Me molesta enormemente las críticas autoritarias como las que se leen en los blogs donde se reseña este libro. Quizá como yo no tengo una formación académica en letras, me hace sentirme no más que un simple lector que escribe candorosamente lo que le gusta o no.
Esta novela no sólo me gustó mucho sino que además me hizo sufrir y sentirme miserable. Me imbuí tanto en la historia de esas mujeres inmigrantes que coinciden en Suecia en donde como fantasmas discurren en una ciudad donde nadie las ve, nadie las siente, ventaja que aprovechan para evitar ser expulsadas.
Pero lo que más me hizo sufrir fue ese sentido de incertidumbre --que se respira en toda la novela-- en que vive el poeta Jesper Humlin, un pobre hombre esclavizado por su editor que lo trata de obligar de mala manera que escriba una novela policiaca, por su madre que lo chantajea, lo mismo que su manipuladora novia, por su agente de bolsa que le desaparece su dinero en pésimas inversiones, pero además, temeroso a la crítica, se vuelve vulnerable a muchas circunstancias, como con esas mujeres inmigrantes que quieren que las enseñe a escribir.
Atrapado en esas circunstancias, cada paso que da es angustiante. La novela es totalmente impredecible, como si la trama estuviera sujeta a un caprichoso devenir, de modo que cada página es una aventura llena de suspenso.
Yo no sé si es policiaca o no. Yo creo que no, porque no hay policías investigando, a pesar de que los personajes son unos out of law, que viven a salto de mata, durmiendo en casas vacías cuyos dueños andan de viaje, y subsistiendo de microrrobos.
La novela alcanza una estatura humana estremecedora al irnos contando las historias inverosímiles de esas tres mujeres, entre ellas una Nigeriana que se hace llamar "Bolsa de te" (The Bag) que trae una mono fantasma como ángel guardián.
Creo que la estrategia narrativa que escogió Mankell hace mucho más visible el drama de estos seres fantasmales que han puesto a temblar a Europa: los inmigrantes.
Buena novela, cautivante, que logra mover las emociones. Lástima que Mankell ya murió, pero aún me queda el consuelo que no he leído la mayor parte de sus obras. De la serie Wallander sólo he leido la primera, así que me quedan muchas horas de disfrute.
Saludos.
domingo, 27 de marzo de 2016
lunes, 31 de agosto de 2015
EL PEZ DE ABRIL
Mavis Gallant
Como nací el primer día de abril me pusieron Abril de nombre de pila. Aquí en Suiza se pronuncia Afril, con lo que suena más como algún tipo de medicamento que como un mes de la primavera. “Tomad una buena dosis de Afril”, puedo imaginar diciendo al doctor Ehrmann a cada uno de los niños. Hoy empieza mi abril número cincuenta y uno. Me he despertado temprano y me he bebido el té a sorbos, con mucho cuidado de no molestar a los perros que dormían a los pies de la cama, sobre su propia manta de la Cruz Roja. Sigo teniendo pesadillas, pero ha cambiado el tipo de horror. En el sueño del ahorcamiento ya no soy la víctima. Cuelgan a otro. Anoche, en un sueño desgarrador, se ahogaba uno de mis propios hijos adoptivos, allí mismo, tras la ventana, en el lago de Ginebra. Yo deambulaba corriendo por la hierba, entre los cisnes. Sentía el rocío bajo mis pies desnudos, el dobladillo de mi camisón de terciopelo estaba cubierto con él. Podía ver los juguetes de los niños claramente: el tanque en miniatura que Igor siempre había querido, y algo rojo, puede que un cubo y una pala. Se me soltó el pelo y me caía por la espalda. Era caoba como el color de las hojas, como solía ser antes. Creo que salvé a Igor, es un recuerdo difuso. Me sentía eficiente y segura de haberlo conseguido.
Al sentarme en la cama, haciendo balance de los progresos que he hecho en la vida como si mis propios sueños lo hicieran por mí, intentando que la visión de la lluvia cayendo en arroyuelos desde el tejado no me afectara –no era la lluvia lo que me deprimía sino la sensación de no poder confiar en nadie, absolutamente nadie, para que se subiera al tejado y limpiara la maleza y los hierbajos que habían enraizado y obstruían la canaleta-, los niños entraron en tropel. Estaban los tres en casa por las vacaciones de Pascua: Igor, con sus ojillos de ladrón, el mulato que jamás dice maman en público porque le da vergüenza, y Ulrich, cuyo padre era un famoso jurista y cuya madre era una chica bellísima y brillante, pero que jamás llegará a ser más que otro suizo anodino. Allí estaban todos, a los pies de la cama, todos ellos abandonados por unos padres indolentes, tirados como botones que se sueltan y recogidos por una mujer a la que llaman maman.
Bon anniversaire, dijo Igor, que tiene ya el aspecto de un empleado cualquiera de correos de Moscú, los otros dos le siguieron mascullando de modo incomprensible, como si recitaran el responso en la iglesia. Me trajeron un regalo, un pez de abril, pero no de los de chocolate. Era un pez de esos de cristal de los que todo el mundo compra en Venecia, de unos cincuenta centímetros de largo, transparente y con tonos verdes, el verde de las hojas de geranio, con rayas blancas como de tiza que van de la cabeza a la cola. Estos niños han vivido conmigo desde la infancia, pero su gusto es el de su piel, el de sus corazones, el de las uñas de sus manos. La pesadilla que ahora debería estar teniendo es una proyección hacia el futuro, una visión de las chicas con las que se casarán y de las casas que tendrán, con sus mesitas de cristal para el café y sus peces de cristal veneciano encima de la televisión, a no ser que la efigie de un olivo amorfo se haya apropiado ya de ese espacio.
