sábado, 30 de abril de 2016

LA BENDICIÓN DE LA TIERRA Han Hamsun, 1920

--> Supe de Han Hamsun, uno de los más famosos escritores noruegos, por el maestro Alejandro Toledo que me recomendó Hambre, su primer novela, y la que lo lanzó al éxito. Buscando esta novela una amiga, que me ayudaba localizarlo, encontró La bendición de la tierra. Cuando me la entregó ya había conseguido, en la Colección Sepan cuántos…, Hambre y en cuyo tomo también incluía Pan.
            Intenté leer primero Hambre pero su narración en primera persona de manera errática pues narra los frecuentes giros de rumbo del pensamiento del personaje, no me atrapó y las tres novelas se fueron a dormir al estante.
            Leyendo la novela Gog de Giovanni Papini, cuenta que su personaje tiene un encuentro con Hansum ya viejo que vive recluido en una isla alejado de fans y periodistas, a quienes repele como la peste. Y su plática me encantó y me motivó a desempolvar las novelas. Cuando empezaba a leer Hambre, advertí por qué lo había dejado de leer, y abrí La bendición de la tierra y me atrapó de inmediato la historia de ese hombre que camina por un paraje solitario aunque considerando que se trata de Noruega me imaginé unos bosques maravilloso, sugeridos por la canción de los Beatles Bosque noruego, y comprobado en el internet y quien de pronto se detiene en uno de esos parajes, al pie de un bosque y cerca de un lecho pantanoso y un lago, donde decide empezar a construir su hogar. Es decir, a echar raíces en una tierra fértil y prometedora.
            Hamsun no nos dice de dónde viene este hombre, pero si va poco dejándonos ver hacia dónde va y como trabaja ardorosamente por construir su hogar luchando amorosa y responsablemente con el medio ambiente para que este lugar le de todo lo que necesita.
            Es decir, la novela nos habla de Isak, un hombre que echa raíces, crece y se ramifica, y de otro, su hijo, Eliseo, a quien le cortan las raíces llevándoselo un tiempo a la ciudad, y sucumbir ante los encantos de la vida holgada y orgullosa y vacua de la urbe y con ello pierde un suelo sólido para crecer, llevado cual barcaza por los vientos de un puñado de sueños disparatados.
            La novela es encantadora y a lo largo de 346 páginas nos va mostrando cuál es la esencia de la vida: el trabajo y el respeto al medio ambiente, a la tierra, al bosque, a su familia, y en tener una idea clara de la vida y luchar por ella, nada de sueños disparatados.
            Esto me hizo recordar lo que ya es un lugar común: lucha por tus sueños, nos dicen hasta el hartazgo, como si cualquier sueño fuese bueno y luchar por él lo mejor, pero sin considerar de que hay de sueños a sueños.
            El sueño del Quijote, llegado a él por las lecturas, fue la justicia. El sueño de Madam Bovary, también sacada de la lectura, fue el gozar de una experiencia amorosa tal como la pintaban los libros románticos.
            Aunque el Quijote nunca logra su cometido, su sueño, su visión sí. El Quijote es una libro inspirador en el que nos dice que la ficción es un tan necesario para el hombre, como el pan.
            Pero a Madam Bovary su sueño la lleva a la ruina y a su muerte vergonzosa y  terrible.
            Lo que no nos dicen los predicadores de los sueños es que hay de sueños a sueños. Los sueños egoístas y disparatados son absurdos y dañinos. Los sueños de justicia, solidaridad, bienestar de los demás, aunque no se alcancen, dejan un impacto positivo.
            De Isak no nos dice Hamsun si tiene sueños. Tiene un propósito: crear un hogar. Y primero empieza a labrar la tierra y a construir una cabaña. Luego, a conseguirse una mujer que se sume a su propósito: trabajar duro para esperar una buena cosecha. Consigue a una mujer con labio leporino, nada atractiva, pero noble y trabajadora. Y ellos dos, poco a poco, van creando un lugar lleno de abundancia a partir de un trabajo incansable.
            Mientras que el hijo, que sueña con ser un ser distinguido, importante, admirado, nunca lo logra y se pierde en sus propios sueños.
            Al final, un viejo amigo y benefactor de Isak, le dice a su otro hijo, a Sivert, que Noruega no requiere de grandes minas, de minerales, de otro o plata, sino de trabajo: el secreto del éxito y de la prosperidad  está en el trabajo, ese trabajo comprometido, paciente, incansable, amoroso, generoso, particularmente con la tierra.
            Acabo de leer el resurgimiento de Detroit a partir de regresar a lo básico, al cultivo del suelo, a la agricultura, al cultivo de huertos, que le está permitiendo la cohesión social y el resurgimiento económico de una ciudad muerta y desahuciada. Quizá debiésemos regresar a la agricultura, todos, habitantes del campo y la ciudad.
            La novela termina con una imagen apacible. Nada de tremendismos dramáticos, ni muertes o triunfos, sino después de habernos contado su trayectoria, sus dificultades, sus temores, sus amenazas, los suelta en un campo que ya es próspero para que sigan su vida sin la intromisión de su autor.
            Esta novela la publicó Hamsun en 1920 junto a otras dos, justo en el año en que le otorgaron el Premio Nobel de Literatura.

domingo, 27 de marzo de 2016

TEA BAG Henning Mankell

Me molesta enormemente las críticas autoritarias como las que se leen en los blogs donde se reseña este libro. Quizá como yo no tengo una formación académica en letras, me hace sentirme no más que un simple lector que escribe candorosamente lo que le gusta o no.

Esta novela no sólo me gustó mucho sino que además me hizo sufrir y sentirme miserable. Me imbuí tanto en la historia de esas mujeres inmigrantes que coinciden en Suecia en donde como fantasmas discurren en una ciudad donde nadie las ve, nadie las siente, ventaja que aprovechan para evitar ser expulsadas.

