellada, que realizó en el sanatorio de Saint-Rémy-de-Provence, donde se recluyó hacia el final de su vida, a mediados de 1889, trece meses antes de su muerte. Es un cuadro de 92.1 x 73.7 centímetros, que podíamos contemplar a un metro de distancia. Aun así, contemplar el original causaba un estremecimiento porque se sentía la fuerza expresiva. El pintor Ignacio Salazar afirma que la pintura es pintura, no imagen. Para apreciarla se debe ver en el original. Ahí lo comprendí.
            Recientemente, por medio de un amigo, descubrí una película sobre van Gogh que no conocía, dirigida por el cineasta neoyorquino de origen judío, Julian Schnabel, quien también es pintor. La calidad de su cine lo ha llevado a ser premiado en Cannes como mejor director y a ser nominado en los Globos de Oro, en los BAFTA, en los César, en los Óscares y en el Festival Internacional de Cine de Venecia.
            La película me atrajo por dos factores: se trataba de uno de los pintores que admiro, y que Van Gogh lo encarnaba Willem Dafoe, un gran actor; además, el guión había sido escrito por Jean-Claude Carrière, un guionista francés que admiro y que escribió los guiones de las últimas películas que dirigió Luis Buñuel.
            Desde los primeros planos me indicaba dos cosas: no era un film convencional y su propuesta era de buena calidad estética. Inicia con un plano abierto, subjetivo (desde el punto de vista de Van Gogh), que muestra un campo; luego hace un giro hasta encuadrar un camino en el que hay una manada de borregos que son guiados por una joven. La cámara, con movimientos inciertos, se acerca hasta encuadrar el rostro asustado de la joven y se oye la voz de Vincent pidiéndole que lo deje pintarla. Los ojos llorosos de la joven nos dicen que tiene miedo, mucho miedo. La escena se corta y se desarrollará casi al final de la película.
            El tono de la película es nervioso, incierto, con angustiosos planos cerrados que nos transmiten la subjetividad distorsionada de este gran artista. La película no sigue una narrativa fluida, sino que da brincos, irrumpe con escenas, corta a la mitad de una acción. Pero es justo esta narración perturbada que nos permite adentrarnos en la psicología de Vincent Van Gogh en los últimos años de vida, cuando vive en el pequeño pueblo de Arlès, cuyos vecinos demasiados rústicos e ignorantes, nunca entendieron a Van Gogh y lo vieron con sospecha y animadversión. Los niños lo odiaban y le tenían miedo, incluso lo apedrearon. Todos creían que era un tipo loco y peligroso y terminaron solicitando su expulsión.
            La película narra ese clima ominoso que lo empujaba a encontrar alivio en su pintura que realizaba obsesiva y velozmente, con trazos rudos pero precisos, aunque en su momento casi nadie entendió. Pocos advirtieron su genio y su estética revolucionaria. Esto lo hundió en la miseria pues su hermano Teo sólo pudo vender un cuadro. Teo era su hermano menor y quien fungió como mecenas. Gracias a Teo Vincent pudo pintar.
            Es lamentable que nadie sea profeta en su tierra, pero también muchos no son profetas en su tiempo. Tuvieron que pasar muchos años para que nuevos espectadores descubrieran la riqueza estética de las pinturas de Van Gogh y la vitalidad de su arte. Si él hubiera podido viajar en el tiempo, hubiera visto el enorme triunfo y popularidad de su pintura, y quizá satisfecho descansara en paz.
            Creo que Julián Schnabel logra mostrar esa personalidad compleja, pero con una mirada compasiva. Ayuda mucho en esta semblanza audiovisual la extraordinaria actuación del veterano Dafoe.
            Cuando la película llega a su fin los que apreciábamos a Van Gogh, terminamos amándolo más.
            La película concluye con una larga secuencia dolorosa que aborda su muerte. Y por primera vez se usa la segunda versión de su muerte. La primera es que se suicidó de un tiro en el estómago, pero, aunque es la más aceptada es muy difícil de creer. Y esta segunda, aunque no hay pruebas contundentes, para mí es la más verosímil: dos jóvenes agreden a Van Gogh. Uno de ellos le gustaba vestirse de vaquero y trae una pistola al cinto, la cual se le dispara y hiere en el estómago al pintor.
            Dicen los biógrafos que, aunque René Secrétan, el presunto asesino, nunca confesó, hacía gestos de culpabilidad cada que le preguntaban.  
            Cuando Vincent murió tenía apenas 37 años de edad, tenía graves padecimientos renales (de los cuales, dicen, provenían sus alucinaciones y problemas mentales). Lo admirable de este gran artista es que creó una extensísima obra (unas 900 pinturas y 1600 dibujos) en sólo 10 años (etapa de 1880 a 1890). La mayoría de esta vasta obra es totalmente desconocida por el gran público.
            Si está usted interesado en esta película hay una versión en YouTube, en una  calidad de imagen pasable, doblada en el molesto acento español de España (con disculpa para mis amigos españoles). Afortunadamente las secuencias dialogadas son breves. La película tiene grandes secuencias visuales, quizá las más reveladoras de este gran artista. Vale la pena. Aquí le dejo el link de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=0NBguBV8WaI