Igor se adelantó y puso el pez en la mesa que había junto a mí con sumo cuidado, y como no se le ocurría otra cosa que decir empezó otra vez con lo de Bon anniversaire, maman. No tenían nada que decirme en absoluto. Los perros habían ensuciado la alfombra, así que la habían retirado para limpiarla y ellos allí restregando los pies contra el suelo rayándome el piso.
—¿Qué van a hacer hoy? –les dije.
—Jugar —me contestó Robert tras el silencio.
En ese momento irrumpió el concierto matinal desde la radio que había junto a mí y me lancé a la búsqueda de algo, una apreciación, que sus ojos mostraran alguna reacción ante la música, pero ellos ya habían empezado a empujarse unos a otros y a reír, y yo sabía que esa música pronto se vería apagada por un nuevo coro que esta vez vendría de mí: “No lo toquen. No molesten a los perros”, todo ello en negativo, y tan malo para ellos como para mí misma. Apagué la música y les dije:
—Vengan a ver el regalo de cumpleaños que me ha llegado esta mañana por correo. Es un regalo de mi hermano, su tío —me puse los lentes para leer y desplegué la preciosa carta sobre la cama—. Es una carta original escrita por Sigmund Freud. Era un médico famoso y está escrita de su puño y letra. Ahora les enseñaré a interpretar los signos que hay en las cartas. El papel en el que está escrita es feo y barato, eso lo pueden ver todos, ¿verdad?, lo cual significa que era un tacaño, o que era pobre, o que no tenía pretensiones estéticas, o que no le daba importancia a los asuntos mundanos. Estos bucles largos y puntiagudos denotan una fuerte conciencia de los valores espirituales y la inclinación de las líneas una naturaleza pesimista. El margen se ensancha al final de la página, como en el manuscrito de Keats de “Oda a un ruiseñor”. ¿Recuerdan que les enseñé una fotografía? ¿Quién se acuerda? ¿Ulrich? Muy bien, Ulrico. Significa que el doctor era el mismo tipo de persona que Keats. Keats era un poeta, pero ya está muerto. Siento decir que su firma revela presunción. Pero se trataba de un gran hombre, hacía bien en estar seguro de sí mismo.
—¿Qué dice la carta? —dijo Igor finalmente.
—La carta no está dirigida a mí. Es una carta antigua, ¿ven la fecha? La enviaron treinta años antes de que cualquiera de ustedes naciera. Probablemente iba dirigida a un colega, miren, aquí donde señalo. A otro médico. Es probable que se trate de una opinión sobre un paciente.
—¿No puedes leer lo que dice? —dijo Igor.
Intenté pensar en una respuesta constructiva, porque “No sé leer alemán” era demasiado vago:
—Algún día tú, Robert, e incluso tú, Ulrich, podréis leer alemán, y entonces leerán la carta y todos sabremos qué era lo que el doctor Freud le decía a su colega. Yo aprendería alemán —continué— si tuviera más tiempo.
Como prueba del poco tiempo que tengo ocurrieron tres cosas a la vez: mi abogado, que sólo se pone en contacto conmigo cuando tiene malas noticias, llamó desde Lausana, Maria-Gabriella entró a retirar la bandeja del desayuno, y los perros, al despertarse, empezaron a ladrar. Parece que el ruido excesivo me afecta a la visión. La habitación se convirtió en una masa borrosa y unidimensional. Le hice señas a Maria-Gabriella discretamente, porque jamás querría que los niños se sintieran rechazados o que sobran, de manera que ella lo entendió al instante y se los llevó lejos de mí. Entonces los perros dejaron de ladrar, todos menos la pobre Sarah, vieja y ciega, que siguió advirtiendo infatigablemente de ese ladrón que había en una habitación a oscuras de su propia invención. Entre tanto maître Gossart me decía desde Lausana que no iba a poder quedarme con ninguna de las niñas de Vietnam. Ninguna de ellas podrá ser adoptada cuando se curen de sus quemaduras, tendrán que volver a Vietnam. Esa fue la condición para que vinieran. Estuvo dando rodeos para contarme esto hasta que le corté de golpe con: “Entonces, ¿no voy a poder quedarme con ninguna de las quemadas?”, y como no paraba de mascullar cosas le dije: “Maître, este es un maldito país asqueroso y sucio, y si no fuera por los impuestos hacía las maletas ahora mismo y me iba. Pero esos impuestos hacen que no tenga libertad. Me obligan a quedarme en Suiza”.
Maria-Gabriella me encontró tirada entre cojines, llorando a mares. Cuando estiró el brazo para retirar la bandeja me entraron ganas de decirle: “Tira al suelo el pez ese antes de irte, ¿quieres?”. Pero eso a ella le habría causado una conmoción, y los niños se habrían quedado de una pieza si hubieran llegado a enterarse. De hecho, Maria-Gabriella se paró a admirar el pez y dijo: “Deben llevar semanas guardándose el dinero para sus gastos”. Entonces me vino a la cabeza que poisson d’Avril significa “broma”, gastarle una broma a alguien el día de los Inocentes. No, este pez no es una broma. Para empezar, ninguno de ellos tiene tanta imaginación, aparte de que el pez ese es demasiado caro, además, jamás se habrían atrevido. A decir verdad, yo a ellos no les quiero. Ni tampoco quiero la carta de Freud. Lo único que yo quería era esa pequeña vietnamita. Sí, lo que en realidad quiero es una niña de modales refinados; la he querido toda la vida pero nadie va a darme una.
sábado, 2 de mayo de 2015
LA OCTAVA PLAGA
Jeremías Ramírez Vasillas
Después muchos años de dominio humano, los insectos se alían
para recobrar lo que —dicen— siempre ha sido de ellos: el planeta. Y para lograr
derrotar a los humanos, van tomando posesión de ellos, como si fueran espíritus
malignos. El cuerpo invadido empieza de pronto a comportarse como insecto:
algunos son como hormigas, otro como termitas y se comen el papel, o como
arañas… Y investidos como insectos van cometiendo crímenes terribles. La meta
es lograr derrotar a los humanos… con los humanos.