Pero lo que más me hizo sufrir fue ese sentido de incertidumbre --que se respira en toda la novela-- en que vive el poeta Jesper Humlin, un pobre hombre esclavizado por su editor que lo trata de obligar de mala manera que escriba una novela policiaca, por su madre que lo chantajea, lo mismo que su manipuladora novia, por su agente de bolsa que le desaparece su dinero en pésimas inversiones, pero además, temeroso a la crítica, se vuelve vulnerable a muchas circunstancias, como con esas mujeres inmigrantes que quieren que las enseñe a escribir.

Atrapado en esas circunstancias, cada paso que da es angustiante. La novela es totalmente impredecible, como si la trama estuviera sujeta a un caprichoso devenir, de modo que cada página es una aventura llena de suspenso.

Yo no sé si es policiaca o no. Yo creo que no, porque no hay policías investigando, a pesar de que los personajes son unos out of law, que viven a salto de mata, durmiendo en casas vacías cuyos dueños andan de viaje, y subsistiendo de microrrobos.

La novela alcanza una estatura humana estremecedora al irnos contando las historias inverosímiles de esas tres mujeres, entre ellas una Nigeriana que se hace llamar "Bolsa de te" (The Bag) que trae una mono fantasma como ángel guardián.

Creo que la estrategia narrativa que escogió Mankell hace mucho más visible el drama de estos seres fantasmales que han puesto a temblar a Europa: los inmigrantes.

Buena novela, cautivante, que logra mover las emociones. Lástima que Mankell ya murió, pero aún me queda el consuelo que no he leído la mayor parte de sus obras. De la serie Wallander sólo he leido la primera, así que me quedan muchas horas de disfrute.

Saludos.

lunes, 31 de agosto de 2015

EL PEZ DE ABRIL


Mavis Gallant


Como nací el primer día de abril me pusieron Abril de nombre de pila. Aquí en Suiza se pronuncia Afril, con lo que suena más como algún tipo de medicamento que como un mes de la primavera. “Tomad una buena dosis de Afril”, puedo imaginar diciendo al doctor Ehrmann a cada uno de los niños. Hoy empieza mi abril número cincuenta y uno. Me he despertado temprano y me he bebido el té a sorbos, con mucho cuidado de no molestar a los perros que dormían a los pies de la cama, sobre su propia manta de la Cruz Roja. Sigo teniendo pesadillas, pero ha cambiado el tipo de horror. En el sueño del ahorcamiento ya no soy la víctima. Cuelgan a otro. Anoche, en un sueño desgarrador, se ahogaba uno de mis propios hijos adoptivos, allí mismo, tras la ventana, en el lago de Ginebra. Yo deambulaba corriendo por la hierba, entre los cisnes. Sentía el rocío bajo mis pies desnudos, el dobladillo de mi camisón de terciopelo estaba cubierto con él. Podía ver los juguetes de los niños claramente: el tanque en miniatura que Igor siempre había querido, y algo rojo, puede que un cubo y una pala. Se me soltó el pelo y me caía por la espalda. Era caoba como el color de las hojas, como solía ser antes. Creo que salvé a Igor, es un recuerdo difuso. Me sentía eficiente y segura de haberlo conseguido.
      Al sentarme en la cama, haciendo balance de los progresos que he hecho en la vida como si mis propios sueños lo hicieran por mí, intentando que la visión de la lluvia cayendo en arroyuelos desde el tejado no me afectara –no era la lluvia lo que me deprimía sino la sensación de no poder confiar en nadie, absolutamente nadie, para que se subiera al tejado y limpiara la maleza y los hierbajos que habían enraizado y obstruían la canaleta-, los niños entraron en tropel. Estaban los tres en casa por las vacaciones de Pascua: Igor, con sus ojillos de ladrón, el mulato que jamás dice maman en público porque le da vergüenza, y Ulrich, cuyo padre era un famoso jurista y cuya madre era una chica bellísima y brillante, pero que jamás llegará a ser más que otro suizo anodino. Allí estaban todos, a los pies de la cama, todos ellos abandonados por unos padres indolentes, tirados como botones que se sueltan y recogidos por una mujer a la que llaman maman.
      Bon anniversaire, dijo Igor, que tiene ya el aspecto de un empleado cualquiera de correos de Moscú, los otros dos le siguieron mascullando de modo incomprensible, como si recitaran el responso en la iglesia. Me trajeron un regalo, un pez de abril, pero no de los de chocolate. Era un pez de esos de cristal de los que todo el mundo compra en Venecia, de unos cincuenta centímetros de largo, transparente y con tonos verdes, el verde de las hojas de geranio, con rayas blancas como de tiza que van de la cabeza a la cola. Estos niños han vivido conmigo desde la infancia, pero su gusto es el de su piel, el de sus corazones, el de las uñas de sus manos. La pesadilla que ahora debería estar teniendo es una proyección hacia el futuro, una visión de las chicas con las que se casarán y de las casas que tendrán, con sus mesitas de cristal para el café y sus peces de cristal veneciano encima de la televisión, a no ser que la efigie de un olivo amorfo se haya apropiado ya de ese espacio.
      Igor se adelantó y puso el pez en la mesa que había junto a mí con sumo cuidado, y como no se le ocurría otra cosa que decir empezó otra vez con lo de Bon anniversaire, maman. No tenían nada que decirme en absoluto. Los perros habían ensuciado la alfombra, así que la habían retirado para limpiarla y ellos allí restregando los pies contra el suelo rayándome el piso.
      —¿Qué van a hacer hoy? –les dije.
      —Jugar —me contestó Robert tras el silencio.
      En ese momento irrumpió el concierto matinal desde la radio que había junto a mí y me lancé a la búsqueda de algo, una apreciación, que sus ojos mostraran alguna reacción ante la música, pero ellos ya habían empezado a empujarse unos a otros y a reír, y yo sabía que esa música pronto se vería apagada por un nuevo coro que esta vez vendría de mí: “No lo toquen. No molesten a los perros”, todo ello en negativo, y tan malo para ellos como para mí misma. Apagué la música y les dije:
      —Vengan a ver el regalo de cumpleaños que me ha llegado esta mañana por correo. Es un regalo de mi hermano, su tío —me puse los lentes para leer y desplegué la preciosa carta sobre la cama—. Es una carta original escrita por Sigmund Freud. Era un médico famoso y está escrita de su puño y letra. Ahora les enseñaré a interpretar los signos que hay en las cartas. El papel en el que está escrita es feo y barato, eso lo pueden ver todos, ¿verdad?, lo cual significa que era un tacaño, o que era pobre, o que no tenía pretensiones estéticas, o que no le daba importancia a los asuntos mundanos. Estos bucles largos y puntiagudos denotan una fuerte conciencia de los valores espirituales y la inclinación de las líneas una naturaleza pesimista. El margen se ensancha al final de la página, como en el manuscrito de Keats de “Oda a un ruiseñor”. ¿Recuerdan que les enseñé una fotografía? ¿Quién se acuerda? ¿Ulrich? Muy bien, Ulrico. Significa que el doctor era el mismo tipo de persona que Keats. Keats era un poeta, pero ya está muerto. Siento decir que su firma revela presunción. Pero se trataba de un gran hombre, hacía bien en estar seguro de sí mismo.
      —¿Qué dice la carta? —dijo Igor finalmente.
      —La carta no está dirigida a mí. Es una carta antigua, ¿ven la fecha? La enviaron treinta años antes de que cualquiera de ustedes naciera. Probablemente iba dirigida a un colega, miren, aquí donde señalo. A otro médico. Es probable que se trate de una opinión sobre un paciente.
      —¿No puedes leer lo que dice? —dijo Igor.
      Intenté pensar en una respuesta constructiva, porque “No sé leer alemán” era demasiado vago:
      —Algún día tú, Robert, e incluso tú, Ulrich, podréis leer alemán, y entonces leerán la carta y todos sabremos qué era lo que el doctor Freud le decía a su colega. Yo aprendería alemán —continué— si tuviera más tiempo.
      Como prueba del poco tiempo que tengo ocurrieron tres cosas a la vez: mi abogado, que sólo se pone en contacto conmigo cuando tiene malas noticias, llamó desde Lausana, Maria-Gabriella entró a retirar la bandeja del desayuno, y los perros, al despertarse, empezaron a ladrar. Parece que el ruido excesivo me afecta a la visión. La habitación se convirtió en una masa borrosa y unidimensional. Le hice señas a Maria-Gabriella discretamente, porque jamás querría que los niños se sintieran rechazados o que sobran, de manera que ella lo entendió al instante y se los llevó lejos de mí. Entonces los perros dejaron de ladrar, todos menos la pobre Sarah, vieja y ciega, que siguió advirtiendo infatigablemente de ese ladrón que había en una habitación a oscuras de su propia invención. Entre tanto maître Gossart me decía desde Lausana que no iba a poder quedarme con ninguna de las niñas de Vietnam. Ninguna de ellas podrá ser adoptada cuando se curen de sus quemaduras, tendrán que volver a Vietnam. Esa fue la condición para que vinieran. Estuvo dando rodeos para contarme esto hasta que le corté de golpe con: “Entonces, ¿no voy a poder quedarme con ninguna de las quemadas?”, y como no paraba de mascullar cosas le dije: “Maître, este es un maldito país asqueroso y sucio, y si no fuera por los impuestos hacía las maletas ahora mismo y me iba. Pero esos impuestos hacen que no tenga libertad. Me obligan a quedarme en Suiza”.
      Maria-Gabriella me encontró tirada entre cojines, llorando a mares. Cuando estiró el brazo para retirar la bandeja me entraron ganas de decirle: “Tira al suelo el pez ese antes de irte, ¿quieres?”. Pero eso a ella le habría causado una conmoción, y los niños se habrían quedado de una pieza si hubieran llegado a enterarse. De hecho, Maria-Gabriella se paró a admirar el pez y dijo: “Deben llevar semanas guardándose el dinero para sus gastos”. Entonces me vino a la cabeza que poisson d’Avril significa “broma”, gastarle una broma a alguien el día de los Inocentes. No, este pez no es una broma. Para empezar, ninguno de ellos tiene tanta imaginación, aparte de que el pez ese es demasiado caro, además, jamás se habrían atrevido. A decir verdad, yo a ellos no les quiero. Ni tampoco quiero la carta de Freud. Lo único que yo quería era esa pequeña vietnamita. Sí, lo que en realidad quiero es una niña de modales refinados; la he querido toda la vida pero nadie va a darme una.