FICHA TÉCNICA
Van Gogh, en la puerta de la eternidad (At Eternity's Gate). EU, 2018. Dirección: Julian Schnabel. Guion: Jean-Claude Carrière, Julian Schnabel, Louise Kugelberg. Música: Tatiana Lisovkaia. Fotografía: Benoît Delhomme. Actuación: Willem Dafoe, Rupert Friend, Oscar Isaac, Mads Mikkelsen, Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Niels Arestrup, Anne Consigny, Amira Casar, Vincent Pérez, Lolita Chammah, Stella Schnabel, Vladimir Consigny, Arthur Jacquin, Solal Forte, Frank Molinaro, Alan Aubert, Vincent Grass, Clément Paul Lhuaire, Laurent Bateau, Montassar Alaya, Didier Jarre, Thierry Nenez, Johan Kugelberg y Alexis Michalik

domingo, 29 de marzo de 2020

LA SELFIE DE SÓCRATES

 Jeremías Ramírez V.


Según narra Platón, en la Apología de Sócrates, que este ilustre filósofo, después de una ardua investigación, tuvo que aceptar que él era el hombre más sabio de Grecia. Y no por petulancia o vanidad, sino todo lo contrario.
       La cosa empezó así: un día Querofonte, un amigo de Sócrates, “…fue a Delfos[1] y tuvo la audacia de preguntar al oráculo… si había alguien más sabio que [Sócrates]. La Pitia[2] le respondió que nadie era más sabio”.
Si Sócrates hubiera vivido en nuestra era, y hubiera tenido una bajísima autoestima, no se habría desconcertado con la noticia, sino que de inmediato habría sacado su celular y se tomaría una selfie con su amigo Querofonte y de inmediato la subiría a sus redes sociales y etiquetaría a todos sus contactos. Y quizá lo mandaría a los medios diciendo: “El oráculo afirma que Sócrates es el hombre más sabio de Grecia”. Caramba, el mismo dios Apolo afirmaba este hecho relevante, como no se iba a poner orgulloso.
Pero no, Sócrates no se pavoneó con la noticia, sino que se sacó de onda. Y después de meditar y preguntarse por qué el oráculo decía tal cosa, se dio a investigar y demostrar que había en Grecia hombres más sabios que él. No dudaba del oráculo, que en ese tiempo su palabra era ley, sino que algo no andaba bien. No podía ser que él, un preguntón lleno de dudas, fuera el hombre más sabio de Grecia.
            Entonces se dio a la tarea de ir con todos aquellos que decían que sabían y los fue interrogando, como era su costumbre. Al final del día, como dice la muletilla actual, descubrió que todos aquellos que afirmaban ser hombres sabios, en realidad, eran unos ignorantes. Y lo peor era que tampoco sabían que eran ignorantes: se creían sabios.
            Ante su lamentable fracaso no le quedó más remedio que aceptar que sí, él, Sócrates, era el hombre más sabio de Grecia, porque era el único que sabía que no sabe.
            Hoy en día pululan en las redes sociales, en los medios impresos y electrónicos, periodistas, opinólogos, expertos en todo, y muchos de ellos conferencistas afamados que se ostentan como hombres doctos (sabios) y cobran jugosos dividendos. Son hombres y mujeres que, según ellos, son capaces voltear el mundo al derecho y al revés. Pero basta analizar con atención sus doctas palabras para darnos cuenta que son unos palurdos ignorantes, que hablan con tal arrogancia de temas que en realidad desconocen. Es decir, son gente que no sabe que no sabe.