La idea es
interesante y si estuviera bien desarrollada, con inteligencia y bien narrada, estaríamos
ante una gran novela negra, de ciencia ficción y horror, pero en el caso de La octava plaga, de Bernardo Esquinca, no sucede así. Tal
parece que la ciencia ficción aún no arraiga en nuestro país. Del género policiaco ya
hay ejemplos memorables como El complot
mongol.
El
personaje principal de esta novela es un desencantado periodista que cuando se cierra la
sección de cultura donde trabaja es introducido, sin desearlo él, a cubrir la
nota roja, Es el único de la sección de cultura que no lo despiden, aunque no
se nos explica por qué.
El enigma
principal, y problema a resolver, son una serie de asesinatos en moteles en los cuáles
empiezan a aparecer hombres atados a la cama con la cabeza cercenada. Se cree
que es una prostituta asesina.
Me gustó el
inicio de la novela: un entomólogo descubre a un insecto inclasificable, aunque
no nos muestra ni explica porqué no es posible clasificarlo. Eso hubiera
consolidado el argumento que va a desarrollar.
Pese a que
el autor se documentó más o menos bien, su interés por jugar con el realismo a
pesar de que el relato es mueva hacia lo fantástico, hace que la novela sufra
en varios momentos con la verosimilitud. Por ejemplo, nos dice que los humanos
se comportan como insectos, pero no vemos si en esta conducta hay un
transformación de cuerpo, como en el caso de La metamorfosis de Kafka. Y a pesar de que son varios personajes
que sufren la posesión de los insectos, no logra el autor que los sintamos definidos.
Por otro
lado, otra falla de verosimilitud es el oficio de su personaje, Casasola, de quien nunca
vemos sus virtudes en el uso de la pluma o el por qué lo trasladan a otra
sección del periódico. Pudo mostrarnos, tal vez, su habilidad para la investigación o su gusto
por la nota roja o la literatura policial, pero nada. En toda la novela
apenas si garrapatea una mala nota. Al parecer el autor no conoce el oficio
periodístico (aunque leyendo su biografía dice que es periodista), de ahí que se sienta falso al personaje y más aún que tras su
encuentro infortunado con un mujer-insecto que secuestró a su ex mujer, pague
su asistencia médica y hospitalaria y, además, que se afiance en su trabajo. Pero
no sólo eso: a pesar de no demostrar ninguna habilidad periodística, al final
lo contrata otro medio dedicado especialmente a la nota roja, sin darnos razón
alguna del por qué.
Además hay
personajes sacados de la nada, subtramas que no confluyen a un mismo punto
terminal, y giros dramáticos no generados por la necesidad. En fin, un escritor
más que se da de baja de mi estima. Lástima, era muy prometedor su inicio.
lunes, 13 de abril de 2015
EL LADO NEGATIVO DE LA VIDA
In memoriam de Eduardo Galeano
Charles Bukoswki decía que "el optimismo es algo nauseabundo"(1). Nunca había leído una declaración tan tajante como esta. Invadidos por la pseudocultura de la superación personal y cierto misticismo oriental de ver y declarar sólo lo positivo de la vida, se vuelve de pronto tan desagradable, tan, como decía Bukoswki, nauseabundo.
Incluso nos instan a que veamos sólo los logros, lo bueno, lo blanco, lo luminoso... Está bien, pero al negarnos a considerar el lado opuesto caemos en una especie de ceguera enfermiza que en nada ayuda.
Eduardo Galeano, por cierto --esto descubrí al escuchar la entrevista que Carmen Aristegui le hizo hace algún tiempo y que hoy se transmitió en CNN-- era un gran pesimista, un especialista minucioso de ese lado negativo de la realidad (sin que esto le cegara la visión de las cosas maravillosas de la cultura en general, particularmente de la latinoamericana, como lo consigna poéticamente en los 3 tomos de Memoria del Fuego), y tan explícito que nos permitió tomar conciencia de muchas desgracias que pesa sobre los latinoamericanos. Su obra más contundente al respecto Las venas abiertas de América Latina, es una radiografía feroz de esa sangre que mana de siglos de injusticias. Pero gracias a esa visión (de él y de otros) ha crecido en muchos sectores y el enorme deseo por la justicia. Tanto organizaciones sociales como activistas, deben en mucho de su talante a estos libros que no se detuvieron a ver el lado bonito de la vida.
Precisamente, la búsqueda de un mundo mejor parte de ver este lado (sin edulcorantes) terrible y atroz que nos despierta la sed y el hambre de justicia, como dice el Evangelio.
Hoy se ha ido, pero su visión y sus libros seguirán siendo luz para muchas generaciones que no se conforman con ver el lado rosita de la vida, y buscan que las condiciones de miseria de muchos cambie, aunque parezca esta lucha una quijotada, es decir, una quimera irrealizable.
