martes, 25 de febrero de 2020

CAMINO A ROMA: UNA MIRADA AL UNIVERSO INTERIOR DEL CINE

Netflix acaba de estrenar el documental Camino a Roma. Si usted vio la película Roma se encontró, seguramente, con varias sorpresas: una película en blanco y negro, la servidumbre que hablaban en un idioma indígena como protagonista, una historia que empieza en el micro cosmos de una familia y se abre para incluir a la sociedad y sus conflictos, entre otras.
Quienes alguna vez hemos estado detrás de la lente nos dábamos cuenta que detrás de esos planos sencillos, abiertos y con leves paneos lentos, se escondía una complejidad y una dificultad tremenda, pero este documental nos muestra que nuestra imaginación se quedó corta, pues su complejidad es monumental, casi una hazaña imposible, pues Alfonso Cuarón, su director, buscaba no sólo retratar una acción sino ir mucho más a fondo, retratar a la vida in fraganti. Quería planos verdaderos no verosímiles.
            El documental nos muestra como fueron filmadas las escenas más interesantes y emotivas de la película. Inicia con el magistral plano del piso enjabonado, en cuyo reflejo vemos que cruza un avión (aunque esta escena no muestra como filmó el avión y nos deja con la duda de si este plano fue real o un montaje en posproducción. El rigor con el que filmó Cuarón me hace pensar que no hubo truco, que en un instante afortunado pasó el avión por ahí ese momento, dándole una pincelada maestra a la toma). Llama la atención, en esa secuencia inicial el detalle que le imprime Cuarón, al grado de indicar con precisión como debe verse esas cubetadas de agua jabonosa.
            Embriagado en al torbellino de sus recuerdos reconstruye los escenarios de su infancia: su casa, sus muebles, la calle (su calle), la avenida Insurgentes, las fachadas de los negocios, la entrada del Cine Américas (que estaba en la esquina de las avenidas Baja California e Insurgentes), tal y como estaban. Como esos escenarios han cambiado, recurrió a fotos históricas para reconstruir a detalle de los negocios que había a finales de la década de los sesenta y principios de los setenta.
            Y para tener ante la cámara un realismo exquisito contrata ejércitos de extras buscando la presencia multirracial y económica (las caras morenas se mezclan con los rostros pálidos de la gente de raza blanca), y diseña vestuarios fieles a la época. Y a cada uno de los actores ambientales le indica, en términos generales, su tarea escénica de modo que recrea momentos muy vívidos de esa convivencia social en las calles o en los cines. Quienes vivimos esa época, nos estremecimos del verismo extraordinario, hasta el vendedor de las ciriacas estaba allí.
            Llama la atención la manera en que dirige a sus actores. A pesar de que escribió un guión detallado, en el rodaje no lo usa y les sugiere los parlamentos a sus actores, dejando que estos improvisen. Además, oculta acciones que realizarán los demás actores para buscar reacciones genuinas y no sólo mera mímica. Dirigir así a los actores hay un enorme riesgo de que las escenas se resquebrajen cuando los actores se saquen de onda y paren la acción. Pero Cuarón, con gran habilidad, no dejó que se le hiciera agua la nave. Con un delicado equilibrio logra imágenes inusitadas.
            Quizá, en este sentido, una de las secuencias más emotivas es la del parto. Primero, utilizó uno de los edificios viejos del Centro Médico que estaba por derrumbarse y lo reconstruyó como estaban en esa época. Contrató a médicos y enfermeras de a de veras para que actuaran, de modo que cada acción fuera real, es decir, tal y como lo hacen en su labor cotidiana; tercero, no le dijo a Yalitza que el bebé que usarían era un muñeco. Siempre creyó que era un bebé real de modo que sus reacciones emotivas tuvieran una mayor profundidad. Cuando filmaron la escena, el ambiente se electrizó de modo que cuando le dan la noticia que su hija nació muerta, llora inconsolable de verdad y lloran también con ella el personal médico. Y su estado emocional era tan fuerte que Alfonso Cuarón, cuando terminó la toma, tuvo que abrazarla varias veces para calmarla. Fue una escena increíblemente realista.
            Algo que le da mucho valor al documental es que Alfonso Cuarón va explicando qué buscaba en cada escena, y qué fue lo que hizo para lograr ese verismo sorprendente. Cuando el documental termina nos damos cuenta que nos ha dado una clase magistral de cine, de un cine que está más allá de la técnica fría y calculada, y que tuvo la virtud, como director, de empujar a todo el crew y a sus actores a rebasar con mucho los límites del cine convencional, aunque los espectadores no entendieran o no sospecharán hasta dónde estaba llegando este gran cineasta mexicano.
            Esta experiencia nos hace valorar aún más a Roma. Esta película no es sólo una buena película, sino una pieza maestra construida por un director que no le interesa un cine espectacular, un cine taquillero, un cine de vanguardia, un cine apantallador, sino crear una visión real (como si viajáramos al pasado y al interior del pulso emocional de los personajes y de una sociedad golpeada por las masacres de 1968 y 1971) cuya resonancia llega hasta quienes vivían ajenos a los movimientos estudiantiles.
            Yo le recomiendo este documental, pero primero vean Roma y luego el documental. Estas dos películas nos permitirán asomarnos a las profundidades del arte cinematográfico. Vemos a un gran artista construir su obra maestra. Esta experiencia es como si estuviéramos presentes en el proceso de creación de la Capilla Sixtina por Miguel Ángel. En verdad. Es un raro privilegio pero que está al alcance de nuestra mano… claro, si tenemos Netflix.