            Cristo dijo de los sacerdotes, de los fariseos, de los saduceos y los escribas, es decir, de los que se creían sabios en Israel: “Ciegos guías de ciegos”. Y agregó: “y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo"[3]. Y en el apocalipsis encontramos a una iglesia que se creí non plus ultra, pero el Espíritu le baja los humos: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”[4].
            Cuando escucho toda esa alharaca de los sabios de hoy que zumban como mosquitos todos los días, me llegan estas sabias palabras remontando siglos: ciegos guías de ciego... porque tú eres un desventurado, pobre, ciego y desnudo. Y muchos de estos que ostentan los más altos títulos de prestigiosas universidades extranjeras o nacionales. Y amparados en esos papeles van a las universidades, a los medios, a las conferencias esparciendo su ignorancia.
            Hay una sentencia en la entrada de la universidad de Salamanca, en España, muy reveladora: Quod natura non dat, Salmantica non præstat (Lo que la naturaleza no da, Salamanca no (lo) otorga). “Este proverbio latino significa que una universidad no puede darle a nadie lo que le negó la naturaleza. De este modo, ni la inteligencia, ni la memoria ni la capacidad de aprendizaje son cosas que una universidad pueda ofrecer a sus alumnos”, nos dice Jesús Cantera Ortiz en El Refranero Latino[5]
            Pero allá van, buscando las mejores universidades para repetir el lamentable caso del hombre de hojalata ante en Mago de Oz. Ese pobre hombrecito se sabía ignorante y va en busca del mago para que le dé un cerebro, y este, como lo hace cualquier universidad moderna (no puede hacer otra cosa), le extiende un título.
            Es posible que, si el hombre de hojalata no estuviera tan ensimismado buscando un cerebro, habría descubierto qué pudo haber sido el hombre más sabio de la tierra de Oz, pues tenía conciencia de su ignorancia.
            En este siglo XXI, las universidades deberían darse a la tarea de enseñar la materia más importante en el currículo de una persona: aprender a conocer su ignorancia, es decir, a desarrollar la humildad intelectual al enfrentarlos al vasto universo del conocimiento.
            Si alguien se sabe ignorante, no tan fácil emitirá una opinión categórica e irresponsable. Esto haría que sólo quien tiene algo de valor que decir y sería prudente teniendo en cuenta su ignorancia. De esta forma, creo firmemente en ello, nos llevaría a un mundo mejor.
            Y en nuestro México, nos falta, en grandes cantidades, esa humildad socratiana de no aceptar las loas, ni los títulos sin antes no tener la seguridad de merecerlo.
            Es el momento de decirle adiós a las selfies doctas e intelectuales a las que somos muy afectos los que hemos abierto un libro o hemos pisado una universidad creyendo falsamente que ello nos ha hecho sabios.


[1] En Delfos estaba el oráculo y estaba situado en un gran recinto sagrado consagrado al dios Apolo, fue uno de los principales oráculos de la Antigua Grecia. Estaba ubicado en el valle del Pleisto, junto al monte Parnaso, cerca de la actual villa de Delfos, en Fócida (Grecia).
[2] También llamada “Pitonisa”, sacerdotisas del templo de Apolo, quienes eran las que en estado de trance decían los mensajes del dios Apolo.
[3] Evangelio según san Mateo 15:14
[4] Apocalipsis 3:17
[5] Jesús Cantera Ortiz de Urbina (16 de noviembre de 2005). Refranero Latino. Ediciones AKAL. pp. 200.