1) Frase citada por Isaac Mendoza Vazquez, en su artículo "Charles Bukowski: sangre sobre el verso", en la revista La Jornada Semanal, No. 252, 10 de abril de 1994, p. 5.
sábado, 5 de julio de 2014
EFRÉN HERNANDEZ Y EL CINE
Por Jeremías Ramírez Vasillas
Prácticamente no hubo escritor en el siglo XX que se haya resistido a los encantos del
cine. Algunos fueron críticos (Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Cabrera
Infante), otros argumentistas o guionistas (José Revueltas, Juan de Cabada, Mauricio
Magdaleno, García Márquez, José Agustín) y otros, incluso, directores de cine
como Guillermo Arriaga (The Burning Plain,
2008) o el norteamericano Paul Auster (Smoke,).
Efrén
Hernández no fue la excepción. Si su literatura es prácticamente desconocida
(pocos, creo yo, han leído su obra) su incursión en el cine o en el teatro son
francamente insospechadas. Cuando revisaba el segundo tomo de sus Obras Completas (FCE, 2012) fue una
sorpresa encontrarme en la sección denominada “teatro” con un guión de
largometraje: Dicha y desdichas de
Nicocles Méndez. Tragiburledia cinematográfica.
Dice
Alejandro Toledo, prologuista de esta edición de las Obras completas de Hernández, que es “un libreto fílmico escrito o
concebido a ocho manos por Dolores Castro, Rosario Castellanos, Marco Antonio
Millán y Efrén Hernández”. Agrega Toledo que este guión “Al parecer fue un
encargo de Andrés Serra Rojas, que dirigía el Banco Cinematográfico, quien
propuso a Efrén trabajar un guión para el comediante Mario Moreno Cantinflas”.
Este guión
debió escribirlo a finales de los cuarenta, cuando Cantinflas era ya una
celebridad, cuya fama había empezado al menos diez años antes cuando figuró
tres notables películas: ¡Así es mi
tierra! (1937), Águila o sol
(1937) y El signo de la muerte (1938),
y ya había realizado su obra maestra, Ahí
está el detalle (1940). Para 1948 ya había actuado en 20 películas.
Por qué le
pidieron a Efrén este trabajo si no tenía experiencia cinematográfica, no se
sabe, pero al parecer había gran expectativa sobre esta obra pues hasta
apareció una nota periodística que calificaba este trabajo como “obra cumbre
para Cantinflas”. Dice la nota: “Los
cuatro [se refiere a Dolores Castro, Rosario Castellanos, Marco Antonio Millán
y el propio Efrén Hernández], por su lado, idearon situaciones de fina
comicidad y luego se reunieron para comunicarse lo que habían elaborado. Para
esto ya Efrén había construido la base, la columna dorsal del asunto: la vida
de un hombre provinciano muy ingenioso, que poco a poco se va abriendo paso, en
diferentes actividades, hasta llegar a triunfar en lo que es su vocación. El
teatro. En cierto modo es la biografía del propio Mario. Muchos hechos
verídicos de su vida están recogidos ahí”.
También, en
cierto modo, es la biografía del propio Efrén, dice Toledo, pues esa era una
constante en su obra, el alto sentido autobiográfico. Y agrega Toledo que Efrén
“encontró en el comediante una suerte de alter
ego, por el retrato de un provinciano algo pícaro e incluso por la
mezcolanza caricaturesca del habla popular con una lengua pretendida (en un
caso) o auténticamente culta o literaria (en el otro), que caracterizó a ambos
en las diferentes esferas donde se movieron”.
Cuando me
tropecé con este trabajo fílmico me saltaron de inmediato las acotaciones
técnicas del guión. Esto me llamó la atención no sólo por mi experiencia
fílmica sino además por el desconocimiento absoluto que tenía de Efrén
Hernández en el cine. Leí, por ejemplo, en una de la cabezas de la primer
secuencia: “ACERCAMIENTO PROGRESIVO / (CÁMARA EN GRÚA DESCENDIENTE OBLICUA). Correlativa a la progresión del
acercamiento, y a partir de cierto punto, empieza a entrar, y va creciendo en
sonoridad la voz de un pregonero.
Si bien no
tenía experiencia en la creación fílmica en cualquiera de sus especialidades, sabemos
que tuvo un acercamiento con este arte (no sé si antes o después de escribir
este guión, pero me inclino a creer que fue antes), según relata su hija
Valentina Hernández, quien dice que “fue supervisor en cinematografía (censor
de películas). En este trabajo —agrega
Valentina— también viajó bastante, pues tenía que estar presente en el rodaje
de las películas en la locación que les tocara. Esto le divertía, pues se
relacionó con un medio interesante y que le era totalmente desconocido. A su
regreso de estas salidas, nos contaba anécdotas sumamente divertidas. Como la
vez que estuvieron filmando en la selva
de Yucatán, unos moscos ponzoñosos le picaron en la manos, y la mesera de una fonda
de por allá le preguntó asombrada:
—Ay, señor, ¿qué le
pasó a usted en las manos que las tiene tan hinchadas?