sábado, 2 de mayo de 2015

LA OCTAVA PLAGA



Jeremías Ramírez Vasillas

Después muchos años de dominio humano, los insectos se alían para recobrar lo que —dicen— siempre ha sido de ellos: el planeta. Y para lograr derrotar a los humanos, van tomando posesión de ellos, como si fueran espíritus malignos. El cuerpo invadido empieza de pronto a comportarse como insecto: algunos son como hormigas, otro como termitas y se comen el papel, o como arañas… Y investidos como insectos van cometiendo crímenes terribles. La meta es lograr derrotar a los humanos… con los humanos.
            La idea es interesante y si estuviera bien desarrollada, con inteligencia y bien narrada, estaríamos ante una gran novela negra, de ciencia ficción y horror, pero en el caso de La octava plaga, de Bernardo Esquinca, no sucede así. Tal parece que la ciencia ficción aún no arraiga en nuestro país. Del género policiaco ya hay ejemplos memorables como El complot mongol.
            El personaje principal de esta novela es un desencantado periodista que cuando se cierra la sección de cultura donde trabaja es introducido, sin desearlo él, a cubrir la nota roja, Es el único de la sección de cultura que no lo despiden, aunque no se nos explica por qué.
            El enigma principal, y problema a resolver, son una serie de asesinatos en moteles en los cuáles empiezan a aparecer hombres atados a la cama con la cabeza cercenada. Se cree que es una prostituta asesina.
            Me gustó el inicio de la novela: un entomólogo descubre a un insecto inclasificable, aunque no nos muestra ni explica porqué no es posible clasificarlo. Eso hubiera consolidado el argumento que va a desarrollar.
            Pese a que el autor se documentó más o menos bien, su interés por jugar con el realismo a pesar de que el relato es mueva hacia lo fantástico, hace que la novela sufra en varios momentos con la verosimilitud. Por ejemplo, nos dice que los humanos se comportan como insectos, pero no vemos si en esta conducta hay un transformación de cuerpo, como en el caso de La metamorfosis de Kafka. Y a pesar de que son varios personajes que sufren la posesión de los insectos, no logra el autor que los sintamos definidos.
            Por otro lado, otra falla de verosimilitud es el oficio de su personaje, Casasola, de quien nunca vemos sus virtudes en el uso de la pluma o el por qué lo trasladan a otra sección del periódico. Pudo mostrarnos, tal vez, su habilidad para la investigación o su gusto por la nota roja o la literatura policial, pero nada. En toda la novela apenas si garrapatea una mala nota. Al parecer el autor no conoce el oficio periodístico (aunque leyendo su biografía dice que es periodista), de ahí que se sienta falso al personaje y más aún que tras su encuentro infortunado con un mujer-insecto que secuestró a su ex mujer, pague su asistencia médica y hospitalaria y, además, que se afiance en su trabajo. Pero no sólo eso: a pesar de no demostrar ninguna habilidad periodística, al final lo contrata otro medio dedicado especialmente a la nota roja, sin darnos razón alguna del por qué.
            Además hay personajes sacados de la nada, subtramas que no confluyen a un mismo punto terminal, y giros dramáticos no generados por la necesidad. En fin, un escritor más que se da de baja de mi estima. Lástima, era muy prometedor su inicio.