           

domingo, 9 de febrero de 2020

CARTAGHE Joyce Carol Oates

Jeremías Ramírez Vasillas

Cressida Mayfield, una joven de 19 años, se ha perdido en las montañas de Adirondack, en el estado de New York. Cerca de ahí está ubicada la pequeña ciudad de Cartaghe donde ella vive con sus padres y su hermana.
Una noche sale a ver a una amiga y no regresa. En la madrugada Arlette, su madre, despierta y va a su cuarto para ver cómo está. Está segura que la encontrará envuelta en sus cobijas, como siempre, pero al abrir la puerta advierte que su cama está vacía. En ese momento presiente que algo extraño, desagradable y funesto está pasando. Empieza a buscar si está en alguna otra parte de la casa, pero no la encuentra. Entonces empieza a hacer llamados telefónicos. La amiga a la que fue a visitar le dice que como a las 11 de la noche Cressida salió de su casa y que no quiso que la llevaran. La amiga supuso que regresaría a casa, que estaba a un kilómetro. Arlette despierta a su hija mayor, Juliette, y luego a Zeno, su marido, y los tres empiezan a buscarla, a preguntar con los conocidos, en los hospitales, dan aviso a la policía.
Al día siguiente se forman grupos de búsqueda. Creen que posiblemente Cressida se extravío en el bosque. La policía, por su parte, empieza a investigar y descubre que Cressida esa noche, en vez de regresar a su casa fue al bar Roebuck Inn a buscar Brett Kinkaid, el ex prometido de su hermana Juliette cuyo compromiso recién acaban de terminar. Brett había regresado de la guerra con severos daños físicos y psicológicos y no se sentía con ánimos de casarse. En el jeep de Brett encuentran rastros de sangre. Lo detienen, pero no logran conseguir pruebas suficientes y lo sueltan. Tiempo después él se confiesa culpable y es detenido. Brett no recuerda si la enterró o si la tiró al río, y a pesar de buscar el cadáver guiados por él. no aparece.
Después de ese nudo dramático en el que Carol Oates se ha extendido más de 200 páginas, la novela da un giro dramático para llevarnos fuera de Cartaghe a un paseo de más de 150 páginas por las entrañas oscuras de la justicia y de una cárcel de alta seguridad. Esta es la sección más estremecedora de la novela. El detalle casi fotográfico, y en momentos en cámara lentísima, nos sumerge en el terrible infierno carcelario para horrorizarnos con el aspecto más desagradable del ser humano. La descripción del lugar y los mecanismos de la pena capital en Florida son estremecedores. Este es un tour en las que disecciona las pútridas entrañas de justicia norteamericana, el desequilibrio social y psicológico de los delincuentes.
La novela está compuesta de tres grandes secciones. En la última empieza a cerrar todos los cabos para revelarnos como la tragedia tiene el efecto de una bomba expansiva que vulnera los lazos familiares provocando efectos devastadores, pero que al final hay un cierto sentido de redención, de perdón, de evolución, pero las cicatrices que ha dejado serán imborrables.
            Joyce Carol Oates es una de las más reconocidas escritoras y una de las más prolíficas. Su obra es sumamente voluminosa pues además de la narrativa ha escrito poesía, cuento, ensayo, teatro, libros para niños... Ha publicado alrededor de 58 novelas, muchas de ellas muy voluminosas, y más de 50 relatos, además novelas breves.
            Algunos analistas señalan que uno de sus defectos es que se extiende muchísimo, haciendo de pronto que su escritura sea farragosa. Yo difiero porque su estilo narrativo no cae en excesivas acotaciones descriptivas o en reflexiones filosófica o en retorcidas descripciones, aunque en este afán expansivo, propio de la novela, si hay momentos en que un lector como yo se siente agotado y con la necesidad de volver a la trama principal y saber qué está sucediendo con los otros personajes. En su defensa podemos decir que esta tendencia a extenderse tiene una virtud: permite la familiarización a fondo con los personajes, con el drama en que viven, con el espacio geográfico o histórico en el que se desenvuelven, con la psicología de los personajes, a veces no tan simple como el de Cressida, una muchacha con una inteligencia sobresaliente y un enorme talento para el dibujo, pero con un conflicto interno terrible. Y aunque sus padres o su hermana han tratado de entenderla, no lo logran y mucho menos sus amigos o sus compañeros de escuela.
            Cartaghe fue publicado por Carol Oates en el 2014, es decir, es reciente, y fiel a su estilo la novela tiene una extensión de 530 páginas que a pesar de que el estilo de Carlo Oates es muy visual, fluido, apasionante, es un reto esa enorme extensión.
            Aunque el drama de la novela es muy similar a los casos de desaparición en México, hay una enorme diferencia en cómo se ve un caso de este tipo en Estados Unidos. Y ese contraste nos revela la gravedad de las desapariciones en nuestro país.
            Es una gran novela de una gran escritora, aunque a pesar de su carácter expansivo deja algunos cabos sueltos que nos hubiera gustado que los desarrollara.
           