Mi padre, muy serio y
viéndoselas con ternura le contestó:
—Es que van a tener
manitas.”[1]
Esta
experiencia seguramente le dio visión para abordar el guión, aunque tuvo que
complementar su conocimiento por medio de la investigación y del estudio. Dice
la nota periodística que se reproduce en la introducción de este II volumen de
sus Obras Completas (cuya fuente no indica): “Efrén, que no había escrito nunca
para el cine y que no es un técnico en este arte, elaboró el argumento con una
intuición sorprendente. Consultando libros especializados y haciendo rendir un
jugo inusitado a sus experiencias de espectador cinematográfico, está por terminar,
no sólo el asunto, sino también el script
(hoy se le llama a este documento shooting
script o guión técnico, es decir, es donde ya van indicaciones específicas
de tamaño de encuadre, movimientos de cámara, etc.), el guión. Y su perfección
es tal —según
personas competentes y autorizadas para juzgar— que al director de la cinta ya
no le costará trabajo realizarla. Todo está previsto, está en su lugar”.
Y ¿qué
sucedió con este trabajo? Pues nunca se filmó. Dice Alejandro Toledo: “No
sabemos si el mejor guión que Cantinflas iba a tener en sus manos llegó alguna
vez a ellas”. Ante la imposibilidad de que se filmara la película (nos hace
falta una investigación sobre el por qué no se realizó, qué sucedió, a quién le
llevó el guión, cuáles fueron las razones del rechazo), Efrén Hernández la
publicó en la revista América (no.
65, abril de 1951) como obra colectiva, en cuyos créditos iban los nombres de
los escritores que colaboraron en la confección del argumento. Pero “seis años
después Efrén lo presentó bajo su nombre, según consta en un certificado de
registro del libreto del 28 de enero de 1957 que firma Luis Echeverría,
abogado, como oficial mayor de la Secretaría de Educación Pública”.
Esta
decisión de Efrén genera dudas de sus propósitos de registrarla sólo a su
nombre, a un año antes de su muerte. Escribe Toledo: “Dolores Castro opina que
en cuanto a ella y a Rosario Castellanos la invitación a participar en ese
proyecto fue un acto de generosidad con dos jóvenes que se iniciaban en el
mundo de las letras; generosidad también respecto de Millán, que era su mejor
amigo. Sin embargo, considera que el
guión puede acreditarse casi enteramente a Efrén Hernández”.[2]
Ahora es
difícil que alguien se interese en filmarlo: el tono, los personajes, el medio
que retrata, es de un México que ya no existe salvo quizá en pequeños poblados
alejados de las ciudades. Y su humorismo, exigiría la complicidad de un público
que ahora tampoco existe pues requieren de una legibilidad audiovisual
prácticamente de analfabetas.
Y aunque no
haya sido su propósito, es posible
disfrutar de esta obra en su forma escrita, literaria; y les aseguro que se van
a encontrar con una obra realmente sabrosa —como diría don Quijote—,
con un personaje memorable que, aunque haya sido escrito para Cantinflas, no
puedo imaginármelo diciendo estos parlamentos.
Efrén Hernández, ¿crítico
de cine?
Prácticamente no hay nada que me haga suponer que haya
ejercido la crítica, pues no he localizado en mi búsqueda en el internet nada
al respecto, salvo, en la recopilación de sus Obras Completas, donde consignan en
la bibliografía dos artículos periodísticos. Uno titulado Vindicación del argumentista y el otro El mal cine hace campo al buen teatro, ambos de septiembre de 1950 y
publicados en el Suplemento Cinematográfico de la revista América. En este libro sólo se publica el segundo artículo, donde
vaticina dos hechos hoy harto conocidos: la omnipresencia del cine en el
consumo de historias en la gente desplazando otras formas narrativas y la
crisis que se avecinaba en cine nacional.
Dice Efrén:
“Quienquiera que se lo proponga puede, con la mayor facilidad, ir encontrando
múltiples razones con que explicarse el hecho consistente en que desde el
advenimiento, ya por ahora reciente sólo relativamente, el cine comenzará a
apoderarse en progresión creciente del favor de los públicos, con visible e
irreparable detrimento del milenario y ranciamente ennoblecido espectáculo de
teatro”.
“El
creciente favor de los público”, vaticina Efrén, y hoy podemos verlo como un
hecho incuestionable, palpable, a veces, triste. El cine hoy por hoy es el
vehículo principal escénico en el gusto del público, moviendo con su atractivo
un público compuesto por millones de espectadores, suma inalcanzable para el
teatro.
Respecto
del segundo tema escribe: “Hace un año (se refiere a 1949) todavía hubiera
parecido de poco fundamento la aventura de alguna conjetura; pero para ahora ya
no lo parece tanto. La cosa es cada vez más clara: amen de que literalmente estamos
ascendiendo hacia la madurez, no hay duda de que la gente ya empieza a
encontrar intolerable, y a cansarse de la desvergüenza, y de la falta notable
de dignidad, y de la absoluta ausencia de sustancia humana en la producción de nuestro cine”, características
del cine de consumo masivo.
Como todo
negocio, se usa y abusa de la fórmula redituable hasta el hartazgo sin que sus
productores se den cuenta, engolosinados con su éxito. Y tal parece que en ese
tiempo la realidad les daba la razón pues todavía el cine (pese a que ya había
concluido la II Guerra Mundial, razón de que Estados Unidos le dejará en sus
manos el mercado latinoamericano) vendrían algunos años más de éxitos, como lo
reflejan el número de producciones que en el año de 1954 alcanzara la cifra récord
de 118 películas[3]. Pese
a ello, el cine mexicano empezaba a entrar en una crisis espoleada por el
regreso del cine norteamericano de la cual nunca más hemos podido salir.