lunes, 13 de abril de 2015

EL LADO NEGATIVO DE LA VIDA


In memoriam de Eduardo Galeano

Charles Bukoswki decía que "el optimismo es algo nauseabundo"(1). Nunca había leído una declaración tan tajante como esta. Invadidos por la pseudocultura de la superación personal y cierto misticismo oriental de ver y declarar sólo lo positivo de la vida, se vuelve de pronto tan desagradable, tan, como decía Bukoswki, nauseabundo.

Incluso nos instan a que veamos sólo los logros, lo bueno, lo blanco, lo luminoso... Está bien, pero al negarnos a considerar el lado opuesto caemos en una especie de ceguera enfermiza que en nada ayuda.

Eduardo Galeano, por cierto --esto descubrí al escuchar la entrevista que Carmen Aristegui le hizo hace algún tiempo y que hoy se transmitió en CNN-- era un gran pesimista, un especialista minucioso de ese lado negativo de la realidad (sin que esto le cegara la visión de las cosas maravillosas de la cultura en general, particularmente de la latinoamericana, como lo consigna poéticamente en los 3 tomos de Memoria del Fuego), y tan explícito que nos permitió tomar conciencia de muchas desgracias que pesa sobre los latinoamericanos. Su obra más contundente al respecto Las venas abiertas de América Latina, es una radiografía feroz de esa sangre que mana de siglos de injusticias. Pero gracias a esa visión (de él y de otros) ha crecido en muchos sectores y el enorme deseo por la justicia. Tanto organizaciones sociales como activistas, deben en mucho de su talante a estos libros que no se detuvieron a ver el lado bonito de la vida.

Precisamente, la búsqueda de un mundo mejor parte de ver este lado (sin edulcorantes) terrible y atroz que nos despierta la sed y el hambre de justicia, como dice el Evangelio.

Hoy se ha ido, pero su visión y sus libros seguirán siendo luz para muchas generaciones que no se conforman con ver el lado rosita de la vida, y buscan que las condiciones de miseria de muchos cambie, aunque parezca esta lucha una quijotada, es decir, una quimera irrealizable.



1) Frase citada por Isaac Mendoza Vazquez, en su artículo "Charles Bukowski: sangre sobre el verso", en la revista La Jornada Semanal, No. 252, 10 de abril de 1994, p. 5. 



sábado, 5 de julio de 2014

EFRÉN HERNANDEZ Y EL CINE

Por Jeremías Ramírez Vasillas

Prácticamente no hubo escritor en el siglo XX  que se haya resistido a los encantos del cine. Algunos fueron críticos (Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Cabrera Infante), otros argumentistas o guionistas (José Revueltas, Juan de Cabada, Mauricio Magdaleno, García Márquez, José Agustín) y otros, incluso, directores de cine como Guillermo Arriaga (The Burning Plain, 2008) o el norteamericano Paul Auster (Smoke,).
            Efrén Hernández no fue la excepción. Si su literatura es prácticamente desconocida (pocos, creo yo, han leído su obra) su incursión en el cine o en el teatro son francamente insospechadas. Cuando revisaba el segundo tomo de sus Obras Completas (FCE, 2012) fue una sorpresa encontrarme en la sección denominada “teatro” con un guión de largometraje: Dicha y desdichas de Nicocles Méndez. Tragiburledia cinematográfica.
            Dice Alejandro Toledo, prologuista de esta edición de las Obras completas de Hernández, que es “un libreto fílmico escrito o concebido a ocho manos por Dolores Castro, Rosario Castellanos, Marco Antonio Millán y Efrén Hernández”. Agrega Toledo que este guión “Al parecer fue un encargo de Andrés Serra Rojas, que dirigía el Banco Cinematográfico, quien propuso a Efrén trabajar un guión para el comediante Mario Moreno Cantinflas”.
            Este guión debió escribirlo a finales de los cuarenta, cuando Cantinflas era ya una celebridad, cuya fama había empezado al menos diez años antes cuando figuró tres notables películas: ¡Así es mi tierra! (1937), Águila o sol (1937) y El signo de la muerte (1938), y ya había realizado su obra maestra, Ahí está el detalle (1940). Para 1948 ya había actuado en 20 películas.
            Por qué le pidieron a Efrén este trabajo si no tenía experiencia cinematográfica, no se sabe, pero al parecer había gran expectativa sobre esta obra pues hasta apareció una nota periodística que calificaba este trabajo como “obra cumbre para Cantinflas”. Dice la nota: “Los cuatro [se refiere a Dolores Castro, Rosario Castellanos, Marco Antonio Millán y el propio Efrén Hernández], por su lado, idearon situaciones de fina comicidad y luego se reunieron para comunicarse lo que habían elaborado. Para esto ya Efrén había construido la base, la columna dorsal del asunto: la vida de un hombre provinciano muy ingenioso, que poco a poco se va abriendo paso, en diferentes actividades, hasta llegar a triunfar en lo que es su vocación. El teatro. En cierto modo es la biografía del propio Mario. Muchos hechos verídicos de su vida están recogidos ahí”.
            También, en cierto modo, es la biografía del propio Efrén, dice Toledo, pues esa era una constante en su obra, el alto sentido autobiográfico. Y agrega Toledo que Efrén “encontró en el comediante una suerte de alter ego, por el retrato de un provinciano algo pícaro e incluso por la mezcolanza caricaturesca del habla popular con una lengua pretendida (en un caso) o auténticamente culta o literaria (en el otro), que caracterizó a ambos en las diferentes esferas donde se movieron”.
            Cuando me tropecé con este trabajo fílmico me saltaron de inmediato las acotaciones técnicas del guión. Esto me llamó la atención no sólo por mi experiencia fílmica sino además por el desconocimiento absoluto que tenía de Efrén Hernández en el cine. Leí, por ejemplo, en una de la cabezas de la primer secuencia: “ACERCAMIENTO PROGRESIVO / (CÁMARA EN GRÚA DESCENDIENTE OBLICUA). Correlativa a la progresión del acercamiento, y a partir de cierto punto, empieza a entrar, y va creciendo en sonoridad la voz de un pregonero.
            Si bien no tenía experiencia en la creación fílmica en cualquiera de sus especialidades, sabemos que tuvo un acercamiento con este arte (no sé si antes o después de escribir este guión, pero me inclino a creer que fue antes), según relata su hija Valentina Hernández, quien dice que “fue supervisor en cinematografía (censor de películas). En este trabajo  —agrega Valentina— también viajó bastante, pues tenía que estar presente en el rodaje de las películas en la locación que les tocara. Esto le divertía, pues se relacionó con un medio interesante y que le era totalmente desconocido. A su regreso de estas salidas, nos contaba anécdotas sumamente divertidas. Como la vez que estuvieron filmando  en la selva de Yucatán, unos moscos ponzoñosos le picaron en la manos, y la mesera de una fonda de por allá le preguntó asombrada:
            —Ay, señor, ¿qué le pasó a usted en las manos que las tiene tan hinchadas?
            Mi padre, muy serio y viéndoselas con ternura le contestó:
            —Es que van a tener manitas.”[1]