domingo, 28 de abril de 2019

LADRONA DE LIBROS


Jeremías Ramírez Vasillas

La versión cinematográfica de este libro me hizo recordar a uno de mis alumnos que cuando les pedí un resumen de un libro, me entregó un texto sin sentido. Lo que hizo el estudiante fue recortar oraciones y pegarlas una tras otras, sin ilación.
            En la adaptación fílmica de este libro es una selección de fragmentos del libro de modo que no se logra entender el porqué de ciertas acciones, hasta que leemos el libro y obtenemos los fragmentos narrativos ausentes en la película.
El inicio de la novela no me gustó. Me pareció interesante que el narrador fuese la muerte, pero el autor no logra darle consistencia. Hay muchos momentos en que no se siente, ni se oye como la muerte, sino que parece un narrador omnisciente, nada más. Sólo hace patente su presencia hacia el final, cuando las bombas caen implacables.
            Ladrona de libros no es una gran novela, quizá sólo un buen producto para el mercado, quizá por ello es atractiva, emotiva, y logra seducir con un personaje encantador que rescata el libro: Liesel Meminger, encanto sobrecargado que endulcora una de las etapas más oscuras del pueblo alemán: el odio, persecución y exterminio de los judíos, principalmente, pues le pone chispitas de chocolate a la tragedia exagerando las bondades Liesel y de su familia adoptiva. Y en momentos la narración se alarga sin necesidad e introduce, sin justificación, acciones inverosímiles. Y minimiza la barbarie y la crueldad de esa guerra en la ciudad ficticia de Molching. Es decir, hace una versión light de cómo vivieron la guerra los alemanes de a pie que no estaban de acuerdo con Hitler.
El autor tenía la oportunidad de hundir más las tenazas de la imaginación en esta tragedia, que ha sido un filón inagotable de libros, novelas, películas, dramas, poemas, testimonios, ensayos, sin que se haya podido agotar el tema, pero no lo hizo.
            A su favor podemos decir que pudo haber caído en la sensiblería, es decir, en una narración lacrimógena y melodramática de una niña arrancada de su madre y enviada a vivir con una familia adoptiva; adopción, se entiende, temporal, por motivos de la guerra, pues sus padres habían sido castigados por ser comunistas y les habían arrebatado a sus hijos, pero se contuvo el autor y eso se agradece.
            El arranque de la novela es muy dramático: Liesel y su madre biológica viajan en tren. La señora lleva a sus dos hijos para que sean acogidos por una familia de Munich, pero el niño muere en el camino y en un solitario campo nevado es depositado en tierra. Un joven enterrador un tanto descuidado se la cae su manual de enterrador, y Liesel lo recoge. Es el primer libro que “roba”, aunque más bien, recoge.
La familia que la acoge son los Hubermann conformado por una pareja singular de ancianos: Hans, un pintor de casas y acordeonista de fines de semana, hombre afable y paciente; y Rosa, una mujer huraña de agrio carácter, que se expresa con palabras ofensivas a diestra y siniestra. Ambos la consideran de inmediato como hija de la familia y le exigen que les diga: mamá y papá. Y en verdad, se convierten en muy buenos padres adoptivos. De la madre biológica no se sabe más.
            Cuando Lisel llega a Molching entabla una buena relación con Rudy Steiner, un niño que se enamora de ella, y se convierten en grandes amigos y ambos vivirán diversas aventuras: aguerridos juegos de futbol, robo de manzanas, dulces, libros o comida, competencias deportivas y enfrentamientos con los militares nazis, —enfrentamientos un tanto inocentes— y el robo de libros.