“A finales de los años 1950, una vez que
Hollywood se vio desatado de sus compromisos como máquina propagandística, la
industria mexicana comenzó a vivir serias dificultades y, aunque se continuaron
haciendo películas de interés, su número y su calidad disminuyeron
considerablemente”.[4]
Este
artículo, es importante señalar, Efrén Hernández no pretendía hacer un análisis
del fenómeno fílmico y su crisis inminente, sino de, ante la pobreza del cine
nacional, alertar al deprimido teatro nacional, a que aprovechara este vacío
para resurgir y volver a brillar en le gusto del público mexicano. No sé si
alguien oyó a Efrén Hernández, pero este artículo señala el fino olfato de este
hombre para otear el rumbo de vientos en el arte.
[2] Todas las notas de Alejandro
Toledo han sido tomadas del Prólogo de Efrén Hernández, Obras completas II, FCE, México, 2012.
jueves, 17 de abril de 2014
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, SU MUERTE
Es una pena la muerte de cualquier persona, principalmente la de quien su obra fue benefactora para alguien. Los escritores lo son para los lectores, es decir, para aquellos para quienes leer es una forma de vida, no un mero pasatiempo o un motivo para presumir la intelectualidad de la que se carece. Sentimos pena pero al mismo tiempo estamos agradecidos por las largas horas de placer y descubrimiento.
Por ello, para los lectores hay muchas anécdotas en las que un libro, un cuento, un poema marcó un antes y un después en nuestra vida. Gabriel García Márquez, creo, tuvo la virtud de ser definitorio en la vida de muchos y, particularmente, en la mía.
Yo lo conocí en la preparatoria (para los lectores los escritores se vuelven entes familiares cuando su libro toca fibras profundas en nuestro ser). Soy uno de los privilegiados Primera Generación del Colegio Bachilleres. Y digo privilegiado porque inició este proyecto educativo con un plan magnífico y con una expectativa envidiable. Por ejemplo, las materias de literatura iniciaban en el primer semestre con escritores contemporáneos latinoamericanos e íbamos semestre a semestre retrocediendo en el tiempo hasta llegar al Siglo de Oro de las letras hispanas. Para entonces muchos ya estábamos prendados de las letras. Yo creía en ese entonces que todos los escritores cuyos libros nos daban a leer en la escuela estaban muertos, y eran muy aburridos. Oh sorpresa, todos los que leímos ese primer semestre estaban vivos y en plena efervescencia creativa y cuyos textos eran tan magníficamente entrañables, divertidos, y de fácil lectura. Algunos de estos autores, años después, pude conocer en persona como Julio Cortazar, de quien me sorprendió que fuera un hombre tan alto.
En esas clases mágicas conocí entre otros a Gabriel García Márquez. Y fue en ese encuentro que me enrolé con Cien años de soledad. Mi hermano mayor me decía que era muy complicada y enredosa la novela. No lo sentí así. Estaba en mi época devoradora y leí el libro en poco tiempo. Me encantó y me volví fan de GGM. Todo lo que indicaba que era de su autoría lo leía de inmediato, hasta su columna en la Revista Proceso. De su mano, en esos artículos, descubrí a otros autores importantes en mi vida. El que más recuerdo es Kawabata pues Márquez, en una de sus columnas, relataba una anécdota en un en avión en la que le tocó viajar junto a una hermosa mujer que cuando subió estaba dormida, y así se quedó cuando tuvo que descender. Esto lo llevaba a hacer un paralelismo con la novela "La casa de las bellas durmientes", libro que después encontré en un puesto de periódico en la colección de hermosos libros azules donde una editorial española publicaba un ejemplar de ganadores del Premio Nobel.
La única pena en todo esto es que ese proyecto educativo del Colegio de bachilleres se fue al caño, pero tuve el privilegio de que modificara mi primaria vocación por la ingeniería y la re encausara hacia las artes y las letras. Y que me haya regalado la amistad de García Márquez a quien por cierto nunca tuve el privilegio de ver en persona, pero que hoy, al enterarme de su deceso, sólo puedo decirle: ¡Gracias! Te seguiré leyendo.
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lunes, 6 de enero de 2014
EL FRÍO
No creo que este año sea más frío que otros; pero ahora lo siento más. Y como todo suceso nos conecta a otros, me hizo recordar algunos pasajes literarios donde el frío es muy vívido: en el Dr Zhivago, Boris Pasternak pinta una memorable escena cuando Zhivago llega a una casa congelada. Dentro, todo es hielo y tiene un hallazgo feliz: encuentra un fajo de papel blanco. Entusiasmado empieza a escribir. Y me pareció muy acertada la versión fílmica de David Lean de esta misma escena.
Otro pasaje que me vino a la memoria fue el inicio de Frankstein, cuando el Dr. Víctor F., persigue a su creación en el Polo Norte (creo) en un barco que navega en aguas congeladas.
Y también recordé una novelita de entretenimiento: El país de las sombras largas, de Hans Ruech, que versa sobre los esquimales. Me gustó la forma en que Ruech describe esos parajes helados.
Dan ganas de leer este tipo pasajes abrigados en casa con un buen café o un buen chocolate caliente, como que el frío externo hace mas realistas estos pasajes.
Les recomiendo ampliamente Dr. Zhivago, una de las mejores novelas amorosas que he leído. Boris Pasternak era un gran escritor, definitivamente, y un gran poeta.
Saludos congelados.
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jueves, 2 de enero de 2014
CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE
El fin de año (2014) el DF me hizo sentir como si fuera parte de la distopía fílmica, Cuando el destino nos alcance que vi en mi época preparatoriana y que en ese momento me llenó de angustia y me provocaron pesadillas que por varias noches me atormentaron.