            Esta experiencia seguramente le dio visión para abordar el guión, aunque tuvo que complementar su conocimiento por medio de la investigación y del estudio. Dice la nota periodística que se reproduce en la introducción de este II volumen de sus Obras Completas (cuya fuente no indica): “Efrén, que no había escrito nunca para el cine y que no es un técnico en este arte, elaboró el argumento con una intuición sorprendente. Consultando libros especializados y haciendo rendir un jugo inusitado a sus experiencias de espectador cinematográfico, está por terminar, no sólo el asunto, sino también el script (hoy se le llama a este documento shooting script o guión técnico, es decir, es donde ya van indicaciones específicas de tamaño de encuadre, movimientos de cámara, etc.), el guión. Y su perfección es tal según personas competentes y autorizadas para juzgar que al director de la cinta ya no le costará trabajo realizarla. Todo está previsto, está en su lugar”.
            Y ¿qué sucedió con este trabajo? Pues nunca se filmó. Dice Alejandro Toledo: “No sabemos si el mejor guión que Cantinflas iba a tener en sus manos llegó alguna vez a ellas”. Ante la imposibilidad de que se filmara la película (nos hace falta una investigación sobre el por qué no se realizó, qué sucedió, a quién le llevó el guión, cuáles fueron las razones del rechazo), Efrén Hernández la publicó en la revista América (no. 65, abril de 1951) como obra colectiva, en cuyos créditos iban los nombres de los escritores que colaboraron en la confección del argumento. Pero “seis años después Efrén lo presentó bajo su nombre, según consta en un certificado de registro del libreto del 28 de enero de 1957 que firma Luis Echeverría, abogado, como oficial mayor de la Secretaría de Educación Pública”.
            Esta decisión de Efrén genera dudas de sus propósitos de registrarla sólo a su nombre, a un año antes de su muerte. Escribe Toledo: “Dolores Castro opina que en cuanto a ella y a Rosario Castellanos la invitación a participar en ese proyecto fue un acto de generosidad con dos jóvenes que se iniciaban en el mundo de las letras; generosidad también respecto de Millán, que era su mejor amigo. Sin embargo,  considera que el guión puede acreditarse casi enteramente a Efrén Hernández”.[2]
            Ahora es difícil que alguien se interese en filmarlo: el tono, los personajes, el medio que retrata, es de un México que ya no existe salvo quizá en pequeños poblados alejados de las ciudades. Y su humorismo, exigiría la complicidad de un público que ahora tampoco existe pues requieren de una legibilidad audiovisual prácticamente de analfabetas.
            Y aunque no haya sido su propósito,  es posible disfrutar de esta obra en su forma escrita, literaria; y les aseguro que se van a encontrar con una obra realmente sabrosa —como diría don Quijote, con un personaje memorable que, aunque haya sido escrito para Cantinflas, no puedo imaginármelo diciendo estos parlamentos.

Efrén Hernández, ¿crítico de cine?