lunes, 23 de marzo de 2020

LA PANDEMIA INFORMATIVA


Una de las pandemias que puede hacer que el impacto de coronavirus sea más grave e, incluso, fatal, es la pandemia informativa. Diversos medios masivos y opinadores de redes electrónicas y plataformas de video que —por ignorancia o por mala fe—, han estado difundiendo información falsa o distorsionada sobre el problema y muchos de ellos lanzan a diestra y siniestra expresiones viscerales de sus filias y fobias, dirigidas a los que gobiernan México.
            Este barullo maligno está confundiendo a la gente y, lo peor, los están empujando a que tomen malas decisiones que es posible pongan en peligro su integridad, su salud, su dinero y, en algunos casos, su vida.
            Todo esto me hizo recordar una que vi película a principios de los noventa: Pescador de ilusiones (1991) realizada por el afamado director norteamericano Terry Gilliam, que perteneció al grupo Monty Pyton, y admirado por películas como Brazil, una libre adaptación de la novela 1984, de George Orwell.  
La película inicia mostrándonos a un locutor de radio, Jack Lucas, popular, exitoso, que obtiene buenas ganancias con su programa. En su cabina es todo poderoso y con el influjo de su voz hace y deshace el mundo, da órdenes, descalifica a quien puede. Uno de sus seguidores habla a cabina y le dice que irá a cierto restaurante donde van gentes de negocios, jóvenes ejecutivos. Lucas lo regaña y le dice que, si quiere hacerle un bien al mundo, debería destruirlos, tomar una escopeta y dispararles. Obviamente, es una balandronada, no cree que sus consejos serán obedecidos, pero este radioescucha hace exactamente lo que dice.
Cuando Jack Lucas recibe la noticia lo derrumba. Su carrera, su fama se va al caño y se hunde en el alcohol; arrinconado vive en la casa de su novia —quien lo mantiene—. Una noche sale a la calle y ebrio llega hasta los márgenes de un río. De pronto se ve rodeado por un grupo de jóvenes de clase pudiente que se dedican a golpear indigentes. Los jóvenes empiezan a agredirlo, pero de pronto aparece un personaje singular: un hombre vestido como guerrero con una tapadera de un bote como escudo y armado con unas calcetas o medias que dentro tienen una piedra, y las usa como boleas. Se enfrenta a los jóvenes y logra ahuyentarlos. Luego, levanta a Jack Lucas y se lo lleva a unas cavernas en el subsuelo de la ciudad donde vive. Jack se da cuenta que el tipo está deschavetado, pero agradecido con él trata de recompensarlo. Pero cuando descubre quien es este hombre, su vida da un giro. Este enfermo mental se llama Perry y es un profesor universitario de historia, que quedó afectado cuando murió su novia precisamente por ese loco que siguió las órdenes de Lucas. El exprofesor, y su novia había estado en ese bar ese día. Su novia fue una de las víctimas y él quedó dañado para siempre. Jack se siente culpable y tratará de resarcir el daño en este hombre que vive en las cloacas y a quien paradójicamente le ha salvado la vida.
Esta película nos muestra el impacto devastador de una información irresponsable. Pareciera que las palabras son inocuas, o que son menos peligrosas que una pistola o una metralleta, pero no es así. Las palabras puedes tan letales como una bala.
Por eso decía en mi introducción que una de las pandemias que pueden hacer más grave y hasta letal esta pandemia viral es esa irresponsabilidad informativa.  
Este contagio viral que crece día a día como un Godzilla y amenaza con engullirnos, es posible desactivar con sencillas medidas de protección como la sana distancia, el lavado de manos frecuente con jabón (el gel no inactiva al virus), la reclusión voluntaria, podrán hacernos que las víctimas mortales sean muy pocas. Pero los informadores malignos pueden dar al traste con las medidas de seguridad, creando pánico y por ende generando una conducta irracional y enloquecida.
En este momento nuestras filias y fobias (en caso de que no podemos contenernos) deben quedar en el ámbito privado, no salpiquemos con nuestra ignorancia o con nuestra fobia al presidente y al gobierno actual (en algunos casos se nota un odio irracional) dañen a gentes que con poca capacidad de análisis no sabrán ver la peligrosidad de la información.
Este es el momento que todos los que tenemos el privilegio de un micrófono, una cámara de TV o de video o una página de papel o electrónica de ser sumamente responsables.
Pensemos antes de publicar: ¿Esto que he escrito ayuda a mis receptores? Si sólo es un ataque al gobierno (local o federal), si sólo es nuestra fobia, si sólo pretende inclinar a mediano plazo el voto en la siguiente contienda, tengamos un poco de pudor y vergüenza, y dejemos de destruir al país.
No digo que le cantemos loas al gobierno (nadie debe hacerlo), sino que todo lo que escribamos sea información útil a nuestros receptores, y le haga tener una vida mejor o bien tomar decisiones valiosas. Provocar el odio no es benéfico para nadie, tampoco la adoración al gobierno en turno.
Tal vez incomode esto que escribo, pero siento que es mi responsabilidad hacer un llamado a la cordura en estos momentos tan delicados que estamos viviendo.