            La vida de Liesel transcurre en un ambiente de guerra latente, de odio a los judíos, de estupideces de las autoridades, de quema de libros, pero son estos objetos los que llega pronto a amar a pesar de que no sabe leer y es el noble Hans quien le enseñará a leer y pronto se convertirá en una gran lectora de manera sorprendente e inverosímil.
La familia Huberman pasa, en este periodo bélico, por muchas dificultades derivadas de la falta de empleo de Hans (razón por la que Rosa se dedica a lavar ajeno), y tienen que padecer escasez de alimentos y de muchas cosas indispensables. Pero todo esto se volverá más tenso, más riesgoso por la llegada a la casa de los Hubermann de un personaje singular que ellos no conocían: un joven judío, Max Vandenburg, que se ven obligados a darle refugio. Para protegerlo lo mantienen escondido en su sótano. Y viven atemorizados de ser descubiertos o que su conducta los delate. Sin embargo, poco a poco van acomodándose y superando el miedo y en poco tiempo logran recuperar un estilo de vida casi similar a la que tenían antes de la llegada de Max.
            ¿Pero quién es Max y por qué le dan refugio? Max es el hijo de un antiguo compañero de milicia de Hans quien, durante la I Guerra Mundial, lo salva de morir, pues un día, cuando deben salir a combate, el comandante pide un voluntario con buena letra. Esas tareas adicionales generalmente son desagradables y nadie quiere aceptar, pero el padre de Max le dice que su amigo Hans tiene buena letra (aunque no es verdad). De modo que Hans se queda y el pelotón sale a pelear y todos, ese día, caen en combate. Cuando las autoridades le envían a la familia del padre sus pertenencias, no le mandan el acordeón, sino que se lo dan a Hans. Cuando la guerra termina Hans va a entregar el acordeón, pero no lo aceptan: hay muchos acordeones en esa familia. Hans se compromete a ayudarlos en lo que sea. Nunca le cobran el favor hasta que Max llega una noche, hambriento, temblando de frío, a la casa de Hans.
            Cuando todo parece estar saliendo de maravilla, Hans comete un error: le da un mendrugo de pan a un judío cuyo grupo llevan hacia un campo de concentración. Los soldados nazis se enojan y lo reprenden, y es azotado. Hans cree va a ir a catear su casa. Y Max abandona la casa. Hans queda destrozado por no cumplir su promesa. Además, Max se ha vuelto entrañable para todos, especialmente para Lisa con quien ha entablado una estrecha amistad.
            Pronto los bombardeos harán más tensa y dramática la vida de los habitantes de Molching y en uno de esos bombardeos mueren casi todos. Lisa logra salvarse.
            Cabe señalar que la novela está escrita en diez partes, y cada parte tiene un título de un libro, libros que Liesel ha ido robando de la pila de libros que no lograron quemarse o de la biblioteca de la esposa del alcalde, libros que lee con Max, con Hans o que ella les lee a los atemorizados vecinos cuando se refugian en los sótanos habilitados como refugios antiaéreos.
            El libro tiene como un condimento adicional la fragmentación de la narración con pequeños sub capítulos y estos, a su vez, con pequeñas acotaciones explicativas de palabras o de personas o de hechos, que permiten que la lectura no se vuelva monótona y pesada.
            Si me dieran a escoger entre el libro y la película, me quedo con el libro por los pasajes entrañables y de intenso dramatismo.
            Este libro está de nuevo circulando en las librerías y en los centros de autoservicio, así que, si este breve comentario le motiva a leerlo, no se le dificultará conseguirlo.