Prácticamente no hay nada que me haga suponer que haya ejercido la crítica, pues no he localizado en mi búsqueda en el internet nada al respecto, salvo, en la recopilación de sus Obras Completas, donde consignan en la bibliografía dos artículos periodísticos. Uno titulado Vindicación del argumentista y el otro El mal cine hace campo al buen teatro, ambos de septiembre de 1950 y publicados en el Suplemento Cinematográfico de la revista América. En este libro sólo se publica el segundo artículo, donde vaticina dos hechos hoy harto conocidos: la omnipresencia del cine en el consumo de historias en la gente desplazando otras formas narrativas y la crisis que se avecinaba en cine nacional.
            Dice Efrén: “Quienquiera que se lo proponga puede, con la mayor facilidad, ir encontrando múltiples razones con que explicarse el hecho consistente en que desde el advenimiento, ya por ahora reciente sólo relativamente, el cine comenzará a apoderarse en progresión creciente del favor de los públicos, con visible e irreparable detrimento del milenario y ranciamente ennoblecido espectáculo de teatro”.
            “El creciente favor de los público”, vaticina Efrén, y hoy podemos verlo como un hecho incuestionable, palpable, a veces, triste. El cine hoy por hoy es el vehículo principal escénico en el gusto del público, moviendo con su atractivo un público compuesto por millones de espectadores, suma inalcanzable para el teatro.
            Respecto del segundo tema escribe: “Hace un año (se refiere a 1949) todavía hubiera parecido de poco fundamento la aventura de alguna conjetura; pero para ahora ya no lo parece tanto. La cosa es cada vez más clara: amen de que literalmente estamos ascendiendo hacia la madurez, no hay duda de que la gente ya empieza a encontrar intolerable, y a cansarse de la desvergüenza, y de la falta notable de dignidad, y de la absoluta ausencia de sustancia  humana en la producción de nuestro cine”, características del cine de consumo masivo.
            Como todo negocio, se usa y abusa de la fórmula redituable hasta el hartazgo sin que sus productores se den cuenta, engolosinados con su éxito. Y tal parece que en ese tiempo la realidad les daba la razón pues todavía el cine (pese a que ya había concluido la II Guerra Mundial, razón de que Estados Unidos le dejará en sus manos el mercado latinoamericano) vendrían algunos años más de éxitos, como lo reflejan el número de producciones que en el año de 1954 alcanzara la cifra récord de 118 películas[3]. Pese a ello, el cine mexicano empezaba a entrar en una crisis espoleada por el regreso del cine norteamericano de la cual nunca más hemos podido salir.
             “A finales de los años 1950, una vez que Hollywood se vio desatado de sus compromisos como máquina propagandística, la industria mexicana comenzó a vivir serias dificultades y, aunque se continuaron haciendo películas de interés, su número y su calidad disminuyeron considerablemente”.[4]
            Este artículo, es importante señalar, Efrén Hernández no pretendía hacer un análisis del fenómeno fílmico y su crisis inminente, sino de, ante la pobreza del cine nacional, alertar al deprimido teatro nacional, a que aprovechara este vacío para resurgir y volver a brillar en le gusto del público mexicano. No sé si alguien oyó a Efrén Hernández, pero este artículo señala el fino olfato de este hombre para otear el rumbo de vientos en el arte.






[1] Tramoya. Cuaderno de teatro, num. 23, enero-marzo de 1982, Universidad Veracruzana.
[2] Todas las notas de Alejandro Toledo han sido tomadas del Prólogo de Efrén Hernández, Obras completas II, FCE, México, 2012.
[3] García Riera, Emilio, Historia del cine mexicano, SEP, 1985, p. 194
[4] http://es.wikipedia.org/wiki/Cine_mexicano

jueves, 17 de abril de 2014

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, SU MUERTE


Es una pena la muerte de cualquier persona, principalmente la de quien su obra fue benefactora para alguien. Los escritores lo son para los lectores, es decir, para aquellos para quienes leer es una forma de vida, no un mero pasatiempo o un motivo para presumir la intelectualidad de la que se carece. Sentimos pena pero al mismo tiempo estamos agradecidos por las largas horas de placer y descubrimiento.
Por ello, para los lectores hay muchas anécdotas en las que un libro, un cuento, un poema marcó un antes y un después en nuestra vida. Gabriel García Márquez, creo, tuvo la virtud de ser definitorio en la vida de muchos y, particularmente, en la mía.
Yo lo conocí en la preparatoria (para los lectores los escritores se vuelven entes familiares cuando su libro toca fibras profundas en nuestro ser). Soy uno de los privilegiados Primera Generación del Colegio Bachilleres. Y digo privilegiado porque inició este proyecto educativo con un plan magnífico y con una expectativa envidiable. Por ejemplo, las materias de literatura iniciaban en el primer semestre con escritores contemporáneos latinoamericanos e íbamos semestre a semestre retrocediendo en el tiempo hasta llegar al Siglo de Oro de las letras hispanas. Para entonces muchos ya estábamos prendados de las letras. Yo creía en ese entonces que todos los escritores cuyos libros nos daban a leer en la escuela estaban muertos, y eran muy aburridos. Oh sorpresa, todos los que leímos ese primer semestre estaban vivos y en plena efervescencia creativa y cuyos textos eran tan magníficamente entrañables, divertidos, y de fácil lectura. Algunos de estos autores, años después, pude conocer en persona como Julio Cortazar, de quien me sorprendió que fuera un hombre tan alto.
En esas clases mágicas conocí entre otros a Gabriel García Márquez. Y fue en ese encuentro que me enrolé con Cien años de soledad. Mi hermano mayor me decía que era muy complicada y enredosa la novela. No lo sentí así. Estaba en mi época devoradora y leí el libro en poco tiempo. Me encantó y me volví fan de GGM. Todo lo que indicaba que era de su autoría lo leía de inmediato, hasta su columna en la Revista Proceso. De su mano, en esos artículos, descubrí a otros autores importantes en mi vida. El que más recuerdo es Kawabata pues Márquez, en una de sus columnas, relataba una anécdota en un en avión en la que le tocó viajar junto a una hermosa mujer que cuando subió estaba dormida, y así se quedó cuando tuvo que descender. Esto lo llevaba a hacer un paralelismo con la novela "La casa de las bellas durmientes", libro que después encontré en un puesto de periódico en la colección de hermosos libros azules donde una editorial española publicaba un ejemplar de ganadores del Premio Nobel.
La única pena en todo esto es que ese proyecto educativo del Colegio de bachilleres se fue al caño, pero tuve el privilegio de que modificara mi primaria vocación por la ingeniería y la re encausara hacia las artes y las letras. Y que me haya regalado la amistad de García Márquez a quien por cierto nunca tuve el privilegio de ver en persona, pero que hoy, al enterarme de su deceso, sólo puedo decirle: ¡Gracias! Te seguiré leyendo.


lunes, 6 de enero de 2014

EL FRÍO

No creo que este año sea más frío que otros; pero ahora lo siento más. Y como todo suceso nos conecta a otros, me hizo recordar algunos pasajes literarios donde el frío es muy vívido: en el Dr Zhivago, Boris Pasternak pinta una memorable escena cuando Zhivago llega a una casa congelada. Dentro, todo es hielo y tiene un hallazgo feliz: encuentra un fajo de papel blanco. Entusiasmado empieza a escribir. Y me pareció muy acertada la versión fílmica de David Lean de esta misma escena.