martes, 25 de febrero de 2020

CAMINO A ROMA: UNA MIRADA AL UNIVERSO INTERIOR DEL CINE

Netflix acaba de estrenar el documental Camino a Roma. Si usted vio la película Roma se encontró, seguramente, con varias sorpresas: una película en blanco y negro, la servidumbre que hablaban en un idioma indígena como protagonista, una historia que empieza en el micro cosmos de una familia y se abre para incluir a la sociedad y sus conflictos, entre otras.
Quienes alguna vez hemos estado detrás de la lente nos dábamos cuenta que detrás de esos planos sencillos, abiertos y con leves paneos lentos, se escondía una complejidad y una dificultad tremenda, pero este documental nos muestra que nuestra imaginación se quedó corta, pues su complejidad es monumental, casi una hazaña imposible, pues Alfonso Cuarón, su director, buscaba no sólo retratar una acción sino ir mucho más a fondo, retratar a la vida in fraganti. Quería planos verdaderos no verosímiles.
            El documental nos muestra como fueron filmadas las escenas más interesantes y emotivas de la película. Inicia con el magistral plano del piso enjabonado, en cuyo reflejo vemos que cruza un avión (aunque esta escena no muestra como filmó el avión y nos deja con la duda de si este plano fue real o un montaje en posproducción. El rigor con el que filmó Cuarón me hace pensar que no hubo truco, que en un instante afortunado pasó el avión por ahí ese momento, dándole una pincelada maestra a la toma). Llama la atención, en esa secuencia inicial el detalle que le imprime Cuarón, al grado de indicar con precisión como debe verse esas cubetadas de agua jabonosa.
            Embriagado en al torbellino de sus recuerdos reconstruye los escenarios de su infancia: su casa, sus muebles, la calle (su calle), la avenida Insurgentes, las fachadas de los negocios, la entrada del Cine Américas (que estaba en la esquina de las avenidas Baja California e Insurgentes), tal y como estaban. Como esos escenarios han cambiado, recurrió a fotos históricas para reconstruir a detalle de los negocios que había a finales de la década de los sesenta y principios de los setenta.
            Y para tener ante la cámara un realismo exquisito contrata ejércitos de extras buscando la presencia multirracial y económica (las caras morenas se mezclan con los rostros pálidos de la gente de raza blanca), y diseña vestuarios fieles a la época. Y a cada uno de los actores ambientales le indica, en términos generales, su tarea escénica de modo que recrea momentos muy vívidos de esa convivencia social en las calles o en los cines. Quienes vivimos esa época, nos estremecimos del verismo extraordinario, hasta el vendedor de las ciriacas estaba allí.
            Llama la atención la manera en que dirige a sus actores. A pesar de que escribió un guión detallado, en el rodaje no lo usa y les sugiere los parlamentos a sus actores, dejando que estos improvisen. Además, oculta acciones que realizarán los demás actores para buscar reacciones genuinas y no sólo mera mímica. Dirigir así a los actores hay un enorme riesgo de que las escenas se resquebrajen cuando los actores se saquen de onda y paren la acción. Pero Cuarón, con gran habilidad, no dejó que se le hiciera agua la nave. Con un delicado equilibrio logra imágenes inusitadas.
            Quizá, en este sentido, una de las secuencias más emotivas es la del parto. Primero, utilizó uno de los edificios viejos del Centro Médico que estaba por derrumbarse y lo reconstruyó como estaban en esa época. Contrató a médicos y enfermeras de a de veras para que actuaran, de modo que cada acción fuera real, es decir, tal y como lo hacen en su labor cotidiana; tercero, no le dijo a Yalitza que el bebé que usarían era un muñeco. Siempre creyó que era un bebé real de modo que sus reacciones emotivas tuvieran una mayor profundidad. Cuando filmaron la escena, el ambiente se electrizó de modo que cuando le dan la noticia que su hija nació muerta, llora inconsolable de verdad y lloran también con ella el personal médico. Y su estado emocional era tan fuerte que Alfonso Cuarón, cuando terminó la toma, tuvo que abrazarla varias veces para calmarla. Fue una escena increíblemente realista.
            Algo que le da mucho valor al documental es que Alfonso Cuarón va explicando qué buscaba en cada escena, y qué fue lo que hizo para lograr ese verismo sorprendente. Cuando el documental termina nos damos cuenta que nos ha dado una clase magistral de cine, de un cine que está más allá de la técnica fría y calculada, y que tuvo la virtud, como director, de empujar a todo el crew y a sus actores a rebasar con mucho los límites del cine convencional, aunque los espectadores no entendieran o no sospecharán hasta dónde estaba llegando este gran cineasta mexicano.
            Esta experiencia nos hace valorar aún más a Roma. Esta película no es sólo una buena película, sino una pieza maestra construida por un director que no le interesa un cine espectacular, un cine taquillero, un cine de vanguardia, un cine apantallador, sino crear una visión real (como si viajáramos al pasado y al interior del pulso emocional de los personajes y de una sociedad golpeada por las masacres de 1968 y 1971) cuya resonancia llega hasta quienes vivían ajenos a los movimientos estudiantiles.
            Yo le recomiendo este documental, pero primero vean Roma y luego el documental. Estas dos películas nos permitirán asomarnos a las profundidades del arte cinematográfico. Vemos a un gran artista construir su obra maestra. Esta experiencia es como si estuviéramos presentes en el proceso de creación de la Capilla Sixtina por Miguel Ángel. En verdad. Es un raro privilegio pero que está al alcance de nuestra mano… claro, si tenemos Netflix.