Cuando el destino nos alcance (cuyo título original es Soylent Green, y que dirigida por Robert Fletcher, 1973) es una película que vi en una desaparecida Sala de Arte en la Zona Rosa, un día que me fui de pinta del trabajo. La función fue a las 10 de la mañana. La cinta narra una historia ubicada en el año 2022 (estamos a 8 años de esta fecha) en la que los árboles y las plantas ya sólo se pueden ver en un jardín museo.
Los protagonistas son un policía llamado Robert Thorn (Charlton Heston) quien vive con su amigo "Sol" Roth (Edward G. Robinson), un anciano ex profesor que rememora el pasado, cuando el planeta era habitable y existía suficiente alimento para todos. En el momento que narra la película la gente vive y duerme hacinada en las calles y sólo unos cuantos privilegiados (la clase media) tienen decrépitos cuartuchos y los muy ricos lujosos departamentos, como siempre.
No sé que año era cuando la vi, tal vez 1974 ó 75. La película recién se estrenaba. Me impactó de tal manera que salí del cine y me fui de inmediato a Chapultepec como queriendo absorber todo lo que podía del bosque más entrañable para mí. Tirado en el pasto pensaba lo triste que sería llegar a esa situación.
Este año (2014), no sé si por la pena que me embargaba, me sentí agobiado por los turbulentos ríos de gente en las calles, miles de coches prácticamente varados en las grandes avenidas, avanzando a pequeños empujones.
Quizá otro aspecto de la película que me impactó fue que Sol (el viejo profesor) había nacido en el mismo año en que yo nací. Cuando yo tuviera su edad, ¿así sería el mundo? Creo que no.
Es muy probable que en 8 años no lleguemos al extremo de alimentarnos de nosotros mismos, siendo procesados como galletitas verdes, aunque si somos alimentados con comida industrial harto dañina.
Tal vez no vea la gente durmiendo en los callejones o en los quicios, pero en la ciudad donde nací siento que se acerca peligrosamente a esa situación. Ya no es una ciudad vivible, a pesar de todo su encanto.
Me preguntaba, viendo los enormes ríos de gente, si este caos se ve en vacaciones, cuando muchos de sus habitantes salen de la ciudad, qué sería en la cotidianidad laboral. Ahora entiendo la desesperación de los citadinos ante los bloqueos y las manifestaciones, que hacen más tortuoso su traslado.
Considerando que donde actualmente vivo aun no hay aglomeraciones de este tipo, concluyo que sí, vivo mejor en Celaya... aunque extrañe hasta le médula mi ciudad.
NOTA DEL 2020: Vivía, hasta que la violencia tomó a Celaya y todo Guanajuato por asalto.
domingo, 7 de julio de 2013
CINE Y UNIVERSIDAD
El cine, durante sus primeros 25 años de existencia, no fue
considerado más que un vehículo de diversión, de entretenimiento (tal parece
que Cinépolis y muchos complejos cinematográficos es el único concepto que
tienen del cine. Al entregar el boleto nos dicen: “que se divierta”, pero el
cine es más que eso). En 1920, tras la revolución soviética, Lenin lo consideró
como uno de los instrumentos más importantes de educación. Este primario
reconocimiento se verá refrendado posteriormente con la creación de los cine
clubs.
Desde sus
primeros pasos, el cine demostró su capacidad didha encontrado un lugar permanente en ostrlub en la Universidad de
Guanajuato. a las generaciáctica, Los Lumière, creadores de la cámara de
cine, al mostrar al público sus primeros ensayos, se dieron cuenta que el cine
abría horizontes y permitía ver las cosas desde otro punto de vista, incluso conocer
lugares distantes y personajes lejanos sin tener que viajar. Por ello, no sólo
abrió salas de exhibición sino además formó equipos de grabación (los primeros
reporteros gráficos) para recorrer el mundo con sus cámaras y traerlo a los
ojos de sus espectadores. Las cámaras de cine fueron entonces los ojos
telescópicos de la gente. Y de esa forma, involuntariamente, estaba fungiendo
como un vehículo de educación y de información.
Cuando
Meliès le descubrió al mundo que la cámara de cine también era un instrumento
par expresar la imaginación, muchos artistas, encantados con el nuevo
instrumento de expresión, crearon con este nuevo medio verdaderas obras de
arte, obras que sirvieron a las generación siguientes para aprender. Estos
ávidos de obras de arte pronto dieron pie para la creación de los cine clubs,
que se convirtieron en las primeras escuelas de cine.
Cotta, Renzo (1977), en su Historia del cine club (Cuaderno de Cine
nº 1. La Paz: Don Bosco) nos dice que “Los cine clubes surgen en Francia en 1920
como parte de este movimiento vanguardista europeo que se propone convertir el
cine en un arte.
Dentro de este proceso tiene especial importancia el teórico
y director francés Louis Delluc (1890-1924), cuya escuela agrupa a una nueva
generación que busca dar al cine sus medios de expresión propios: Abel Gance,
Germaine Dulac, Marcel L'Herbier y poco después Jean Epstein (quienes se
convirtieron en grandes cineastas). Delluc, que en 1918 había iniciado la
crítica de cine en el París-Midi, funda en 1920 Le Journal du Ciné-club y también una asociación del mismo nombre
en la que podrían encontrarse realizadores y críticos para conocerse y discutir”.