domingo, 14 de abril de 2019

LA BIBLIA EN LA LITERATURA


Cuando le preguntó Mario Vargas Llosa a Jorge Luis Borges que “…si tuviera que pasar el resto de sus días en una isla desierta con cinco libros ¿cuáles elegiría?” Borges contestó: “…Bueno, yo creo que llevaría la Historia de la declinación y caída del Imperio Romano de Gibbon. No creo que llevaría ninguna novela sino más bien un libro de historia. […] Luego, me gustaría llevar algún libro que yo no comprendiera del todo para poder leerlo y releerlo, digamos la Introducción a la filosofía de las matemáticas de Russell o algún libro de Henri Poincaré. […] Luego, podría llevar un volumen cualquiera, elegido el azar de una enciclopedia […], algún volumen de Brockhaus o de Mayer o de la Enciclopedia Británica […] para el último, voy a hacer una trampa, voy a llevar un libro que es una biblioteca, es decir llevaría la Biblia.[1]
            Borges, como muchos escritores de su tiempo y de varios siglos antes que él, la Biblia era un libro importante. Hoy, por el contrario, hay un desprecio y un ninguneo como si fuera de idiotas leer la Biblia, por el motivo que sea, y más aún entre los escritores. Y se olvida la enorme riqueza que encierra la Biblia no sólo como ejemplo de literatura antigua, sino de literatura en general, lleno de historias que han marcado el imaginario con símbolos de uso común, como la historia de Jonás, los 10 mandamientos, el Sermón de la Montaña, las parábolas como la del Hijo pródigo, el hermoso poema amoroso El Cantar de los Cantares, el libro de Proverbios, gemas de sabiduría, o el de una muy actual profundidad filosófica como el Eclesiastés, sin contar con la historia de Jesús, contada a cuatro voces en los evangelios.
Y hay que subrayar que la Biblia ha tenido una enorme influencia en la literatura universal y en los más grandes escritores. En un libro emblemático de la literatura hispana, como El Quijote, se pueden encontrar una enorme cantidad de citas bíblicas.
El doctor Juan Antonio Monroy, estudioso del Quijote y gran conocedor de las Sagradas Escrituras, identifica en su libro La Biblia en el Quijote, 62 citas de 20 libros del Antiguo Testamento (el mayor número corresponden al Génesis y a los Salmos, con 10 en cada caso; Proverbios, 8 y 6 de Job) y de 21 libros del Nuevo Testamento: 31 del Evangelio según san Mateo, 16 de San Lucas, 13 de los Hechos de los Apóstoles y 11 del Evangelio según san Juan[2].
            En el blog “El castillo de Kafka”, en la entrada La Biblia y su repercusión literaria, encontramos un listado de obras y autores en los que la Biblia se ve reflejada, bien como referencia bien como tema. Nos dice el autor de este blog (cuyo nombre no aparece) que una de las obras más tempranas es Confesiones de San Agustín. En el Renacimiento identifica a la Divina Comedia de Dante. En la segunda mitad del siglo XVI, nos dice, aparecen los grandes poetas místicos como san Juan de la Cruz, quien escribe Cántico espiritual, y Fray Luis de León, quien tradujo al español el Cantar de los Cantares. En el Barroco, el teatro español pone en escena dramas litúrgicos para enseñar al pueblo sobre el nacimiento de Cristo y este teatro hizo de los temas religiosos un verdadero espectáculo de masas con los autos sacramentales, cuya culminación llegó con Calderón de la Barca. Y en México, con Sor Juana Inés de la Cruz tanto en su obra poética, como en sus ensayos en los que demuestra un profundo conocimiento bíblico, como en la famosa Respuesta a Sor Filotea de la Cruz.
En el siglo XVII “…las obras de inspiración bíblica más importantes son el largo poema épico El paraíso perdido de John Milton (1667) […] y la novela alegórica El progreso del peregrino (1678), del también inglés John Bunyan”.