           

domingo, 9 de febrero de 2020

CARTAGHE Joyce Carol Oates

Jeremías Ramírez Vasillas

Cressida Mayfield, una joven de 19 años, se ha perdido en las montañas de Adirondack, en el estado de New York. Cerca de ahí está ubicada la pequeña ciudad de Cartaghe donde ella vive con sus padres y su hermana.
Una noche sale a ver a una amiga y no regresa. En la madrugada Arlette, su madre, despierta y va a su cuarto para ver cómo está. Está segura que la encontrará envuelta en sus cobijas, como siempre, pero al abrir la puerta advierte que su cama está vacía. En ese momento presiente que algo extraño, desagradable y funesto está pasando. Empieza a buscar si está en alguna otra parte de la casa, pero no la encuentra. Entonces empieza a hacer llamados telefónicos. La amiga a la que fue a visitar le dice que como a las 11 de la noche Cressida salió de su casa y que no quiso que la llevaran. La amiga supuso que regresaría a casa, que estaba a un kilómetro. Arlette despierta a su hija mayor, Juliette, y luego a Zeno, su marido, y los tres empiezan a buscarla, a preguntar con los conocidos, en los hospitales, dan aviso a la policía.
Al día siguiente se forman grupos de búsqueda. Creen que posiblemente Cressida se extravío en el bosque. La policía, por su parte, empieza a investigar y descubre que Cressida esa noche, en vez de regresar a su casa fue al bar Roebuck Inn a buscar Brett Kinkaid, el ex prometido de su hermana Juliette cuyo compromiso recién acaban de terminar. Brett había regresado de la guerra con severos daños físicos y psicológicos y no se sentía con ánimos de casarse. En el jeep de Brett encuentran rastros de sangre. Lo detienen, pero no logran conseguir pruebas suficientes y lo sueltan. Tiempo después él se confiesa culpable y es detenido. Brett no recuerda si la enterró o si la tiró al río, y a pesar de buscar el cadáver guiados por él. no aparece.
Después de ese nudo dramático en el que Carol Oates se ha extendido más de 200 páginas, la novela da un giro dramático para llevarnos fuera de Cartaghe a un paseo de más de 150 páginas por las entrañas oscuras de la justicia y de una cárcel de alta seguridad. Esta es la sección más estremecedora de la novela. El detalle casi fotográfico, y en momentos en cámara lentísima, nos sumerge en el terrible infierno carcelario para horrorizarnos con el aspecto más desagradable del ser humano. La descripción del lugar y los mecanismos de la pena capital en Florida son estremecedores. Este es un tour en las que disecciona las pútridas entrañas de justicia norteamericana, el desequilibrio social y psicológico de los delincuentes.
La novela está compuesta de tres grandes secciones. En la última empieza a cerrar todos los cabos para revelarnos como la tragedia tiene el efecto de una bomba expansiva que vulnera los lazos familiares provocando efectos devastadores, pero que al final hay un cierto sentido de redención, de perdón, de evolución, pero las cicatrices que ha dejado serán imborrables.
            Joyce Carol Oates es una de las más reconocidas escritoras y una de las más prolíficas. Su obra es sumamente voluminosa pues además de la narrativa ha escrito poesía, cuento, ensayo, teatro, libros para niños... Ha publicado alrededor de 58 novelas, muchas de ellas muy voluminosas, y más de 50 relatos, además novelas breves.
            Algunos analistas señalan que uno de sus defectos es que se extiende muchísimo, haciendo de pronto que su escritura sea farragosa. Yo difiero porque su estilo narrativo no cae en excesivas acotaciones descriptivas o en reflexiones filosófica o en retorcidas descripciones, aunque en este afán expansivo, propio de la novela, si hay momentos en que un lector como yo se siente agotado y con la necesidad de volver a la trama principal y saber qué está sucediendo con los otros personajes. En su defensa podemos decir que esta tendencia a extenderse tiene una virtud: permite la familiarización a fondo con los personajes, con el drama en que viven, con el espacio geográfico o histórico en el que se desenvuelven, con la psicología de los personajes, a veces no tan simple como el de Cressida, una muchacha con una inteligencia sobresaliente y un enorme talento para el dibujo, pero con un conflicto interno terrible. Y aunque sus padres o su hermana han tratado de entenderla, no lo logran y mucho menos sus amigos o sus compañeros de escuela.
            Cartaghe fue publicado por Carol Oates en el 2014, es decir, es reciente, y fiel a su estilo la novela tiene una extensión de 530 páginas que a pesar de que el estilo de Carlo Oates es muy visual, fluido, apasionante, es un reto esa enorme extensión.
            Aunque el drama de la novela es muy similar a los casos de desaparición en México, hay una enorme diferencia en cómo se ve un caso de este tipo en Estados Unidos. Y ese contraste nos revela la gravedad de las desapariciones en nuestro país.
            Es una gran novela de una gran escritora, aunque a pesar de su carácter expansivo deja algunos cabos sueltos que nos hubiera gustado que los desarrollara.
           