En México uno
de los grandes impulsores del cineclubismo fue Manuel González Casanova
(1934-2012), profesor y funcionario universitario, quien estudió Arte Dramático
y posteriormente el doctorado en Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía
y Letras de la UNAM. Participó activamente en el cineclubismo a través del
Cine-Club Progreso, fundado en 1952. Ese grupo editó el boletín periódico
Cine-club y fomentó la creación de la Federación Mexicana de Cine-Clubs en
1955, de la que fue secretario.
En 1959, González Casanova se
integró a la Dirección General de Difusión Cultural de la Universidad Nacional
Autónoma de México y organizó la Sección de Actividades Cinematográficas, para
posteriormente, en 1960, fundar la Filmoteca de la UNAM. También estableció las
50 Lecciones de cine que sentaron las bases del CUEC, creado en 1963.
Este esfuerzo importante del
maestro González Casanova detonó la creación de Cine Clubs en muchas las Universidades
de nuestro país, pues reconocieron que el cine no es un mero espectáculo sino
un producto cultural donde se plasma la radiografía de una sociedad. Impulsar
al cine es impulsar uno de los instrumentos de auto conciencia más importantes,
un gran instrumento educativo.
sábado, 15 de junio de 2013
HITLER Y CHAPLIN EN EL FILO DE LA HIERBA
Tengo una debilidad: cualquier novela, por
mala que sea, que trate sobre el cine, ya sea sobre un guionista o un director
o un rodaje, inevitablemente la compro. Esto me ha llevado a leer libros
infames como Tarzán en Acapulco, un
libro mal escrito que no da luz sobre el emblemático actor de Tarzán, Johnny
Weissmüller, quien vivió últimos años refugiado en su casa en Acapulco.
Esta
debilidad me llevó a comprar el libro Al
filo de la hierba, escrito por Harkaitz Cano y publicado por Roca editorial
(editorial española), pues por primera vez encontraba a Charles Chaplin como
personaje de una novela y prometía la contraportada una buena historia
confrontando a Hitler: “…en la bodega de su barco (habla de Hitler) lleva preso
al hombre que lo ha desafiado más allá de la provocación, al comediante que lo
ha humillado y detesta: Charles Chaplin”. Y cuando llegué a este nombre, mi
emoción se disparó.
Esta
novela relata una posible invasión nazi a suelo norteamericano. Varios barcos y
submarinos llegan a la gran manzana y casi sin resistencia la toman y se
posesionan de la ciudad y, poco a poco, de toda la costa este.
Una
narración paralela relata el viaje de un
minero francés, Olivier Legrand, que huyendo de las condiciones miserables de su
trabajo, emigra, en 1886, a Estado Unidos, y viaja en el barco que transporta
la Estatua de la Libertad del país galo a Norteamérica y duerme, compartiendo
su “camarote” (la cabeza de la estatua) con las ratas.
Continua
el texto de contraportada: “Cuando la embarcación nazi toma el puerto de New
York, las dos historias se entrelazan. Un ya viejo Legrand, Chaplin y el Gran
Dictador interactúan en las calles de Manhattan, donde contrapondrán sus
mínimas historias a la Historia de los libros”.
Lo
compré pues y de inmediato le di lectura. Empieza con un inicio cautivador:
reproduce un extracto de una entrevista del diario San Francisco Chronicle, publicada en 1940, en la que Chaplin habla
de El Gran Dictador, la película que
hizo en ese mismo año, y en la que se mofa de Hitler (la secuencia de la
película más gozosa es cuando el dictador —Chaplin disfrazado de Hitler— juega
con un globo terráqueo inflable lanzándolo al aire. En la entrevista declara
que habían pensado un gag de inicio en el que un joven, para tratar de
informarle al carpintero cuánto quiere su padre elevar el pasamanos de su casa,
va con la mano levantada (como el saludo nazi) por la calle. Pero, declara, a pesar
de que se filmó la secuencia, ésta no se inserta en la película, queda fuera. Y
remata: “Siempre hay dos películas: la que se hace y la que queda en el camino.
La segunda suele ser mejor, casi siempre. Sospecho que sucede otro tanto con
los acontecimiento históricos: siempre hay varias sendas simultáneas y
solamente la imaginación permite rastrearlas todas…”
Estoy
de acuerdo con Chaplin, pero la imaginación del señor Harkaitz Cano no llega ni
iniciar el camino. Justo cuando se escapa del barco Chaplin y se encuentra con
el francés, ahora ya un viejecillo encorvado y quien el da asilo, uno espera
que se desate la acción pero nada, páginas y páginas de acciones que no van a
ninguna parte, el novelista no logra ni cautivarnos ni revelarnos nada. De qué
sirve que Chaplin escriba un largo texto que al parecer es una obra de teatro,
si este no juega ningún papel (finalmente, cuando Chaplin y Hitler se pelean,
las hojas vuelan y ya). Uno esperaría que Chaplin volviera a retar a Hitler,
que esa obra jugará un papel importante en la rebelión contra el dictador, que
Hitler quedara humillado ante el poder creativo del comediante, pero nada, el
texto es un callejón sin salida como todas las acciones del libro.
Al final,
queda un sentimiento de frustración de que a tan mal novelista le hayan editado
un bello libro cuyo valor está justamente en el diseño y en el papel que fue
impreso.
Lástima.
Para consolarnos nos queda, aunque no fue de sus películas mayores, ver de
nuevo El gran dictador y reír con el
ya envejecido Chaplin pero aún con la suficiente pólvora para conmover al
respetable.
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