Otro pasaje que me vino a la memoria fue el inicio de Frankstein, cuando el Dr. Víctor F., persigue a su creación en el Polo Norte (creo) en un barco que navega en aguas congeladas.

Y también recordé una novelita de entretenimiento: El país de las sombras largas, de Hans Ruech, que versa sobre los esquimales. Me gustó la forma en que Ruech describe esos parajes helados.

Dan ganas de leer este tipo pasajes abrigados en casa con un buen café o un buen chocolate caliente, como que el frío externo hace mas realistas estos pasajes. 

Les recomiendo ampliamente Dr. Zhivago, una de las mejores novelas amorosas que he leído. Boris Pasternak era un gran escritor, definitivamente, y un gran poeta.

Saludos congelados.



jueves, 2 de enero de 2014

CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE

El fin de año (2014) el DF me hizo sentir como si fuera parte de la distopía fílmica, Cuando el destino nos alcance  que vi en mi época preparatoriana y que en ese momento me llenó de angustia y me provocaron pesadillas que por varias noches me atormentaron.
    Cuando el destino nos alcance (cuyo título original es Soylent Green, y que dirigida por Robert Fletcher, 1973) es una película que vi en una desaparecida Sala de Arte en la Zona Rosa, un día que me fui de pinta del trabajo. La función fue a las 10 de la mañana. La cinta narra una historia ubicada en el año 2022 (estamos a 8 años de esta fecha) en la que los árboles y las plantas ya sólo se pueden ver en un jardín museo.
    Los protagonistas son un policía llamado Robert Thorn (Charlton Heston) quien vive con su amigo "Sol" Roth (Edward G. Robinson), un anciano ex profesor que rememora el pasado, cuando el planeta era habitable y existía suficiente alimento para todos. En el momento que narra la película la gente vive y duerme hacinada en las calles y sólo unos cuantos privilegiados (la clase media) tienen decrépitos cuartuchos y los muy ricos lujosos departamentos, como siempre.
    No sé que año era cuando la vi, tal vez 1974 ó 75. La película recién se estrenaba. Me impactó de tal manera que salí del cine y me fui de inmediato a Chapultepec como queriendo absorber todo lo que podía del bosque más entrañable para mí. Tirado en el pasto pensaba lo triste que sería llegar a esa situación.
    Este año (2014), no sé si por la pena que me embargaba, me sentí agobiado por los turbulentos ríos de gente en las calles, miles de coches prácticamente varados en las grandes avenidas, avanzando a pequeños empujones. 
    Quizá otro aspecto de la película que me impactó fue que Sol (el viejo profesor) había nacido en el mismo año en que yo nací. Cuando yo tuviera su edad, ¿así sería el mundo? Creo que no. 
    Es muy probable que en 8 años no lleguemos al extremo de alimentarnos de nosotros mismos, siendo procesados como galletitas verdes, aunque si somos alimentados con comida industrial harto dañina. 
    Tal vez no vea la gente durmiendo en los callejones o en los quicios, pero en la ciudad donde nací siento que se acerca peligrosamente a esa situación. Ya no es una ciudad vivible, a pesar de todo su encanto. 
    Me preguntaba, viendo los enormes ríos de gente, si este caos se ve en vacaciones, cuando muchos de sus habitantes salen de la ciudad, qué sería en la cotidianidad laboral. Ahora entiendo la desesperación de los citadinos ante los bloqueos y las manifestaciones, que hacen más tortuoso su traslado.
    Considerando que donde actualmente vivo aun no hay aglomeraciones de este tipo, concluyo que sí, vivo mejor en Celaya... aunque extrañe hasta le médula mi ciudad. 
    
NOTA DEL 2020: Vivía, hasta que la violencia tomó a Celaya y todo Guanajuato por asalto.

domingo, 7 de julio de 2013

CINE Y UNIVERSIDAD


El cine, durante sus primeros 25 años de existencia, no fue considerado más que un vehículo de diversión, de entretenimiento (tal parece que Cinépolis y muchos complejos cinematográficos es el único concepto que tienen del cine. Al entregar el boleto nos dicen: “que se divierta”, pero el cine es más que eso). En 1920, tras la revolución soviética, Lenin lo consideró como uno de los instrumentos más importantes de educación. Este primario reconocimiento se verá refrendado posteriormente con la creación de los cine clubs.
            Desde sus primeros pasos, el cine demostró su capacidad didha encontrado un lugar permanente en ostrlub en la Universidad de Guanajuato. a las generaciáctica, Los Lumière, creadores de la cámara de cine, al mostrar al público sus primeros ensayos, se dieron cuenta que el cine abría horizontes y permitía ver las cosas desde otro punto de vista, incluso conocer lugares distantes y personajes lejanos sin tener que viajar. Por ello, no sólo abrió salas de exhibición sino además formó equipos de grabación (los primeros reporteros gráficos) para recorrer el mundo con sus cámaras y traerlo a los ojos de sus espectadores. Las cámaras de cine fueron entonces los ojos telescópicos de la gente. Y de esa forma, involuntariamente, estaba fungiendo como un vehículo de educación y de información.
            Cuando Meliès le descubrió al mundo que la cámara de cine también era un instrumento par expresar la imaginación, muchos artistas, encantados con el nuevo instrumento de expresión, crearon con este nuevo medio verdaderas obras de arte, obras que sirvieron a las generación siguientes para aprender. Estos ávidos de obras de arte pronto dieron pie para la creación de los cine clubs, que se convirtieron en las primeras escuelas de cine.
Cotta, Renzo (1977), en su Historia del cine club (Cuaderno de Cine nº 1. La Paz: Don Bosco) nos dice que “Los cine clubes surgen en Francia en 1920 como parte de este movimiento vanguardista europeo que se propone convertir el cine en un arte.
Dentro de este proceso tiene especial importancia el teórico y director francés Louis Delluc (1890-1924), cuya escuela agrupa a una nueva generación que busca dar al cine sus medios de expresión propios: Abel Gance, Germaine Dulac, Marcel L'Herbier y poco después Jean Epstein (quienes se convirtieron en grandes cineastas). Delluc, que en 1918 había iniciado la crítica de cine en el París-Midi, funda en 1920 Le Journal du Ciné-club y también una asociación del mismo nombre en la que podrían encontrarse realizadores y críticos para conocerse y discutir”.
            En México uno de los grandes impulsores del cineclubismo fue Manuel González Casanova (1934-2012), profesor y funcionario universitario, quien estudió Arte Dramático y posteriormente el doctorado en Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Participó activamente en el cineclubismo a través del Cine-Club Progreso, fundado en 1952. Ese grupo editó el boletín periódico Cine-club y fomentó la creación de la Federación Mexicana de Cine-Clubs en 1955, de la que fue secretario.
En 1959, González Casanova se integró a la Dirección General de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México y organizó la Sección de Actividades Cinematográficas, para posteriormente, en 1960, fundar la Filmoteca de la UNAM. También estableció las 50 Lecciones de cine que sentaron las bases del CUEC, creado en 1963.
Este esfuerzo importante del maestro González Casanova detonó la creación de Cine Clubs en muchas las Universidades de nuestro país, pues reconocieron que el cine no es un mero espectáculo sino un producto cultural donde se plasma la radiografía de una sociedad. Impulsar al cine es impulsar uno de los instrumentos de auto conciencia más importantes, un gran instrumento educativo.