domingo, 28 de abril de 2019

LADRONA DE LIBROS


Jeremías Ramírez Vasillas

La versión cinematográfica de este libro me hizo recordar a uno de mis alumnos que cuando les pedí un resumen de un libro, me entregó un texto sin sentido. Lo que hizo el estudiante fue recortar oraciones y pegarlas una tras otras, sin ilación.
            En la adaptación fílmica de este libro es una selección de fragmentos del libro de modo que no se logra entender el porqué de ciertas acciones, hasta que leemos el libro y obtenemos los fragmentos narrativos ausentes en la película.
El inicio de la novela no me gustó. Me pareció interesante que el narrador fuese la muerte, pero el autor no logra darle consistencia. Hay muchos momentos en que no se siente, ni se oye como la muerte, sino que parece un narrador omnisciente, nada más. Sólo hace patente su presencia hacia el final, cuando las bombas caen implacables.
            Ladrona de libros no es una gran novela, quizá sólo un buen producto para el mercado, quizá por ello es atractiva, emotiva, y logra seducir con un personaje encantador que rescata el libro: Liesel Meminger, encanto sobrecargado que endulcora una de las etapas más oscuras del pueblo alemán: el odio, persecución y exterminio de los judíos, principalmente, pues le pone chispitas de chocolate a la tragedia exagerando las bondades Liesel y de su familia adoptiva. Y en momentos la narración se alarga sin necesidad e introduce, sin justificación, acciones inverosímiles. Y minimiza la barbarie y la crueldad de esa guerra en la ciudad ficticia de Molching. Es decir, hace una versión light de cómo vivieron la guerra los alemanes de a pie que no estaban de acuerdo con Hitler.
El autor tenía la oportunidad de hundir más las tenazas de la imaginación en esta tragedia, que ha sido un filón inagotable de libros, novelas, películas, dramas, poemas, testimonios, ensayos, sin que se haya podido agotar el tema, pero no lo hizo.
            A su favor podemos decir que pudo haber caído en la sensiblería, es decir, en una narración lacrimógena y melodramática de una niña arrancada de su madre y enviada a vivir con una familia adoptiva; adopción, se entiende, temporal, por motivos de la guerra, pues sus padres habían sido castigados por ser comunistas y les habían arrebatado a sus hijos, pero se contuvo el autor y eso se agradece.
            El arranque de la novela es muy dramático: Liesel y su madre biológica viajan en tren. La señora lleva a sus dos hijos para que sean acogidos por una familia de Munich, pero el niño muere en el camino y en un solitario campo nevado es depositado en tierra. Un joven enterrador un tanto descuidado se la cae su manual de enterrador, y Liesel lo recoge. Es el primer libro que “roba”, aunque más bien, recoge.
La familia que la acoge son los Hubermann conformado por una pareja singular de ancianos: Hans, un pintor de casas y acordeonista de fines de semana, hombre afable y paciente; y Rosa, una mujer huraña de agrio carácter, que se expresa con palabras ofensivas a diestra y siniestra. Ambos la consideran de inmediato como hija de la familia y le exigen que les diga: mamá y papá. Y en verdad, se convierten en muy buenos padres adoptivos. De la madre biológica no se sabe más.
            Cuando Lisel llega a Molching entabla una buena relación con Rudy Steiner, un niño que se enamora de ella, y se convierten en grandes amigos y ambos vivirán diversas aventuras: aguerridos juegos de futbol, robo de manzanas, dulces, libros o comida, competencias deportivas y enfrentamientos con los militares nazis, —enfrentamientos un tanto inocentes— y el robo de libros.