En el Romanticismo, destaca a Fausto de Goethe (1808-1832), […] y dice que el poema Las tinieblas (Darkness) de Lord Byron, “es una alucinante recreación del fin del mundo con reminiscencias del Apocalipsis”.
En el siglo XIX la temática religiosa no es predominante en la novela realista de ese siglo pues, afirma, y sólo se toca de manera indirecta en Tolstoi y Dostoyevski. Cabe señalar que no estoy de acuerdo, sobre todo cuando afirma que “el cristianismo de Tolstoi era heterodoxo porque fue excomulgado por la Iglesia”. No comprende que fue excomulgado por normar sus actos directamente de las enseñanzas de la Biblia, lo cual no agradó a la iglesia ortodoxa griega, pero esa inquietud espiritual la refleja de una u otra forma en su manera de organizar a sus siervos, y en los temas que desarrolla en sus novelas, como en sus últimas novelas, en especial en Resurrección (1889), cuyo protagonista, nos dice, “‘resucita’ tras la lectura del Sermón de la montaña”.
Pero quizá el mayor escritor místico del siglo XIX fue sin duda Fedor Dostoyevski pues sus novelas, como dice el autor del blog, “…están marcadas por el sentimiento de culpa, el pecado y el remordimiento, como en Crimen y Castigo (1866)” o aún más prístinamente en la leyenda de “El gran Inquisidor” que aparece en el quinto capítulo del Libro V, de su voluminosa novela Los hermanos Karamazov (1880), en el que “el Inquisidor de Sevilla juzga al mismísimo Jesucristo en su segundo regreso y lo condena a morir en la hoguera”.
En el siglo XX, dice que en Franz Kafka hay una “…influencia del Libro de Job, en especial en sus novelas El proceso y La condena”.
Joseph Roth, por su parte, en el Romance de un hombre sencillo (1930), “actualiza la historia de Job contando la vida de un emigrante judío en EEUU a principios del siglo XX, que sufre constantes reveses en su vida”.
En El maestro y Margarita (1966) de Mijaíl Bulgákov, nos dice, podemos encontrar “…ecos del Fausto de Goethe pues relata la llegada a Moscú del Diablo y su estrambótica corte e intercala el encuentro entre Poncio Pilatos y Jesús”.
La influencia de la Biblia se deja notar también en algunos escritores del siglo XX aunque traten de subvertir el texto bíblico, como José Saramago en El evangelio según Jesucristo (1991) donde “reescribe la vida de Jesús con sencillez, sin milagros, dando voz y protagonismo a las mujeres, insistiendo en sus primeros años de vida y ofreciendo a menudo relecturas alternativas de algunos episodios de su vida”. La polémica que generó lo obligó a autoexiliarse en la isla de Lanzarote. En 2009 volvió a revisar la historia de Caín y Abel (Caín, 2009) en la que absuelve a Caín y culpa a Dios”.
Norman Mailer, nos dice el bloguero, en su novela El evangelio según el hijo (1998) hace un relato similar a El evangelio de Saramago.
J. M. Coetzee, el afamado escritor sudafricano, en su novela La infancia de Jesús (2013), “…utiliza los primeros años del nazareno —nos dice el bloguero— para establecer un paralelismo en clave simbólica con la vida de los protagonistas[3].
Con todo lo interesante que pueda resultar este texto digital, se queda sumamente corto. Hay muchas más obras en los que hay una influencia notable de la Biblia, como en Rey Jesús de Robert Graves y  Jesús el hijo del hombre, de Jalil Gibran Jalil que abordan la vida de Cristo; o a personajes bíblicos, como Barrabás de  Pär Lagerkvist o a lugares sagrados como Jerusalén de Selma Lagerloff, o a un personaje que proporciona un conflicto dramático como Absalón, Absalón, de Faulkner, o narran la influencia literal para hacer una crucifixión como en el cuento Evangelio Según San Marcos de Borges o en su poemas Lucas XXIII, en el que Borges centra su mirada en uno de los ladrones que fueron crucificado junto a Cristo, o el drama centrado en la Semana Santa como Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, entre muchas otras obras.