sábado, 15 de junio de 2013

HITLER Y CHAPLIN EN EL FILO DE LA HIERBA



Tengo una debilidad: cualquier novela, por mala que sea, que trate sobre el cine, ya sea sobre un guionista o un director o un rodaje, inevitablemente la compro. Esto me ha llevado a leer libros infames como Tarzán en Acapulco, un libro mal escrito que no da luz sobre el emblemático actor de Tarzán, Johnny Weissmüller, quien vivió últimos años refugiado en su casa en Acapulco.
Esta debilidad me llevó a comprar el libro Al filo de la hierba, escrito por Harkaitz Cano y publicado por Roca editorial (editorial española), pues por primera vez encontraba a Charles Chaplin como personaje de una novela y prometía la contraportada una buena historia confrontando a Hitler: “…en la bodega de su barco (habla de Hitler) lleva preso al hombre que lo ha desafiado más allá de la provocación, al comediante que lo ha humillado y detesta: Charles Chaplin”. Y cuando llegué a este nombre, mi emoción se disparó. 
            Esta novela relata una posible invasión nazi a suelo norteamericano. Varios barcos y submarinos llegan a la gran manzana y casi sin resistencia la toman y se posesionan de la ciudad y, poco a poco, de toda la costa este.
            Una narración paralela relata el viaje de  un minero francés, Olivier Legrand, que huyendo de las condiciones miserables de su trabajo, emigra, en 1886, a Estado Unidos, y viaja en el barco que transporta la Estatua de la Libertad del país galo a Norteamérica y duerme, compartiendo su “camarote” (la cabeza de la estatua) con las ratas.
            Continua el texto de contraportada: “Cuando la embarcación nazi toma el puerto de New York, las dos historias se entrelazan. Un ya viejo Legrand, Chaplin y el Gran Dictador interactúan en las calles de Manhattan, donde contrapondrán sus mínimas historias a la Historia de los libros”.
            Lo compré pues y de inmediato le di lectura. Empieza con un inicio cautivador: reproduce un extracto de una entrevista del diario San Francisco Chronicle, publicada en 1940, en la que Chaplin habla de El Gran Dictador, la película que hizo en ese mismo año, y en la que se mofa de Hitler (la secuencia de la película más gozosa es cuando el dictador —Chaplin disfrazado de Hitler— juega con un globo terráqueo inflable lanzándolo al aire. En la entrevista declara que habían pensado un gag de inicio en el que un joven, para tratar de informarle al carpintero cuánto quiere su padre elevar el pasamanos de su casa, va con la mano levantada (como el saludo nazi) por la calle. Pero, declara, a pesar de que se filmó la secuencia, ésta no se inserta en la película, queda fuera. Y remata: “Siempre hay dos películas: la que se hace y la que queda en el camino. La segunda suele ser mejor, casi siempre. Sospecho que sucede otro tanto con los acontecimiento históricos: siempre hay varias sendas simultáneas y solamente la imaginación permite rastrearlas todas…”
            Estoy de acuerdo con Chaplin, pero la imaginación del señor Harkaitz Cano no llega ni iniciar el camino. Justo cuando se escapa del barco Chaplin y se encuentra con el francés, ahora ya un viejecillo encorvado y quien el da asilo, uno espera que se desate la acción pero nada, páginas y páginas de acciones que no van a ninguna parte, el novelista no logra ni cautivarnos ni revelarnos nada. De qué sirve que Chaplin escriba un largo texto que al parecer es una obra de teatro, si este no juega ningún papel (finalmente, cuando Chaplin y Hitler se pelean, las hojas vuelan y ya). Uno esperaría que Chaplin volviera a retar a Hitler, que esa obra jugará un papel importante en la rebelión contra el dictador, que Hitler quedara humillado ante el poder creativo del comediante, pero nada, el texto es un callejón sin salida como todas las acciones del libro.
Al final, queda un sentimiento de frustración de que a tan mal novelista le hayan editado un bello libro cuyo valor está justamente en el diseño y en el papel que fue impreso.
Lástima. Para consolarnos nos queda, aunque no fue de sus películas mayores, ver de nuevo El gran dictador y reír con el ya envejecido Chaplin pero aún con la suficiente pólvora para conmover al respetable. 

EL GARABATO: Vicente Leñero

Jeremías Ramírez Hace no sé cuántos años que compré este libro, quizá unos 30. Fue a mediados de los ochenta cuando el FONCA sacó a la venta...