            La vida de Liesel transcurre en un ambiente de guerra latente, de odio a los judíos, de estupideces de las autoridades, de quema de libros, pero son estos objetos los que llega pronto a amar a pesar de que no sabe leer y es el noble Hans quien le enseñará a leer y pronto se convertirá en una gran lectora de manera sorprendente e inverosímil.
La familia Huberman pasa, en este periodo bélico, por muchas dificultades derivadas de la falta de empleo de Hans (razón por la que Rosa se dedica a lavar ajeno), y tienen que padecer escasez de alimentos y de muchas cosas indispensables. Pero todo esto se volverá más tenso, más riesgoso por la llegada a la casa de los Hubermann de un personaje singular que ellos no conocían: un joven judío, Max Vandenburg, que se ven obligados a darle refugio. Para protegerlo lo mantienen escondido en su sótano. Y viven atemorizados de ser descubiertos o que su conducta los delate. Sin embargo, poco a poco van acomodándose y superando el miedo y en poco tiempo logran recuperar un estilo de vida casi similar a la que tenían antes de la llegada de Max.
            ¿Pero quién es Max y por qué le dan refugio? Max es el hijo de un antiguo compañero de milicia de Hans quien, durante la I Guerra Mundial, lo salva de morir, pues un día, cuando deben salir a combate, el comandante pide un voluntario con buena letra. Esas tareas adicionales generalmente son desagradables y nadie quiere aceptar, pero el padre de Max le dice que su amigo Hans tiene buena letra (aunque no es verdad). De modo que Hans se queda y el pelotón sale a pelear y todos, ese día, caen en combate. Cuando las autoridades le envían a la familia del padre sus pertenencias, no le mandan el acordeón, sino que se lo dan a Hans. Cuando la guerra termina Hans va a entregar el acordeón, pero no lo aceptan: hay muchos acordeones en esa familia. Hans se compromete a ayudarlos en lo que sea. Nunca le cobran el favor hasta que Max llega una noche, hambriento, temblando de frío, a la casa de Hans.
            Cuando todo parece estar saliendo de maravilla, Hans comete un error: le da un mendrugo de pan a un judío cuyo grupo llevan hacia un campo de concentración. Los soldados nazis se enojan y lo reprenden, y es azotado. Hans cree va a ir a catear su casa. Y Max abandona la casa. Hans queda destrozado por no cumplir su promesa. Además, Max se ha vuelto entrañable para todos, especialmente para Lisa con quien ha entablado una estrecha amistad.
            Pronto los bombardeos harán más tensa y dramática la vida de los habitantes de Molching y en uno de esos bombardeos mueren casi todos. Lisa logra salvarse.
            Cabe señalar que la novela está escrita en diez partes, y cada parte tiene un título de un libro, libros que Liesel ha ido robando de la pila de libros que no lograron quemarse o de la biblioteca de la esposa del alcalde, libros que lee con Max, con Hans o que ella les lee a los atemorizados vecinos cuando se refugian en los sótanos habilitados como refugios antiaéreos.
            El libro tiene como un condimento adicional la fragmentación de la narración con pequeños sub capítulos y estos, a su vez, con pequeñas acotaciones explicativas de palabras o de personas o de hechos, que permiten que la lectura no se vuelva monótona y pesada.
            Si me dieran a escoger entre el libro y la película, me quedo con el libro por los pasajes entrañables y de intenso dramatismo.
            Este libro está de nuevo circulando en las librerías y en los centros de autoservicio, así que, si este breve comentario le motiva a leerlo, no se le dificultará conseguirlo.


EL GARABATO: Vicente Leñero

Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...