Reproduzco un par de párrafos del artículo La Biblia en la literatura hispanoamericana’: cinco siglos reescribiendo las Escrituras de Juan Carlos Rodríguez: “La presencia de la Biblia en la literatura hispanoamericana es una dimensión al mismo tiempo obvia y oculta, oculta y aun escamoteada’, señalan al unísono Daniel Attala y Geneviève Fabry, coordinadores de un extraordinario y riguroso ensayo colectivo que acaba de ver la luz, La Biblia en la literatura hispanoamericana. Nunca se había abordado, hasta ahora, tan sistemáticamente la presencia del Antiguo y Nuevo Testamento en más de cinco siglos de literatura transatlántica: desde Cristóbal Colón y los cronistas de Indias —Francisco de Vitoria, Juan Ginés de Sepúlveda, fray Bartolomé de Las Casas— hasta la áspera narrativa de los colombianos Gabriel García Márquez y Fernando Vallejo. ‘El universo textual e imaginario de la Biblia —proclaman— irriga amplia y profundamente la literatura del subcontinente. Es algo sabido. Ninguna diferencia, en este sentido, con la literatura española o europea en general’. Lo que le distancia es la negación, el empeño de la crítica académica en esconder y restar valor a la presencia de las Escrituras en la literatura ampliamente entendida: desde la novela y el relato a la poesía, el teatro, la crónica y hasta el ensayo”[4].
Concluyo este largo artículo comentando el libro La Biblia en el pensamiento Hispanoamericano[5], de Luis D. Salem (escritor colombiano radicado en México) un libro que seguramente desconocido por los estudiosos de la literatura, pero que hace un análisis de la influencia de la Biblia en veinte escritores hispanos y latinoamericanos, entre los que destacan Ricardo Rojas, Alonso de Ercilla, Juan Montalvo, León Felipe, Amado Nervo, Rubén Darío, José Santos Chocano, José Enrique Rodó, entre los más importantes.
En fin, como dice Juan Carlos Rodríguez, citando a los investigadores Daniel Attala y Geneviève Fabry, en otra parte del artículo mencionado: “No se trata de examinar la literatura como un ‘lugar teológico’, sino constatar cómo, pese a “la secularización creciente” de la cultura, ‘la huella bíblica es omnipresente en los textos literarios, filosóficos, morales e incluso políticos’”.
Queda pues mucho por analizar y ponderar el valor literario, moral y religioso de un libro que ha jugado un rol importante no sólo en la literatura sino en la configuración de una serie de valores importantes en la sociedad y que se han ido diluyendo, en gran parte, por la ausencia de lectura de este libro.




[1] https://www.milenio.com/opinion/fernanda-de-la-torre/neteando-con-fernanda/libros-borges-vargas-llosa-isla-desierta
[2] Esta información la publica el periodista mexicano Juan Antonio García Villa, en un artículo periodístico titulado La Biblia en el Quijote. https://vanguardia.com.mx/articulo/la-biblia-en-el-quijote
[3] https://elcastillodekafka.wordpress.com/2012/09/27/la-biblia-y-su-repercusion-literaria/
[4] En el nº 2.986 de Vida Nueva. https://www.vidanuevadigital.com/2016/04/29/la-biblia-en-la-literatura-hispanoamericana-cinco-siglos-reescribiendo-la-escritura/
[5] Este libro fue publicado por la editorial bautista Casa Unida de Publicaciones, en 1970.

EL GARABATO: Vicente Leñero

Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...